domingo, 21 de noviembre de 2010

Páginas en blanco




I
Entraba en un pueblo, pero no tanto. No tanto como para que alguien reparara en aquel Ibiza rojo, enfilando la entrada, la de la rotonda a la salida de un túnel… a eso de las nueve de la mañana. Jaime Solera conducía con precaución y observaba la calle del Conde, con sus edificios sesenteros a un lado y los talleres al otro. Buscó sitio para aparcar sin éxito. Coches en batería, uno detrás de otro. Y los huecos que había se correspondían con vados permanentes. Cuando ya se le antojaba una tarea imposible, atisbó un Megane que salía, y él rápidamente maniobró para estacionar allí. Paró el motor. Estiró brazos y cuello para desentumecerse. Había llegado a Mediavilla.

II
Se notaba que aquel piso llevaba tiempo cerrado. El propietario le precedía por las escasas dos habitaciones, encendiendo la luz, y subiendo las persianas para que la luz directa inundara la vivienda. Pequeño. Frío. Húmedo. El río quedaba cerca. “Esto es lo que hay”, concluyó esperando un veredicto. Jaime no abría la boca, sólo respiraba profundamente. El dueño lo prejuzgó. Aquel hombre era el prototipo de inquilino que él estaba buscando. Una persona sola. Tal vez un ejecutivo contratado por una de las multinacionales de los polígonos adyacentes a la autovía. Seguramente buscando una vivienda provisional. Cómoda. Seguro que lo mantendría todo en perfecto estado de revista. Tragó saliva. Y, tuvo la convicción, fuera de todo pensamiento políticamente correcto, que no era “de fuera”. Que, pese a lo que estuviera escrito en el contrato, no traería una caterva de gente detrás. Entonces echó el resto: “Creo que llegaremos a un acuerdo”, afirmó. Y así, Jaime, sin decir palabra, vio rebajadas las pretensiones iniciales del arrendador.

III
El curso “El cambio climático en el crecimiento del tubérculo mediterráneo” se impartiría en la Escuela del Progreso Universal de Mediavilla (EPUM) a partir de las tres de la tarde. Los quince matriculados, más o menos desorientados, “¿será aquí?”, fueron llegando a esa hora, e incorporándose al aula designada en los tablones. Las mesas estaban dispuestas en forma de “U”. Lo primero de todo, tras el saludo del docente, fueron las presentaciones. De izquierda a derecha. “Me llamo Tomás. Soy de Mardebé. Y trabajo en Aperitivos La Pera”. Así uno tras otro. Una becaria. Un funcionario. Una meteórologa. Un estudiante de agrónomos. Hasta el último. “Me llamo Jaime Solera. Vengo de Malicia. Y soy experto en tubérculos continentales”. Flotó entre los presentes un “oohhhh”, de asombro y admiración. Menudo nivel. Carraspeó el profesor. “Bueno, ahora que ya sabemos quién es quién, vamos a iniciar la clase”. Borró la pizarra y, por si había alguna duda, aclaró: “…Y vamos a empezar por el principio”.

IV
Así se sucedieron los primeros días. Coincidiendo en la entrada de la Escuela. Familiarizándose las caras unas con otras. Haciéndose de señalar los rezagados, siempre los mismos. Contagiándose bostezos. Iniciando corrillos afines en la pausa del café y tomando como punto de partida el tema que les unía. En uno de estos descansos, Jaime “el continental” se acercó a Anabel “la mujer del tiempo”, y rompió el fuego mostrándole una lámina de una “auténtica patata centroeuropea”. Para no desmerecer, Anabel fingió un interés desorbitado. “Impresionante, de verdad”, le dijo. Satisfecho, Jaime, guardó la imagen en su carpeta y afirmó rotundo: “Ya lo decía yo…”.

V
Entraba Jaime en el “Mercachica” y lo recorría entero pasillo a pasillo arrastrando un carro desalineado. Quienes se cruzaban con él se llevaban la impresión de que iba a llenarlo a reventar. De bebidas. De productos de limpieza. Leches. Zumos. Refrigerados. Al final, después de mucho ir y venir por las estanterías, Jaime cargaba con pan (bolsas de tres barras), fiambre envasado y algunas latas. Poco más. En la caja todos los códigos de barra pasaban en un pispás. Y cuando le indicaban la cantidad a pagar, y le preguntaban de paso si se quería llevar champú de patata que estaba a un euro, él hurgaba y hurgaba en el fondo de su desgastada cartera, conseguía rescatar los céntimos más hundidos y pagaba con la cantidad justa. En una bolsa le cabía todo. Vecinos de rellano se cruzaban con él. Intercambiaban saludos. Ya sabían por Radio Macuto que acudía al curso ése de la EPUM (pum, pum). Pero también que trabajaba en una multinacional. Se lo había dicho el dueño del piso. De buena tinta entonces.

VI
Aquel Viernes se acercaba el curso a su ecuador. Y ya con algo más de confianza ganada, después de tantas horas compartidas en torno a la fécula, que hay que ver lo que daba de sí, Anabel se animó a proponer, a quien se quisiera apuntar, salir a tomar algo. Hubo bajas, porque siempre había quien, tras la clase, prefería irse directo a casa. Pero quedaron cinco. Entre ellos, claro estaba, Jaime Solera. Y acabaron en el Liberto. Hablándose al oído, entre trago y trago de cerveza, para neutralizar el sonido de la música. Ella le explicó que “la licenciatura no es el final, sino el principio”. Y a continuación le preguntó: “¿en qué empresa trabajas tú?”. Con esa percha, lo imaginaba líder, director general. Él dijo sin inmutarse: “En ninguna”. “Anda ya… y de qué vives…”. Entonces él se lo dijo. Tampoco era un secreto. “…recibo los derechos de autor de las obras que escribió mi padre….”. La cara de asombro de Anabel fue total. Hubiera querido preguntar más, preguntarlo todo. Pero eran demasiadas preguntas para ir todavía por la segunda cerveza. “…y entonces ¿tú qué haces?”. Hubo un cambio de ritmo en la música del local. Por eso no pudo oír cómo él le explicaba que escribía “sobre páginas en blanco”.

