lunes, 29 de junio de 2015

Todas tus ocurrencias son muy buenas


I
Es pelusilla. Me asoma aquí, por encima del labio. Hace una sombra negra, pero todavía no quiere ser bigote. Lleva semanas así. No va a más. Estoy por coger la maquinilla de mi padre y… Pero también estoy por lo contrario. ¿Y si…? Entro en mi habitación. Saco del estuche el rotulador negro permanente. Vuelvo para enfrentarme al espejo. ¿Qué tal mi pulso hoy? Bien, bien. No a lo Groucho. Algo menos marcado. Mmmm. No está mal. Cuela. Me hace parecer más serio.  “Asier… ¿qué haces?”. Mi madre me llama desde fuera. “Voy, ya voy…”. Ya estoy. Salgo. Me planto delante de ella. Espero su reacción. Al pronto, ni se entera. Luego sí. Pero, de primeras, no dice nada. “¿Has metido el bocata ya en la mochila?”. “Hm, hm”. Según salgo por la puerta de casa, murmura: “…no entiendo estas psicologías modernas… ahora cualquier día puede ser carnaval…”. Tomo nota del comentario.

II
Sólo he escuchado un: “¿Dónde va ése?”. Es de mi primo Kevin. Del resto, nada. Ni mu. Mañana, pues, repito bigote.

III
“…imprime carácter, forja tu personalidad… demuestra tu madera de líder”, afirma el Mauri. Me espabilo. No había caído en que se refería a mí y  a mi bigote. Risas de fondo. “Muy bien, Asier… ¿me puedes dejar tu rotulador?”. Qué dice ahora. Me entran todos los males. Rastreo en mi mochila. Lo encuentro. Me levanto. Se lo doy. El Mauri se busca en el reflejo del cristal de la ventana. Oooohhhhh. Estamos perplejos. Se pinta. Le queda asimétrico. Sonríe con su nueva imagen.”¿Qué tal?”.  Murmullos y tímidos aplausos de aprobación. “Podemos continuar la clase”. Me suben a mí los colores. A donde mire, todo son bigotes. De morsa. De domador de circo. De cocinero con tres estrellas. Chicos y chicas. Los bigotudos de “Séptimo A”. Ésos somos nosotros. Todos, menos Kevin, que, juntando el entrecejo me pregunta: “Primo… dime cómo lo haces… “. Con las manos abiertas, le aseguro que yo no lo sé.

IV
“Con ese cabezón que tienes, me tapas, cualquier día, nos damos un ostión”, se queja Kevin. “Quiá…. Tú dale y no te preocupes”. Él pedalea. Yo me clavo el culo en el manillar. Pero es que así llegamos más rápido. Boing, boing, boiiiiing.  Bache, bache, baaaache. Desde la puerta del cole hasta la bajada del río. Me va dando tralla en la oreja: “Vaya una clase con poca personalidad la nuestra. Te pintas un bigote y les falta tiempo para pintárselo también”. El aire deshace mi flequillo. “…pero yo te voy a demostrar que a mí también me hacen caso”. Ha faltado poco ahora: Ese coche casi se nos lleva por delante. Ojo, que si nos la pegamos, la culpa será de mi cabezón que le deja sin visibilidad. De los frenos que no van, de eso Kevin no dice nada.

V
 Entrar diez minutos tarde forma parte de su puesta en escena. Para que, desde sus pupitres, todo “Séptimo A” lo contemple. Ahí está mi primo. Ooooohhhh. Trae la cara pintada de verde, a lo marciano, a lo Shrek, a lo rana Gustavo. El Mauri, según se percata,  no le deja sentarse. Directamente lo envía a Dirección, a vérselas con el Ruano. Kevin mantiene el tipo y se retira. A la media hora vuelve. Con la cara relavada y enrojecida. Pide permiso para entrar. Ahora sí, el Mauri, le da la venia. Viene, se sienta a mi derecha, con los codos apoyados en la mesa y las manos sujetándose la cabeza. Trato de consolarle, de animarlo. Le doy una palmadita en el hombro. Kevin entonces fuerza una sonrisa. “…ya lo entiendo…”. “¿Lo entiendes? ¿El qué?”.  Prosigue: “…todas tus ocurrencias son muy buenas...”. Me quedo parado. Porque pesan en el aire las palabras que no ha dicho: “…y las de los demás no”.

CCCIX
Dos veces al año mi primo llama, viene y quedamos. No falla. Me alegro un montón de no haber perdido contacto, de que se acuerde, de que me traiga un par de botellitas de un buen Crianza, que yo luego ya comparto aquí y me bebo poco a poco. A Kevin le va de cine. Se nota. En el coche que conduce, cada vez uno. Este último tiene el techo descapotable. Se nota. En la ropa que lleva. Con muñequito en el bolsillo de la camisa. Sí, se nota. En las donaciones que cada año envía a este Centro. Una vez insistió, “nano, vente conmigo, que no te faltará de nada”. A mí me dio la risa. ¿Irme yo? No pinto nada en ese mundo. Ni sé idiomas, ni me gusta estar sentado en una oficina. Aquí estoy muy bien, cuidando a los abuelitos de la Residencia. Mi primo y yo salimos hacia el jardín. Nos abrimos paso entre los veteranos que juegan a las cartas y los que leen a la fresca. Todos los residentes van con sus nuevos polo fucsia. Kevin sonríe. Acaba de comprobar que Manuela, que era del sector crítico, ya se ha pintado también un buen mostacho. “…je, je… algún día me lo acabaré poniendo yo”, asegura. No, no caerá esa breva. Mientras cenamos en el comedor del segundo turno, el menú del día, hoy ensalada y pescado, él se interesa y me pregunta. “…y en qué ideas andas metido…”. “Buffff, ahora en casi nada, ¿te has fijado en esa mochila con bidón de horchata incorporado y la pajita extensible?”.  Se levanta, pide disculpas a don Mariano, y examina su barrilete. Saca la libreta, escribe garabatos. Y, con el plato a medio terminar, pide permiso para ir al servicio. “Ya tenemos una edad”, se excusa. Según vuelve, al cabo de cinco minutos, va hablando con el móvil. Es la esclavitud de su trabajo, que no tiene horarios. “…de las fucsia, pide cien mil…. sí, he dicho cien mil”, le oigo decir. “…y habla ya con Ingeniería para que vayan trabajando en el boceto que les acabo de enviar”. Cuelga. Se vuelve a sentar. Kevin pide disculpas. Es hora de hablar de viejos tiempos. De nostalgias y batallitas. De: “¿te acuerdas de nuestras carreras en bicicleta en las que no nos matábamos de milagro?”.  Y también de: “…¿te pintarás la cara de verde otra vez algún día?”. 





