domingo, 24 de febrero de 2013

Mientras respires



I
Frío en la noche. Las dos mujeres hubieran cruzado el paso de peatones en rojo. Pero justo ahora venía una ristra de coches a toda paleta y han tenido que frenar en seco junto al bordillo. Apenas se han mirado una a la otra. Sí, se conocen de vista. De verse por Mediavilla. Una aprovecha para ajustarse la bufanda. La otra sopla sobre sus manos juntas para darles un poco de calor. Van muy ensimismadas. Estiran el cuello. Por la angustia en sus rostros, por cómo agudizan la vista, se diría que buscan a alguien. ¡Ya!: Nadie por un lado, nadie por el otro. Se lanzan a la calzada apresuradamente. Y, cada una por una acera distinta, se internan, avenida arriba,  prosiguiendo su búsqueda.

II
“Me vas a oír, Raimon, cuando te encuentre, me vas a oír. Menudo susto llevo en el cuerpo… llevo ya dos horas buscándote… Por favor, por favor, que estés ahí en la Avenida… que no se te haya pasado ninguna locura por la cabeza… por lo que más quieras… Que, si no te encuentro aquí, lo único que me queda es ir a la comisaría y denunciar que te has ido de casa sin decir nada, sin coger el móvil, y que te has ido con pensamientos malos… A ver cómo te digo que no pasa nada porque se nos acabe el paro el mes que viene y no te hayan llamado de ningún sitio aún… Raimon… que nos apañaremos, con lo que sea, de verdad, nos apañaremos, ya lo verás. Al niño no le hagas ni puñetero caso por lo que te ha dicho. Yo ya he hablado muy seriamente con él. Ya sabes cómo es. Las suelta pero no las piensa. Raimon, Raimon, aquí tampoco te veo… ¿dónde narices te habrás metido…? Raimon… que no hay mal que por bien no venga… porque ahora ya sabes a ciencia cierta quiénes son tus amigos de verdad y quiénes estaban por puro interés a tu lado… Cariño, con lo que vales, te cogerán para trabajar de lo que sea, no hace falta que de lo mismo… más pronto que tarde… Y, oye, también estoy yo, aunque no quieras… que con lo que me van pagando podemos aguantar… Que tenemos todavía mucho para ir tirando… ¿Tú sabes cuál es la única joya, la única,  que no vendería nunca por nada del mundo…? ¡El anillo de cobre que me hiciste cuando nos conocimos! Ése, ése es mi verdadero tesoro. Lo demás lo podemos fundir mañana mismo. Raimon, Raimon, para ti y para mí, saldrá el sol… mientras respires… Mmmm, y esa mujer  que va por el otro lado, ¿a quién irá buscando?”.

III
“Dios mío, sólo nos falta ahora que, con esta rasca que hace y lo flojo que está Ladis, recoja un catarro. Seguro que él me volverá a salir con eso de que para lo que le queda en el convento… Si me dice eso, lo pongo a caldo en un segundo, vamos si lo pongo… Vale, es normal que esté así, pero yo se lo he dicho muy claro también. Y él ha oído a los médicos. De su actitud depende su recuperación… y ahora no puede venirse abajo…  Hemos quedado en que vamos a pelear. Mirándonos a los ojos. Los dos. Por favor, por favor, que todo salga bien, que la puta lista de espera salte por los aires… y que… ¡Joder, en toda la avenida no se le ve! ¿Dónde se habrá metido si ya no queda más pueblo donde esconderse?  Yo sé que él sufre mucho, que lo pasa muy mal… pero egoístamente lo veo, y mientras lo siga teniendo a mi lado… pienso, da igual que casi no se valga, lo importante es eso, estaremos bien… mientras respire. Mmmm… y esa señora que corre también por la otra acera, ¿a quién andará buscando?

