miércoles, 24 de agosto de 2016

Seré quien tú quieras


I
Tarde de verano. Tarde de siesta. Qué calma más chicha. Qué sopor en Gorroperdido. Qué hago ahora. Qué libro cojo para leer. Dónde salgo a estas horas. Qué amigo estará despierto para ir a dar una vuelta. Silencio en la casa. ROOOM ROOOOM, POT, POT, POT. POF. Ehhhhhh. Ese ruido, esa moto… ¡es la Sanglas de mi tío Ginés! Abro la ventana, subo la persiana verde de cuerda, grito: “¡Tíoooooo!”. Él está quitándose el casco, bajando la cremallera de su gruesa cazadora…. Uffff, cuidado, que como te caiga encima, te aplasta la pierna. Ya bajo, ya bajo. Despierto a los adormilados de la casa. Por si no hubieran oído el estruendo de la moto, les anuncio: “¡El tío, el tío Ginés está aquí!”.  Se ha acabado el aburrimiento. Seguro que, cuando mi padre no nos vea, me sube y damos una vuelta. Uauuuhhhh. Esta vez sí que se ha pasado: desde Navidad, por lo menos, no venía a vernos.
II
El tío Ginés igual está molesto conmigo. Es que ya se va, y apenas le he hecho caso. Como él dice: las cosas hay que cogerlas según vienen. Y en eso estoy. Me están pasando cosas buenas. Y no estoy para desaprovecharlas. Bajo para despedirme. Mi madre le espeta: “a ver si no tardas tanto en venir la próxima vez, que se nos va a olvidar cómo es tu cara”. Enjuto. Pelo largo, rizado. Perilla. Parece un caballero medieval. Le falta la lanza. Quiero ser como él. De momento, apunto pocas maneras. Mi pelo es tieso y liso. Y me sobran algunas lorzas. Pero bueno, ya lo arreglaré a base de menos helados y más flexiones. Cierra las maletas laterales de la motocicleta. “…esta vez nos hemos visto poco, Igor”. Pongo cara de “sí, es que…”. Es que tenía algo más importante que hacer, pero no se lo digo. “Bueno, la próxima vez será…”. Hace un gesto de “ah, se me olvidaba”. Reabre una maleta, lo tiene todo hecho un revoltijo, rebusca, y encuentra un libro manoseado. “Para ti”. Me quedo ojiplático. Qué es. “El libro de las Ocurrencias”, leo. “Ya me dirás”, dice. Bueno. “Gracias”. Patada al pedal. Nada. Nueva patada. Tampoco nada. Todos expectantes. A la tercera sí. ROOOOMMMM No hablemos ahora ROOOOOOM porque será inútil. ROOOOM No nos oiremos. Mano levantada. Adiós. Comité de despedida. Se aleja el caballero andante de la familia. Vuelve el silencio imperante a Gorroperdido. Queda de momento su vacío. Suspira mi madre por su hermano. Suspiro yo, pero bueno, no es por mi tío. He tenido que elegir entre pasar más rato con él o quedar con Rebeca y… por supuesto, la decisión la he tenido muy clara.
III
Este es un libro raro, raro. Muy raro.
IV
…en concreto, esta historia me desasosiega. Me desazona. Me encoge el corazón.
V
…puedo ser la persona con la que tú quisieras estar y hablar en este momento. Puedo.
VI
…aayyy, si fuera verdad. Qué peligro. Qué peligro, me refiero en manos de mentes desaprensivas y retorcidas.
VII
…me tienta. Me tienta probarlo. Total no pierdo nada. Nadie se da cuenta. No hago el ridículo, porque de mí esto no sale. Luego me reiré de mí mismo. Qué pardillo soy, cómo me puedo tragar estas cosas que se explican en libros que me regala mi tío.
VIII
…antes he de buscar alguien propicio. Alguien que esté esperando. Aprovecho la hora de la siesta. Aprovecho las calles vacías de Gorroperdido. Deambulo como si no viviera aquí, como si cada casa, cada esquina fueran nuevas para mí. Suenan los tres cuartos del campanario. De cara, la señora Gisela. Saluda: “Igooooooooooooor”. Es lo que tiene mi nombre, que es tan corto, que si no se alaaaaaaarga, a mí se me nombra enseguida. “…buenas tardes, señora Gisela”. De momento no funciona. No va el encantamiento. Es que para que vaya, para que funcione, tengo que concentrarme bien. Si no, nada de nada. Aprieto los dientes, cierro los puños. Vuelvo sobre mí. Corro a su encuentro. Trago saliva. Se gira. Ahora, en vez de un Igooooooor sostenido, la señora Gisela abre la boca, cielos, díme que no eres tú, se queda petrificada, yo también, esperando saber en quién me he convertido, y cagándome encima de miedo, porque he sabido encantarme, pero no tengo ni puñetera idea de cómo, cuándo y dónde me desencantaré para ser de nuevo quien yo soy de veras: Igooooooooooooor.
IX
“…me ha hecho mucho bien volver a verte”, me dice la señora Gisela. “…me has quitado cuarenta años de encima”. “… me he preguntado mil veces todo este tiempo, qué habría sido de ti…”. Trago saliva. “¿No te puedes quedar un poco más? Haré la cena”. Rehúso con educación. Ha sido una tarde entrañable. Se me han saltado las lágrimas varias veces. Por qué la vida a veces tiene estos bandazos tan crueles. Y eso que no me considero sensiblero para nada. Hago la despedida abrupta, antes de que me atrape con sus palabras y me ablande. Acelero el paso por la calle del Peso. Por lo menos, la señora Gisela ha tenido la visita de su primer amor. Cuando doblo la esquina, a la luz de las farolas encendidas, me miro las mangas y vuelvo a ser yo mismo, me giro, y diviso a la señora Gisela que, viéndome, traga su pena y me saluda como suele: “…hola, Igoooooooooooor”.
X
En casa me preguntan que qué me pasa, que por qué no salgo. Replico que me dejen, que estoy bien. Que salgo si quiero y me quedo encerrado si quiero también. Pero, uffffff. La verdad, es que soy un peligro.
XI
Cómo podría aprovechar este encantamiento. Cómo. Muy sencillo. Acercándome a Rebeca. Pero la pregunta grande es: ¿estoy preparado? ¿lo voy a hacer bien? En mi calentamiento de cabeza, pienso que no tengo práctica suficiente en ser quien tú quieras que sea. Necesito un poco más de rodaje.
XII
Se nota que el fin del Verano se acerca. Se nota en las sombras de las casas sobre las aceras. Se nota en la tormenta que ha descargado este mediodía en tromba y que ha puesto las calles perdidas y dejado los techos de los coches abollados por el granizo. Y se nota en que en el Bar del Pueblo ya van poniendo de vez en cuando: “El final del Veranoooo”, del Dúo Dinámico.
XIII
Sí. Podría ser. Por qué no. No es tan mayor como la señora Gisela, con lo cual no corro el peligro de convertirme en un viejo-viejo amor. Ahí está, la señorita Pilar… Cómo olvidar sus clases de lengua, sus comentarios de texto. Y el cinco pelado con el que me despachó. Se sienta en el banquito de piedra del parque. Y ahí pasa las horas, leyendo, devorando libros que caben dentro de su bolso infinito. Hoy no sé qué hará. El banco aún estará mojado. No es muy simpática. Me cruzo con ella. No me saluda. Evidentemente no estoy en el ranking de sus mejores alumnos. Pero me ha visto de sobra. Carraspeo. Me concentro. Uno, dos, tres. Me encanto, es decir, me hago el encantamiento. Vuelvo a la carga, a por la señorita Pilar. Esta vez, esta vez… escucho un AAAAAHHHHHHHH!!!!! que me hace salir corriendo, pitando, en dirección contraria.
