domingo, 3 de octubre de 2010

SIN DISTANCIAS

I
Lo tengo todo. Soy tonto. Y encima, parezco tonto. Porque vamos, digo yo, lo que me pasa a mí, le pasa a cualquier otro, y a estas horas, sería la persona más feliz del mundo mundial. No le faltaría de nada. Y en cambio, aquí me tienes, escondiéndome. Porque si me pillan, me arreglan. Pues vaya plan. Vaya futuro. Vaya mierda.


II
Daba para mucho. Ser vigilante jurado y pasar largas noches en una garita junto a la entrada de una fábrica, atento a las cámaras de seguridad y a quien se pudiera acercar a esas horas, daba para mucho. Escuchar la radio. Pasear por las áreas vacías de la empresa. Leer un ratito alguna revista. Pensar otro ratito, que tampoco es malo. Tomar café de la máquina a las once. Arrearme el bocata de magro y longanizas con tomate a las tres. Vigilar era una gran responsabilidad. Pero lo dicho: daba para mucho.


III
Y es que nunca pasa nada. Hasta que pasa. No sé cómo pudieron colarse aquellos dos. El caso es que cuando me vine a dar cuenta, estaban los tíos saliendo por piernas, con un bolsón en el hombro cada uno; y yo casi ni me había levantado de mi silla. “No me da tiempo, no me da tiempo, no los cojo…”. Pero sí. En un visto y no visto, a uno lo empotré de un empujón contra la reja, y al otro que estaba ya saltando y con casi medio cuerpo fuera, lo agarré del pantalón, y lo estiré, hasta que se quedó con el culo al aire. Incluso me vino bien pillarlos allí, porque se quedaron asustados, cagaditos, y los até con las esposas la mar de bien a la valla. Y luego, según el protocolo, llamé a la Central, y después a la Nacional, para que vinieran y se hicieran cargo. Desde luego, la bolsa estaba llena. Aquellos tipos sabían lo que buscaban.


Mientras llegaba la policía, me quedé pensando. Yo, Usain Bolt el atleta, no era. Y por qué entonces había llegado tan rápido. Me mosqueé. Repasé lo sucedido: Yo estaba en la garita. Ga-ri-ta. ¡Zas! ¡De pronto aparecí en la garita, no sé ni cómo ni de qué manera, delante del papel de plata y las migas del bocata! A ver, a ver, es que a quien se lo contara… me tomaría por majareta. Esto era para preocuparse. Y desde la garita, de repente, dije “verja”, y me planté en la verja. ¡Zas, otra vez en la verja! El grito que pegaron los dos chorizos me asustó hasta a mí. Ga-ri-ta, zas. Verja, zas. Zas, zas y otra vez zas. Como si me hubiera convertido en la proyección de un foco, igualito. Lo repetí de nuevo. Garita. Zas. Verja. Zas. No estoy. Sí estoy. Soy Epi. Soy Blas. Uaaaaauuu.. Qué mareo, qué alucine. A cada aparición y desaparición mía, los ladrones se retorcían y hasta uno se llegó a mear del miedo. Al final, le dijo al otro: “…pero tío, ¿tú qué coño le pusiste a la sopa anoche…?”.


IV
De chiste. Pero menudo pastel. Durante mi turno en las noches siguientes, hice prácticas en la vieja fábrica. ¡Máquina de café! Zas. Ahí estaba. Garita, zas. De vuelta. Venga, venga, un poquito más arriesgado. ¡Water de señoras! Zas. Pero qué fuerte. Qué destreza. Qué magia. Qué divertido. Otro viaje. ¡Despacho del gerente! Zas. Los de la Central estuvieron a puntito de pillarme. Se presentaron de improviso. Casi me dio un infarto, cuando ellos entraban en la cabina, pensando que no había nadie, y yo reaparecí bruscamente, de teleregreso del almacén. “…estábamos preocupados, Simón, últimamente parece que te mueves mucho…”.


V
La situación requería un análisis muy serio. Porque una vez descubierta mi habilidad, lo que soy capaz de hacer, corría un riesgo gravísimo de atrofiarme. Hombre, ya me dirás. Si hasta para ir del sillón a la nevera, cojo y me teletransporto, zas, entonces qué pasa con mis músculos, qué. Y me puse mis restricciones. Por poner un ejemplo, porque me gusten un montón los helados de turrón, no voy a estar comiéndolos a todas horas. No, no puede ser. Aunque bueno, un día puede ser un día…


Y es lo que siempre he dicho. Si han estrenado una película buena, qué tiene de malo que diga, ¡cine!, zas, y así, disimulando, me siente en alguna butaquita libre sin molestar a nadie. De acuerdo, vale, no habré pasado por la taquilla, pero por uno solo, por mí, no se van a arruinar los de las multisalas… no, claro que no. Lo de ir al fútbol, ya me da más corte. Hay más luz, más gente gritando, y me da más cosa que se queden con mi cara. Tal vez, un poquito más adelante, cuando el Mardebé juegue alguna final…


VI
Pero seamos honestos. Si yo voy por la calle y me encuentro una cartera llena de euros, ¿qué hago? Mi alto concepto de la integridad me lleva directamente a la puerta de una comisaría: “oigan, ahí tienen: la he encontrado, y tal cual estaba la entrego”. Claro, que eso exactamente no es lo que me ha pasado. Pero, puestos en mi caso concreto… si tengo una virtud, si tengo un don, ¿por qué no puedo ponerlo al servicio de la humanidad, así, entendido con toda la extensión de la palabra? Porque yo pienso, en los tiempos que corren, hacer de mensajero entre dos presidentes de dos países lejanos, Singapur ¡zas!, Mardebé ¡zas! …pues no pega mucho. No, porque para eso se monta una videoconferencia dolby digital, y es como si ya estuvieran uno al lado del otro. Pero quién no te dice que aquellos montañeros que andan perdidos y semicongelados en el pico Curucú, me ven llegar, zas, “hola chicos, soy yo, ¿…apetece un termo de café bien calentito mientras viene el rescate? Aquí hace un frío de cojones…”… Por poner un ejemplo.


Por eso mismo, y por mi alto sentido del deber, un mal día, me presenté en el Palacio de la Presidencia y rellené una instancia para ser recibido por el mismísimo presidente Holgado.


VII
Cuando de la Subsecretaría del Gabinete de la Subdirección de la Vicepresidencia del Gobierno respondieron a mi solicitud habían pasado tres meses. Acusaban recibo de mi amable escrito y me remitían a la Concejalía de Asuntos Sociales de Mardebé. No. No. Y otra vez no. Como queda claro que yo ya no pago billetes de tren, acudí de nuevo frente al Palacio de la Presidencia, ¡zas!. Y tracé un plan. Soy guarda jurado y un poco sé de cómo se montan las vigilancias en los recintos. Da lo mismo que sean edificios gubernamentales o factorías.