IV
Al final de la Avenida, dos hombres llevan sentados bastantes minutos, cada uno en una esquina del mismo banco. Absortos. Con la vista fija en el infinito. El viento frío sacude sus mejillas acartonadas, sin hacerles mella. Están muy quietos. Parecerían estatuas de bronce, de estas que adornan las villas turísticas. Pero no. De tanto en tanto, uno u otro, lanza un hondo suspiro. No son estatuas. Respiran.

V
Avanza la noche. Un deportivo rojo entra en la Avenida lentamente. Respeta pues la Zona 30. En su equipo de audio, una de Maná, “…vivir sin aire”. Ella señala el termómetro digital. “Con estos cuatro grados cargados de humedad hasta los pingüinos necesitan chaquetón… ¡En la Avenida no se ve a nadie!”. Él la corrige: “Nadie, nadie, no… ¡Mira, mira, mira esas dos parejas de tórtolos talluditos, lo abrazaditos y acarameladitos que van… je, je, je, qué poco sentido del ridículo, ni que fueran unos quinceañeros!”.

domingo, 17 de febrero de 2013

El periodista que no seré




I
Hoy nos han puesto el trabajo del mes en Lengua. Y la señorita Teresa se ha pasado no cuatro, sino cuarenta pueblos. Quiere que hagamos una entrevista a un personaje. Nos pide que saquemos al periodista que llevamos dentro. Espera de nosotros preguntas inteligentes. Lo valorará todo. Y avisa que puntuará tres puntos para la nota final. La protesta de la clase ha sido general. “¡Oiga…! ¿Cuándo cree que lo vamos a poder hacer? ¡Tenemos más asignaturas, no está sólo ésta…!”.  Entonces ha puesto esa cara suya de bruja que nos acojona a todos, ha guardado la carpeta en su bolso gigante y ha dado por terminada la clase. Según me levantaba yo, con mi mochila a cuestas, me ha llamado y me ha señalado con el dedo: “Oye, Corrales, nada de inventar, ¿eh?”. Glup. Pero cómo narices sabía ella que yo estaba pensando en entrevistar a Jaime I, confirmando la leyenda de que pasó por Mediavilla, en una lejana tarde de hace ya unos cuantos siglos…

II
Tengo tiempo. Pero aún no sé a quién le haré la dichosa entrevista. Mientras, voy sondeando para ver qué hacen los demás. Le he preguntado a Aquino si ya lo tiene claro. “Por supuesto, entrevistaré a mi padre”. Menudo morro, el Doctor Aquino es Jefe en el Servicio Médico del Hospital La Paciencia de Mardebé.  Seguro que hasta le da una exclusiva: “Ampliaremos tal o cual pabellón”. Brrrrr.  Eso no tenía que valer. Mientras, yo, seguiré estrujándome los sesos…

III
En el Ayuntamiento, te digo yo que te pierdes. Entrando a mano derecha, hay unos señores mirando atentamente sus pantallas de ordenador. “Un momento”, me ha dicho el primero. Cuando ha tenido a bien, ha girado la cabeza para atenderme. Yo le he explicado a lo que iba: “… quisiera entrevistarme con la Alcaldesa”. Esperaba que me hiciera preguntas. Quién eres. Mire, soy fulanito. Para quién. Mire, para el Periódico El Colegio Exprés. No, no, nada de eso. Ha abierto un cajón. Ha sacado un impreso. Me lo ha puesto encima del mostrador y me ha indicado: “Rellena esta instancia”. Me he quedado unos minutos en blanco. Esto, esto… ¿por dónde se empieza?

IV
He quedado atrapado en la puerta giratoria  de la Caja de Ahorros. Y una voz me ha advertido que tengo que depositar los objetos metálicos en el exterior. Vuelta a salir. He vaciado los bolsillos. Las llaves de casa. La calderilla. Vuelta a entrar. La de la ventanilla me ha visto dudar. Con mi libreta de una raya. Con mi bic. Ahora por dónde. “Mmm… esto yo… tengo que hacer un trabajo muy importante en el colegio y quisiera entrevistar al director de la oficina”. Yo no le he visto la gracia al asunto, así que no sé de qué se ha reído la tía capulla. “Chico, lo siento, pero él está ocupado y no tiene tiempo para dedicarte”.