lunes, 22 de junio de 2015

Diario de tu ausencia


I
A mí siempre me han dado calabazas. La primera, porque éramos muy niños. La siguiente, porque yo era un don nadie y no tenía con qué. La penúltima porque, simplemente qué me había creído. Hoy, esta tarde, después de muchos años, yo pensaba que mi sino cambiaría. Me lo decía el corazón en la fuerza con que latía. En el brillo de sus ojos. Me lo decía hasta el Capitán Blanco en el cariño que también le había cogido a Maria del Carmen, dedicándole siempre cuatro ladridos seguidos, guau-guau-guau-guau, exactos. Estaba a punto de pararse el mundo, expectante para que la balanza se inclinara hacia mi lado, para que me dijera que sí. Ha sido no. De repente se ha hecho de noche en medio del día más largo. El Capitán Blanco me sigue, a mi derecha, a mi izquierda, cruzándose y trabando mis pies, animándome. Hoy no hay quien me anime, fiel amigo. Hoy he recogido otra calabaza, la más grande. No es que ella no me quiera, que sí. Es que me ha dado un motivo que… me pellizco otra vez y me duele, luego esto que me está pasando es verdad… ya digo: el motivo que me ha dado no hay quien se lo crea.
 
II
…sólo a mí, por el cariño que me tiene y la sinceridad que me debe, me lo ha referido. Ella es un gen inquilino. “¿Un gen qué?”. Le dejo seguir su explicación. No tiene casa, cuerpo en propiedad. Cada año elige, escoge dónde va a vivir. Cuidadosamente. En función de unos criterios. Salud, posición, conocimientos. De la noche a la mañana, entra. Y se instala durante doce meses en una vida que no es la suya. La de Maria del Carmen, por ejemplo. “Habrás notado que yo no me parezco en nada a la Maria del Carmen que tú conocías de toda la vida”. Rebobino. Bueno, no sé, ahora que lo dice, tal vez. Ella escribe también un diario explicando sus aconteceres para que cuando la legítima propietaria despierte y regrese sepa qué ha sido de su vida durante este tiempo. Normalmente siempre les redirecciona la vida a mejor. Normalmente. Se muerde ahora los labios. Después me ha besado. Y yo me he quedado bloqueado. “…no debería haberte contado esto”. Me sale un “hace cuánto que eres así”. “…ufff… llevo por lo menos haciendo esto unos quinientos años”. Ja. No puede ser. Salgo a campo abierto. Para ver Gorroperdido a la distancia. No, no puede ser. No me creo nada, por supuesto ¿Cómo dijo que se llamaba eso? Un gen inquilino.
 
III
En la calle, frente a frente, topo con Maria del Carmen. Lleva el carrito de la compra. En este encuentro hay una mezcla de azoramiento y susto. Tierra, por favor, trágame. Nos cruzamos un saludo. Al instante, he notado que sí, que ella ya no es ella. En el rictus de su gesto. Canta mucho además porque El Capitán Blanco, que no es elemento sospechoso en esta historia, se ha acercado, la ha olisqueado, ha vuelto correteando hacia mí y no le ha dedicado ni medio ladrido.
 
X
He dormido bien. El sueño ha sido largo, intenso, placentero. El Capitán Blanco, se me tira encima, me saluda, efusivo. Eh, eh, pequeñín, qué te pasa. Le acaricio la testuz. Es como si no me hubiera visto desde hace un año. Yo me encuentro pletórico. Me miro al espejo. ¿Ehhhhhhhh? ¿Qué es ese cambio de look? ¿Qué ha pasado con mi melena? Me vuelvo a mirar bien. Ohhhhh. Tabletas de chocolate donde yo recuerdo que había michelines. Pero… pero ¿aquí qué ha pasado? Tengo hambre, tengo hambre… Voy descalzo hacia la nevera. ¿Eeeeehhhhhh? ¿Dónde están las galletitas? Qué hace ahí esa fruta… el agua mineral… esas verduras… ¿Y mis cervezasssss? Miro al Capitán Blanco. “Tú sabes algo”. De un salto me planto en la habitación. Ufffff, tanto orden me deslumbra. Desde cuándo. Abro el armario… ¡Socorroooo, cada cosa está en su sitio! De ahí, a mi reloj, a la tele. Estamos a 22 de Junio, sí. ¡Pero de 2015! ¡Arggg, he pasado un año durmiendo! Me asusto. Me contengo. Entro en pánico. Me abrazo al Capitán Blanco. Habla, habla, cuéntame. Es cuando reparo en la carpeta que hay encima de la mesa del comedor. Me acerco. Leo el título. Tiemblo. “DIARIO DE TU AUSENCIA”. Entiendo. Ella ha estado en mí. Cierro los ojos bañados en lágrimas. Después, me derrumbo.
 