VII
Al siguiente Lunes, al terminar la clase, ya fueron ellos dos solos a dar una vuelta. Y se perfiló un poco más el dibujo que cada uno se había hecho del otro. Y se amplió el horizonte de las cosas que se fueron contando. Anduvieron por las calles peatonales, saludos incluidos de Anabel con gente de Mediavilla. Adioooooós. Adiós. “Ésta nos ha retratado. Mañana saldremos en la gaceta, ja, ja”. Había buena química. Las mejores y más bonitas palabras fueron rellenando esas primeras hojas inicialmente en blanco. Al menos aquel día, ambos tuvieron la sensación de que aquella historia merecía seguir escribiéndose.

VIII
Jaime Solera cerró la cremallera de su maleta. Ya lo tenía asumido. Todo va recto y bien hasta que se joroba y se mancha. Y viene el primer borrón. Esta vez por un “¿tú no pagas nunca?”. Pues qué creía ella. La sociedad de autores no daba para tanto. No valía la pena ya seguir llenando folios con resentimientos y miserias. Eso es lo que todo el mundo mediocre hace. Y esto es lo que él había dejado de hacer desde que, años antes saliera de Malicia, harto ya de que parientes y falsos amigos lo tacharan de vago y desequilibrado. Desde entonces se había dedicado a empezar historias nuevas. Y a hacer borrón y cuenta nueva si los renglones se torcían.

Dejó la llave dentro del piso. Y cerró con fuerza. Había quedado hecho una auténtica pocilga. Bolsas, latas vacías, papeles, mugre pringosa en el fregadero obstruido y un hedor que procedía del baño difícilmente soportable. Tal vez una imagen de sí mismo.

Se encaminó hacia la calle del Conde, donde dejara el Ibiza rojo varias semanas atrás, la mañana en que llegó. Allí estaba, cubierto con una capa de polvo denso. Tendría que pasarle la manguera. Descargó el equipaje en el portón. Antes de subir al coche, abrió la carpeta. Apartó los apuntes del curso que acababa de dejar inconcluso y buscó el comprobante de matrícula del nuevo máster “La patata caliente de la economía”. Su próxima página en blanco.

Salía de un pueblo, pero no tanto. No tanto como para que alguien reparara en que su Ibiza rojo, viraba en la rotonda y tomaba la vía de servicio hacia la autovía… a eso de las nueve de la mañana.

domingo, 14 de noviembre de 2010

El triste

I
Cada Viernes, a eso de las seis, abría yo el Liberto. Arriba la persiana. Luces en la barra. Ponía la música que a mí me gustaba. Relajada. Me preparaba un café largo con hielo. Desplegaba el periódico. Y leía. A eso de las seis el Liberto estaba ya abierto. Pero si a esa hora entraba alguien, me jorobaba uno de los mejores y más tranquilos momentos del día.

II
Luego, ya a partir de las siete y media, aparecían los fijos. Los que iban directos a “su” mesa. Los que no necesitaban que yo llevara conmigo una libretita para tomar nota, porque ya me sabía lo que van a pedir. Los “trina” piña. Las “schweppes” de limón. El “yo nada, gracias, Alfredo”. Y el que se lo pensaba cada semana para sorprender. “Un té verde tocado con anís del búho y azúcar moreno”. A esa hora ya aumentaba un puntito la música. Subían los decibelios. El humo empezaba a expandirse. Y tenía la baraja preparada para cuando me la pidieran.

III
Sin embargo, aquella tarde entró Carlos Tejeda muy rezagado. Raro. Venía solo y sin su guitarra. “Qué, chaval, dónde te has dejado a Laura”. Al instante, entendí que mi inocente pregunta no procedía. Respiró hondo. Pensó la respuesta. Y tragando saliva, me contó: “…Alfredo, lo hemos dejado estar…”. Joder, qué mazazo. Me quedé de piedra. Los de la mesa ya debían de saberlo, porque, aunque aparentaban normalidad, habían bajado la intensidad de las voces que estaban dando. Y cómo reaccionaba yo ante una situación así. Le dije: “…tío, ya verás como todo se arregla…”. Porque no hacía falta ser un lince. Carlos aparentaba estar entero y normal. Pero yo, que lo conocía un poco, sabía que anímicamente estaba hecho polvo. Me volví a la retaguardia. Detrás de la barra. A limpiar vasos. Profundamente impactado. Es que estas historias con un final tan repentino, después de haberlos visto tan unidos y tan felices durante tanto tiempo, a mí me tocaban mucho la fibra sensible.

IV
Sucede que cuando uno está de duelo, al principio los demás suelen mostrarse más comprensivos con él. Pero también pasa que si el duelo se pasa, entonces se produce un efecto rebote. Esto le ocurrió a Carlos Tejeda, que empezó a ser conocido, al menos en aquella época, como “El triste Tejeda”.
Él me esperaba cada Viernes, a eso de las seis, cuando yo iba a abrir el Liberto. Con su guitarra acústica dentro de aquella funda azul a cuadros. Me ayudaba a abrir el garito, “¡A la de una, a la de dos, a la de tres, aaaap, arriba persiana!”. Y varié mis esquemas. Ya no leía la prensa. Ya no preparaba un café largo con hielo, sino dos. Ya no ponía la música que a mí me gustaba. Porque Carlos afinaba las cuerdas, y de su garganta y de su tristeza, salían las melodías más sentidas e inspiradas que jamás haya podido escuchar oído humano.

V
“¿Tienes cambio, Alfredo?”. A esas horas, mal estaba la caja, pero reuní monedas suficientes. Él se fue a la esquina, donde estaba el teléfono público con la carcasa de plástico verde, y lo cargó clink, clink, clink. La música muy bajita. Vi cómo contenía el aire mientras sonaban los tonos de la llamada. Y cómo cambiaba su gesto cuando decía: “Hola…”. Cómo sonreía y cerraba los ojos. Concentraba su atención. Hablaba. Escuchaba. Se mordía el labio inferior. Afirmaba con la cabeza. Soñaba despierto. Carlos Tejeda en esencia pura. Y yo, le observaba, sin perderme detalle. “…se acaban las monedas… se va a cortar… que se va a cortar…”. Vino primero un pitido agudo y un clock inmisericorde. Ya. Se cortó. Colgó el auricular. Su primera intención fue gestual: “¡más calderilla!”. Pero, a cámara lenta, regresó al mundo real. Ensombrecido. Me explicó: “Hoy es el cumpleaños de Laura…, y la he llamado para felicitarla… podría haberle enviado una carta, pero más vale una frase mal dicha que cuatro palabras mal escritas”. El triste Tejeda guardó su acústica en la funda. Se arrinconó en el fondo de la barra. Y ya no volvió a tocar en toda la tarde.