Posiblemente elegí un mal momento para teletransportarme y dejarme caer en el despacho privado del presidente, ¡zas!. El hombre releía algo en su ordenador portátil. Y de paso, excavaba pelotillas en sus fosas nasales. “Perdón, disculpe mi atrevimiento…”. Ahogó un grito. Se quedó blanco, amarillo, petrificado. Qué hace usted aquí. Quién le ha dejado entrar. Llamo a seguridad ahora mismo. Le tuve que decir que bajara la voz, que no armara escándalo. “...ruego me perdone, pero es que ésta es la única manera de que pueda atenderme usted un minuto...”. Alejandro Holgado, en vivo, me parecía más fofo y viejo que por la televisión. Le corría el sudor por el cuello. No se le iba la cara de susto morrocotudo. “¿Me deja su móvil, si es tan amable?”. Jo, qué pedazo de Whitemelon. “Es sólo un momento…”.


Lo quise hacer bien. Me teletransporté al Capitolio, zas, todo el césped plagadito de turistas japoneses, e hice una foto con la Whitemelon del presidente para mostrársela. Tardé tres segundos en ir y volver, zas. Y ya estaba el hombre camino de la salida buscando a los escoltas. “¡Mire, he ido y he vuelto! Aquí son las ocho, allá son las dos de la tarde…!” Holgado no sabía dónde mirar… ¿Era necesario otro ejemplo para convencerse? Venga, va, otro más. Me teletransporté de nuevo, pero me quedé más cerca, en la Catedral de Mardebé, zas. Otra foto más, y enseguida de vuelta. “… ¿eh? ¿qué le parece…? Un poco oscura, porque a estas horas…”. Holgado se mantenía en tensión. Su voz me pareció impostada: “¿Sí? Ah, pero le ha salido muy bien, qué interesante, je, je, vamos a hablar con el ministro de Innovación ahora mismo…”. Percibí algunos ruidillos raros en la sala exterior y decidí por ello salir pitando. Suerte la mía. Tres gorilas habían abierto la puerta de forma destemplada y ya me encañonaban. Me vieron y no me vieron, zas.


VIII
Por eso digo que lo tengo todo, que soy tonto y encima, lo parezco. Porque he entendido tarde lo que aquí se juega. A las estructuras económicas establecidas no les conviene que circule un tipo como yo, que no entiende de distancias ni de barreras. Los sectores aeronáuticos y automovilísticos se habrán echado a temblar porque conmigo pierden su razón de ser. Por no hablar de los guardianes de las fronteras. No hay murallas tan altas que me impidan el paso de un lado a otro. Ni barrotes tan gruesos que me puedan mantener encerrado. Claro, vistas así las cosas, yo estorbo.


Y ahora que estoy al margen de la ley, y que todas las policías me buscan como si fuera un delincuente muy peligroso, medito cuál va a ser mi guía y mi proceder en el futuro. Llevo veinticuatro horas persiguiendo al sol, zas, sumido en un continuo e inacabable atardecer, teletrasportándome desde las terrazas de los rascacielos; pasando por las montañas más altas, hasta los acantilados que se asoman a un mar anaranjado. Una manera muy plástica y bucólica de terminar una historia… o de empezar una leyenda.

domingo, 26 de septiembre de 2010

LO QUE DE VERDAD DA RABIA

I
El ordenador se colgó. La pantalla se había quedado clavada. Toni, estupefacto, movió el ratón compulsivamente para ver si aquello tenía arreglo. Martilleó todas las teclas, y después al unísono “alt+ctrl+del” varias veces. Gesto inútil. Tentado estuvo de estampar la CPU contra el suelo, pero se contuvo y lo cambió por un furioso manotazo en el estucado de la pared. Se hizo daño, jodeeeeeeeeer, qué culpa tenía su mano de aquello. Resoplando, desenchufó, contó hasta tres, y volvió a insertar la clavija. El ventilador empezó a girar de nuevo, y lentamente se inició el sistema a paso de tortuga coja. Al cabo de un buen rato, pudo abrir el fichero, que no había retenido las últimas modificaciones, y con una dosis extra de paciencia, rehízo poco a poco lo que había sido su trabajo. Pero justo entonces hubo un apagón. En toda la manzana. Y se quedó a oscuras. Las dos primeras letras, la “o” y la “s”, apenas sonaron. Pero el resto de la palabra, la “tiaaaaaaaaaa!” que iba detrás, llegó nítidamente hasta la otra punta de Mardebé. Incluso más allá. “¿Será posible?”, gritó levantándose. ¡CROOOOKKK! Sonó hueco el trompazo que se había metido en la frente y que había hecho crujir el canto de la estantería. Otro alarido. Tiró instintivamente hacia detrás, enganchó el cable de los auriculares que llevaba puestos con la manivela de la puerta, y el móvil nuevo recién estrenado salió disparado por los aires, estrellándose estrepitosamente contra el terrazo del suelo. ¡Oh, no, no…, por favor, no! Se hizo de nuevo la luz para alumbrar el panorama. Se agachó para recoger los dos trozos en que había quedado el teléfono y ¡RAAAAASSSSSSS…! Catástrofe. Se había rajado la costura del culo del pantalón y quedaban al aire diez centímetros de su slip de color verde pistacho. Era cierto que le venía un poco ceñido, pero leches, era su pantalón preferido…

Pensó que era difícil que le pudieran pasar más cosas en menos tiempo, así que intentó recobrar la calma, se deshizo del pantalón, y de esta guisa, con calzoncillo y zapatillas, buscó pegamento de contacto, hábilmente puso una microgota en el lugar preciso y presionó con los dedos hasta asegurarse de que el móvil volvía a ser de una sola pieza. Sin tiempo que perder, buscó otros pantalones, éstos un poco menos “guays”, miró el reloj, constató que se le hacía más que tarde, y salió de casa a escape. Ya ajustaría cuentas con el ordenador a la vuelta. Mientras bajaba las escaleras, marcó la llamada directa a Carla, para avisarle que llegaba tarde. “¡Carla! ¿Carla? ¿Me oyes?”. Operación inútil. No sabía por qué, pero no tenía cobertura.

II
Lo de tener la moto estropeada era una verdadera faena. Así no controlaba los tiempos. Cruzó la calle al galope para enfilar hacia el transporte alternativo, la boca del metro. En el camino, y con su respiración agitada, percibió que iba directo a pisar un chicle pegado en la acera. Dio un ágil salto para esquivarlo. Pero durante el vuelo, cuestión de microsegundos, se percató de que su pie apuntaba hacia un escupitajo verde reciente. Con el quiebro para sortear el segundo obstáculo se torció el tobillo, vio las estrellas, y encima terminó aplastando de lleno una mierda blanda. Pero no se detuvo en aquel campo de minas. Pasó el billete electrónico. Sin problemas, menos mal. Bajó los escalones de dos en dos, dejando el rastro en su huella. Abajo, en silencio, esperaba un metro. “Lo cojo”, pensó, “lo cojo”. Ni hecho adrede. Cuando iba a acceder al vagón, sonó un pitido de aviso, cerraron bruscamente las puertas, y el metro inició la marcha dejándolo fuera. Desde dentro, algunos pasajeros se percataron de sus dos palmos de narices.