CCC
“¡Señora, no tenga miedo, que el perro no hace nada! ¡Capitán Blanco, ven, ven aquí!”. Rápido, el can recula y viene a mi vera. Mecagüen. Esta tía me vocifera casi de todo. Por un momento me había parecido que ladraba cuatro veces. Cuatro. Pero ha sido una ilusión acústica. Sólo eran tres. El cuarto “guau” venía de ese perro que corretea por el parque. No me desanimo. Alguna vez será verdad. Por eso dejé hace dos años Gorroperdido y me vine a Mardebé. Intuyo que está por aquí, mezclada entre tanta gente. Confío en el olfato del Capitán Blanco. Querría darle las gracias por haberme hecho mejor cuando me intervino. Sobre todo querría decirle que no me importará para nada lo que digan los demás cuando crean que voy con una pareja distinta cada año. “¿A que a ti tampoco, campeón?”.  Un quiebro en la voz, una piel erizada, un no sé qué, me entra cuando mi querido Capitán Blanco responde nítidamente con un: “¡Guau-guau-guau-guau!”.


lunes, 15 de junio de 2015

Reconciliación


I
Ya verás, ya verás. Me paro en la esquina. En seco. Mi nieta Daniela me mira, “qué te pasa, abuelo”. Le respondo enfadado: “…como si tú no lo supieras: yo por aquí no paso”. Ya me la quería colar. Hace treinta años que no piso la calle Mayor y no va a ser hoy el día que rompa mi costumbre. Ella cae ahora en la cuenta. “…pero abuelo… entonces para llegar al Teatro tenemos que dar toda la vuelta”. Así es la vida. No tendría porqué, pero aún le doy explicaciones: “No lo ves: pero para mí ahí hay un muro invisible con el que yo me daría de morros”. Se cariacontece la niña. “…es porque no te da la gana pasar por delante de la puerta del escultor Román, es por eso”. Pues sí. Es por eso. No es un secreto. Toda Mediavilla lo sabe. Lo que no le digo mientras retrocedemos buscando la plaza, es que él tampoco pasa por la puerta de mi casa. Y que lo tiene mucho peor:  porque yo vivo en la entrada del Este; y si quiere salir hacia Mardebé, no le queda otra que tomar la del Oeste  y circunvalar el pueblo. Ahora es Daniela la que se detiene. “…abuelo: no sé lo que pasaría entre vosotros… la mamá me dijo que ahora no os podéis ver, pero que hace muchos años, vosotros érais muy amigos”. Murmuro un: “Tu madre, qué bocazas…”.  “…mi amiga Reyes, ayer me dijo que su yayo Román está muy enfermo”. “¿Sabes qué? Que ya era hora y que me alegro”. Mi nieta no me reconoce. Lo he dicho rotundo, muy rotundo. Pero por dentro, un calambrazo me ha sacudido de arriba a abajo. Para la alegría que se supone que tengo, menudo calambrazo.

II
Ahí están otra vez. Daniela y esa chiquita… Reyes. No entiendo cómo ellas se entienden tan bien. Como si no hubiera otra niña en Mediavilla. Vale: No tiene ninguna culpa de tener ese abuelo, no… pero, lo reconozco,  no la puedo ver, se me atraganta. Se ríe igual que su abuelo. A mandíbula suelta. Así: “Hi, hi, hi… “. Me lo recuerda tremendamente. No me chupo el dedo. Algo traman. Titubean. Con escuchitas. Una a la otra. “Lo que sea, soltadlo ya”, les he pedido. Ha hablado Daniela, siempre le toca la peor parte, la de dar la cara: “…abuelo, tienes que ir a ver al señor Román, antes de que ya no puedas hacerlo”. Levantarme del sillón, salir hacia mi taller y darles un portazo. Ésa ha sido mi reacción. Quiénes se creen estas niñas que son para decirme lo que debo hacer a estas alturas.

III
A este lado de la calle Mayor, ni hay un gas venenoso que obtura mis pulmones, ni me ha partido un rayo en dos cuando he cruzado esa línea invisible entre la esquina y la Plaza del ayuntamiento, ni he recibido un perdigonazo cuando se supone que he estado a tiro de la ventana de su casa. Mis pies, eso sí, estaban un poco más torpes y temblorosos al subir el desnivel del portalón. Cuando mi vista se ha acostumbrado a la penumbra, he reconocido una a una todas las esculturas que jalonan la entrada de la planta baja. Mármol vivo. Sentado de espaldas, he adivinado su sombra. Qué ruina de tío. Espero que a él no se le ocurra pensar lo mismo de mí. He carraspeado una, dos veces. No pienso ser el primero en hablar. Al final he escuchado un: “…parece que te has acatarrado, Ramón”. Yo lo he replicado con un: “…es del frío que hace en tu casa, Román”.

IV
Las farolas estaban encendidas cuando he salido de la casa de la calle Mayor. Encogido. Con la piel erizada. He escuchado lo que de él nunca hubiera imaginado. “…lo siento, Ramón… ojalá pudiera rectificar… y ojalá pudiera enmendar el daño que te he hecho”. Yo me frotaba los ojos. No me lo podía creer. El orgulloso Román pidiéndome disculpas. A mí. Cómo estaría su conciencia. Cómo. Se ha incorporado, con ayuda del bastón, ha ido hasta la vitrina, la ha abierto… y con pulso tembloroso, ha cogido la figura de porcelana de la niña. Mi pequeña niña. “…cógela, te pertenece”. Yo, yo… ufff. No sabía que decir. Al fin y al cabo, es así: Es mi niña, se la quedó él, y con eso empezó su imperio y se hundió el mío. El aire es frío. Cuello de la chaqueta subido. Con cuidado, con ternura, aprieto la figura de la niña… Será de porcelana, pero es tan real, que os aseguro, os prometo que mis manos sienten su calor.