XIV
Es que soy Duncan. El Bichón Maltés de la señorita Pilar, el perrito  que apareciera fotografiado en los troncos de los árboles y en las farolas con un “se gratificará”, el animalito del que un día nunca más se supo. Da un grito. Me coge al vuelo, me estruja, dónde te habías metido, me habías matado del disgusto, nunca más vuelvas a hacerme esto, ¿me oyes?. Me mira,  me examina. Y yo qué hago. Le lamo la mejilla en correspondencia. Ahora no me suelta, aprieta mis huesecillos, y acelerando el paso, me lleva a casa, “ya llamo después al veterinario para que te mire…”. Intento darle conversación, pero me salen ladriditos afónicos, acordes a mi tamaño. Poco a poco entro en pánico. Sobre todo cuando ella ha cerrado la puerta, me he visto, con lo que mi largo flequillo no me tapa, la cerradura allá en el cielo de los humanos, y me he dado cuenta que estoy encerrado entre sus cuatro paredes.
XV
Lo siento. No me volveré a hacer pis en la cortina. Pero es que han pasado unas cuantas horas desde que estoy aquí metido, y la señorita Pilar no me saca a la calle, por mucho que le señale, por mucho que le menee el rabito, por mucho que le implore con mis gimoteos. Eso sí, me ha puesto un plato de compuesto, que no se lo salta un torero. Nada de marca blanca. De lujo, especial Bichones. Me sabía bueno. Tenía hambre y me he puesto ciego. Mientras me entretenía mordisqueando una zapatilla solitaria que he sacado de debajo del sofá, allá viene la mujer con una fregona, “no pasa nada, Duncan, pero te recuerdo tienes en la cocina para hacer pipí y popó. Ven y te lo enseño”. Yo la sigo, brincando, a su alrededor. Mi blanco y liso pelo sedoso se ha crispado de repente cuando, amenazándome con el dedo, me ha advertido: “si te escapas otra vez, te capo”. No lo he podido evitar. Ahí sí que, literalmente, me he cagado encima.
XVI
La duda que tengo es cómo me puedo tirar por la ventana rompiéndome el menor número de huesos posible. Otra duda es cómo reapareceré en mi carne sonrosadita mortal; si con ropa, o en bolas, tal y como le pasaba a Peter Ustinov. Ha caído rendida la señorita Pilar. Muchas emociones para esta tarde de Agosto. Me asomo. Será una planta baja, pero da un vértigo que asusta. Cierro los ojos. Salto.
XVIII
AY, OOOY, UUUUUYYYYYY:  qué ostión. A casa he llegado con la pata coja y he dicho que me he caído en la cuesta del Pilón. Con este esguince he acrecentado mi leyenda de gran patosillo. Hay una parte buena en eso: No me cruzaré de momento con la Señorita Pilar. En mis pesadillas la veo, chas-chás, blandiendo hacia mí unas tijeras de podar cataplines. La parte mala es que tendré que esperar unos días, con el pie en alto, antes de poder abordar mi verdadero objetivo: ser quien Rebeca quiera que sea.
XIX
Septiembre es lo que tiene, que viene en cuanto Agosto se acaba. En Gorroperdido, ya han terminado las fiestas. El aire se torna más fresco. Y las calles parecen más anchas, con mucho sitio para aparcar, porque los veraneantes se han ido yendo y quedamos los mismos, los de siempre, los de aquí. Cojo la muleta, “Igorrrrrr, no te vayas muy lejos, que así no te curarás nunca”. Es el día. Los encantamientos no entienden de cojeras. Joder, cómo duele el empedrado rústico. He tenido horas y horas para pensar. Ésta es la prueba. Si Rebeca me quiere, como estoy seguro que sí, como yo escuché que me dijo, me convertiré en mí mismo. Ella querrá que yo sea yo. Y ahí me derretiré del todo. No puede ser de otra manera. Rebeca, Rebeca. Cuánto te extraño.
XX
Tendría que saber interpretar todo lo que mi forma de mirar quiere decirle. Un te-quiero con todo lo que eso lleva dentro. Me ve de esta guisa. Se me acerca. “¿Cómo llevas lo de tu mala pata, Igor?”. Trago saliva. Me azoro. Ahora no sé por qué camino tirar. Uno sube hacia arriba, esto duele a morir, estoy muy malo, pinta mal, la lesión es grave-grave. El otro baja hacia abajo; estoy fenomenal, mañana mismo me pongo a jugar a fútbol, no me ha dolido nada de nada de nada. Es lo que me pasa, que para mí, no existe un camino en el medio.
XXI
Luego se despide sin más, “que te mejores, chavalín”. ¿Ya? ¿Nada más? ¿No hay otros temas? Se me despide con una sonrisa. Quiero llamarla, quiero preguntarle, pero entiendo que es el momento. He de actuar. Me encanto. Me tengo que encantar ya. Me toca ser ahora quien ella quiere que sea.
XXII
“…después me planchas estas blusas, Isa. No me las había puesto desde que te marchaste, porque a mí no me quedan como a ti”. Acabo de recogerle la ropa. Me pellizco. Soy Isa. Trabajo de empleada del servicio en casa de Rebeca. Esto no me puede estar pasando a mí. Antes de desaparecer del todo, Rebeca, se gira: “me alegro un montón de que hayas vuelto de nuevo. Estoy muy arrepentida de todo lo que te dije… Isa, bienvenida de nuevo: ésta es tu casa”.  Luego descuelga su cazadora. “Señorita Rebeca, perdone… ¿va a salir con... Igor?”. Rebeca, amortiguando la risa,  niega la mayor.  “Con ése no. No sé si llego a cenar, pero si no vengo, lo que tengas preparado, lo dejamos para comer mañana”. Con la casa sin Rebeca me viene bajón. Estoy por venirme abajo, por deshacer el encantamiento. Luego encojo, los hombros. Una vez puestos, lo mismo me da ahora, que dentro de un rato. Primero plancharé las blusas y luego ya veré si eso.
LIII
Querido tío Ginés:
Este Lunes volvemos ya al cole. No tengo ninguna gana, sobre todo por cruzarme con una profesora que ya te contaré. Por cierto, “El libro de las Ocurrencias” es una pasada. Voto a bríos que hay historias increíbles. Gracias por regalármelo. Me lo he leído en tres sentadas. Engancha. Ahora entiendo el poco tiempo que coincidimos en tu última visita. Ahora me cuadra. La próxima vez que vengas, por favor, no te pongas a ser quien yo quiero que seas…  Espero que sea pronto. Cuando mi padre no nos vea, mejor me dejas tu casco, me subes a la Sanglas y nos vamos a dar una vuelta por donde el camino de los riscos, que este año lo han asfaltado. La próxima vez que vengas querré que seas tú.  No dejes de contarme por favor los líos en los que te metes.  Ya sabes que yo no me chivo a mi madre. Un abrazo, tío Ginés. 
IGOR