III
Carla ya se iba a marchar cuando vio emerger a Toni de la estación con la lengua fuera y casi descompuesto. “No me preguntes…”, le dijo, “que ya te cuento…”. Con esta frase, se aplazó la bronca. Se les echaba el tiempo encima. Aceleraron el paso, cogidos de la mano. En el bar Tempus, donde pensaban cenar, el camarero que controlaba la libretita de la lista de espera les aseguró que “en dos minutitos les daba mesa”. Y se quedaron allí de plantón, mientras veían cómo los camareros iban, venían, apuntaban, traían, llevaban, y en medio de un bullicio enorme, los comensales tragaban, bebían, gritaban, reían. De dos minutitos nada, habían pasado casi veinte. Estaban agotados y a punto de marcharse del Tempus, cuando el organizador de mesas dijo a grito pelado: “¡Por favor, Toni, mesa para dos!”.

IV
La bebida vino pronto. En cambio, el pulpo y las bravas llegaron tarde y fríos. Encima no sabían bien. A Toni ya no le extrañó en absoluto. “Es increíble, Carla, el día que llevo: me pasan un montón de cosas que dan mucha rabia, y una detrás de otra…”. Ella iba a decir, “Toni, eso son imaginaciones tuyas…”, pero no le dio tiempo. De la patata que acababa de pinchar él con el tenedor salió disparada una gota de tomate como un misil y fue a estamparse en forma de racimos en la blusa de ella. Él, azorado, pidió mil disculpas, le ofreció una servilleta, “enseguida pido un quitamanchas”, y quiso levantarse, “pero yo me voy a casa ya”, ella reaccionó bien, se tragó la cara de poema y le retuvo, “no te preocupes, no pasa nada…”. Se les hacía muy tarde, por lo que quedaron los platos a medias, y pidieron la cuenta. En traer la nota, el Tempus sí era rápido. Así repetían mesa y no tardaban en llamar al siguiente: “¡Por favor, Pepitooooo! ¡Mesa para dos!”.

Antes de salir a la calle, Toni se excusó para ir al lavabo. Aseo cutre el del Tempus, por cierto. Llegaba ya bastante apurado. Abajo la cremallera. Entonces se dio cuenta del desastre. Se acordó dónde había dejado el pegamento chino con el que había unido el móvil. En su bolsillo. Y, me cago en la leche, aquel pegamento se había destapado. Gotas de cianoacrilato se habían escurrido hacia el slip. Y de ahí hasta la ingle. “¡Joder, esto no me puede estar pasando, joder…!”, murmuró en voz baja. Cerró los ojos fuertemente. Pegó un estirón brusco. Y se tragó un grito. La depilación fue salvaje, pero limpia. Arrancó un trozo de tela verde pistacho sembradito de pelos. Adiós calzón, adiós. Ni las mejores esteticistas. Después de desaguar, se lavó bien la cara para que Carla no viera el rastro de sus lagrimones.

V
Carla y Toni llegaron tarde al Café el Teatro. Punto de encuentro para la gran velada de Mediavilla. El acto estaba ya empezado, y como el aforo era pequeño, ya todas las butacas estaban más que ocupadas. Toni hizo una batida con la mirada sobre toda la gente allí congregada. Localizó a su padre, que le señalaba el reloj, “…a buenas horas llegáis, chico…”, ahí, en la penúltima fila, junto a sus tíos. Allá a lo lejos, en privilegiada butaca, divisó a su otrora amigo Guille. Seguro que aquél también había reparado en ellos. Eran blanco de muchas miradas. Entraron y entre empujones se abrieron paso para encontrar un hueco con visibilidad. Tuvieron que quedarse de pie, en el pasillo lateral. Apretujados. Casi de puntillas. Respirando alientos y resoplidos. La megafonía no iba muy sobrada. Se escuchaban más las crujientes palomitas que devoraban los de al lado. Daban en ese momento la palabra a la señora alcaldesa. Toni tuvo segundos para abstraerse. Para recordar que estaba allí porque se lo había prometido a Carla. Si no, a qué santo. Recordó lo insólito de la jornada, con aquella cadena continua de sucesos desquiciantes: Ahora no tenían asiento. La depilación había llegado hasta la misma frontera del huevecillo. La medalla de auténtico tomate en la blusa de Carla. Las pésimas tapas del Tempus. El plantón esperando mesa. El arranque del metro en sus narices. La mierda en la suela. El móvil nuevo cascado. Su pantalón favorito enseñando medio trasero. La frente con un chichón. El ordenador cascado…

Con esa racha, tenía muy claro lo que iba a ocurrir a continuación. Hablaría la alcaldesa de lo difícil que se había puesto aquel año otorgar el premio extraordinario. Y Toni pensó, total, para él ya era un premio que lo hubieran seleccionado. Redundaría en las virtudes y maravillas de los candidatos y… siguiendo la tónica gafe del día ocurriría lo que más rabia le iba a dar: el premio se lo darían al baboso de Guille. Como si lo viera. El apretón de manos de Carla le devolvió a la realidad.

VI
Pero no. La alcaldesa informaba que aquel año habían tenido unanimidad en la elección del justo ganador. Ahora no se oían ni las palomitas. Silencio. Expectación. “El premio extraordinario es para… “. Ojos cerrados. Un silbido perdido. Toses. “…ANTONIO SALINAS REVERTE…”. Gritos. Bravos. Ovación. No, no había oído mal. Lo nombraban a él. Allá en su butaca privilegiada, Guille había puesto cara de póker. “… vaya: se lo dan al tío que no se quita esa cazadora ni a sol ni a sombra…”. Comentario desafortunado y despreciable. Aplauso sostenido. Gente puesta en pie. Toni fue consciente. Es que eso, eso que le estaba pasando era precisamente lo que de verdad más rabia le daba. Él había llegado allí y ella no estaba. Él había logrado un reconocimiento y ella no le veía. Ella no vivía con él ese momento. Hundió su cabeza entre el pelo y el hombro de Carla, e incapaz de contenerse, lloró desconsoladamente. Mientras, el sonido atronador y continuado de los aplausos, amplificado por la magnífica acústica del recinto, ascendía y se disipaba en las alturas.

domingo, 19 de septiembre de 2010

EL ÚLTIMO RELATO

I
Aquí estoy. Como una boba embobada. Sentada en esta silla que me destroza la espalda. De cara a la ventana del patio, donde me distraigo con el paso de una mosca. Gracia me hace que, para lo sorda que estoy, el ladrido del perrito de la vecina sí que lo oigo, sí, y se me clava en el tímpano. Es que soy una sorda selectiva. Aquí estoy, intentando concentrarme, aunque lo tengo un poco difícil. Empuñando con mi mano diestra, todavía firme, mi fiel bic “M4 Patentado”, que después de mucho recorrido sigue dando un trazo suave y continuo. Estreno libreta como las de siempre: gusanillo, tamaño cuartilla, de una raya. Y me dispongo a escribir, antes de que se terminen borrando todos los recuerdos acumulados, el que mucho me temo será mi último relato.