VI
Se lo dije claro. Que así no podía seguir. Y le pedí que pasara página. Que espabilara. Que no se anclara ya más. Me escuchó cabizbajo, como si fuera un niño pequeño. “¡Reacciona, tío, reacciona! ¿qué parte del ya-no-estáis-juntos no entiendes?”. Con la cabeza apoyada en las manos, me dijo: “No sé, Alfredo, no sé… Más o menos, he aceptado ya que no vamos juntos. Lo he aceptado. Lo que no llevo nada bien, es ella que esté saliendo ahora con un capullo. Un capullo integral”. Cogió un dardo. Se pinchó un dedo. Para que el dolor confirmara que aquello no era una pesadilla. “Un tío aún más capullo que yo”, recalcó. Tiró entonces el dardo con todas sus fuerzas hacia la diana. Pero lo suyo nunca fue la puntería. Hubo que recoger el proyectil con una escalera. Y míralo: aún hoy se puede ver el agujero que quedó en el estucado.


VII
Estaba yo inmerso en la tarea más ingrata que tiene el Liberto, o sea, limpiando los aseos, que hay que ver lo guarra que es la gente cada vez que sale de casa; estaba yo, como digo, en pleno fregado, cuando vino Carlos Tejeda a despedirse. Un detallazo por su parte. Se iba de Mediavilla para Tondon City, a estudiar Arte Dramático Universal. Como el tiempo se encargó de demostrar, tenía buena madera.

“¿Sabes que Laura va ahora con Arturo?”, me preguntó. Le iba a replicar: “¿y a ti qué más te da?”. Pero me contuve y le dije: “…ese Arturo es buen chaval. Un tío normal con los pies en el suelo. Era lo que tú querías, ¿no?, que ella no saliera con un capullo integral… deberías estar contento y alegrarte por ella…”. Se mordió el labio, en gesto muy característico suyo, y su cara fue un poema. Ya, ya advertí que por dentro no saltaba precisamente de loca alegría.
Entre guantes de nitrilo, botella de lejía, fregona, cubo, y el meódromo a medio limpiar, le deseé toda la suerte del mundo. Y mi amigo Carlos Tejeda me dio un abrazo.

VIII
Yo sigo, cada Viernes, a eso de las seis, abriendo el Liberto, el superviviente de los antros ochenteros. Arriba la persiana. Joder, lo que pesa. Un día de éstos pensaré en poner un motor automático. Luces en la barra. Pongo la música que a mí me gusta. Empiezo con las irrepetibles baladas de Carlos Tejeda. Las he digitalizado. Ahora no tomo café, bebo agua mineral. Despliego el portátil. Y leo la prensa en internet. A veces entra a tomar un cortado la prima de Laura. Sí, sí, Mari Cruz. Y resulta que me cuenta que se acuerda de un concierto, “memorable” afirma ella, que dio Carlos hace mucho tiempo. Y me señala justo el sitio donde estaba la tarima. Y me tararea una canción, ¿ésta la tienes? Yo la busco. La calidad no es muy allá, pero no importa. Me impresiona y me alucina que alguien sea más experto que yo en este tema. Luego, me paga, se despide y se va al ayuntamiento. Y yo tengo ganas de que sea mañana para que venga de nuevo. Entonces me quedo mirando el agujero en lo alto de la pared, sí el del dardo, que ahí sigue. Y pienso en lo obvio. A la primera que pueda se lo contaré al triste Tejeda. Desde muy al principio, esta chica respira nuestra misma sensibilidad y nosotros, que no vemos más allá de nuestras narices, no nos habíamos dado ni cuenta.

domingo, 7 de noviembre de 2010

El "chafa huevos"

I
El “chafa huevos” cree que ha venido a verme. Sopla un viento helado y desigual que arrastra y dispersa nubes de polvo, papeles y hojarasca. Él lleva subido el cuello de la chaqueta para tratar de protegerse. Y anda encogido. Quién sabe si por el frío, o porque no deja de escuchar ruidos sospechosos donde reina tanto silencio. Igual es que ahora no duerme bien y le cuesta descansar, porque parece muy desmejorado. Las ojeras le hunden el rostro. Y tiene más blanco el poco pelo que le queda.

II
“…Si tú eres feliz, yo soy feliz…”, decía la cantante. Sonaban los trece altavoces, cada uno con sus matices. Y al tiempo, conducir con el coche nuevo era una gozada. Como en el anuncio. Montañas onduladas bajo un horizonte anaranjado y una alfombra de asfalto puesta encima por donde me desplazaba a velocidades de vértigo. Resultaba imposible sentir cansancio a los mandos de aquel volante. Qué trazadas en las curvas. Qué nervio al acelerar. Aquel vehículo era una prolongación de mí mismo. Tragar y tragar kilómetros sin mostrar un atisbo de cansancio y con la espalda intacta. Y no había radares por la autonómica de dos direcciones, en aquella tierra extensa, ni guardia civil en los cruces. Barra libre a la rapidez. A la carrera de obstáculos. Entre frenazos, adelantamientos y acelerones transcurría el trayecto. Entonces fue cuando di alcance al iceberg. Al “chafa huevos”.