V
Fuera llueve. Los cristales empañados. Lentamente tañen las campanas en la Iglesia. Tañen por Román, mi amigo Román.

X
Lo digo a gritos. “¡Créanme!¡Es la verdad! ¡Me la dio! ¡Me la regaló él!”. La voz ya no me sale entre sollozos. “Eso dígaselo al juez, Ramón: todo el mundo sabe el odio que le tenía al señor Román de toda la vida”. El inspector me empuja hacia fuera y me desnivela. Una policía, con guantes de nitrilo, sostiene la figurita de la niña, “qué suerte: está intacta… ¡con el valor que tiene!”. La deposita en una cajita acolchada. Con las esposas puestas y la cabeza agachada, me sacan a la calle. Fuera, tumulto. Vecinos, fotógrafos y cámaras se agrupan. “¡Chorizoooo!”. “¡Ladrooooón!”. Eso es lo más bonito que me dedican. En mi mente se hace repentinamente la luz. Siento su puntilla maquiavélica. Qué pardillo he sido. Qué milimétricamente había calculado que esto me iba a ocurrir el cabronazo de Román.


martes, 9 de junio de 2015

Para que la abuela no esté sola


I
“…así la abuela tampoco estará sola”. Al escuchar esto, Leonor se muerde la lengua. Luego, las despedidas son rápidas. Es Domingo por la tarde y habrá caravana seguro para entrar en Mardebé. Un beso al aire, un tened cuidado, y un hasta el Sábado que viene. Arranca el Renault 18 a la segunda. Dos toques de claxon. Un intermitente, y el coche sale en primera. Cuando la hija y el yerno desaparecen tras la esquina, ahí quedan, frente a frente, Leonor y su nieto. Él contiene su rabia. “Qué rollo, Gorroperdido”. Ella simula no haberle oído: “Bueno… habrá que arreglar tu habitación”. “Ve arreglándola tú, que yo me voy a dar una vuelta y vengo enseguida”. Esto ella ya se lo sabe. Según vuelve entrar en la casa, Leonor imita la voz de su hija: “…así la abuela tampoco estará sola…”. Guarda el bastidor con el bordado que, de momento, no terminará. Cuadra los folios donde trataba de revivir historias dormidas y los pone dentro de un archivador. Y cuando cree que ya no la oye nadie, se le escapa un contundente: “…y una mierda”.

II
Cuando él gira la llave, ella se incorpora levemente en su mecedora. Se quita las gafas. Hace como que leía una revista. Él entra de puntillas, como intentando no despertarla. Los latidos del corazón de Leonor vuelven al sitio. El chico ya está en casa. Él habla bajito: “Buenas noches, abuela”. Ella abre la puerta de su dormitorio y contesta: “Buenas noches, David”. Ya dentro, mira la hora en el despertador de la mesita. Las seis. Menos mal que Gorroperdido era un rollo. Las seis nada menos. Antes de que se duerma, se asomará el sol por el Este espantando a las estrellas.

III
Ni que hubiera comprado piedras. El asa del bolso estrangula la yema de sus dedos. Y se le desconyunta el hombro. Eso es por comprar para dos. De tienda en tienda. Primero el horno. Después la carnicería. Ahora el Ultramarinos. No puede con la cuesta empedrada, no puede. Leonor deja caer la carga en el suelo. Y busca el apoyo en una pared. Se cruza con Cayetana. No podía ser otra. Le lanza un dardo en forma de pregunta: ¿No tienes al nieto para que te ayude?”. Ella, que se preocupa ahora de recuperar el aliento, se ahorra la respuesta. Al fondo, ha advertido las barreras puestas y preparadas para la suelta de la vaca por la tarde, ya estamos ahí, en lo de todos los años. Levanta el bolso, saca fuerzas que no sabe que tiene, y reemprende el camino, con un nudo en la boca del estómago. “…veremos cómo le digo a David, que las vacas, ni en pintura”.

IV
No cabe más gente en la calle. De parte a parte. Subida a las rejas de las ventanas. Asomada en los balcones. Encaramada en el quinto tablón de la barrera. De fiesta, con el vaso de vino y melocotón en la mano. Como si no fuera a sonar el aviso, el petardazo, en menos de cinco minutos, anunciando la suelta de la vaca. Apretujado, manteniendo el equilibrio, en lo alto del “carafal”, murmura David:  “Ni que estuviera yo loco”. Recuerda el sermón de la abuela. No hace falta que ella se lo advierta. Ya lo sabe él, ya. Sólo de sentarse allá arriba siente vértigo. POOOOOM Suena el aviso. En un momento, una riada de gente corre calle arriba. Los primeros al trote. Los últimos, despavoridos, al degüello, entre gritos y entre ay-ay-ay delante de una vaca que les pisa los talones. Tensión en la calle. Fluye la adrenalina. Medio mundo se ha volatilizado. El otro se ha quedado, de valiente,  para intentar escabullirse, todos a la vez, en el último segundo. La barrera se tambalea. David se agarra fuerte. “¿Bajar yo? Ni que estuviera yo loco”. En un visto y no visto, la vaca pasa. Qué bicho. El peligro parece que también. Luego los minutos van cayendo. No era la vaca tan fiera como la pintaban. Los comentarios aseguran que es un muermo. Que no hace caso a los requerimientos de quienes tratan de recortarla y marearla a un lado y a otro. Cada vez más gente vuelve a pisar la calle. No pasa nada. El animal está en la otra punta. Y estar ahí, arriba en el “carafal”, empieza a ser aburrido. Nadie le dice nada. Total, por bajar un poco. Le duele la rabadilla de estar tanto tiempo sentado. Duda. Pero luego la duda disminuye. Titubea. Sigue escuchando que esta vaca está dormida. Pulsaciones a mil. Baja o no baja. Todos los amigotes están bajo. Se decide. Se incorpora. No pasa nada. Está en la calle, pisando empedrado. Respira hondo. Fuerza una sonrisa. Como si le faltara aire, respira hondo.