Hace cinco minutos que se acaba de ir mi nieta Angélica, la pequeña de Mari. Cuando toca el timbre, lo funde, llama a rebato. Dice que es porque no lo oigo. Y yo le contesto que no abro más rápido porque no estoy detrás de la puerta, y porque me cuesta moverme y ando muy despacio. Ella es la que más viene a verme. Ahora se ha dejado el pelo muy corto. Porque hace calor. Yo paso lista y le pregunto por hermanos, padres, primos y tíos, uno a uno. No me dejo a nadie. Todos están bien. De lo que más me alegro. Le ofrezco un café con leche. No le apetece. Coca cola. Tampoco. Algo, lo que sea. La cocina es grande y hay de casi todo. Aquí se guisaba para siete. Acaba subrayando que no quiere nada. Y me da las gracias. Enseguida se nos acaban los temas y nos quedamos en silencio. “…a medida que vas creciendo, me recuerdas cada vez más a mi hermana Mercedes, que en gloria esté…”. Sí, ya sé que se lo he dicho muchas veces. Pero es la verdad. Tiene su perfil, desde la nariz bajando por la barbilla hasta el cuello, y su mirada limpia con esos ojos tan claros. “La próxima vez que vengas, habré buscado una foto suya y te la enseñaré. Me darás la razón”. Angélica se queda asombrada por la potencia de los ladridos que se escuchan a través de la pared medianera. Caray con el perrito de la vecina. Huy, eso no es nada. Por la noche da conciertos de rock. Ella se ríe. Pronto se levanta para despedirse. Le envío recuerdos para todos. Y un segundo antes de que abra la puerta para marcharse, rebusco en mi bolso, saco un billete de veinte euros, y se lo pongo en la mano. Es lo menos que merece la nieta que más viene a verme.

II
Aquí estoy. Embobada. Sentada. Con dolor de espalda. Cara a la ventana. Sorda según para qué. Los ladridos los oigo. Pensaba que ya tenía escritas algunas frases del que seguramente va a ser mi último relato. Pero después de rebuscar en los cajones entre montones de papeles y fotos me he convencido de que no; no tengo nada. Por eso aquí estoy, empezando. Utilizando este boli… este boli… ahora no me sale la marca, pero es de los que van bien. Estreno libreta. Voy a intentar atrapar mis pensamientos con tinta azul antes de que se esfumen.

Ella ha llamado al timbre varias veces. No he podido disimular mi enfado: “¿Pero tú no llevabas llave? Ya estaba yo de los nervios, muy preocupada, a punto de salir a buscarte. ¿Y éstas son horas de aparecer? ¿Se puede saber dónde te habías metido? ¡Anda, entra, y vamos a la cocina, que como llegue ahora la madre y vea que no tenemos la comida a punto, nos va a poner a caer de un burro…!”. Mercedes me ha mirado toda espantada y ha dicho: “¡Abuela, abuela, que soy yo…!”. Eso, para bromitas estoy. “Mira Mercedes, Mercedes… no me cabrees más, que te estás ganando hoy un sopapo bien dado…”. He sacado la cazuela grande. Somos siete, van a venir todos con hambre canina y todo por preparar aún. Y el gran sofocón ha venido cuando, al abrir la puerta de la despensa, dentro no había nada. ¡Estaba vacía! Casi me da un síncope. He pegado un grito. Pero aquí no valen gritos ni lamentos. Había que actuar rápido: “¡Mercedes, corre, ve a la tienda de Reme, y aunque esté cerrada, llama, que ellos están dentro, y diles que te envío yo, y te traes dos paquetes de arroz, y un bote de tomate frito, que ya iré mañana a pagarles…!”. La he empujado hacia la puerta, y ella, erre que erre: “pero abuela, por favor, que soy Angélica…”. ¿Será posible? Hoy ha sido el día que casi le pego. Pero la alegría de ver a mi hermanita del alma, después de tanto pensar, angustiarme y padecer, le habrá pasado algo, no sé nada de ella… esa alegría puede con todo. Ahora, a esperar que vuelva enseguida con el arroz. Ya me ocuparé yo de madre si llega antes, y le contaré con tiento que alguien ha entrado en nuestra cocina y nos ha saqueado la despensa y por eso no estará la comida a punto. Y ella me reñirá: “¡Ay, Paquita, Paquita, que tú vives en las nubes y se te ha ido el santo al cielo…” Y yo le contestaré algo que le caiga bien, porque con madre, como siempre, yo me apaño.

III
Aporreaban la puerta y machacaban el timbre a la vez (…) ¡Voy, voy, ya voy...! (…) Bah, me he asomado por la mirilla y era una chiquilla. La he mirado. De arriba abajo. “¡Abuelaaaa, abre, que soy yo!”. No. No sé quién es. “¡Soy An-gé-li-ca!”. Yo no la conozco de nada. Y no voy a abrir a desconocidos. (…) Me he vuelto hacia el interior de la casa, aunque esa niña ha seguido llamando. Ya se cansará. Pobre, se cree que soy su abuela.(…). Bueno, aquí estoy. (…) Y me duele todo. (…). El caso es que yo iba a hacer algo. (…) Pero se me ha ido de la cabeza. Por eso lo anoto todo. Para que no se me olvide (...) ¿Qué hacen aquí todos estos papelotes revueltos? La mesa está hecha un desastre. Menudos garabatos. Quién los habrá hecho (…) Fuera ladran. El caso es que yo iba a hacer algo importante (…) Pero no sé qué era (…) Me sentaré cara a la ventana hasta que me acuerde otra vez (…) ¿Acordarme?, ¿De qué?

domingo, 12 de septiembre de 2010

LLEGANDO A LA TIERRA DONDE TODO IRÁ MEJOR

I
Aunque sabía que le quedaba poco dinero, Ragitefa se registró otra vez los enormes bolsillos del pantalón pirata. Un billete muy arrugado de diez euros y algunas monedas de céntimos. Nada más. A esas horas no había mucho movimiento en aquella vetusta estación de autobuses. Después de mucho consultar un panel informativo muy confuso, fue hacia el andén número cuatro, donde aguardaba un autobús con la puerta delantera abierta. “Por favor… ¿Para en Serañe?”, preguntó. El conductor afirmó con la cabeza. Repitió para asegurarse: “¿Siraiñe?”. Ahora le había salido mejor pronunciado. Qué nombres más complicados utilizaban por estas tierras. “…que sí, he dicho que sí…”. Ragitefa tomó impulso, con la pesada mochila que cargaba en su castigado hombro, y subió las escaleritas. Extendió sus desgastados diez euros y volvió a decir: “Siraiñe”. El chófer, lo examinó descaradamente de arriba abajo, a continuación le imprimió un ticket, y le devolvió un exiguo cambio. El joven, con las fuerzas justas, buscó un asiento en las filas delanteras. Y se dejó caer. El estómago vacío, siempre tan impertinente, le recordó que ya llevaba un montón de horas sin comer.


II
Se lo había advertido su tío Palitrodomico, le había dicho que fuera discreto, porque “éstos son buena gente, pero de entrada, siempre miran mal…”. Ahora la realidad estaba superando todo lo imaginable. Según se llenaban las plazas del autobús, había ido dibujándose un cordón de aislamiento en torno a él. Y eso por qué, se preguntaba. Nadie en la fila de delante. Ni en la de detrás. Nadie, por supuesto, al lado. Sólo unas miradas escudriñadoras, que se sucedían conforme desfilaba el personal y reparaba en su presencia. Ragitefa permanecía erguido. Intentaba ignorar la situación, ser ajeno a la escena, y mantenía la vista clavada en la ventana. Pero el reflejo de la misma le devolvía a la realidad. A su rostro rayado. A sus brazos blanquinegros. A sus enclenques piernas surcadas por estelas albinas y azabaches. Rara avis, Ragitefa era un ejemplo vivo de la etnia cebroide.