lunes, 22 de agosto de 2016

Empezar por el principio

I
Reconozco que me da mucha rabia tener que empezar las cosas por el principio. Muchas veces me imagino el tiempo que nos ahorraríamos en esfuerzos y colegios si nuestro ADN llevara incorporado lo que aprendieron nuestros mayores. Nuestra progresión y la de las futuras generaciones sería geométrica, meteórica, imparable. A mí me gustaría saber tocar el piano que tenemos en el comedor, sentarme en la banqueta, levantar la tapa, y a la primera, deslizar los dedos por las teclas como si hablaran, como si tuvieran vida propia. Igual que hace mi abuelo, que es capaz de echarme un sermón, sin que las notas dejen de sonar por lo bajini. Pero tate, es que hay que estudiar solfeo. Es que hay que leer un pentagrama. Es que hay que empezar por el dorremí. Ahí, en el principio, es donde yo me atasco. Conmigo que no cuenten. A mí me tendrían que abrir la página por uno de sus conciertos para Piano y Orquesta, y yo, con lo que sabe mi abuelo, debería ser capaz de bordarlo de forma innata, virtuoso por la vía rápida, recogiendo su experiencia y su sabiduría… Cómo suena. Como los ángeles. Lo escucho embelesado, sí. Él, con una paciencia de santo, me llama, “Sabino, ven”, para que me siente a su lado y empiece. Lo tiene claro. La  música, interpretada por mí, si la tengo que empezar desde el principio, nunca será lo mío.
II
Nos llama el abuelo desde el garaje. Otra vez la furgoneta no arranca. Otra vez, zafarrancho. Mis hermanas y yo bajamos de tres en tres los escalones. Lo encontramos enjugándose el sudor del cuello con un pañuelo con cara de circunstancias. “Cámbiate este trasto ya”. Hale, hale, toca remangarse, toca empujar. Él se sube. Nosotros, detrás, aupppp, aupppp, a la de una, a la de dos, cogemos carrerilla. Coño, con perdón, cómo pesa la burra. Tacatacatacatá…. No se coge… Más deprisa, más deprisa, ¡ahora, ahora! Me entra flato: o se pone en marcha ya o no puedo más. BROOOOOM, BROOOOM. Da un acelerón en el camino, levantando una nube de polvo que nos cubre y nos pone los calcetines perdidos. Nos deja atrás. Luego frena. El motor queda al ralentí. Aplaudimos. “¡No te acostumbres, abuelo, que ya van unas cuantas!”. Hace marcha atrás, abre la puertecilla, sale, nos da las gracias. A mí, revolviéndome el pelo, me dice: “Sabino: tú te pareces mucho a este dos-caballos… le cuesta ponerse en marcha, pero una vez arranca, no hay quien lo pare”. Me quedo pensando. Vaya comparación. Yo ya tengo la etiqueta de que no me gustan los principios. Mis tres hermanas, que son un rato bordes, se burlan de mí y, subiendo las escaleras, van gritando: “¡chisss, chissss, cuidado, cuidado, que viene el  dos-caballos de la familia!”.
III
El agua de la alberca estará fría de narices. No se mojan ahí ni las ranas. No me arrimo mucho, no sea que me resbale. Vengo receloso en esta tarde de vacaciones. El abuelo viene avisándome: “saber nadar es innegociable, Sabino”. “Será del mar que tenemos en el pueblo, abuelo, será por eso”. Digo yo que, si no tengo más pepinos, aquí sí, aquí empezaré por donde no cubre. Digo yo que, me mojaré poco a poco, primero los pies, para que de la impresión, no me dé un corte de digestión. Digo yo que… CHOOOOOFFFFFFF. ¡¡Coño, con perdón, brrrrr, el agua ésta es hielo de la antártida!! Al principio grito, cagüen, trato de protestar, pero como, gluglú, trago agua, entiendo que aquí en este líquido elemento, tengo que cerrar la boca, y por cerrar tengo que cerrar hasta mis poros. Abro los ojos, veo borroso verde, y braceo, sobre todo braceo como un cohete, hacia la escalera. Mi abuelo espera atento. Me quejo, me sale un lloriqueo: “¿pero por qué me has empujado? ¿por quéeee?”. “…porque a ti no te gusta empezar por el principio, por eso, contigo me tengo que saltar las primeras lecciones”. Me arropa con la toalla. Tirito de frío. “¿Entonces yo ya sé nadar, abuelo?”. Él, entre risas, qué gracioso el asqueroso,  puntualiza: “por lo menos sabes bucear, Sabino”.
IV
Son cosas suyas. No sé qué le ha dado al abuelo. Ahora me habla en inglés. Qué dices. No me entero. Insiste. En inglés. Que no, que no sé qué me dices. ¿Me lo puedes repetir en castellano? Se lo digo a mi madre, “mamá, mamáaaa, ven que el abuelo está un poco “pa-allá””, a ver si ella le lee la cartilla y lo llama al orden. Desde el comedor, sentado en la banqueta del piano, yo no sé por qué esta melodía hace que yo siempre piense en ti, él suelta una parrafada, sí,  claro, en inglés. Qué ha dicho, qué ha dicho mamá. “…dice que, para que pueda enseñarte a hablar inglés a ti, tiene que ser así, él contigo no puede empezar por el principio…”.
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CV
…toc, toc. Llaman a la puerta de mi habitación. Será la cena que está puesta. El flexo ilumina el papel. Está en blanco. Joder, joder y joder. Estoy atascado. Como siempre, no sé por dónde empezar. Con una voz trémula, él me aconseja: “sáltate el principio, Sabino, empieza por la mitad, y ya irás después para atrás”. Sale sin hacer ruido. “OK, thanks, grandpa”. Me quedo sonriendo. Este abuelo… se salió con la suya. Me enseñó a hablar inglés empezando por la mitad, y ahora a mí  con él, no me sale hablarle de otra manera.
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CCCV
…sí, sí que se puede. Y además, en el sueño, he visto claramente cómo se hace. Lo sabía. Sabía yo que era posible… que lo que tenemos aquí  en el cerebro es como un disco duro. Patentaré mi descubrimiento: Introducción en el ADN de los diferentes conocimientos y disciplinas. Será un fenómeno conocer a eminentes médicos con chupete. Será un fenómeno asistir a un concierto de bebés superdotados. Doy botes de alegría. Lo sabía, lo sabía, lo sabía. Es una pena que esto llegue un poco tarde para mí. Salto de la cama, bajo de tres en tres los escalones.  Miro con nostalgia hacia el viejo dos-caballos cubierto de polvo del abuelo. “…una vez arranques, Sabino, no habrá quien te pare”. Y salgo eufórico, bien, bien, bien, a la calle. Una vez ahí, antes de llegar al bar de la esquina, me paro. A dónde voy yo con esto. A quién se lo cuento primero. 
CCCVI
…me imagino una legión de multinacionales tras de mí. Me imagino espías de todos los colores siguiéndome hasta en la taza del water. Con que les diga cómo se hace ya lo tienen todo. Después no me necesitan para nada. ¿Y si los conocimientos a instalar de forma innata en las futuras generaciones no fueran limpios? ¿Y si se utilizara esto de forma partidaria y sectista? Glup. Se me nubla la vista. Muy deprisa iba yo a ninguna parte. De momento, entro en el bar. Pediré un café que me despeje y me aclare, en esta guerra, por dónde empiezo.
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DCCCVIII
Reconozco que me sigue dando mucha rabia tener que empezar las cosas por el principio. “Qué tal Sabino, pensaba que venías a matricular a tu nieto”. Estoy un poco nervioso. Acabo de dar el paso y ahora espero no salir corriendo. “No, no. Me apunto yo. De primero de solfeo. Quiero aprender música. Desde cero”. Corre el sudor por mi frente. Pedro Juan, el secretario de la banda de Gorroperdido, me apunta en la ficha. “…con un genio de la música en la familia como era el Maestro García, vas a tener ventaja”. “Un poco sí: el piano ya lo tengo en casa”. Mientras el secretario se ríe, “je, je, yo me refería a los genes”, me quedo mirando al infinito. Yo no sé por qué esta melodía hace que yo siempre piense en ti… Me quedo pensando en inglés. “¿Ves, abuelo?, aquí me tienes, bajándome del burro, y, dispuesto a empezar en esto desde el principio…  Como al dos-caballos, me ha costado ponerme en marcha y, como tú me decías, espero ahora que no haya quien me pare”.

lunes, 27 de junio de 2016

Yo grito




I
¡Ana… ARG, ARG, ARGGG…., que me ahogo, que me muero! ¡Arg, arg, arg! ¡Cuando veas que estoy bebiendo no me digas estas cosas! ¡Se me cuela el café por la tráquea, se me sale por la nariz, pongo el mantel perdido, va por todos los sitios menos por donde toca! ¡Arg, arg, arg… que no, que no, que no me río de ti, cariño! Claro que te tomo muy en serio… y más si me estás contando que tienes novio… arg, arg… cachis con el atragantamiento… ¿Se llama Samuel? Ahora es cuando te tengo que preguntar eso de “y cómo es él, en qué lugar se enamoró de ti…”. Arg, arg… me lloran hasta los ojos. Que no me burlo, de verdad. Chica, eres muy muy, susceptible. Lo que yo quiero es que me lo cuentes todo. Mira, para que no digas. Invítale a pasar este Viernes la noche en casa. Yo hablo con su mami si quieres. Os recojo al salir del cole. O se lo preguntas tú directamente, como prefieras. ¿Vale? ¿Estás así más conforme? Ahora no me digas nada durante diez segundos: me queda el último sorbo y yo quiero que cuando baje la cafeína no pille desprevenida a mi epiglotis.

II
Ana: No me lo puedo creer. ¿Te dijo primero que sí, pero después que no? ¿Así, sin más, te espetó con un “es que verás: yo grito” y te advirtió que te lo pensaras bien?  Si de levantar la voz se trata, aquí en esta casa afónicas tú y yo no estamos. Bien lo sabe Modesto el de abajo. Tenemos muy buen timbre. Escucha, si empieza así, este Samuel no te merece la pena. Él se lo pierde. Buah, desde luego, como excusa, nunca había escuchado nada parecido. “Yo grito, yo grito”. Igual no sabe que no por más gritar se tiene más razón.