X
“Así, con cuidado al girar los escalones, no se os vaya a caer de la camilla”. La cama está dispuesta en el piso de arriba, donde la cocina, que es la parte central y más amplia de la casa, mirando hacia el balcón.. Cayetana, la vecina, ha entrado detrás, detrás, con un “le tenía que tocar a él” y se recrea explicando que “pudo ser peor: el chico parecía un muñeco de trapo cuando la vaca fue a por él y lo enganchó”. Los de la ambulancia se despiden, deseando un “…en lo posible, buen lo que queda de Verano”. La vecina se aparta para dejarles paso, y les sigue repitiendo: “lo que necesitéis, ya lo sabéis…”. Se hace el silencio. Tenso. Ya no quedan reproches de la hija hacia su madre: “…le tenías que haber controlado mejor”. La abuela está pálida. Cruza una mirada con el nieto, que luce un fuerte vendaje desde la cadera hasta la punta del pie. Actúa la fibra sensible, porque sus ojos, los de ambos, se humedecen. Es Lunes. Mañana hay que trabajar en Mardebé. La madre, mira el reloj, recoge su bolso, se acerca, le da un beso y dice: “…ahora sí que sí, hijo, te quedas para que la abuela no esté sola”. David niega la mayor. Busca la mano de la abuela Leonor. La estrecha. Y le contesta: “…ahora sí que sí, mamá… también me quedo para que la abuela me cuide”.

domingo, 31 de mayo de 2015

Crecer deprisa


I
Así lo digo. Me he cagado en la madre que lo parió. Quién le manda abrirme la libreta y ponerse a fisgar. “¡Manu, devuélveme eso!”. “Toma, toma… pero, oye… ¿y quién es la otra “G”?”. Me lo pregunta con guasa.  Así que sí. Que ha visto que tengo los márgenes plagados de “G y G”. El boli ya los escribe solos. En minúsculas gyg.  En mayúsculas GYG. En letra gótica. En letra de caligrafía. Dentro de corazones camuflados y cubiertos por garabatos. De la rabia que me ha entrado, le he metido un empujón que ha ido al suelo de morros. Sus gafas por un sitio y él por otro. “…pero… ¿qué te pasa, Gael? ¿yo a ti qué te he hecho?”, me ha preguntado lloriqueando. Ya iba yo a sacudirle por cotilla, por fisgón, por… “¡¡¡¡GAEL!!!”. La voz de la señorita Gabriela me ha paralizado. “¿QUÉ IBAS A HACER?”. Manu gimotea señalándome: “¡…me ha dado un empujón, señorita, me ha tirado al suelo!”. Agacho la cabeza. Me muerdo los labios. Ella se encara conmigo. Ojos con ojos. No puedo  sostenerle esa mirada. “Vete fuera al pasillo, luego tú y yo hablaremos”. Este castigo me escuece más que tirar alcohol sobre una herida. Qué frío hace en el pasillo en horas de clase. Abro mi libreta. Una lágrima, un poco de moco. Nada que no pueda quitar la manga de mi jersey. GyG. Qué desesperanza. Si lo mío con “G”, la que me quita el corazón, era imposible del todo… ahora, lo es más todavía.
II
No raspo aún. Mecagüen. No hago más que mirarme al espejo lupa que tiene mi madre en el baño. Me acerco. Me miro. Me remiro. Quiero que esa pelusilla que me estoy afeitando y reafeitando con la cuchilla de mi padre se convierta en barba barbuda ya. YA.  El planteamiento es fácil. “G” tiene que mirarme de otra manera. No soy el crío que ese espejo refleja. Para nada. Tengo que crecer. Crecer deprisa. A ver si se entera de eso mi puñetera y perezosa barba.
IV
Sábado. Hora de salir. Sigilosamente. Sin hacer ruido. De puntillas. Sin molestar la siesta de los muy mayores. “Gaeeeel, ¿dónde vas?”. Vaya. Es mi madre que, como siempre, tiene la antena puesta. “A dar una vuelta”. “Vale, pero cámbiate ahora mismo esos pantalones largos… vas a coger el sarampión”. Ahí, agggggg, como siempre también, me ha matado.
V
Le he dicho que trataré los discos con sumo cuidado. Como si fuera él. Que no los rascaré con la aguja. Pero que me deje oírlos. Mi padre se lo ha pensado. Mmmm. Luego he buscado entre los tropecientos que tiene el de Dvorak, la Sinfonía del Nuevo Mundo. “G” lo pronuncia así: Borsac. Por eso me ha costado más encontrarlo. Dijo que tenía entradas para el Principal de Mardebé. Él se asoma varias veces al salón. Me encuentra concentrado. Tratando de retener la melodía. “¡Jo… papá, pasa si quieres y siéntate a mi lado, pero deja ya de hacer ruiditos con la puerta!”. 
VI
Manu me ve a lo lejos. “¡¡¡Gaeeeel!!!! ¿Te vienes a dar una vuelta con la bici?”. Sigfrido lo oye y me pregunta: “¿Qué te dice ese enano?”. Yo, como si no lo oyera, le replico: “Buah, paso de lo que ése me diga”. Me ajusto a su paso y le sigo. Éstos tienen cuatro años más. Lo que pasa es que, con mi plan de crecer deprisa, yo a su lado, parezco como ellos.
VII
Mi padre va subiendo el tono de voz. Se le hinchan las venas del cuello. Yo intento, pero no me sale, reprimir una sonrisa. “Gael… ¿ME PUEDES DECIR QUÉ ES ESTO?”. Su voz me retumba en la cabeza. Como si él, que me lo pregunta, no lo supiera. Es una botella de su vino favorito. Vacía. De la vinoteca a la fuente del jardín. Flotaba. Je, je. Conste, que aún quedaba un poco. Yo no sabía que era la última de esa cosecha. Hubiera cogido otra. Intento contestar. No me sale. Tengo la boca ahora demasiado espesa.
VIII
A Sigfrido le confesé que yo quiero ser mayor. No le dije el porqué. Él lo tuvo claro. “Hay una maga”, me recomendó, “que, por quinientas pelas, te transforma”. Yo me quedé ojiplático. ¿De verdad? Me imaginaba entrando por la puerta con mi uno sesenta y pico, y saliendo agachado, para no darme en el cogote con el marco, con más de uno noventa que tengo que llegar a medir. ¿De verdad? Se reía. Se partía de risa, afirmando: “Yo no gasto bromas”. Me ha costado mucho juntar el dinero. Pero lo tengo. En el bolsillo. Estoy llamando ahora a un timbre. Es la dirección. Me abre una señora. Es, tiene que ser, la Maga. Me pregunta que qué quiero. Voy directo al objetivo: “Quiero crecer deprisa”. Le enseño el dinero. Billetes de cien, de Manuel de Falla, algo arrugados. Niega rotunda. Y me cierra en las narices. “¿Por qué?”, pregunto. Desde dentro, le oigo contestar: “…porque tengo un código ético”. Vuelvo cabizbajo hacia mi casa. Desde luego, no entiendo nada.
CDIX
La he reconocido al instante. Sigue igual, igual. “Es G”, he pensado. Yo hubiera querido pasar de largo, que no se diera cuenta. “¡¡GAEL!!”. Imposible con ella. Cuánto tiempo. Cómo tú por aquí. Luego mira al nano, que se estará preguntando quién es esta señora. G se agacha, le da dos besos, y le dice: “…tu abuelo era muy estudioso en el cole y sacaba muy buenas notas”. Me azoro. Bueno. Me alegro de haberte visto. G sigue su camino. Y yo la sigo con la mirada. El nano me tira entonces de la mano. “…qué señora tan rara, papá… se ha confundido:  ha dicho que eras mi abuelo…”. Encojo mis hombros encorvados. Me entra un nudo en la garganta. No voy a entrar en detalles. No voy a contarle que yo una vez quise crecer tan deprisa que, cuando me vine a dar cuenta, me pasé de frenada.