III
Al principio, los dos chavalotes que se sentaban junto a la puerta trasera, cuchicheaban. Y soltaban risitas. Ragitefa tragaba saliva y apretaba los puños en su gastado petate. Le parecía que aquéllos hablaban de él. Con los auriculares puestos canturreaban. Latas de cerveza. Bebían sin sed. Con los otros pasajeros, unos tres cuartos de entrada, no iba la fiesta. “…a ése, luego lo molemos a palos…”. Un eructo. Otro. Risotadas. No les entendía apenas, pero cuando captó las palabras “menudo burro con rayas”, ya lo tuvo claro, la cosa sí iba con él.


IV
El autobús se arrimó a un saliente de la carretera que hacía las veces de apeadero. Nadie se movió. Tuvo que girarse el chófer, “Eh, tú, que estamos en Siraiñe…”. ¿Siraiñe? ¿Siraiñe? Ah… ¿pero no entraba en el pueblo? ¿Iba a dejarle en las afueras? Saltó Ragitefa, avanzó hacia la salida y dando dos enormes zancadas se vio en el arcén. Dijo “adiós”, pero no hubo respuesta. Después vino el olor a neumático caliente y a gasoil quemado. El rugido de un motor y el rebufo de una enorme masa metálica alejándose. Y luego una chicharra. Y un calor que derretía a las piedras. Y los dos individuos aquellos, los del “ji-ji-jí, ja-ja-já” eructo viene, eructo va, que también habían bajado en la misma parada.


V
Estaba exhausto. Aún así, aceleró el paso. Pero no se quitaba a esos dos tipos de encima. Sentía su aliento, uno a cada lado, a pocos metros de su espalda. Los vigilaba por el rabillo del ojo. Y le subía la angustia y el pánico por momentos. Ahora, ahora me darán un estacazo. Buuff, qué largo se hacía aquel camino tan corto, después de tantos miles de kilómetros. Después de tanta odisea para poder salir de las Jandinas en busca de un porvenir mejor. Días, muchos días de viaje. Y ya estaba en los últimos metros, llegando. Sólo faltaba preguntar por La Perla. Y aunque apenas recordaba a su tío Palitrodomico, tampoco sería tan difícil: Un cebroide es un cebroide, aquí y en todas partes, caramba.


Ragitefa entraba en las primeras calles de Siraiñe. Primero el polígono industrial, después las fincas nuevas del ensanche. Apenas nadie a esas horas. A quién pedir ayuda. ¡Allí, a aquella buena mujer! Pero esta primera señora, a la que lo vio acercarse con cierta urgencia, se metió en su casa despavorida y pasó el cerrojo, todo de una. Y él, “¡no, por favor, espere…!”. El siguiente en aparecer, un hombre en bicicleta, al toparse con el joven que se le encaraba, “…por favor…”, hizo un quiebro y le faltó poco para irse de morros por intentar esquivarlo. El chico se desesperaba. Y aquellos dos ya le pisaban los talones.


Luego todo ocurrió en tres segundos. Primer segundo: Dos coches patrulla, con los luminosos azules irrumpieron en la calzada. Segundo segundo: Cuatro policías pertrechados de arriba a abajo daban el alto. Tercer segundo: Ragitefa gritaba en su idioma, “¡Jodeeer! ¡Que yo no he hecho nadaaaa!”.


VI
Sí, las emisoras locales dieron la noticia en los boletines horarios aquella misma tarde. (…) “Por fin, tras una brillante actuación, las fuerzas de seguridad han atrapado a los tristemente célebres “Patines”. En un primer momento, estos dos atracadores de bancos que siempre salían huyendo en patinete, habían conseguido burlar el cerco de Mardebé subiendo a un autobús de línea regular. Pero felizmente, no se les ha perdido la pista y la detención se ha llevado a cabo a primera hora de la tarde en Siraiñe”. (…)


A los susodichos “Patines” se los llevaban esposados y a rastras. El pobre Ragitefa se dejó caer en el bordillo con las piernas recogidas, la cabeza hundida entre los brazos y la bolsa tirada en tierra. Un policía se interesó: “…chaval, ¿te encuentras bien?”. Afirmó con un gesto. Entonces se retiraron los vehículos policiales, ya sin luces, y la calle quedó de nuevo desierta. Bueno, no tan desierta. Un montón de espectadores detrás de sus persianas habían sido testigos del “patinazo”. Y seguían atentos al movimiento de aquel chico tan extraño. Éste, ajeno a todo, aún permaneció mucho tiempo acurrucado, esperando a que bajaran sus desorbitadas pulsaciones. Ahora, llegar a La Perla ya no le venía de cinco minutos.

domingo, 5 de septiembre de 2010

PA...CO

I
Encima, encima de que la redacción que nos ha puesto es muy difícil, nos la pide de hoy para mañana. Todo el mundo ha protestado, pero no ha servido de nada. A María, la profe, eso le da igual. Lo que quiere es fastidiarnos. Ahora tengo que escribir sobre alguien que destaque por algo. Vale cualquiera. Pero no tiene que ser un personaje inventado. Enseguida, Raúl y Jorge se han puesto de acuerdo entre ellos. Uno hablará del padre del otro. Vaya morro tienen. El padre de Raúl es director del Banco Ilusión. Y el de Jorge es médico. Como casi siempre, yo me quedo fuera. Se van a acordar, desde luego yo pienso quejarme, porque el tema es “alguien fuera de lo común”, y no “el padre de mi amigo”... ¡Jopé, a mí no se me ocurre nadie...!

II
Mientras volvía a casa, me he cruzado con Paco, el del bar La Perla, que estaba barriendo el suelo de las mesas que tiene en la calle. Este hombre siempre que me ve, me saluda: “¡Andresillo, pero cómo es eso, qué serio te veo!”. Sí, claro, ha notado que hoy vengo un poco cabreado, porque yo no sé disimular. “Si a ti te hubieran puesto un deber chungo para mañana, tampoco estarías muy contento…”. “Chico, no será para tanto…”. “No, no poco… tengo que escribir sobre alguien real y aún no sé ni sobre quién…”. “¿Sólo eso? ¡Escribe sobre mí y verás qué bien quedas, hombre!”. Me ha dado la risa. “¡Ja!”. Este Paco, tiene unas cosas que ya le valen, ya… Cuando he ido a contestarle, me he tapado la boca, y he callado a tiempo. Iba a decirle: ”Paco, que tú no me sirves: eres muy normalito”.

III
Pero es que mi madre, que me acaba de poner la merienda, también ha empezado: “Huy, a mí me parece que escribir sobre Paco es una buena idea”. Estarás de broma, mamá. Y ha seguido: “…con lo que ha viajado ese hombre…”. ¿Ese tío tan parado? Anda ya. “…qué buena persona es, qué trabajador…”. “¿Entonces…?”. Bueno, vale, estoy convencido. Cojo la libreta, preparo un cuestionario y me bajo a La Perla. No respondo de cómo me quede después la redacción. Aceptamos ostra. Como animal sorprendente.