V
Cuando me cruzo con la señorita Teresa en el patio, ella me mira como diciendo: “Corrales, Corrales: espero mucho de ti”. Yo esquivo esa mirada. Agacho la cabeza y me entran todos los males. Porque se agota el tiempo y no sé a estas alturas a quién le lanzaré mis preguntas.

VI
Yo le cogería el Sanyo a mi padre. Para grabar la entrevista que haré, aún no sé a quién, como hacen los de verdad, con el micrófono en la mano. Pero, primero, me la cargo si se entera de que lo he cogido. Segundo, tengo que cogerle cinta de cassete. Y tercero, las pilas están gastadas. Conclusión: El Sanyo se queda.

VII
Me acabo de cruzar en la escalera con mi tío Eliseo. “Hola, tío”. “Hola”. Mmmm. Un momento. Una persona que ha recorrido medio mundo trabajando. Que conoce un montón de países. Que habla, que habla… ¿hablará mi tío más de un idioma? ¡Éste es mi personaje! Doblo en redondo. Subo de dos en dos. Lo llamo. Me escucha. “Espérame bajo, si te parece, me preguntas todo lo que quieras saber de camino a Mardebé”. Uaaaaauuhhhh. Tacho de la libreta las preguntas generales que tenía preparadas. Bajo de tres en tres los escalones. Y, apoyado en la puerta de su 600, le espero bajo.

VIII
“Sube”, me indica mi tío Eliseo. ¿Yo? ¿Yo delante? Bien. Allá voy. Hacia nosotros viene ahora un policía municipal. Con la gorra y la cachiporra. Qué querrá. “¿Valentín Corrales?”, nos pregunta. De repente, me entra un temblor. Mi tío se extraña: “Valentín, chico… ¿pero qué has hecho?”. “¡Yo no he hecho nada, de verdad… ¡“. El municipal, con tono grave, enuncia: “…la alcaldesa me envía para recogerte, porque atenderá tu solicitud de entrevistarla”. De repente, el dilema. El corazón a cien. Mi tío me mira. Yo miro al suelo. Y el poli apremia: “¿Vienes, chaval? No tenenemos todo el día…”. “Mmmm…. Lo siento, señor. Mis disculpas a la alcaldesa. Ahora tengo que salir con mi tío”. Gesticula el agente. Se rasca la cocorota tío Eliseo, que va a tener que contestar, mientras conduce, a las preguntas de su curiosón sobrino. Mientras el coche arranca y subo la ventanilla, me acuerdo de la señorita Teresa, y de que esto que acabo de hacer es justo lo contrario de lo que hubiera decidido el gran periodista que no seré. 

domingo, 10 de febrero de 2013

Tiempo de retornos



I
Arranca el Lunes. Leopoldo se sube el cuello del chaquetón cuando sale a la calle. Es de noche aún. Y el ambiente es frío, húmedo y ventoso. Baten los toldos, golpean las contraventanas y se zarandean los desgastados carteles electorales que penden de una cuerda entre las farolas a ambos lados de la calzada. Poldo aprieta fuerte la bolsa. Ahora ya no lleva aquellas envidiadas fiambreras con esponjosas tortillas y variadísimas ensaladas. Hoy, una barra de pan congelado, unas lonchas de salami envasado al vacío, otras de queso envueltas en papel de plata y una lata de cerveza marca blanca. A Leopoldo le pesa el cansancio y anda entumecido. Se acostó tarde. Ayer hubo elecciones locales y quería saber cómo había quedado el escrutinio en Mediavilla. Aunque todos le parecieran iguales, sentía curiosidad. Desde el dormitorio escuchó una estruendosa traca de celebración. “El pirotécnico sabía que, pagaran unos o pagaran otros, los fuegos artificiales se disparaban seguro”, murmuró. Pero quiénes cantaban victoria. Lo confirmó en el teletexto. Había ganado Zarzo. Y con mayoría absoluta. Vaya sorpresa. Un ex alcalde que parecía acabado políticamente emergía de nuevo, después de haber sido vituperado, vapuleado y barrido en las urnas anteriores. Mientras camina en la madrugada acera arriba, vigilado por las miradas que el fotoshop maquilló  en el retrato amable de las propagandas “ZARZO, SÍ”, Poldo apenas dedica un minuto a la nueva municipalidad. El retornado alcalde electo seguirá seguro con más de lo mismo. Lo cambiará todo para dejarlo todo igual. Eso sí; mientras cambia todo eso, ojalá que él, siga por mucho tiempo levantándose a las cuatro y pico de la mañana y siga por mucho tiempo saliendo en días de perro como éste, camino del trabajo.