domingo, 24 de mayo de 2015

Por una trastada

I
Bueno, bueno, no era para tanto. No es la primera vez que os hago una trastada, y hay que ver cómo os habéis puesto esta vez. Qué voces. Qué gritos, sobre todo los de Sofía. Me ha parecido excesivo. Os he pedido disculpas. Jon. No volverá a suceder. De verdad. Lo siento. Yo te he hecho una carantoña. Y tú me la has devuelto, sí. Pero te lo noto. El sofoco, el cabreo, no se te ha pasado.
II
En el 124 naranja a mí me gusta ir en el asiento de detrás, al medio. Entre Sofía y tú. A veces me apoyo en ti, a veces en ella. Lo equilibro para que no riñáis. Me gusta viajar. Me gusta el aire que entra por la ventanilla. Y me gusta también, en el cassete, los “Rivers de Babilonia”, y lo bien que la berreas, Jon. Te veo hasta la campanilla. El traqueteo, curva va, curva viene, es mano de santo. Me adormezco. Cuando lleguemos, avisadme.
III
No sé por qué hemos venido hasta aquí. Calles estrechas. Casas viejas. Naves vacías. Yo, como siempre, me he adelantado y he ido de avanzadilla para inspeccionar un poco el terreno que piso, para que nadie me lo cuente. 
 IV
Iba pensando en que no me gusta este lugar. Y te lo iba a decir. Ha sido cuando me he dado la vuelta y ya no os he visto. El corazón me ha dado un vuelco. He ido a toda mecha a donde habíamos aparcado. Pero nuestro 124 naranja ya no estaba. He salido corriendo, detrás hasta la esquina. ¡Ufffff, cuidado con ése, casi me atropella! Aquel coche que se alejaba por la carretera parecía el nuestro. ¡¡ EEEEEHHHH, EHHHHHH!! Pierdo el resuello. Me paro agotado. Tiene que haber pasado algo para que os hayáis tenido que ir tan de repente. Esto no puede ser. Esto no me puede estar ocurriendo a mí.
V
Lo mejor es que me quede aquí. Quieto. Subido a la acera. No sea que, si me muevo, vosotros vengáis. No tardaréis en volver a por mí.
VI
Pasa gente. Me miran. Se preguntan, qué hace éste aquí. ¿Yo? Espero. Espero. Espero.
VIII
Ya he aprendido la lección. De verdad. Ya estoy escarmentado. Os lo prometo. No lo vuelvo a hacer. Sí, os lo prometo. Pero por favor, por favor, venid ya a por mí. Parece que oscurece, ufff, se encienden las farolas. Por favor, Jon, tú puedes: venid a por mí. 
IX
Me han enseñado a no fiarme de desconocidos. Algunos se han acercado. Menuda pinta traían. Me han preguntado que qué me pasa, si estoy bien. He dicho que a ellos qué les importa. Me pongo en guardia. Empiezo a tener hambre. Empiezo. Lo más bonito que han dicho esos de mí es: qué señorito, qué tipo tan, tan raro.
XX
A lo mejor queréis, pero no sabéis encontrar el camino para llegar hasta aquí. Eso tiene que ser.  Vistas así las cosas, no tengo alternativa. Tengo que situarme, orientarme y ponerme en camino.  Cueste lo que me cueste. Me cuelo en un portal, el del edificio más alto. Subo por las escaleras, procurando no me vean. Hasta que se acaban. Luego me lo pienso. No hay terraza. Hay tejado. Respiro hondo. Me atrevo o no. Sí. Trepo. Cuando llego arriba del todo, me acojono. Ante mí, un trozo de cielo salpicado de nubes, y hasta donde me llega la vista en cualquier dirección, un mar de fachadas con ventanas, balcones, antenas. De aquí… ¿por dónde se sale?
XXX
El instinto debe ser eso que sabes sin que nadie te lo haya enseñado antes. Aplico pues el instinto. No me resigno, pero me adapto. Sobrevivo. Me escondo de quienes sé que me quieren hacer daño. Me relaciono lo justo. Vivo sin meterme con nadie. Cuando atardece, me alimento de mis buenos recuerdos. Mi memoria selectiva los agiganta. Jon, Jon, Jon.
LX
Lo sabía. Tenía el presentimiento de que hoy ibas a aparecer. Madre mía. El corazón me ha dado un vuelco cuando te he visto. Madre mía, Jon, cómo has crecido. Has llegado hasta el rincón de la callecita donde nos vimos la última vez. Ibas despistado, buscando hacia todas partes. Me ha dado un poco de vergüenza que me vieras así, con esta pinta tan horrible. JOOOOONNNNNNN. Chispas en nuestros ojos. Sentimientos a flor de piel. Qué reencuentro más emotivo. Así, quietos. Con tantas cosas que contar. Qué tal está Sofía, tan bicho como siempre, ¿no? Punto final a mis días entre los callejones. Nos volvemos a casa. A casa, Jon. Noto que ahora das un trago de angustia. Y al notarlo, a mí se me hace de noche. Jon… ¿no nos vamos a casa?