IV
A mí siempre me da cosa el letrero ese que pone en la entrada de La Perla, “prohibida la entrada a menores de 16 años”. Porque aún me faltan tres y pico. A ver si por mi culpa, entra un guardia y le pone una multa a Paco. “Si eso pasa, vamos a medias”. Me guiña un ojo. Será un tic. Me aúpo en el taburete y me apoyo en la barra del bar, Paco la limpia con un paño, me pone un trina, “…no, Paco, gracias, no quiero nada…”. “Chist, no vas a pasar sed mientras trabajas”. Así, empiezo la redacción con mi mejor letra… “El hombre de quien voy a hablar regenta desde hace muchos años el magnífico restaurante La Perla, situado en el casco antiguo de Siraiñe. Él viene de muy lejos”. No está mal este principio. Punto y seguido.

V
En La Perla entra un individuo con ropa sucia y zapatos rotos. Mira alrededor del bar. Va a pedir limosna. “...para comer”. Paco le propone: si quiere un bocadillo, se lo prepara. El señor le dice que sí y le da las gracias. Ras, ras, abre una barra de pan; y la rellena con embutido que tiene en la vitrina de la barra. Se lo sirve en un plato, con una botella grande de agua y un vaso. El hombre no espera y da un gran bocado. Yo no había visto nunca un hambre así, desde tan cerca.

VI
Ahora ha llegado una pareja de turistas. Pregunta si hay mesa para cenar. ¡Pero si es prontísimo, yo acabo de merendar! Bueno, es que éstos son guiris, y es su horario europeo. Resulta que Paco habla guirilandio por los codos, como ellos. Chapurrea su idioma como una metralleta. Y, libretita en mano, les toma nota. Cuando vuelve hacia la mini cocina, con una sonrisa, avisa a Emma, que aguarda dentro las órdenes del capitán. No hay nada imposible en La Perla. Pidan lo que pidan, la carne más tierna o el pescado más fresco, Paco lo tiene. Abre su arcón mágico, que parece una chistera, y de dentro saca lo más inimaginable y lo más selecto. Yo le pregunto, ¿dónde aprendiste a hablar así? Y Paco me contesta riendo, “…todavía no he aprendido…”.

VII
Y si en la cocina veo que La Perla se defiende bien, por lo que todos conocen de verdad a Paco es por su té frío. Un señor llamado Aurelio, “el inventor”, se habrá llevado por lo menos seis botellas. Las tendría encargadas. Mis padres también, más de una vez, me piden que les traiga té de La Perla. De qué exótico lugar traes el té, Paco. Quién te enseñó a prepararlo así. Cuál es el secreto de este éxito. Me ha puesto un vasito para que lo pruebe. No, yo no quiero, de verdad. “No me vas a creer, Andresillo”, confiesa, “a mí no me gusta nada el té que preparo, lo detesto y me sienta fatal”. Pues no, no te creo, Paco. Y él insiste: “…es que yo soy como el maestro pizzero, hijo, que de tanto preparar pizzas acaba odiando la mozzarella…”.

VIII
Pasa la tarde y algunos clientes habituales de la Perla ya van desfilando. Paco enciende las luces del local y las de la calle. Yo voy a terminar ya, que se está haciendo de noche y me estarán esperando en casa con la cena puesta. Cierro mi cuaderno, con los apuntes que tengo hay material suficiente para completar mi redacción. “Paco, me marcho; gracias por todo, esto me quedará bastante bien”. “¡Espera, chico, espera un minuto, que te faltan aún algunos detalles importantes…!”. Él se acerca a mi oído y me dice, más o menos: “En realidad no me llamo Paco, sino Palitrodomico. En mi idioma nativo significa ‘persona sorprendente’. Paco queda más corto, claro, y es más fácil para todo el mundo. Procedo de la tierra de las Jandinas, donde habitábamos los cebroides desde hace muchos siglos. No sé si habías oído hablar de nosotros antes. Nos caracterizamos por tener toda la piel a rayas negras y blancas. Como las cebras y los presos, je, je. Por qué te crees que voy con camisas de manga y pantalón largo, con la que cae… Mira, mira: las franjas de gondolero que tengo en mi brazo. No, no son tatuajes. Son naturales, son bien mías. Yo, Palitrodomico, soy un humano cebroide. Me tapo porque por experiencia sé que aquí se juzga a las personas por lo que parecemos, no por lo que somos. Y, por desgracia, un cebroide no está bien visto en estas latitudes. Como si fuéramos bichos raros. Emma y yo nos conocimos hace muchos años en Tondon City, donde estudiábamos Gastronomía Universal. Allí la gente no se fija tanto en si uno tiene la piel lisa o estampada. Ella viene de una buena familia de Mardebé. Pero no les vino muy bien aceptar que salía con un cebroide. Qué va. Les sentó fatal. Por eso, hace un montón de años, pasamos de todos, nos vinimos aquí a Siraiñe y decidimos abrir La Perla…”.

IX
No sé en qué parte de la historia me he perdido. Suena la voz de Emma desde la cocina. “¡Pacooo! Deja ya de contarle batallitas al muchacho que se le hace tarde…”. Y Paco, Palitrodo…no se qué o como se llame, me guiña un ojo. Será un tic. Emma sale. Él va a su encuentro. Y se cogen de la mano. Esto debería parecerme una cursilada y una ñoñería. Pero no. Me toca la fibra sensible y aunque quiero evitarlo mirando para otra parte, se me pone la carne de gallina. Tengo que ser capaz de bordar la redacción que voy a escribir. Tengo que contarlo bien para que María, la profe, cuando lea la historia de este señor con rayas, deje de lado a los médicos y banqueros de toda la vida, y reconozca, como yo, que este Paco es además de una persona sorprendente, un tipo entrañable.

domingo, 29 de agosto de 2010

EL VALLE DEL CIELO

I
Al Monasterio del “Valle del Cielo” sólo se accedía a través de un estrecho camino de grava, flanqueado por cipreses centenarios que filtraban la luz del sol. Sus primeros moradores habían escogido bien su ubicación. Las escarpadas montañas que lo rodeaban lo dotaban de un privilegiado microclima, con agua y vegetación mediterránea abundantes. Y por su lejanía a cualquier núcleo de población habitado, había sobrevivido con dignidad al devenir de los siglos y a las eclosiones urbanísticas.


Se detuvo la berlina negra delante de las puertas de la segunda muralla perimetral. Bajó Emilio. Gafas oscuras. Pantalón de verano y camisa de manga larga, sin corbata y arremangada. Recogió la pequeña maleta, de las que no necesitarían facturación en un vuelo de bajo coste. Se despidió del chófer con un gesto. Ya lo tenían todo hablado. De Miércoles a Domingo. El vehículo maniobró y dio la vuelta, levantando una gran polvareda.