III
Ana, hazme caso en una cosa. No estés triste. Sonríe un poco, hija. No quieras ser mayor antes de tiempo.

IV
Ana, reconozco que es muy buen chiquito. Muy educado también. Pero, cuando lo he visto salir de clase hablando contigo, me ha parecido muy poquita cosa. Oye, por cierto, no es gritón como él te había dicho. Se debe haber moderado y me ha saludado con un suave “buenas tardes, cómo está usted”. Y de tan poquita voz que le salía, casi ni le he oído.

V
Ana, qué lima. Qué saque. La tortilla ni tocarla, pero la tarrina de chocolate la ha dejado reluciente a lametazos. Dónde se lo mete, si está hecho un alambre. Le va a sentar mal. Mañana, cuando vuelva a su casa con retortijones, su madre va a preguntarse que qué le hemos dado al niño.

VI
¡Chicos, tercer aviso! A las doce y ni un minuto más, todo recogido y cada uno acostadito y durmiendo en su cama. ¡Y fin de la guerra de almohadas! Samuel… ¿es que no vas a quitarte los calcetines para dormir? Hala, hala parad un poco… como sigáis con este follón, va a subir el vecino de abajo. Y os aviso de que tiene muuuuy mal genio.

XVI
¡Chicos, vigesimotercer aviso! A la una, y ni un minuto más, todo recogido, por favor, por fa... ¡Anaaaaaa!, ¡No le des otro cojinazo así al pobre Samuel que lo desmontas!

XXVI
...ssshhh… parece que han caído. Ya era hora… ya no escucho risitas. Me asomo. Sí. Están rendidos. Qué aguante. Si no me llego a poner seria, se les hace de día. Él es un cielo de chiquillo. Con Ana se lleva a las mil maravillas. Me retiro a mis aposentos. Uaaaaaa… con este bostezo y estos pelos, parezco yo el león de la metro. Voy a caer directa, en plancha, en ZZzzzzzzz…

XXXVII
FIUUUOOOOOOOOOOOOOMMMMMMMMMMMMMM….
Mierda, ahora que casi me había dormido. Me cago en todo lo que se menea. El avión de Wendest. Ya les vale a los del Aeropuerto. Programar un vuelo que aterriza en Mardebé a las tres y cuarto de la madrugada. Normalmente no me entero, pero hoy… Ufff… como se despierten los peques… Yo ya estoy revolviéndome entre las sábanas, sin saber cómo ponerme. Con los ojos de par en par mirando la lámpara. Un, dos, tres, empezaré a contar ovejitas, cuatro, cinco, seis.

 XLVII
¡¡¡¡¡¡AAAAAHHHHHHHHHHHAAAAAAHHHHHHHHH!!!!!! 
¿Quién grita? ¿Qué pasa? ¿A quién están matando? Doy un salto, me doy con la frente en el canto de la cama. Mierda. Chichón habemus. A oscuras. Dios, qué ha ocurrido. Quién ha dado ese alarido. Salto por el pasillo. Abro la habitación. Ana, hija, no te asustes, no pasa nada, no pasa nada. Samuel, Samuel… ¿tú estás bien? Ana… éste está roque, éste duerme como un bendito… Samuel, despierta, ¿estás bien? ¿te pasa algo? Ana, por favor, no te me abraces, no me agarres como una lapa, que me vas a tirar al suelo… Me va el corazón que se me sale del sitio… Creo que ahora entiendo eso de “yo grito”. Joder, gritar es poco. Estoy por llamar por teléfono a su madre. YA. Igual no hace falta, lo mismo lo ha oído ya desde Mediavilla. Joder, esto se avisa. Menudo compromiso, si de un grito se nos muere y se nos queda aquí. O peor, si de un alarido nos mata y nos encuentra mañana fritas. Vaya susto morrocotudo que nos estamos llevando. Me tiemblan las piernas. Me tiembla todo. Hija, tú te vienes a dormir conmigo. Éste nos da otro chillido así y te deja sin tímpanos. Ven, cariño, ven. Ya ha pasado todo. 

XLVIII
¡¡¡¡¡AAAAAHHHHHHHHHHHAAAAAAHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!
Chisssss, Ana, chiss… tú ni te muevas, que no es nada. Y no me des más patadas, que me estás cosiendo esta noche, hija. Ya sabemos que es otro alarido de Samuel. Qué potencia pulmonar. Van cuatro. Y éste último, lo menos lo menos habrá llegado a los 99 decibelios.

LV
Dinnggggggg-donggggg. El timbre, sí el de la puerta, no el de la calle. No lo he soñado. A las cinco de la mañana. Qué hago. Me levanto o no. Voy de puntillas por el pasillo. Ay, mi chichón, mañana cuando lo vea. Me asomo a la mirilla. Es Modesto, el vecino de abajo, el del muuuuy mal genio. Qué pinta trae. Resopla como un toro. Así no le abro. Se rasca la oreja. Contengo el aliento. Se cansa de esperar. “Mañana tendremos unas palabras”, advierte. Se bate en retirada. Menos mal. Suspi…
¡¡¡¡¡¡AAAHHHHHAAAHHHHHHHAAHHHHAAAAHHHHHHH!!!!!!
¡La madre que parió al crío éste! ¡Es que grita como si lo estuvieran desollando vivo! ¡Es que me pone taquicárdica! ¡Es que éste me mata de un susto! ¡Es que lo despierto ahora mismo, lo empaqueto, y se lo mando a su madre para que lo aguante! Modesto, desde la escalera, se revuelve. “¡Un poquito de consideración! ¡Sé que pasa algo ahí dentro, Flora! Ahora sí que sí, llamo a la policía y que os denuncie, aquí no hay quien duerma ni pegue ojo…!”.

LX
Por suerte, mi pequeña Ana duerme. Excepto el primer alarido, no se está enterando de la nochecita. La culpa es toda mía por ir de guay liberal y haberla animado a traer su “novio” a casa. Aún me pasa poco. Me he sentado en el sillón. Espero que venga la policía de un momento a otro. Ahí tendré que abrir. Ahí tendré que dejarles pasar. Y ahí me oiré a mí misma diciéndoles: “Vale, de acuerdo: el amiguito de mi hija grita. Pero si se lo quieren llevar a comisaría, tienen ustedes que pasar por encima de nuestros cadáveres”.  Me encojo por momentos. Y me extraño de mi encendida defensa de Samuelillo el chillón. Con la manía que le he cogido. Con lo a punto que he estado de sacarlo al balcón y para que siga allí durmiendo y que dé alaridos cuando le plazca. Sí, es un GRITÓN. Pero esta noche es NUESTRO GRITÓN. Mmm… Son casi las seis. Y ahora, qué raro, hace un buen rato que no se oye nada de nada.

LXI
Aún no es de día… Soñaba, soñaba con un cuento. Ana, duermes a mi lado hecha un ovillo, y en este sueño tú eras mi ratita presumida.  