II
Es un rumor. Leopoldo lo ha escuchado en la media hora del almuerzo, mientras abre el pan con la navaja para rellenarlo con el fiambre. “Dicen que vuelve el General”. “Pero cómo va a ser eso”, se extraña él, “si hace casi dos años que le dieron la pasta, la patada y lo retiraron”. “Ya, ya, pero eso es lo que se ha oído”. Entonces se mezclan conjeturas. Le calculan la edad. “No es muy mayor. Andará por los sesenta, si llega. Lo que pasa es que aparentaba más”. Buscan argumentos que puedan justificar su regreso. Del lado de los partidarios. Que si la productividad cae. Que si la fábrica es un caos. Que si nadie tiene su experiencia. Del lado de los detractores. Que si ahora hay mucha tecnología nueva. Que si habla sólo castellano y lo justo. Que si ya está el nuevo director trabajando a su manera y saltarán chispas entre ambos. Cuentan con la boca llena. Levantan la voz. Los más jóvenes, que no saben de quién se está hablando, preguntan: “Y quién coño es ése”. “El General, tío, el General. Ya te enterarás cuando lo tengas enfrente”. “No será para tanto… “. Leopoldo se pone en pie. Encesta el papel en la papelera. “Eh, Poldo… cómo es que ya no traes esas fiambreras tan espectaculares”, le espetan. No contesta. Sale hacia la planta. A seguir. De camino, se cruza con los informáticos que entran en un despacho vacío cargando entre dos un pesado ordenador. “¿Para quién es eso?”, se interesa. “Para el General”, le confirman. A Leopoldo se le iluminan los ojos. Es, pues, verdad que regresa una de las personas que siempre han confiado en su trabajo, en un entorno en que la desconfianza todo lo invade.

III
El del “Kiosko de Pi” va por la tercera estrategia. Cuando empezó a ver al tipo ése que viste el mono de la fábrica lo saludaba. Amigablemente. Le comentaba incluso alguna noticia llamativa de las portadas. Y acababa preguntándole, “…qué, ¿buscabas alguna en concreto?”.  Pero nada. Ese jeta miope llegaba siempre sobre la misma hora. Se arrimaba, se plantaba delante del parabán con los periódicos y se leía todas las primeras páginas, anuncios incluidos. Sin salir de su abstracción, contestaba con monosílabos, “sí”, “no”; y al cabo de bastantes minutos se largaba… y no compraba nada. Lo siguiente para el kioskero fue ignorarle. Como si no estuviera. No hacerle caso ni aprecio. Como si lloviera. Esta segunda táctica fue peor, porque el lector morrudo se sentía más a sus anchas e incluso se atrevía a abrir la paginita de alguna revista. Ahora, cuando lo ve llegar, lo taladra con la mirada. Fijamente. Como si estuviera fulminándolo. Para que sienta su aliento. Ahí está hoy otra vez. Enterándose de los resultados de las elecciones de ayer. Sí, como siempre, han ganado todos y todos están contentos como unas pascuas. El del mono de la fábrica, evidentemente, es Poldo. Absorto, lee entre líneas otra noticia destacable. “El Mardebé Club de Fútbol vuelve a confiar en Perales”. “Perales retorna al club”. “Perales, capaz de volver a la senda del triunfo”. No pestañea. Aquello, aquello… tiene que querer decir algo. Ya es mucha casualidad para un mismo día. Hurga en su bolsillo. Saca un euro y pico. Toma el periódico. Y deja al kioskero al borde del síncope y fuera de juego. Luego, con la prensa doblada y cogida por el  antebrazo, sale acelerando el paso. “…tiene que ser eso: tiempo de retornos”, murmura con los ojos humedecidos. “Por favor, por favor…”, suplica. Como el Zarzo. Como el General. Como Perales. Igual, igual que las flores de los almendros, que también vuelven en Febrero. Cruza por el paso de cebra, y ya va corriendo. Y espera cuando llegue a casa, tiene que ser así, encontrar la puerta abierta, la luz encendida… y que esté ahí de regreso, sin importar ni dónde ha estado ni cuánto tiempo ha transcurrido desde que dejó su vida vacía.