II
Al atisbarle por la mirilla, el monje portero se alegró de verle de nuevo por allí, “¡Don Emilio!”, y se aprestó a abrirle. Un hombre bajito y locuaz. Al único que, junto con el prior, le estaba permitido hablar, salir de aquel recinto de clausura y estar informado de cuanto pasaba en el mundo exterior. Resonaba su voz por las estancias, “Hay que ver lo mal que se ha puesto todo...”. Emilio le siguió, tirando de la maleta, cuyas ruedas giraban por aquella superficie desigual. Atravesaron el edificio principal, y accedieron a un pequeño claustro en cuyos corredores se encontraban unas habitaciones que, por ir quedando el Monasterio cada vez más despoblado, habían acondicionado y destinado a huéspedes ilustres, que buscaban reposo, espiritualidad, sosiego y meditación. “Es la misma donde usted ya estuvo”, le confirmó. Giró el gozne con una gruesa llave y empujó la puerta maciza, que conservaba una abertura en la parte inferior, por donde se pasaban los alimentos a aquellos cuyo encierro fuera absoluto. Emilio accedió, agachándose, para no darse. Paredes blancas y lisas. Un pequeño camastro. Una tabla a modo de mesa. Una silla. Un lavabo y un inodoro tras un pequeño tabique sin puertas. “Ya sabe usted el horario…”. Emilio afirmó con la cabeza. El fraile entonces, sin necesidad de encogerse, pues cabía de sobra, se retiró. Quedó Emilio a solas y se acercó hacia el pequeño ventanuco. Luces y sombras dieron sobre su rostro. Una corriente de aire puro de montaña inundó sus pulmones. Y un silencio lleno de matices por el viento, los pájaros, y el discurrir lejano del agua, calmó sus martirizados oídos.

III
A Emilio le pasaría como la otra vez, que al principio la cama le resultaba dolorosamente dura, y al final hasta en el suelo dormía a pierna suelta. Le pasaría como la otra vez, que al principio no tenía ganas de leer ni las tapas del libro que había traído consigo; y al final acababa releyendo y devorando hasta los datos de la imprenta y de la fecha de la “presente edición” que aparecen en la última página. Le pasaría como la otra vez, que al principio no tenía ni ganas de probar aquella dieta tan vegetariana y tan láctea; y al final repetía con gula aquellas sopas tan verdes, aquellos tomates tan sabrosos y aquellos quesos tan curados y fuertes. Le pasaría como la otra vez, que al principio entraba al borde del precipicio de la depresión; y al final se sentía fortalecido, muy seguro de sí mismo, totalmente reencontrado.


Por eso, salió muy temprano de su celda, con coscorrón incluido, “¡me cago en todo!”, y casi a tientas, cruzó todo el claustro hacia donde empieza la huerta. Que nadie le pusiera ahora la mano en la espalda, por favor, porque el infarto estaba asegurado. Aún con un cielo sembrado de infinitas estrellas, se sentó en el borde de la alberca, y esperó sentado al espectáculo incomparable del amanecer. Para que todo le pasara como la otra vez.


IV
Pronto reparó Emilio en que otra de las celdas para huéspedes estaba ocupada. No porque fuera un vecino ruidoso. No, no había escuchado ronquido ajeno alguno a través de las gruesas paredes del Monasterio. Fue el Jueves hacia el mediodía, al regreso del paseo que Emilio se imponía antes del almuerzo. A la salida de la Iglesia por el lado del claustro central, en cuyo centro sencillas cruces ancladas en el suelo indicaban dónde reposaban los restos de los primeros abades, y donde terminaba la zona habilitada para los visitantes, se cruzó con él. Le causó impresión verlo, pero conforme las normas y los votos de silencio, sólo le inclinó levemente la cabeza a modo de saludo. Aquello no era una persona, era la antesala de un espectro. Tales eran sus ojeras, y el semblante tristísimo de su rostro. Coincidieron después en la sala que hacía las veces de refectorio. Manos invisibles les dejaban del otro lado las bandejas de las que él y su vecino se servirían. Y las jarras con agua fresca. Mientras Emilio comía, no podía dejar de observarle. Le asaltaron mil preguntas. Qué le habrá pasado. Por qué está aquí. Cuán grave sería su pena. Terminó rápido su plato, se levantó y salió, saludando de nuevo con la cabeza, y no sin comprobar antes que aquel huésped tan triste aún no había probado bocado.


V
Cuando en la madrugada del Viernes, puestas aún todas las estrellas en el firmamento, Emilio llegó a la alberca, se topó, no sin enorme susto, con su vecino monacal, medio en trance y sentado en lo que había sido su sitio. Pensó: “hoy hay overbooking matinal…”. Y buscó sitio, tres metros hacia la derecha, “éste seguro que ha pasado la noche aquí, al raso…”. Una vez practicada la cura del amanecer, con el sol anaranjado incidiendo en los pliegues de su frente, y decenas de pececillos arremolinándose en la orilla de aquel agua cristalina, Emilio se incorporó y se atrevió a decirle, “buenos días, señor”. Después de tantas horas tan callado, hasta su propia voz le resultaba extraña. El otro individuo le miró con agradecimiento y devolvió el saludo, “Buenos días”. Según caminaba hacia su celda de nuevo, estaba convencido de que, aunque contradijera al silencio, aquella tristeza, aquel dolor tan hondo, sólo se iba a aliviar hablando.


VI
Fue por eso por lo que se sentó a su lado en el refectorio, por lo que pidió disculpas por su atrevimiento, y se dirigió a él, eso sí, con una voz susurrante para no distorsionar la quietud y mutismo del Monasterio. Al principio, sobre vaguedades. Comida sana. Vida contemplativa. Lo material y lo esencial. Tuvo remordimientos, estaba tentando a una persona que voluntariamente había elegido guardar silencio. Pero sus intentos tuvieron frutos. Al otro señor se le iluminaban los ojillos, era señal de que escuchaba atentamente cada palabra de Emilio. Se diría que estaba esperando la próxima ocurrencia. “Estar aquí nos hace bien”. Cuando parecía que el hombre triste no tenía lengua, éste cayó finalmente en la tentación y dijo un claro y rotundo: “Sí”, que resonó en toda la sala.


VII
Había llegado ya el Sábado y esta vez el sol apenas había podido asomarse por detrás de las brumas, desdibujando sus primeras luces. Se llamaba Juan, aquel hombre desolado y en franca recuperación anímica se llamaba Juan. Así, Emilio y Juan unieron sus paseos y cayeron en una incontinencia verbal imparable. Sobre lo que condiciona el lugar donde se nace. Sobre las diferencias que nos unen y las similitudes que nos separan. Preguntas. Respuestas. Aquella estancia en el “Valle del Cielo” estaba resultando mucho más reparadora aún de lo esperado... “Mañana contemplaré el último amanecer desde aquí; el Lunes me toca salir al ruedo y enfrentarme a todos mis miedos y todas mis obligaciones”. Juan le preguntó, “¿y por qué el último amanecer? ¿por qué no unos días más para estar más y mejor preparado?”.


“No lo entenderías…”. “A lo mejor sí”, repuso Juan. Emilio tuvo entonces necesidad de sincerarse. Y le explicó cómo y por qué él mismo estaba voluntariamente retirado en aquel recóndito Monasterio. Y lo vital que era que, en estos precisos días, nadie absolutamente nadie reparara en su escondite ni diera con él. Le detalló lo mucho que había en juego. Y quedó muy complacido Emilio al comprobar la cara completamente alucinada del hombre que ya no estaba tan triste y que se llamaba Juan.


VIII
El Domingo despertó gris y con lluvia. Unas gotas finas y continuas resbalaban por las tejas del Monasterio, salpicaban los corredores y encharcaban el empedrado. De repente, había venido el frío. No contempló pues el último amanecer desde la alberca. Tampoco tuvo necesidad Emilio de muchos preparativos para cerrar su pequeña maleta, puesto que sólo llevaba lo básico. Salió, cargado de fuerza interior, y pensó que sería bueno despedirse de su compañero de retiro. E intercambiar teléfonos y direcciones. No obstante, aunque llamó al portón de la celda que ocupaba, nadie le abrió.