III
Es que circulaba tan lento que parecía que iba de camping playa. Como si la carretera fuera sólo suya y de nadie más. Tan gran auto para qué. Al situarme detrás de él, en zona de curvas, fue como si la magia se hubiera venido abajo y la música ya no se escuchara igual. Dejé pasar un minuto de cortesía. Eterno. Y luego ya le lancé unas ráfagas. Para que me dejara pasar. Que yo iba con cierta prisa. Que me esperaban para cenar. Ni caso. La paciencia no tiene ruedas. Y a mí se me agotaba pronto. Lo siguiente fue achucharle. Arrimar el morro hasta que sintiera mi aliento en el cogote. Pedazo de tortuga. Pues ni con esas. No se desvió un milímetro de su trayectoria. Y lo que me incendiaba es que a través de su retrovisor yo veía que el “chafa huevos” ni pestañeaba siquiera. Bueno, basta. Ya estaba bien. No venía nadie por detrás. Señalicé la maniobra. Y me dispuse a adelantar. Al “chafa huevos”.
Es posible que mi vehículo llevara una velocidad inadecuada. Ya se encargó de señalarlo. Y también es cierto que atravesé una línea continua. Lo subrayó bien en la declaración. Cuando mi coche y el suyo estuvieron a la misma altura, le lancé una mirada. Y grabé en mi retina su cara para siempre. Fue justo cuando el “chafa huevos” pisó su acelerador a tope. Y, ante mi estupor, cerró mi reincorporación al carril de la derecha. Esto no lo contó. Esto se lo calló como una puta.

IV
El “chafa huevos” murmura: “…ya han puesto el mármol…”. Permanece unos minutos inmóvil. El aire alborota sus cuatro pelos. Respira fatigado. Tiene los ojos llorosos y parpadea continuamente. A lo mejor es que se le ha metido una brizna. Luego se vuelve sobre sus pasos arrastrando casi los pies. Atraviesa de nuevo columnas de flores secas y artificiales a izquierda y derecha. Sale a la calle, hacia donde tiene su gran auto aparcado. Ahora lo tiene muy sucio y dejado. Acciona el mando a distancia y sube. Dentro está a cubierto del vendaval. Ajusta el retrovisor. Le corre un sudor frío por la frente al mirar a través del espejo. Es porque el “chafa huevos” cree que va a volver a verme.

domingo, 31 de octubre de 2010

Secuelas

I
Entre semana, muchas mañanas nos cruzamos con Águeda al salir de casa. Con una mano abro el portal. Con la otra, empujo el carro, donde ya llevo atadita a Miriam. Con un pie, sujeto la puerta para que no se me venga encima. Con el otro, arrastro la alfombrilla de la entrada que molesta para pasar. En un hombro, cuelgo la mochila de la guardería. En el otro, el bolso, que pesa como un saco. El sol despunta e incide directamente en nuestros ojos. Nos ciega y la nena se tapa la cara con los bracitos. Hay tráfico en la calle. Autobuses. Camiones. Motos. Es atronador. Y cada día, el mismo recorrido. Cuando Águeda nos ve, se detiene, se nos acerca, se agacha y le dedica un cumplido a Miriam. Y, sorprendentemente, Miriam que a esas horas no está para muchas roscas, le corresponde. Y le sonríe de oreja a oreja. Y con lo caros que se han puesto sus besitos, le suelta uno que le deja toda la mejilla llena de baba. Tiene mucha química esta señora con ella. “Que tengáis buen día”, nos dice. Y luego sigue su camino. Y nosotras también el nuestro, pero girando por la otra esquina. Entonces es cuando Miriam se rebota y saca su genio. Y me puede. Y me exaspera que monte estos cuadros en medio de tanta gente. Qué pensarán... “¡Miriam, calla ya, por favor! ¡Cualquier día te dejo en la guardería y no vengo a recogerte!”. Al final, por más que lo intento, siempre se me hace tarde. Odio las mañanas. Suerte que se terminan al mediodía. Mientras los berridos de Miriam me abren paso cual sirena de la policía, voy pensando en Águeda. No me la quito de la cabeza. Con lo que le ha pasado, vaya temple de mujer. Es admirable lo suyo: cómo ha seguido adelante contra viento y marea. Qué entereza. Qué fuerza de espíritu. Cualquier otra en su lugar, estaría derrotada y hundida en la miseria. Pero ella parece hecha de otra pasta. Su drama personal no le ha dejado ninguna secuela.

II
Los Sábados tienen también su rutina. Mientras los demás duermen, yo sigo levantándome casi a la misma hora y apuro unos minutos, no sé cuántos serán, de relativa calma. Me tomo mi tiempo para desayunar. Tostadas con mermelada de fresa. Café con leche bien calentito. Y escucho mi radio con orejeras. “Son las ocho. Las siete en Canarias”. Ahora empieza “Hoy también es Sábado”. Suena la sintonía. “Con Pepote Lafina”. Este hombre habla bien. Me gusta. Es cercano. Mientras, la casa ya espera. Y yo, con los bártulos de limpieza en ristre, preparo el zafarrancho. De punta a punta. “…ambiente lluvioso en la península…”. Entonces no tenderé la ropa en la terraza. Todo está por el medio. Todo por recoger. Todo por repasar. Cada día peor. Me acelero. Me agobio. Publicidad. Pastillas energéticas. Lo que me hace falta a mí. Las señales horarias otra vez. Uf, qué tarde se ha hecho. Me pilla el toro. En cualquier momento, se va a despertar Miriam, y se ha acabado el repaso por hoy.

“Más vale solos que mal acompañados. Ése es el tema que hoy vamos a abordar en plan serio con nuestros oyentes. Como ya es habitual, esperamos sus comentarios y sus opiniones en el teléfono de siempre...” (…) “Amigo o amiga, desde Mediavilla, buenos días, cuéntenos…”

“Enhorabuena por el programa”. Esa voz… esa voz me suena. “Estoy un poco nerviosa”. ¡Ostras! ¡No dice su nombre, pero es Águeda, seguro que es Águeda! He salido de golpe de mi ensimismamiento. Me ha pillado repasando el espejo del cuarto de baño y he visto reflejada mi cara de sorpresa mayúscula. Me quedo quieta. Y ajusto las almohadillas de los auriculares conteniendo la respiración.

“…de repente me he quedado sola, no tengo a nadie. Y estoy desubicada. No soy ya joven. Tampoco soy mayor...”.

Salgo disparada hacia el comedor. Y, tras las cortinas, miro hacia la ventana del piso de enfrente. Su casa. Persiana a medio bajar. Ahí está. Distingo su silueta de espaldas. Habla con un inalámbrico. Habla.

“… Todas las parejas de amigos que antes frecuentábamos tienen su vida hecha. Sus ocupaciones diarias. Sus ocios. Sus historias. Yo lo entiendo. Ahí, ahora que estoy sola, yo no encajo. Es como si tuviera un enorme boquete en el corazón por donde se me escapa la vida, y la poca fuerza que me queda. No, no tengo asumido que el mundo sigue girando y que yo me he quedado fuera de repente…”

Pepote Lafina la interrumpe, “…amiga, cuando menos lo espere, verá cómo se hace de nuevo de día… Le mando un fuerte abrazo”.