LXX
…y entonces una mano gélida se posó sobre mi hombro…
¡¡¡¡¡¡AAAAAHHHHHHHHHHHAAAAAAHHHHHHHHH!!!!!!  
Ana se asusta de mi susto. El amiguito de mi hija me saluda, “buenos días, cómo está usted”. Ahí está el niño que no ha roto nunca una cristalería (pero casi), con sus calcetines puestos. Ana me reprende: “¡Mamá, mamá, por favor menudo chillido acabas de dar, le has puesto los pelos de punta al pobre Samuel!”. Me percato de que los pequeñajos me miran con cara de pánico. Son las diez en el reloj de la pared. “No pasa nada, no pasa nada”, les digo entonces con voz de ultratumba. No sé por qué se quedan estupefactos cuando les anuncio: “en cuanto vuelva un poco en mí misma, bajo literalmente de la lámpara, saco los dedos del enchufe y os preparo el desayuno”. Ahí es cuando Samuel, sonríe con admiración y exclama: “¿Sabes, Ana? Me gusta muuuucho tu mami: ella también grita”.









lunes, 30 de mayo de 2016

El Rey del Último Minuto


El silencio se rompe. Gira la llave en el bombín y se abre la puerta. La mano de Flavia busca el interruptor mientras tintinea la pulsera. Ahora que se hace la luz en el salón les invita a entrar: “Pasad, pasad por favor… él suele acostarse tarde… seguramente estará despierto aún”. Cuelga su bolso en la percha junto a la entrada. Detrás, casi de puntillas, Chelo murmura: “…no deberíamos haber subido… no son horas”. Kepa deja caer la chaqueta sobre el sofá y les indica el camino a la terraza. “¿Qué os apetece…? ¿preparo café?”. Benigno asiente, “por mí bien”,  y le sigue: “¡Joooo, vaya vistas tenéis desde este ático!: Mardebé a vuestros pies”. “Si te asomas, ves el mar”, apunta Flavia, mientras sube los escalones que llevan a la habitación de Fabricio. Chelo está en un sí, pero no: “Flavia, no lo despiertes, pobrecito, no lo llames”, la sujeta a mitad de escalera, “…es verdad que hemos subido porque me apetecía un montón verlo… la última vez era tan, tan pequeñín…”. “Mmm…. Tiene la luz apagada. Pero ea, no pasa nada, le pido que salude y luego que se vuelva a acostar”. Está cerrada su habitación. Toc, toc. Llama. “Fabriiiii…. ¿estás durmiendooo?”. La respuesta es el silencio. Pasan diez, quince segundos. Responde con un “nooooooooooo” gutural. “¡Ay qué bonico, le ha cambiado la voz!”, salta Chelo desde abajo. Flavia se explica: “Han subido a casa Chelo y Benigno. Hemos pensado que vamos a tomar algo en la terraza y a charlar un poco. Chelo dice que no te ha visto desde que te dio clase de Historia en séptimo… ¿cuánto hace de eso? ¿cinco años? ¿No te importa…? ¡Anda, peque, no seas antipático!”. La respuesta es más silencio. Unos minutos más tarde, Flavia sale a la terraza donde ya humea el café y anuncia: “Dice que ahora baja”.
* * * * *
Desgreñado. Con los ojos cegados por la luz. Con el pijama de pantalón corto de Spiderman. Vacilante. Irrumpe en la terraza y suelta un ronco: “Buenas noches”. Chelo se gira y lanza un UAAAAAHHHHH que puede hacer saltar la paciencia de los vecinos que se revuelven en sus camas porque así no hay quien se duerma. Este Fabri espigado, con pelusilla en el bigote es él, es su pequeño Fabri. Y le caen dos sonoros besos. “¡…déjame que te mire… pero qué guapo… qué alto… qué…!”. Menudo cambio. Lluvia de piropos. No se iba a quedar como la pulguita que fue, piensa él. Delante de la señorita Chelo sigue teniendo vergüenza. Mucha. Se ataranta. Ella le recuerda muy, muy bien. Fabri era especial. “¿Y qué? ¿Sigues dejándolo todo para el último momento?”. Flavia se atraganta. Ya contesta por su hijo, ya:. “qué va, menudo cambiazo ha dado… no verás chico más organizado que él. Lo tiene todo planificado. Distribuye su tiempo de manera que le cunde y llega a todas partes…”. Fabri casi se ruboriza. “…no exageres”. Su padre lo corrobora: “es verdad: siempre va por delante… a éste no le pillará nunca el toro… yo no sé a quién le sale este chiquillo… es un máquina”. Chelo se lleva las manos a la cara. Quién lo había visto y quién lo ve ahora. Como si no lo creyera. “…es que tú eras justo lo opuesto: hacías los deberes en el autobús un minuto antes de entrar en clase… te pasabas los exámenes mirando el techo y, luego, al final te inspirabas y escribías a toda prisa… te quedabas  en el comedor hasta que salían las de la limpieza para fregar y así poder pasar la bandeja con los platos mareados pero sin tocar… ¡es que tú eras EL REY DEL ÚLTIMO MINUTO!”. Fabri se encoge de hombros. Flavia la interrumpe: “…sí, lo sería de pequeño… pero andando el tiempo se le ha activado su gen de la madurez… y eso, aquello, se quedó para la leyenda”. “Míralo, Benigno, míralo…”. Chispitas en los ojos de Chelo. Suspiros. Admiración. Quién lo diría. Impresión. “…se ha hecho mayor”. A Fabricio también se le nubla la mente con recuerdos. Chassss. “Bueno… yo voy a a acostarme otra vez… Me he alegrado mucho de veros”. Antes de retirarse, carraspea y pregunta: “¿Cómo está Laia?”. Aspavientos. “¿LAIA? ¡Lleva atacada del todo desde hace dos semanas! ¡Mañana tiene un examen de Física y no hay quien le tosa ni le pueda decir ni mu!”. “Le dais recuerdos de mi parte”, pide. Mientras sube despacio los escalones, aún escucha parabienes y admiraciones. Qué cambiazo, qué grande, Fabri, qué grande. Luego, enciende la luz de la mesita, coge el despertador, y lo adelanta una hora. En vez de a las siete, a las seis. Entre dientes se le escapa un “Otra vez, cagüen. Como siempre, joder. ¡Ya no me acordaba del examen de Física de mañana y no he abierto aún el puto libro!”.