domingo, 3 de febrero de 2013

Palabras en el viento



I
Hablaré con él. No quiero que Simoneta cargue con una culpa que no tiene. Si me enteré de aquella conversación entre ellos dos, no fue ni mucho menos porque ella viniera corriendo a contármela. “Ya me dirás cómo fue entonces, si sólo lo sabíamos ella y yo, y en lo que a mí respecta he estado callado como una tumba...”, me soltará Luca con esa sonrisa cínica que le sale sin querer. Bueno, se lo tendré que explicar. Que las palabras, a veces, flotan en el aire. Que luego, son arrastradas por el viento. Y que yo, sí yo, soy capaz de escucharlas. Me mirará él como si estuviera delante de una chiflada peligrosa. Pero serán sólo unos segundos. Se quedará impactado, aturdido. Entonces le añadiré, como botón de muestra, que estoy un poquito harta de que se refiera a mí, a mis espaldas, como “Mari Cásper, esa fantasmilla”. Eso le pillará en fuera de juego. Se preguntará: “Y ésta cómo coño lo sabe”. Aprovecharé su aturdimiento para repetírselo: “Ya te lo he dicho, Luca: escucho palabras en el viento”.

II
Ahora Luca me mira de otra manera cuando nos cruzamos en el pasillo de la oficina. Con cierto miedo. Con respeto. Con falsa dulzura también. No me ningunea. Me da un poco de risa la extrañísima afonía que le ha sobrevenido últimamente. “Es crónica”, explica a quien se interesa por sus problemas vocales. “Y es intermitente”, añade cuando se olvida que la tiene y se le escapa su potente vozarrón. Para mí que piensa que las palabras susurradas pesan menos y pueden escaparse de la acción del viento. Sin fundamento, claro.

III
Me imaginaba que Luca tramaba algo. Hoy ha venido hasta mi mesa. Me ha enseñado una nota. “A las cinco, en el Liberto”. Ha esperado mi confirmación. “De acuerdo”, le he dicho. Luego, ha arrugado la nota y se la ha guardado en un bolsillo que,  por cierto, tiene a reventar con todos los papelitos que le escribe a Simoneta. De qué va éste. Me tiene intrigada. 

IV
Música a tope en el local. Retumban los altavoces. He llegado diez minutos tarde, para no ser la primera. Me levanta el brazo. Lo veo. Allá voy. Café para él. Infusión para mí. “Por qué me has hecho venir aquí,  Luca”. Carraspea. Luca no quería que sus palabras quedaran flotando entre las paredes de la oficina. Y me cuenta. Mañana hay comité de dirección.  Él no está invitado. Pero quiere saber. Necesita saber. Dice que, como yo sé escuchar, cuenta conmigo. Míralo. Ahora pone cara de angelito.