L
Algunos de los de aquí, que ya me llaman el raro, se preguntan que qué me ha pasado, que a qué se debe este bajón que me ha dado. Para qué he de andar con explicaciones. No venías a por mí, Jon. Venías sólo a saber de mí. Y entre una cosa y otra, hay mucha, mucha diferencia.
CCI
Bostezo. Parpadeo. Acabo de verte de nuevo, de reconocerte, después de tanto tiempo. Es la tercera vez que pasas por ahí debajo, Jon. Gritas mi nombre. MICHI. Me llamas. MICHIIII. No muevo ni un músculo. Cuanto tiempo sin que nadie me llamara así. Aquí todos me conocen por “RA-RO, RA-RO”. Dicen que me lo he ganado a pulso. Desde esta azotea, desde esta perspectiva, se me eriza la piel al verte. MICHIIIII. Esta vez no saldré a tu encuentro ya vengas a por mí o ya vengas a saber de mí. ¿Sabes, Jon? Mis recuerdos con vosotros son entrañables… será por eso que he olvidado en qué consistían mis trastadas… MICHIIIIII. Me desperezo. El sol agiganta entonces mi sombra sobre la fachada de enfrente.


martes, 19 de mayo de 2015

El peludo


I
Nadie juega a fútbol como Villán.  Todos lo quieren en su equipo porque marca goles y marca la diferencia. Nadie dibuja y pinta como Goyito. Todos le dejan un folio encima del pupitre para que les garabatee algo y les ponga firma. Tenemos asumido que el día de mañana será un cotizado pintor. Nadie escribe poemas como Machadín. De normal, habla (y muy bien) en verso, no en prosa. Adonde mire, nuestra clase está llena de genios irrepetibles, únicos en lo suyo. Ahí está Olivia, que flota en el aire cuando danza destilando sentimientos. Tampoco nadie baila como ella. Me muerdo los labios. Cagüen. Me corroe la envidia. No porque yo no sea bueno en algo, que lo soy. Sí, lo soy. Tengo una memoria prodigiosa. De momento, me acuerdo y me acuerdo bien de todo lo que me pasa. Fotográficamente. Debería estar brincando, porque a Villán se le olvidan casi todos sus goles diez minutos después de acabar el partido;  Goyito cree que está innovando en su último retrato y ya ha hecho por lo menos tres más como éste; y Machadín, o escribe inmediatamente lo que se le dicta su inspiración, o sus versos se pierden y volatilizan como el humo. Uffff. Como mucho, como mucho, habrá dos personas en este vasto mundo con un memorión como el mío. Uno, desde luego,  soy yo. Y ahí es donde mi vanagloria se vuelve amarga. Porque, ya es mala suerte que el otro venga a mi clase y se siente a mi lado. Es el “Osito”. “Osito”, por lo pequeñín y por lo peludo que es. Teniéndolo tan cerca, todas mis proezas memorísticas se quedan en un: “Buahh, eso también lo hace el Osito”.

II
Ahí estamos. Ante la atenta mirada de Olivia. Nos hemos retado en el patio. Y ella como testigo. Y yo quiero quedar bien. Empieza él. Primero, a morro, un sorbo de agua de la botella de plástico, luego de carrerilla, las  diez primeras páginas de don Quijote, la versión que nos han hecho leer en el cole. Observo al Peludo. Le hago muecas. Siempre le busco algún pinganillo oculto en el oído. Nunca se lo encuentro. Trato de que se ponga nervioso, de que trabuque alguna palabra para pararlo y gritarle: “¡Ahhhh!¡Te has coladooooo!”. Pero no cae esa breva. “…has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre de los caballeros andantes….”. Olivia le persigue con el libro abierto. Sin voz repite cada frase. “¡Qué fenómeno!”, exclama admirada. Bueno, bueno. Falto yo. Me ofrece agua. Con su saliva no, nunca. Toso, me preparo. Una, dos y tres. Entorno los ojos. Como si estuviera viendo el texto. La veo, la admiro. Pasan los minutos. Persigue mis palabras con el libro abierto. “…fue costumbre de los caballeros andantes hacer a sus escuderos gobernadores de las ínsulas o reinos que iban ganando…”. El Peludo pasa, no trata de distraerme. Pim, pam, pum. Punto final. “¡Bravo, bravo!”, aplaude maravillada. Yo hincho mis pulmones, satisfecho. Un beso para los dos. Cachis. Cagüen. Yo hubiera querido un beso, pero para mí solo.