domingo, 24 de abril de 2016

Alguien que te esté esperando



SEPTIEMBRE
Siempre llegan los Viernes. Con la sonrisa puesta, a las seis, tic tac, Fran, deja su lupa encima de la mesita de trabajo, apaga el flexo y cuelga la bata azul en la percha. Mientras se desentumece el cuello, suenan casi al unísono los relojes de carrillón que recubren las cuatro paredes de su Relojería. Todos sincronizados. Todos a la venta. Muchos tienen solera. Llevan con él toda la vida. Cuando abre la puerta para salir, Cu-cu, Cu-cu, Cu-cu, Cu-cu, Cu-cu. Es el cucú, que va por libre. Canta una menos y encima se retrasa. A Fran le sale un gesto de contrariedad. Pensaba que ya lo tenía ajustado. Pero ve que no. Da la vuelta a un cartel: “Vengo en cinco minutos”. Sabe que será más, pero bueno. Gira la llave, no baja la persiana. Relojería Palacios. Andando despacio por el piso mojado de la calle Mayor de Gorroperdido, el reloj del campanario da sus cuartos y sus horas. Para las revisiones, el párroco prefiere a cualquier relojero de Mardebé antes que a él. Lo de fuera es que es siempre mejor. Allá el párroco. Fran se sube a su Seat Terra con el asiento trasero bajado. Desengancha el cinturón y lo ajusta. Arranca a la tercera, el motor estaba frío. Y conduce, pueblo abajo, camino de la estación. Son seis kilómetros. Mira el reloj, su casio digital. El tren pasa a las seis cincuenta y siete. Aún falta bastante, pero él prefiere tomárselo con tiempo, y estar ahí, para que cuando su nieto Sergi se apee, vea que sí, que no está solo, que hay alguien que le está esperando.
OCTUBRE
Fran ya lo dijo. Con él, al chico no le faltaría trabajo. Le desentrañaría los misterios del tiempo. No para hacerse rico, sí para vivir dignamente. Pero, ah, amigo, eso son decisiones de los padres. Ahí el abuelo loco no podía meterse. Y los  padres, erre que erre, que el niño estudie en Mardebé. ¿No querían Mardebé? ¡Pues ahí lo tienes al pobrecito, de Lunes a Viernes interno en un colegio! A Fran se le revuelven las tripas. Qué manera de cargarse una infancia. Prefiere dar pasitos, mirar al fondo, donde se juntan los dos raíles de las vías. Prefiere contar las moscas, que todavía abundan y que, aún en Octubre, están más pegajosas que nunca. Prefiere no mirar al reloj parado de la vieja estación. Así está todo en este país. Roto, o parado. Si le dejaran… lo pondría como nuevo. El ruido de unos neumáticos en la grava le sacan de su ensimismamiento. Un R7. Una mujer baja del coche. Le suena su cara. Cree que de la Alquería de  la Cueva. Se cruzan dos “buenas tardes”. Luego, nada. Cada uno espera al mismo tren por su cuenta. Consulta de nuevo el “Casio”, que parece que no anda. Se acelera su corazón. Ya son y cincuenta y cinco. A partir de este momento es cuando su neurona cojonera empieza a martillearle con preguntas. “Y cincuenta y siete y aún no viene. ¿Le habrá pasado algo?”.
NOVIEMBRE
Fran se sube la cremallera de la chaqueta hasta el cuello. Está arrimado a la pared de la estación para guarecerse del cierzo que sopla inmisericorde. Ya es noche oscura. Ya están ahí las luces del R7 que aparca junto a su Terra. Ya está ahí Davinia. La señora de la Alquería. Su hijo: otro chaval que estudia fuera. Ahora sí, se saludan. Con la sonrisa de Viernes. De, “ya vienen los chicos otra vez”. Ella trae una bolsita. “Pasteles de boniato, a Félix le encantan”. Son para que, nada más baje, arramble con ellos. Sí claro, a saber qué comen durante la semana. “Prueba uno”. Él agradece con una sonrisa el ofrecimiento, pero rehúsa. Si son para su niño, son para su niño. Eh, eh, ya escuchan el silbido a lo lejos. Ahí vienen. Arrebujados, acceden al andén. A los pocos segundos, un punto deslumbrante crece con la distancia. A la neurona masoca de Fran aún le da tiempo de enviar un angustiante mensaje: ¿Y si el chico hoy se hubiera despistado y hubiera perdido el tren?  Entre crujidos, el tren para. La estación queda en silencio.  Una puerta en cada vagón se abre. Sergi delante. El otro chico, Félix, ha dicho que se llamaba, detrás. El revisor se asoma y comprueba. Nadie sube. Nadie más baja. Sopla un silbato. El tren responde. Lentamente, chacachá chacachá,  reemprende la marcha. Se aleja un punto rojo hacia el horizonte. De repente para Fran, Davinia ha quedado en un segundo plano. Cuando se van a subir a la Terra, levanta el brazo y les desea un buen fin de semana. Ella responde con una sonrisa. Ya dentro de la Terra, Sergi no puede callarse: “…abuelo… ese tío, ese Félix, créeme, es un auténtico engreído… un capullo de los de verdad”.
DICIEMBRE
Como cada tarde, a las cinco en punto, Fran ha ido a la Relojería Palacios. Los relojes de carrillón le han dado la bienvenida cinco veces. Ha mirado inquisitoriamente también al cucú y… finalmente también, el pajarito puñetero se ha asomado sólo cuatro, una menos que su hora. Pero hoy, de nuevo Viernes, ha abierto sólo para poner el letrero “vuelvo en cinco minutos”. Una hora antes. Después, sin desanudarse la bufanda, ha subido a la Terra. Ha puesto el “estarter”. Ha arrancado a la primera. Y ha enfilado camino de la estación.  Al poco de llegar, por el retrovisor, ha avistado el R7 de Davinia. En el cassette, Luis Aguilé, uh, qué calor, sentado en la playa se está mucho mejor. Todo sugestión, porque fuera hace un frío que pela. Ella sube a la Terra. Trae tres bolsas. Una, la de siempre, para Félix. Otra, para Sergi, si quiere. Y la tercera, tal y como prometió el viernes pasado, es para ellos, para merendar. Con empanadillas de dos clases. Y además, destapa un termo con café bien caliente. Uauhh. Comen en silencio. “no quería decirlo…pero esa música es horrible”, se sincera ella. Al punto la quita, el Aguilé más melancólico empezaba a salir de Cuba. Qué deprisa pasa el tiempo cuando se está bien. En un pispás los chicos están ahí, para pasar las Navidades en casa. Reaparece entonces la neurona cojonera y suelta en el cerebro de Fran que “no es que no tenga ganas de ver a Sergi, pero qué bueno habría sido que hoy, el tren, hubiera tardado un poco más...”. 
ENERO
Cuestión de orgullo. Lo destripó, esparció su mecanismo encima de la mesa y empezó a buscar el motivo del cucú rebelde. Después, con pulso firme volvió a poner cada muelle, cada tornillo en su sitio. Engrasó los resortes. Ahora sí. Funciona al unísono con los relojes de carrillón. Lo ha tenido en pruebas hasta hoy, de nuevo Viernes, primero después de Reyes. Sigue funcionando. Ahora sí. BIEN. A las cuatro, ya ni las cinco siquiera, lo ha envuelto en papel de burbujitas y lo ha metido en una pequeña caja de cartón. Qué desierta la estación de Gorroperdidó. Cómo golpean las contraventanas mal cerradas. El R7 no ha tardado en llegar. Cuando Davinia ha abierto la caja, “Baltasar pasó por mi casa y dejó esto para ti”, no ha podido reprimir un “cielos qué cosa más bonita, muchas gracias”. Él, enrojecido por su timidez, le ha dado cuerda, lo ha puesto en hora, ha contenido el aliento y… Cucú, Cucú, Cucú, Cucú, Cucú: A sus seis de la tarde, el Cucú ha salido sólo cinco veces. 
FEBRERO
Este Viernes atardece tibio para lo crudo que ha sido el invierno. Algunas flores atrevidas brotan en los almendros. Ellos pasean por el andén. Hoy juegan al futuro. Cómo te imaginas tú el año dos mil. Ufff… con lo que queda aún. Quién sabe. Tiene que llegar que los chicos nos avisen con mensajes de si salen en hora. Davinia concede. Tiene que llegar que los chicos lleven un teléfono en el bolsillo y nos llamen. Fran asiente. Tiene que llegar que hasta nos envíen fotografías en tiempo real. Ahí es cuando de nuevo aparece la neurona cojonera de Fran. Los chicos ya no vendrán al pueblo. Yo seré un viejo. Estaré achacoso. Y esta vía de tren la habrán quitado por deficitaria. Davinia le frena en seco. “Vamos a hablar de otra cosa”. Dan media vuelta, dirección sur, por donde tiene que llegar el tren de Mardebé. Y ya no sueltan ni media en lo que queda de tarde.  
MARZO
Fran mira, mira y mira más. No viene. Da vueltas en círculo alrededor de la Seat Terra. Hasta parece que se mueve el reloj parado de la estación. Llega a su hora, silbando, el tren. Como cada día. Pero Fran sigue mirando la carretera. No ha venido. Es verdad, ahora recuerda, que la semana pasada ella no se encontraba bien. Será… habrá pasado algo. Resopla la locomotora. Bajan. Del principio del convoy, Sergi. Del final, Félix. Como siempre, viajan juntos pero sólo se encuentran al final. Un abrazo a Sergi. Mientras, Fran ve cómo Félix se queda aturdido. No la ve. No está. No ha venido. Lo siguiente, es echar a andar. Fran lo llama: “¡Félix!”. Aquel se detiene. Se gira. “Ven con nosotros”. Entre dientes, Sergi le espeta, pero qué haces abuelo, dónde vamos nosotros con ese capullo. Aquél duda. Se decide. Y lo agradece. Por primera vez, y mira que está avanzado ya el curso, los dos viajeros que siempre se dan la espalda, comparten asiento. El de la furgoneta del relojero.
ABRIL
No se lo habían dicho hasta el último momento porque pensaban que se lo tomaría a mal. Joder, pues claro que se lo tomaba a mal. Por tres motivos. Por haber decidido abandonar Gorroperdido para probar suerte en Mardebé. Por habérselo dicho en el último momento. Y porque se llevaban del todo a Sergi. Se le hincharon las venas de la ira. Pero se contuvo aún a riesgo de que le reventaran. Contó hasta cien con uno de sus relojes digitales. Luego, imploró. Por dinero no iba a ser. Ahí estaba él para ayudarles en lo que fuera menester. “Quedaos, quedaos…”. Ha sido en vano. Esta tarde, su hija y su yerno se han marchado. Él no ha salido a la puerta a despedirles. Ha colgado el letrero en la Relojería Palacios “vuelvo en cinco minutos”. Y aún ahora está ahí dentro, ahogándose en sus lágrimas y en un mar de tic tac de cientos de relojes.
MAYO
Ni la Relojería, ni sus relojes, ni él mismo se paran. Fran sigue mirando con su vieja lupa, manteniendo su pulso firme, mientras aprieta tornillos micrométricos. Incluso esta mañana ha entrado el cura para preguntarle si no le echaría él un vistazo al reloj del campanario. Se ha sentido entonces como el último relojero vivo en el planeta. Ahora no hay manera. Es Viernes y su neurona cojonera está disparada, “vete, vete, vete”. Es Viernes y se acercan las seis. Qué va a hacer. Qué. Resuenan los relojes de carrillón en la Relojería. Hasta cree escuchar al viejo cucú que sólo se asoma cinco veces en el hueco que dejó en la pared. Eso es la puntilla. Ahí sí que sí. Se levanta, deja caer su bata azul encima de la silla, cuelga el letrero “vuelvo en cinco minutos”, y sale en tropel, a lo que dan sus rodillas. La Terra arranca a la primera. Derrapa en la segunda curva, lo que le recuerda que no está en un rally, sino en llegar a la estación, seis kilómetros abajo. Luis Aguilé en el cassette, cielo santo, es una lata el trabajar. Frena en la grava. La estación, como siempre a estas horas, es un desierto. Ha llegado antes. Mira por el retrovisor. Mira al frente. No tarda en escuchar el ruido del R7. Fran se queda paralizado. “¿Qué haces tú aquí?”, pregunta con asombro Davinia. Hay una emoción disparada en el ambiente. Lo siguiente, mientras se acerca el tren en el que vendrá sólo Félix, es un abrazo. Y en los segundos que dura el abrazo, su neurona cojonera no para: “que lo sepa, que lo sienta, que no está sola, que en ti tiene a alguien que la está esperando”.