Baja la voz del locutor y suena una cuña del programa. “Hoy también es Sábado, con Pepote Lafina”. Y después, otra vez propaganda. La del limpiador definitivo.

Águeda no sabe que la observo desde el otro lado de la calle. De ventanal a ventanal. Desde aquí sí. Desde aquí sí que se distingue claramente el profundo boquete del que ella hablaba. La tremenda secuela que nadie advierte a plena luz del día. Águeda sigue inmóvil, cogiendo el teléfono con las dos manos. Oigo llantos a lo lejos. Apago la radio. Sí, es Miriam. La niña llora. Se ha despertado. “¡Ya, ya va la mami, mi amor…!”.

domingo, 24 de octubre de 2010

Me caes bien

I
“Ismael, que es muy tarde, que yo ya me voy. Pero no hay ningún problema. Tú, como si estuvieras en tu casa, puedes quedarte el tiempo que quieras. Cuando salgas, apaga la luz desde allá, y cierra la puerta. Me caes bien, hombre. Ya sabes, que si puedo hacerte un favor, está hecho, enseguida. Lo que sea. Bueno, buenas noches, mañana nos vemos por aquí”.

Ismael se queda solo, entre las butacas del viejo Café el Teatro. Resuenan sus pasos. Está cansado. Se sienta en la fila central. Ahora es un espectador. Reprime un bostezo. Reina el silencio. No obstante, suena una música en su cabeza. No queda nadie. Y sin embargo, nota que está acompañado.

II
“¡Ostras, Ismael, qué casualidad y cuánto tiempo! ¡Buuufff, desde el colegio, cada uno ha ido por su lado, y hasta hoy! La alegría que se va a llevar Maria Emilia cuando le diga que te he visto…, que me he reencontrado con el tío que no tiene enemigos y le cae bien a todo el mundo. Oye, un día que no vayamos con prisas tenemos que quedar para contar batallitas… ¿te acuerdas de lo que nos amargaba el Medina? ¿Y de aquel examen que nos fundió a todos? A ti, con un 4’8. Y a mí, con un 4,9. Yo pensaba, esto me lo tiene que arreglar o me jode la media. Y el cabrón no quiso: “Un 4’9 es un 4’9 aquí y en la China”. Y en cambio tú, fuiste para su despacho, le caíste simpático, y sin mirar el examen, te subió tres décimas. ¡Qué morro…!”

Tino, es Tino. Tan cambiado, pero el mismo Tino. Ismael se aturde. Por dónde ha entrado. Por dónde ha salido, si no hay nadie, si todo el teatro sigue tan desierto.

III
No, no tan desierto. No, no puede ser. Son ellas. Ellas. Bajan las escaleritas del escenario.

“¡Ismaeeeeeeel!”. “¡Ismaaaa!”. Begoña y Beatriz. Juntas. Se le acercan. Una le toca un hombro. La otra le alborota el pelo, con la rabia que le da. Y le estampan dos besos en las mejillas que le dejan la impronta de sus perfumes. “Qué haces ahí tan solo”. “Eso, qué haces, si a ti lo que nunca te ha de faltar es compañía”. “Podríamos hacer como en los viejos tiempos, irnos a cenar ahora mismo los tres”. “Yendo contigo, no hay problema aunque no hayamos reservado con antelación”. “Eso seguro: primero el camarero te dirá que está todo completo, y luego, cuando te vea, le caerás bien, mirará a ver lo que pueden hacer y acabaremos sentados en la mejor mesa…”.

Ismael traga saliva. Las ve tan guapas. Tan cerca. Esto no le puede estar pasando.

“Nosotras lo teníamos muy claro, Isma”. “Más tarde o más temprano ibas a elegir a una”. “Así que para qué hacerse mala sangre”. “Nosotras, amigas siempre”. “Cuando te decidiste, que mira que te costó, pues enhorabuena a la agraciada”. “Luego pasó lo que pasó, pero eso ya no importa, ya no tiene vuelta de hoja”. “¡Venga, chavalín, que te esperamos arriba, no tardes!”.

Salen. A Ismael le brillan los ojos. Recuerda que sí. Que por aquel entonces estaba hecho un lío. Que un día se tiró la manta al cuello y tomó partido. Y que luego se arrepintió muchas veces de aquella decisión. Por eso a Ismael le brillan los ojos.

IV
El que faltaba. El señor Romero en persona. Ismael gira la cabeza. También él. Ha aparecido por la puerta basculante, la que da a la cafetería.

“¡La publicidad de ese desodorante que deja encantados a los que pasan por debajo del sobaco de quien se lo pone, sin duda, estaba inspirada en ti…! Vamos, que yo ya tenía decidido a quién contratar aquel día. Después de ver a más de cincuenta candidatos. Un licenciado con un currículum plagadito de matrículas. Un tío preparado. Con experiencia. Con idiomas. Avispado. Que ya le había dicho que firmaríamos por la tarde. Y en ésas, quedabas tú por entrevistar. Un pelagatos. Pero mira, fue verte y cambiar de opinión, quedarme contigo y acertar de pleno…”

A Ismael se le escapa una sonrisa. Su primer contrato. Su primer trabajo.

“…y el caso es que no tenías ni idea del negocio. Yo no sé cómo lo hacías, el asunto es que te metías a todo el mundo en el bote. A todos. Y eso, amigo, es matemáticamente imposible. Llegabas a un cliente, y medio en broma, medio en serio, le anunciabas que tenías que subirle el precio. Y, en vez de enviarte directamente a tomar por saco, que es lo que haría con cualquier otro, ¡te aceptaba el aumento! Luego te pasabas por una empresa que nunca nos había comprado ni pipas, y salías de allí con un pedido bajo el brazo. ¡Un mago comercial, Ismael! ¡Qué tío más grande! Con lo que me diste a ganar en aquella época, yo te pagué generosamente. Y no pude enfadarme contigo cuando me dijiste que te marchabas. De la compañía, saliste por la puerta principal, como un señor y ya te dije muy en serio que ésta sería siempre tu casa…”

Ismael se sonroja. Las cosas del Señor Romero.