V
Comité de Dirección a las once. Van pasando todos entrajetados. Dedico sonrisas y saludos a diestro y siniestro. Cuánto jefazo junto. Yo qué hago aquí, al otro lado de la pared de la sala de reuniones.

VI
He pedido permiso para entrar. Luca se levanta, “adelante, adelante, pasa por favor”. Está inquieto, nervioso, expectante. ¿Y bien? Creo que le voy a defraudar. Porque voy a poner las cosas en su sitio. Voy a referirle una explicación lógica y verosímil para un hecho extraordinario. “Luca… ¿tú te acuerdas de la conversación que mantuvisteis Simoneta y tú hace unas semanas?”. Afirmativo. Claro. Cómo no. Por supuesto. “Bueno… Casualmente, ejem, yo, estaba en el baño, con unos retortijones que me moría… y vosotros hablábais justo, al otro lado de la puerta… Imposible no enterarme de lo que decíais”. Luca empalidece. Contiene la respiración. Se siente un poco como lo que parece ser. Como un cretino. Diez segundos antes de que me eche fuera y señale la puerta con su dedo tembloroso, yo ya voy saliendo. Le sale un potentísimo: “¡Fuera de aquí!”. Nada afónico, por cierto.

VII
Me empuja el viento con fuerza. Se inundan de oxígeno mis pulmones. Mi pelo va de parte a parte. Tengo la sensación de que, si doy un salto, la racha de aire me levantará y saldré volando. Los juncos que crecen salvajes a ambos lados de la carretera se doblan fustigados por un huracán creciente. Las nubes pasan aceleradas. En un día como éste, siendo muy niña, caminaba junto a una pared. En un día muy parecido a éste, el vendaval se me llevó, me arrastró kilómetros y kilómetros y tras un trayecto  indeterminado terminó posándome muy suavemente en el tejado de una casa. Desde arriba, vi la tierra pequeñita. Y viajé con las palabras disueltas en la corriente de aire. Desde ese día tan parecido a éste, sí, no es broma, las escucho nítidamente. Todas juntas suenan a quejido de la humanidad. Ahora dejo que el papel con mi despido procedente por falta muy grave se vaya volando hacia el cielo para que aterrice más tarde en un tejado cualquiera. Un momento. Shhhh. Es que, con el silbido del aire, me llega el eco de Luca. Inconfundible, sigue diciendo: “Je, je… la fantasmilla ésta, la Mari Cásper, se habrá creído que yo me había tragado la milonga de lo de las palabras en el viento…”. HUIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII. “… palabras en el viento….”. HUUUUIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII.  “…palabras en el viento”.

domingo, 27 de enero de 2013

Apuntes lejanos



I
Ovidio ha llegado un poco tarde. Pero no parece que venga muy apurado. Viene con las manos en los bolsillos y el paso de una tortuga. A su encuentro salen el ínclito Manfredo, Catedrático de Conocimientos Aplicados, y Geno, una alumna de primero. Tras un ligero toque de atención, porque la puntualidad es una virtud, Manfredo reparte papeles: “…bueno, tal como te conté por teléfono, ella necesita clases de refuerzo, me consultó si yo conocía a alguien capacitado, y a mí se me ocurrió que te podría interesar… Geno, este chico, aunque ahora no esté con nosotros por esto de las reducciones que afectan a todos los Departamentos, fue un alumno brillante… él te puede ayudar. Hablad, y si os ponéis de acuerdo, adelante. Os dejo ahora, que me esperan para una reunión. Si me necesitáis, ya sabéis donde me tenéis”. Se aleja Manfredo, metiéndose en uno de los ascensores del edificio central de la Facultad. Quedan los dos frente a frente. Un poco mudos. Respirando. “Bueno”, dice  él, “... ¿por dónde empezamos?”. “Bueno”, dice ella, “qué tal si empezamos por el principio”.