domingo, 3 de abril de 2016

A la luna contigo

I
No me lo puedo creer. No puede ser. Me lo ha dicho mi tío Antonio. Él lo sabe porque estuvo en la reunión donde programaban las Fiestas de San Roque. Viene a Gorroperdido Peter Winter. Al principio he pensado: “será otro con el mismo nombre”. Pero no, me ha aclarado que es “el Piter Güinter ése que canta  quiero ir a la luna contigo”. Esto es un notición. Cómo puede venir a un pueblo tan pequeño como éste una estrella tan grande como ésa. Mi tío lo dice con gesto más que preocupado. “…este alcalde que tenemos es un fantasma… con tal de figurar, es capaz de organizar aquí en Agosto unos Juegos Olímpicos de Invierno y traerse la nieve de fuera…”. Me contengo para no salir a escape a contar la primicia. “…luego, créeme Chimo, estos dispendios y boatos los van a estar pagando hasta los hijos de tus hijos: lo que yo te diga”. Eso ahora da igual. Ya no me resisto. Me cuelgo de la persiana de madera como Tarzán se colgaría de una liana. Salto. Vuelo calle abajo. Aporreo la puerta de Asun. Se asoma su abuela protestando desde el balcón. Pero me abre ella. Se me sale el corazón del sitio. Se lo digo bajito. Aún me está pitando el oído de los chillidos que ha dado. “¡MI PETER WINTER! ¡AHHHH, AAAAHHHHHH, ME CAIGO MUERTA AQUÍ MISMO! ¡AHHHH, AHHHHH!”.
II
Paso por la peluquería donde trabaja mi madre. Saludo. El aire huele a laca y tinte. Me siento. Repaso el revistero. Página por página. Separo las revistas en dos grupos, según aparezca Peter Winter o no. De cada diez, en una no sale. Peter Winter desayunó. Peter Winter en la playa. Peter Winter almorzó. Peter Winter en su moto. Peter Winter merendó. Peter Winter de compras. Por un momento, no me da envidia Peter Winter que, seguramente, también cenó. Cojo pesadamente el montón de prensa rosada. Con voz inocente, le digo a la peluquera: “Mari, me llevo éstas y luego te las traigo”.  Sé que no pone buena cara precisamente, pero ella está a sus rulos y yo no le doy opción. Antes de que proteste, ya corro calle Mayor abajo. Y ya me está esperando en el portal de su casa Asun.
III
Le voy pasando. “Aquí sale más”. Asun la coge, la mira, la devora, “ay, qué guapo”, suspira. Me lo dice a mí para que lo corrobore. A mí me sólo sale un encogimiento de hombros. Mientras dura el repaso, el comediscos se agota. “…a la luna contigooooooo, ooo, oo”.  Llega a una, un primer plano. “Ohhhhh, ésta la quiero, para pegarla en mi habitación…. Mira qué pelo, qué ojazos”. Pongo cara. Mi madre se va a mosquear si no devuelvo las revistas intactas. Asun insiste:“…ésta me la quedo”. Bueno, va. Total por una página que falte, no se va a notar mucho. Las señoras que van a hacerse la permanente tampoco creo encuentren a faltar unos pelos y dos ojazos de menos.
IV
Le di mi palabra a Asun. Que no se preocupe, que a ese concierto histórico la invito yo. ¿Su reacción? Se colgó de mi cuello y me soltó un beso en la mejilla. Me he quedado aturdido. Aún me dura la sensación. El beso. El primer beso de Asun. Ya quiero otro. 
V
Me he puesto de todos los colores. Dos mil pelas la entrada. ¿Están locos o qué? ¿Hay que recordarles que esto es Go-rro-per-di-do? Eh, eh, que estamos hablando de una plaza de toros portátil con las gradas de madera ¿Se piensan que los billetes los tenemos escondidos debajo de las piedras? ¿No saben que eso no lo ganan muchos en un mes? He preguntado al alguacil si a los que vivimos aquí desde siempre no nos hacen un descuento, no nos regalan alguna entrada. Le he propuesto que repartan algunas en los colegio para hacer alguna rifa. Poco le ha faltado para mofarse de mí en mi propia cara. Que le den. Me saltan las lágrimas de la rabia. Pero una palabra es una palabra. Y yo, a Asun, lo último que le quito es la ilusión.
VI
Con éste, cinco coches lavados. A veinticinco pesetas cada uno…. (música del un-dos-trés)… ¡ciento veinticinco pesetas! Brrrrrr. Me he pelado la clase de Música, pero ha valido la pena. Anochece. No hay más coches que quieran ser lavados y puedan pagármelo en todo Gorroperdido. Rastreo por las calles de abajo. Mis manos, agrietadas, del agua, del champú, de la gamuza,  del frío. Para postre, las nubes ésas que amenazan con descargar. Nadie quiere lavar un coche cuando está a punto de llover. De fondo suena en el Bar de Quisque ésa canción, ésa: “… quiero ir a la luna contigoo, ooo, oo”. A Asun no se lo reconoceré nunca, pero en mi fuero interno empiezo a odiar y mucho esta puñetera canción.
VII
Sueño. En mi sueño estoy muy cansado. He entrado en el Bar de Quisque y he pedido un zumo de piña. Miro a un lado. Miro a otro. Casualidad, ahí sentado, está Peter Winter. Nadie le hace mucho caso. Es un tipo como cualquier otro. De carne y hueso. Seguro que tiene hambre y come. Seguro que tiene sed y bebe. Seguro que le duele algo y se toma una aspirina. Y seguro que tiene un apretón y va al baño corriendo. Le doy conversación. En mi sueño no hay problema con el idioma. Mi inglés es tan perfecto que parece castellano. “…tengo una amiga a la que le gustaría mucho conocerte”. Concede. “Vamos pues, preséntame a tu amiga”. Bajamos por la calle Mayor y ya tengo confianza para decirle… “he acabado hasta el gorro de tu canción de la luna, que lo sepas”. Ha soltado una carcajada. Los ojos de Asun al verme con Peter Winter no tienen precio. No se cae muerta. Ahí, ahí es cuando espero mi segundo beso. Ahí, ahí es cuando en medio de la noche y con el ruido del camión de la basura de fondo, me despierto.
VIII
Franqueo la puerta del ayuntamiento. Con orgullo. Con determinación. Resuelto. Busco a la secretaria del alcalde. Levanta sus ojos de la Olivetti. “Qué quieres, Chimo”. De mi cazadora, una bolsa que ha costado sangre, sudor y un potente catarro. “Vengo a por dos entradas para el concierto de Peter Winter”. La mujer pone cara de “pobre infeliz, tú no sabes lo que pides”. Y suelta:  “ufffff…. Se acabaron a las dos horas de ponerlas a la venta… no hay ninguna”. Si me pinchan, no me sacan sangre. “¿Cómo que no hay ninguna?”, exploto, “¡alguna tiene que quedar, mire, mire por favor, mire usted bien!”. La señora me mira con lástima, pero no se apiada. Niega. “Casi todas las acapararon gente de Mardebé…”. Me quedo en shock. Con la cabeza agachada. Pienso en Asun. Maldigo. La secretaria aún me mira. Soy el fracaso hecho persona. Me llevo las manos en los bolsillos. Para qué coño sirve el dinero si lo que quieres comprar no te lo venden.
IX