III
Cuando Olivia nos ve salir al patio con una guía de teléfonos, nos pide excusas y sale huyendo. “Espera, espera… ¡saca una letra!”, le pido. Ella concede y pone la mano en la bolsita. Sale la “H”. Ésta es de las cortas. Un repaso. Y a enumerar, uno por uno, los nombres… y sus números. A ver quién falla primero, el Osito o yo. Mientras deletreo: “Haad Amat J. A…”, escucho cómo ella nos reprende: “…podríais utilizar vuestro talento en algo más provechoso”.   

IV
Desde la grada sólo la miro a ella. Es el centro de mi atención. Otras siete chicas ejecutan a su alrededor los ejercicios de Gimnasia Artística. Escucho pasos detrás de mí. Un respirar fuerte. Apenas me giro. Lo reconozco. Es el Osito. Se sienta. Pero mira que es peludo este tío. Si con diez años ya se afeita, qué será cuando tenga quince. Pelo en el pecho. Puede peinar hasta los pelillos de sus brazos si quiere. Pero no me quiero distraer. Grabo, memorizo los movimientos de Olivia, en armonía total con la megafonía del pabellón. Un poco molesto con que el Peludo se convierta en mi sombra, le pregunto que en quién se fija. Me contesta lo que yo ya me temía: “…en Olivia, por supuesto”.

V
…ya llevaría unas cuatro cabezadas con esa película, ya me habrían dicho otras tantas, “Venancio, vete a dormir, que es muy tarde y mañana te tienes que levantar temprano”, cuando me ha venido un flash, y me he despertado de golpe. Sin pestañear. Con la boca abierta. Ahí me he espabilado. Ahí está la clave. En Sansón y sus pelos. En el Peludo y los suyos.

VI
…Si Sansón guardaba su fuerza en su cuero cabelludo, ¿por qué no Osito podría guardar unos cuantos gigas en cada uno de sus pelos? Teniendo tantos y por todas partes, es más que muy creíble esta suposición…

VII
Dicen que en el amor y en la guerra todo vale.  A la salida del colegio he ido a buscar al Pirata López. Está en octavo. Es muy macarrilla. Le va mucho la gresca. Debo ser de los pocos. Conmigo nunca se ha metido. Mis padres y los suyos se conocen de hace tiempo y se ve que me respeta por eso. Se sorprende de que le busque. “¿Quién te ha molestado, Cerebrín? Dímelo, porque a ése le damos una tocata que se le van a quitar las ganas de decirte nada más en lo que le quede de vida…”. Es así de contundente. El Pirata ha escuchado sin mover un músculo lo que le estaba proponiendo. Asiente. “Dalo por hecho”. Cuando me dice esto, me entra un escalofrío. “… sólo raparlo, pero no le toquéis un pelo”. Suelta una risa. Yo lo digo en serio. “…no le hagáis daño”. Me quedo plantado mientras el Pirata se aleja. Pensaba que me sentiría liberado con esto, pero no. Siento ahora que soy un bicho malo, que soy muy mala persona.

VIII
Todo es mirar afuera. El Osito no ha venido a clase. Preguntas al aire. Qué le pasará. Mi mano tiembla. A lo lejos veo al Pirata. Noto que me guiña un ojo. No me acerco a él por no levantar sospechas. Pero le cogería de la solapa de su cazadora, le zarandearía y  le gritaría, “¿Qué le has hecho a mi amigo? ¿qué?”.

IX
Ayer no. Hoy sí. Ha despertado sonrisas en cuanto lo han visto entrar. Lleva un gorrito de explorador. Debajo, nada. Está pelado, pelado, pelado. Contiene la mandíbula. Le brillan los ojos. Le falta poco para llorar. Es aún más poquita cosa. Más crío. Más bichón maltés, menos osito. No contesta cuando lo acribillan a “¿qué te ha pasado? ¿qué te has hecho, Osito?”. Yo agacho la cabeza, escondiéndome. Hora de patio. Minutos tensos. Ofrezco aplazar el reto. “De eso nada”, replica él, “empiezo yo si quieres”. Olivia de juez. Tenemos más testigos alrededor. Voz trémula que va ganando confianza. Palabra a palabra, frase a frase. Cómo se me ocurriría pensar que cada uno de sus pelos podría ser un lápiz de memoria. Cómo.. Hasta la página cincuenta, que era lo pactado. Lo borda. Qué fenómeno. “¡MUY BIENNNN, OSITO!”. Olivia lo abraza, lo estruja. Ese gesto me descompone.A mí ahora no me sale la voz. Sólo me sale un: “has ganado, yo no estoy preparado”. Acabo de tirar la toalla. Ahí prorrumpen los aplausos hacia el Osito Peludo Repelado. Le hacen la ola, oee, oeee, oeee. Me alejo con las manos en los bolsillos y la cabeza agachada. Es una suerte, me repito, ir a una clase de genios irrepetibles. Murmurando, murmurando, también me digo que si la envidia fuera marrón, yo sería una cagarrita pinchada en un palo.