El pequeño monje portero le aguardaba en el gran vestíbulo, anexo a la histórica sala capitular. “¿Se ha marchado Juan?”. “¿Juan?, ¿qué Juan?”. “…el hombre que estaba en la otra habitación…”. “…ah, sí, ese señor se fue anoche…”. Iba a comentar Emilio algo sobre la volatilidad del tiempo. Pero escucharon un leve fragor procedente del exterior que destacaba sobre la lluvia. “Don Emilio, me parece que han venido ya a recogerle…”.


Lo siguiente, tras las puertas de la segunda muralla, fue una inesperada ráfaga de flashes apuntándole. Cámaras, micrófonos, unidades móviles con sus parabólicas. Decenas de reporteros llamándole a la vez por su nombre. Y detrás de todos ellos, sepultado por la avalancha periodística, su chófer, que con gestos le indicaba que él no entendía cómo se habían enterado todos aquellos, que él no entendía nada. Emilio, tragando saliva, mantuvo la compostura. Y mientras cerraba los puños con fuerza, se pudo leer de sus labios con toda claridad: “¡Qué hijo de la gran puta!”.

domingo, 22 de agosto de 2010

ARREBATOS

I
“Espera un minuto, Toni, no te vayas aún”. Su madre salió del dormitorio con una bolsa en las manos. Traía el regalo. “Feliz cumple, Toni”. Ella le dio un beso y a Toni no le dio tiempo de apartar la cara. No le gustaban nada las efusiones y las carantoñas. Él cogió la bolsa por el asa y extrajo un paquete envuelto en papel de muñequitos. Durante los primeros segundos intentó abrirlo con cuidado. Pero la paciencia le pudo, e inmediatamente rasgó el envoltorio y lo despellejó. Ropa. Respiró hondo. Era ropa. Una chaqueta. Dijo su madre: “Pruébatela, anda”. Y Toni contestó: “Yo no me pruebo esto”. Y añadió: “Vaya porquería”. La dejó caer en el sofá. “Ya la estás devolviendo”. Ella cambió un semblante de expectación por otro de decepción. “Es bien bonita… No te creas que me ha costado barata…”. Él se abrió paso, señalándole con el dedo, “…sabías de sobra que yo no quería eso…”. La madre quedó plantada. La cazadora tirada en el sofá. El papel de regalo hecho trizas en el suelo. Y los tabiques temblaron cuando Toni cerró de golpe la puerta de la calle.


II
Toni estaba convencido de que en Mardebé para que, en medio de aquel caos de tráfico, no le comieran a uno sólo se podía conducir de aquella manera. Con su moto, iba sorteando los coches, ahora se escoraba por la derecha, ahora por la izquierda, para salir de aquella chicane dando gas a tope con la mano derecha, mientras el tubarro soltaba todo el humo con todo el ruido del mundo. A más de uno dejaba atrás con la mano pegada al claxon porque se veía obligado a frenar bruscamente para no darle. Así, hasta llegar a la puerta del café Liberto, el punto de encuentro. En doce minutos había hecho el trayecto, más o menos. Mesas y sillas de plástico en la calle ocupaban la acera. Botellines de cerveza medio vacíos. Ató la rueda de delante, junto con el casco, a la farola, y se reajustó el pelo alborotado. Carla estaba allí, camuflada entre el grupo de amigas. “Tío, creía que ya no venías…”, le dijo como recibimiento. Toni se disculpó. Por un segundo temió que se le pasaba la oportunidad. Ella se levantó, “venga, vamos a dar una vuelta”. Él, ahí, lanzó un suspiro de alivio, se mordió los labios y pensó alborozado: “está por mí, Carla está por mí”. Envidia cochina de Guille y Quique, que intentaban aparentar indiferencia. Se despidieron del resto que los colegas. De nuevo, el casco, de nuevo el BROOOM BROOOOM. Pero esta vez, ella se cogía muy fuerte a su cintura y mostraba con rotundidad todo su muslamen; al tiempo que él hacía esfuerzos por dominar unos nervios que se transmitían directamente hacia el manillar. Cuando salieron calle abajo, en lugar de un consumado piloto, Toni parecía un tembloroso principiante.


III
Fueron a la playa, y anduvieron por donde el paseo marítimo. Se dijeron las palabras más dulces en las distancias más cortas. Por ser su cumple, ella le regaló una pulsera grabada y a él le pareció lo más de lo más. Un detallazo. Seguramente a esas horas por allí discurrían decenas de personas. Corriendo con auriculares. En bicicleta. En monopatín. Paseando al perro. Descalzas por la arena. Sentadas en los pretiles. Destapando una fiambrera. O tomando unas cañas en los chiringuitos. Pero Carla y Toni ni los vieron ni se dieron cuenta.

IV
Pasó el tiempo inexorable. Se había hecho una vez más muy tarde. Toni subía a oscuras por la escalera de la finca, todavía con la impronta y el recuerdo de ella. Carla, Carla, oh, Carla. Registraba ya el bolsillo en busca de las llaves, cuando le interceptó Lina, la vecina del rellano. Qué hacía allí aquella fisgona. “¡Chico…! ¿Dónde te habías metido?”. Toni se puso en guardia. “Tu padre ha estado llamándote yo no sé las veces…”. Miró el móvil. Estaba en modo silencio. Diez llamadas perdidas. Pero aquello era casi normal. “…que tu madre se ha puesto mala de repente, y que se la han llevado al Hospital… que vayas, que cuando llegues entres por Urgencias…”. Toni no encajó lo que acababa de oír. Abrió la puerta del piso. Y esperó en vano el olor de la cocina. El sonido de la tele. Las voces de sus padres. Sólo encontró luces apagadas. Desorden. La cazadora nueva tirada en el sofá y el papel de regalo arrugado y roto en el suelo.


V
Desde siempre aquellos recintos con aquel olor a desinfectante le habían dado aprensión. Esta vez no. Se sorprendió de ver la cantidad de gente, gente cansada, que abarrotaba aquella sala de espera. Y entre toda aquella masa angustiada, se mordía las uñas él mismo, con su padre y sus tíos. Con la mirada perdida en el pavimento de gres esperaban noticias. Transcurrieron muchos minutos, minutos eternos, hasta que la megafonía los llamó, “…familiares de Carolina Reverte…”, y padre e hijo se levantaron movidos por un resorte y con el corazón encogido.


VI
Su madre parecía dormida. Y Toni se pudo acercar a la cabecera de la cama. “…perdona lo de antes…, lo de la cazadora…”, le susurró al oído, “…ya sabes que, cuando me dan estos arrebatos, me pierdo, me puede mi mal genio…, grito y digo tonterías, pero luego no soy nadie…”. A Toni le costaba infinito seguir hablando. “…ahora te vas a poner mejor… y luego nos vamos a ir a casa… y no te preocupes de nada… porque entre papá y yo te vamos a cuidar… vas a ver cómo te vamos a cuidar…”. Fuerte nudo en la garganta. Imposible decir nada más. Invadida por una paz infinita, en la que ya no se sufre, su madre parecía dormida.