Al salir del Consistorio, Fredo me ve y me lo nota. Que qué me pasa. En otro momento no, pero hoy tengo ganas de contarle. Me escucha. Buen amigo de mi tío Antonio. Funcionario del Ayuntamiento. “Estaré de voluntario colaborador en la Organización del concierto”. Se me encienden las antenas. ¿Voluntario? “… con la marabunta que esperan y tiene que venir… como no esté un poco planificada la cosa…”. Abrazo a Fredo. Lo que yo digo: un buen amigo de mi tío Antonio, pero también buen amigo mío. 
X
Llevaba una semana sin ver a Asun. La esquivaba. Al final le he tenido que contar que, pese a mis esfuerzos, pese a que lo he intentado todo (también la reventa)… no tengo las entradas para ir juntos al concierto. Ella dice que lo presentía. Me mira con resentimiento. “…confiaba en ti, Chimo, me has defraudado”. Me atolondro. “…aún me queda un plan, Asun, no está todo perdido… nos va a salir bien, ya lo verás”. Confío en Fredo. Me lo dio a entender. Le dejo las revistas que han salido esta semana. En una, a toda plana, resalta, “Peter Winter viene a España…. dará un único concierto en una pequeña población llamada Gorroperdido”.
(...)
XX
Hoy es el Día. Todo a punto. En toda su historia, ni cuando nos invadieron los romanos, los árabes y toda la caterva humana que por aquí ha ido dejando su huella, ha habido tanto personal en Gorroperdido. Se han desbordado todas las previsiones. No ha bastado el campo de fútbol como parking. Han quedado decenas de coches, ladeados en la cuneta, aparcados a ambos lados de la carretera hasta la bajada del Blas, o sea, cinco kilómetros. Una oleada de gente. Oliendo negocio han venido chiringuitos portátiles. Churrerías. Bocaterías. Los comerciantes de toda la vida están que trinan. También es verdad que el Bar de Quisque y los demás del pueblo han doblado los precios. Y que los “servicios son sólo para clientes”. Tenderetes. Banderitas con el careto de Peter Winter. Camisetas con la Luna. Gorros. Bufanda. Efeméride: el día que aquí cantó Peter Winter. Y frikis. Frikis disfrazados a coro de Peter Winter, lo que más. Después de empaparme de todo el ambiente, cojo a Asun de la mano. “Sígueme”, le digo. Mano firme. Mano templada. Siento su pulso. Siente el mío. Me abro paso. Una barrera de seguridad bloquea la entrada de la plaza portátil. Se escucha a los músicos afinar sus instrumentos. UNO, DOS, SÍ. UNO, DOS, SÍ. La batería. RO-TOTOTOTOTÓ. Dónde se habrá escondido el auténtico Peter. Dónde. Un tío como un armario de dos puertas me cierra el paso. “Voy donde Fredo”, digo con cara de bueno. Nos deja entrar. Un sudor recorre mis axilas. Ya estamos dentro. “Asun, contrólate”. Está al borde del ataque de nervios. Subimos los escalones. Hasta la grada alta, junto a las banderas. Uffff. Qué perspectiva. Qué torres acústicas. Hoy somos el centro del mundo. Gorroperdido está en el mapa. Todos nos miran. Sonrío. Ella me sonríe. Caerá el segundo beso. El primer abrazo. Nos sentamos. Ahora tenemos que esperar, camuflarnos, no llamar la atención y disfrutar el momento.
XXI
“Los Auténticos” están tocando ahora. Son los teloneros. Caldean el ambiente. Quedan quince minutos para que empiece lo bueno. Fredo nos ha visto. Lleva un chaleco naranja de la organización. Sube hacia nosotros. Le saludamos tímidamente. Sonríe con gesto de circunstancias. Con buenas palabras, con buenos modos, “Chimo, no tenéis entrada… os tenéis que ir”. Trago saliva. Suplico: “Tío… déjanos estar… por favor, no nos vendas, déjanos estar”. Fredo se muerde los labios, cambia el gesto: “…Chimo, no me pidas esto”. Lo miro con odio. Con mucho odio. Me acaba de jod… vivo. Nos ponemos en pie. Fredo tiembla. “Espera un momento”. Respiro hondo. Parece que cede. Busca, rebusca en su macuto. Masculla palabrotas entretanto. Saca un chaleco. “Sólo tengo uno, y si me pillan, me la cargo”. Todo pasa en un segundo. No hay discusión. Asun le arrebata el chaleco y lanza un chillido, AHHHH, AHHHHH. Al mismo tiempo noto cómo se desase de mí su mano cálida y entiendo que tengo que tomar solo el camino de la salida.
XXII
Fuera del recinto el aire es diferente. Absorto, escucho los primeros acordes. La ovación interminable. Se cae la plaza. ¡¡BUENAS NOCHESSSSSS, GORROPERDIDO!!! Me siento como se sentirían los expulsados del paraíso. Levanto la cabeza. Uffff. Hay mucha más gente aquí que ahí dentro. Me abro paso. Los tenderentes. Las churrerías. Las farolas agrandan mi silueta con las manos en los bolsillos. Voy hacia las afueras, al parque desierto. Me siento en un banco. Desde aquí me llega distorsionado el fragor, el eco de los decibelios. Me levanto. Voy hacia casa. Ya sé. En cuanto llegue, buscaré unos tapones en mi mesita y trataré de dormir. Mañana ya será otro día.
XXIII
Insomnio. No he podido dormirme. Estoy muy cansado. Para dar vueltas en la cama, mejor me lanzo a la calle. Frío. Relente en la madrugada. Un gran vacío. Un gran silencio. Montones de latas de cerveza, vasos estrujados de plástico, botellas vacías. Eso es lo que queda de la batalla. Luz en el Bar de Quisque. Son las seis y media de la mañana.  He entrado y he pedido un zumo de piña. Miro a un lado. Miro a otro. Casualidad, ahí sentado, ¿ése no es? Sí ahí está Peter Winter. En chándal. Sorbe un café. Es un tipo como cualquier otro. De carne y hueso. Seguro que tiene hambre y come. Seguro que tiene sed y bebe. Seguro que le duele algo y se toma una aspirina. Y seguro que tiene un apretón y va al baño corriendo. Le doy conversación. Le saludo: “Buenos días”. Resulta que habla castellano. Resulta que sus abuelos eran de Mardebé.  Por un momento pienso que le comentaré: “…tengo una amiga a la que le gustaría mucho conocerte”. Pero me callo. Me pregunta si para ir a correr un rato es mejor hacia la derecha o hacia la izquierda. “Si no te importa, yo te acompaño”, me ofrezco. Bajamos por la calle Mayor y ya tengo confianza para decirle… “he acabado hasta el gorro de tu canción de la luna, que lo sepas”. Ha soltado una carcajada. Pasamos por la puerta de Asun. Miro hacia su balcón. Espero que me va a entrar ahora un no sé qué de tristeza. Pero no. No noto nada. Ahí, ahí es cuando nosotros nos alejamos a trote ligero mientras despunta la mañana y se acerca el camión de la brigada de la limpieza que empieza a baldear las calles, al tiempo que se expanden las campanadas que dan las siete en el reloj del Ayuntamiento.
(...)
CC
Acabo de contestar al correo electrónico de Peter. Me anuncia, que vuelven en Mayo con Helga y los dos críos. Les encanta Gorroperdido. Le he dicho lo que él ya sabe, que Miriam y yo nos alegramos enormemente cada vez que viene. Que estamos encantados. De sobra y de tiempo sabe que mi casa, es también la suya.