V
De repente, todo queda oscuro. La boca del lobo. Crepitan los altavoces y suena la megafonía. Ismael contiene el aliento.

“Ismael Merino, le habla el servicio de voz del ordenador instalado en Xenac para el control de la productividad. Sepa usted que esta conversación está siendo grabada por si hubiera lugar a posteriores reclamaciones. Ismael Merino, le comunico que, desde este momento, cesa usted en sus funciones en la Compañía”.

Ismael siente un zumbido en sus oídos, como si fuera a perder el conocimiento. Respira agitadamente.

“¡Qué cabrones!”, explota, “…han utilizado una máquina porque no han tenido cojones para decírmelo a la cara…”.

VI
El vuelo estaba completo. Él se quedó allí plantado, cara a la ventanilla. Hasta entonces, la empleada de la aerolínea casi ni le había mirado a la cara. Como era de esperar, cuando aquella lo vio, le cayó bien, y entró de nuevo en las pantallas del ordenador. Y tecleó con redoblada insistencia. Consiguió un billete clase preferente a precio turista. “Ha habido suerte, aquí tiene”, le dijo con su mejor sonrisa. Así iniciaba Ismael el regreso a Mediavilla la misma tarde del día que perdió el empleo.

Aterrizó el avión puntual. Todos los pasajeros iban con prisa. A casi todo el mundo le esperaba alguien. Abrazos y besos de reencuentros. Para él no. En la terminal del aeropuerto, Ismael arrastró la pequeña maleta con ruedas hacia la entrada del metro.
Era el último de la noche. Sonó el silbido. Se cerraron puertas. El tren hizo ademán de empezar a moverse. Debió de ser cuando el maquinista lo vio llegar. Por supuesto, le cayó bien. Y le esperó. Ismael entró en un vagón completamente vacío. Sonó de nuevo el silbido. Cerraron otra vez las puertas. Y con un suave
acelerón, el metro inició la marcha.

Había cierta animación en aquella noche de Sábado en Mediavilla. Decidió tomar la calle de la antigua estación, por donde el Café el Teatro. Casualidad. Estaba abierto. Pero la función ya había terminado. Por el cartel de la puerta, supo que acababa de actuar Carlos Tejeda. Accedió a la cafetería anexa. No quedaba ya nadie. Recogían sillas y barrían el suelo. “¡Está cerrado, señor!”. Ismael se quedó quieto. El camarero le miró mejor. Y lo reconoció. Al instante cambió el tono: “¡Hombre, Ismael! ¿Qué te pongo?”. Una manzanilla iba bien. “¿Qué? ¿A pasar unos días?”. Ismael afirmó con la cabeza. Se acercó la taza a los labios y se pegó un quemazo importante. Luego vio la puerta de acceso al teatro, ya completamente vacío. Preguntó: “¿Puedo dar un vistazo?”. “Claro, no hace falta ni que preguntes…”.

Ismael dejó la infusión hirviendo encima de la barra, y se encaminó al teatrito. Al asomarse, ya presintió que le preparaban la bienvenida todos los fantasmas de su pasado.

I
“Ismael, que es muy tarde, que yo ya me voy. Pero no hay ningún problema. Tú, como si estuvieras en tu casa, puedes quedarte el tiempo que quieras. Cuando salgas, apaga la luz desde allá y cierra la puerta. Me caes bien, hombre . Ya sabes, que si puedo hacerte un favor (…) (...)

domingo, 17 de octubre de 2010

El peso de la justicia

PILI
Al menos, entre un mar de dudas y preguntas, Pili tenía claros dos puntos. Uno: nadie nunca advertiría lo que sentía por Sergio; ella ya se encargaba de esconder las palpitaciones, de mirar hacia otro lado y de rehuir posibles encuentros. Y dos: consecuencia lógica del punto primero, nunca jamás Sergio repararía en ella. “Pero… ¿Quién es Pili?”. “Pili, esa muda que se sienta en la otra punta de la clase”.


Tal atracción irrefrenable había llegado en un momento inoportuno. Tenía que concentrar sus fuerzas en no dejarse avasallar por aquel grupo de brujas en el que si no tragas, te hacen tragar. Sí, especialmente aquella víbora de Sonia. Pili tenía que esforzarse para no entrar a ningún trapo y pasar de la manera más discreta posible aquel curso que se había convertido en un ejemplo diario de acoso escolar.

En ésas estaba, cuando en su móvil sonó un sms, piiiii-piiiiii, que simplemente decía: “Si quieres, hablamos. Sergio”. Y ya se le hizo de noche. Ya sonaron los coros celestiales. Ya se acabó el mundo. Ella existía para él. Ya la vida tendría un “antes” y un “después”… del sms, del “si quieres, hablamos”.

A partir de ahí no dio pie con bola. Se abrieron mil y un interrogantes nuevos. Pero quién le habría dado su número. Bendita alma anónima. Y de qué querría hablar. De la luna seguro que no. Pero qué morro tenía el tío. Y por qué no se había atrevido a decírselo directamente a la cara. Hubiera sido más fácil y más lógico. De acuerdo, vale, era lo que Sergio le estaba pidiendo: sólo hablar. Claro, así con tanto calentamiento de cabeza, era muy difícil contener las pulsaciones y no clavar la vista donde él estaba.

En el recreo, a la hora del almuerzo, Pili se sacudió de encima las compañías habituales, “me he dejado el libro en clase”, y volvió intencionadamente sobre sus pasos. Sabía que se encontraría a Sergio de cara. “Hola”. “Hola”. Y cuando parecía que todo empezaba y acababa ahí, ella tuvo que arrancar y preguntarle… ”Oye, ¿tú no querías hablar conmigo…?”. Y él, afirmó con la cabeza. Y ella esperaba, bueno, pues ya estamos, habla, di lo que sea. Pero él no tenía el don de la palabra. Finalmente, y a trompicones, acertó a proponer: “Si te parece, al mediodía, en el trastero del pabellón…”. Antes de que a Pili le diera tiempo a decir “vale, en el trastero”, él ya había desaparecido.

Una puerta metálica verde. Y detrás, trastos amontonados. Una canasta con el tablero roto. Pizarras verdes antiguas. Pupitres prehistóricos cubiertos de telarañas. Pies de farolas oxidadas. Y cajas de cartón, muchas cajas de cartón. Aún así, a Pili le pareció un sitio de lo más romántico. Si el tema se ponía mal y Sergio intentaba sobrepasarse, ya tenía preparado el recurso del bolsazo en la entrepierna. Estaban frente a frente. Ella abrió el fuego: “Bien, tú dirás…”. Y él, con las manos en los bolsillos de los vaqueros, empezó: “…la verdad es que…”. Es que qué. Pili dio un paso atrás. Se apoyó en la primera caja de cartón. Pero calculó mal. ¡BROOOOOOMMMMM! La caja se hundió y ella se cayó grotesca y estrepitosamente. Culo abajo, patas arriba. Menuda leche. Sergio, azorado, intentó ayudarla y le tendió la mano para reincorporarse. Ella no la aceptó. Cuestión de orgullo. Se levantó magullada. Se sacudió las manos, y antes de salir de allí le dijo: “…hoy no era un buen día para hablar…”. Él entonces se fue detrás.

SONIA
Sonia no la podía soportar. Engreída. Marisabidilla. Pelota. Mosquita muerta. Pija. ¡Ufff, qué rabia le tenía! Sonia se la tenía jurada a la Mari Pili esa de las narices. Y eso que no le había hecho nada. Que lo intentara, porque a la mínima que le abriera la boca, se la partía. La venía observando desde hacía días. Esa caída de ojos. Esas miradas perdidas a larga distancia. ¿Quién era el objetivo de esas miraditas? Ella lo advirtió enseguida. Es que era descarado, que aquella perdía el culo por Sergio. ¡Bravo!, por fin un punto débil por donde entrarle.

A la primera oportunidad franca, Sonia le pidió el móvil a Sergio. Él quiso saber: “¿Para qué lo quieres?”. Pero ella lo tenía completamente dominado. “Tú déjamelo”. Fue en un pis-pas. Cuando se lo devolvió, ya había dado al botón “enviar” y el mensaje iba camino del móvil de Pili. Sergio se quedó petrificado. En su nombre, había escrito: “Si quieres, hablamos. Sergio”. Le echó en cara: “¡Pero tía! ¿Qué has hecho…?”. Sonia reía. Una cita. “Prepararte una cita con Pili”. Y él, no entendía absolutamente nada. Era muy fácil: quedaban en un sitio, el trastero del pabellón, por ejemplo, él actuaba un poco, ella se veía románticamente correspondida. Lo grababan todo con el móvil. Y al ratito, a colgarlo en la red y a reírse todos a mandíbula partida de aquella capulla. A Sergio no le terminaba de cuadrar aquel plan. “Pobrecita”, exclamó, “¿no te da pena?”. Sonia lo tenía muy claro: “No, ninguna”.

De momento, todo iba según lo previsto. Sonia se introdujo en el trastero del pabellón. Faltaban minutos para que hiciera acto de presencia la pipiolita. Dio un vistazo alrededor. Jo, cuánta mierda y mugre acumulada allí dentro. Estaba eufórica. Menudo espectáculo se avecinaba. Observó el cartón. Ideal. Taladró un pequeño agujero por donde tomaría las escenas. Y palpó el bolso. La bocina de gas. Ésa no la sabía ni Sergio. Para acabar de rematarla con un trompetazo en toda la oreja a lo cancha de baloncesto. Ningún segundo más que perder. Se agachó. Se metió dentro de la caja. Cabía de sobra. Aguardó allí agazapada. Oyó cómo entraban por fin. Preparó el móvil. Contuvo la respiración. Escuchó perfectamente cómo Pili le decía: “Bien, tú dirás…”. Y el pavisoso de Sergio le contestaba: “…la verdad es que…”. Con la cara pegada al suelo, Sonia fue a taparse la boca para amortiguar la carcajada. Entonces vino un ¡BROOOOOOMMMMM! Y luego nada, no vino nada.

Bueno sí, tras el “…hoy no era un buen día para hablar…”, unos segundos de silencio, y después una ráfaga de tacos encadenados con efecto sedante. “¡Me cago en la puta, joder, mierda, coño, ya!”. Sonia salió como pudo del cartón chafado, grogui, hecha un cromo. Con un pañuelo ensangrentado cubriendo la nariz reventada, anduvo por el patio en zigzag hacia el centro médico. Allí se llevaron las manos a la cabeza en cuanto la vieron entrar en tal lamentable estado. ¿Cómo te has hecho eso? Juró, mientras maldecía, que se había caído. Nadie se lo terminó de creer, nadie indagó mucho más. Con la fama que arrastraba en el colegio, y con lo que se extienden por allí las noticias, pronto corrió el rumor de que sobre ella había caído el peso de la justicia.

domingo, 10 de octubre de 2010

El cazador de historias

I
“… En esta jungla, yo soy un cazador de historias. Con el arma reglamentaria cargada y a punto, me mimetizo con el entorno para que mis presas se acerquen confiadas y se pongan a tiro. Después dejo que mi sexto sentido me diga si la pieza es valiosa, o se queda en un simple chisme. Hasta hace bien poco, la suerte me acompañaba, y me precio de haber capturado aconteceres conmovedores y admirables, que espero sean reconocidos más pronto que tarde en las mejores editoriales. Sin embargo, hoy en día, abundan tantos depredadores y furtivos que han mermado la fauna y flora hasta el borde de la extinción. Llegados a este punto, he de reconocer que ya he derribado sin dejar rastro a alguno de estos advenedizos. Después, he extraído sus miserias y vicisitudes y me las he quedado. Al fin y al cabo, sólo estoy siguiendo mi instinto de supervivencia…”.

II
A casa de mi hermana voy los Viernes a eso de las cuatro y pico. Cuando no está Ramiro, mi cuñado. Es que para él soy persona non grata. Me quedo poco rato. Y ella me recibe en la cocina. Me ofrece café cortado y bizcocho. Yo hago como que se lo agradezco, que lo voy a rehusar. Pero me siento en la mesa. Y me lo como, muy a gusto. Mientras, ella me pregunta siempre lo mismo. Si ya he encontrado algo. Mi respuesta suele ser parecida. Me tienen que llamar pronto, ya, de la bolsa de trabajo. Y he dejado mi curriculum en dos empresas más. Con lo que valgo, algo tiene que caer. Ella sale un momento y me deja solo. Aprovecho, yo me pongo más, y no dejo ni las migas. Cuando viene, me pilla con la boca llena. “Toma”, me da un sobre. Yo hago como que no lo voy a coger, que lo voy a rehusar. Acabo diciéndole: “te lo voy a devolver, de verdad, te lo voy a devolver…”. Eso es lo último que le digo, cada Viernes, cuando voy a ver a mi hermana.

III
Para llegar donde vive Octavio hay que darse un buen paseo. Antes me paso por la tienda de vinos y licores y compro una botella de moscatel. De las baratas. La primera y la segunda vez, la pagué. La tercera, “mecachis, qué despiste, me he dejado la cartera en casa… ya te traigo el dinero mañana sin falta…”. Cuela. Es que a Octavio le va eso de pegar un traguito mientras se concentra en el tablero de ajedrez y decide si mueve la torre o la protege con el caballo.

Él me abre con gesto serio. Y yo le saludo jovialmente, “¡Hombre, Octavio…! ¡Hoy sí que no me vas a ganar!¡Me he estado entrenando!”. Le sigo, pasillo abajo, porque nos solemos sentar en el comedor. Tengo pensado contarle le historia del “Fútbol Rampa”. Porque sé que le encanta el fútbol. Él se sienta cara a la tele aunque estén retransmitiendo un partido de Regional Preferente en la liga kazaka. Lo del fútbol rampa, puede dar de sí, le va a gustar y va a poner cara de alucinado cuando se lo cuente… Soy capaz de estirar el tema un par de horas seguro. Le describiré cómo el pueblo cebroide jugaba en un campo con una cierta pendiente, de manera que el equipo que llevaba la delantera en el marcador, siempre tenía que jugar cuesta arriba. Para equilibrar desigualdades…

Octavio tiene el tablero preparado. Las fichas aún dentro de la caja. “Lorenzo”, me advierte, “…hoy no te voy a dar nada”. Yo hago como que no escucho. “... hoy no te voy a dar dinero…”. Pero lo he captado perfectamente. “No te preocupes, hombre, no pasa nada…”.

El “Fútbol Rampa”, por supuesto ni lo mento. Al minuto y medio miro el reloj, ostras, lo tarde que se me está haciendo, no me acordaba, había quedado con mi hermana en el centro comercial. Y me levanto. Y él lo entiende todo. Y por supuesto que me llevo conmigo la botella de moscatel. Entera.

IV
Como he acabado antes de lo previsto, hasta la próxima cita me entretengo deambulando con las manos en los bolsillos por la avenida. Hay un personaje nuevo en este escenario. En la parte central del paseo, junto a un banco de madera se ha instalado un retratista. Ha colgado en un caballete dibujos al carboncillo. Celebridades muy conocidas. Y sentado en un taburete espera que alguien, sin prisa, se siente y se deje dibujar. Me acerco. Me acerco más. No es mal dibujante este individuo. Si es que lo ha hecho él, claro. A este señor un tema como el del Fútbol Rampa se la trae sin cuidado. Tiro de catálogo. Le puedo contar la historia del tipo que se calentaba tanto la cabeza que un día incendió la cabecera de la cama. Le saludo. Me intereso por su obra. Por el precio. Se levanta del taburete. Puedo ser un cliente. Por qué no. Todo está muy mal. Me intereso por él. Claro, es pronto para que me confíe nada. Se me ocurre decirle que conozco muy bien al director de un banco (¡rigurosamente cierto!) y que estoy convencido de que puede interesarle un retratista tan bueno como él… pero estaría mejor si tuviera un botón de muestra. Aprieta los labios. Se lo está pensando. De repente, decide. “Siéntese”, me indica. Coge el bloc pequeño. Me mira. Se fija en mí la tira. Esboza unas líneas. Luego la superpone con otras. Aprovecho y le digo: “¿Conoces la historia de uno que se calentaba mucho la cabeza?”. No se inmuta casi, sigue a lo suyo. Alza los ojos. Comprueba, compara. No le tiembla el pulso. Toca. Retoca. Al cabo de poco, gira el bloc y me lo muestra. Yo alucino. Me ha clavado hasta el sentimiento. “Hágame propaganda positiva al director del banco, y dígale que aún lo puedo hacer mucho mejor…”. Por el fondo de la Avenida ya distingo, ya viene, la persona con la que quedo los Viernes a las ocho y media.

V
Como de costumbre, Ramiro se muestra hosco y hostil. Un saludo breve. Le digo: “Otra vez Viernes, cuñado…”. Él no puede disimular el desprecio que siente por mí. Le pregunto: “¿Mi hermana está bien?”. “Desde que te mantengo a distancia, mucho mejor”, replica. Saca del bolsillo de la chaqueta un sobre. “Lorenzo: sigue respetando el pacto y no te arrimes a ella… porque como me entere de que…”. Le cojo el sobre antes de que se vuele. “Tranquilo, cuñado, yo soy un caballero, con mala suerte, pero un señor de palabra…”. Va a dedicarme un piropo, y yo le corto. “Hazme otro favor más… dale este dibujo a mi hermana… así por lo menos me ve en un cuadro…”. Ramiro lo coge y lo mira. “Lo ha hecho ése de ahí, que es un artista”. Abre la bolsa de su portátil y lo pone allí, donde no se dobla ni se arruga. Luego apenas se despide, sólo un movimiento de cabeza. “Hasta el Viernes que viene, cuñado”, le digo. Él sigue andando, avenida abajo, inclinando el brazo como si el maletín ahora pesara mucho más. Sé que no le dará el dibujo. Lo sé.

Yo me vuelvo hacia el retratista que, curioso y a pocos metros, ha presenciado la escena. Con una sonrisa, señalo hacia Ramiro y le confirmo: “…sí, ése es el director de banco que yo conozco… Y le ha gustado mucho tu trabajo… se ha quedado gratamente impresionado…”. Agradezco al cielo mi buena suerte; tengo a tiro al inocente dibujante de rostros con expresión. Hoy por fin, después de mucho tiempo, cazaré una historia con mayúsculas.