II
No le contará que, precisamente en Conocimientos Aplicados, él no es ningún portento. No se lo contará. Y menos que, precisamente con el Manfredo, no ha intercambiado más allá de tres conversaciones. La última, en la revisión de un examen. Casi tuvo que ondear entonces una bandera blanca de rendición absoluta para que no le rebajara todavía más puntos. Ovidio está que no se lo cree. Que lo haya llamado a él. Menuda responsabilidad. Bueno, ahí están los dos. Ovidio y Geno. Sentados uno al lado del otro. Ella abre su libreta. Él parpadea. Qué letra más limpia. Lee en voz alta. Mmm… Esto… Sí… Lo recuerda. Vagamente. Vaya. Le suena. “Qué pasa”, pregunta ella alarmándose. “Nada, nada. Es que esto para mí es… son apuntes lejanos”.

III
Ovidio ha puesto la directa. El bolígrafo ha cogido velocidad. El papel se le acaba. Hay que cambiar de cara al folio. “Si de esto y esto”, subraya, “despejas aquí y sustituyes allá, simplificando después, obtienes la siguiente ecuación, por lo que finalmente llegamos a… llegamos a…”.  La mira. Ella no parpadea siquiera. “¿Hasta ahora me vas siguiendo, Geno?”. “Perfectamente”, afirma ella. Han sido cinco minutos de vorágine explicativa acelerada. Frena en seco. De repente, él se queda en silencio. Se rasca la cocorota. Algo no cuadra. Ha llegado a un callejón sin salida. Y ahora por dónde. Remonta entonces el problema. Despacio. Paso a paso. Punto por punto. No parece que eso esté mal. Pero así no se hace. Raaaaaaaas, raaaaaaaas. Tacha todo de arriba abajo. Raaaaaas, raaaaas. Rompe el papel en cuatro trozos. A la papelera. Ovidio le pide: “Olvida lo que hemos hecho”. Suspira Geno. “Mecagüen”, apostilla él, “¿cómo coño se resolvía esto?”.

IV
Ciento quince minutos de repaso. Y cinco para contarle melancólicamente que sí, que él se quedó a las puertas de entrar en el Departamento. Después de albergar falsas esperanzas y de trabajar como un cabrón, con todas las letras. “La beca se la dieron a otro”.  A dedo. Ella lo mira. Con solidaridad. “No te preocupes. Si una puerta se cierra, seguro que otra se abre”. Concede él que sí, y le añade con el rostro ensombrecido que detrás de esa puerta abierta, habrá que abrir otra, y después otra más, y así sucesivamente. Porque hoy, Ovidio, tiene su día oscuro.

V
Cien minutos de repaso. Y veinte para contarle ella lo rematadamente mal que va el metro de Mardebé. Por su culpa ella llegó tarde a la primera hora. Y no le dejaron entrar. Mierda.

VI
Ochenta minutos de repaso. Y cuarenta para contarle él de dónde le viene su afición a las bicis. Desde que le robaron la última unos hijos de su madre, ya no se ha podido comprar otra y viene al Campus con la que su abuelo utilizaba para ir a la huerta. Como es un trasto con dos ruedas, eso no lo quiere nadie. Ni para chatarra.

VII
Sesenta minutos de repaso, con un “majete, ponte el reloj en hora, que es un pelín tarde” para él. Después, otros sesenta para contarle ella el fin de semana. Immmpresionante. Se lo ha pasado de lujo. Le hacía falta, mucha falta, para encarar el último tramo de curso. Brilla su rostro. Y el de Ovidio, cuando la escucha, también.

VIII
Hoy serán, si llega, treinta minutos de repaso. Nada más llegar, él ha dejado caer encima de la mesa unos cuantos folios arrugados. “¿Y eso?”, pregunta ella. “Eso es lo que queda de mis apuntes lejanos, Geno”. Se dedicó a remover estanterías, archivadores definitivos cubiertos de polvo. Buscó y rebuscó horas y más horas. Y cuando ya parecía que la tierra se los había tragado, vía contenedor de papel y cartón, los encontró. Intactos. Completos. Supervivientes en el tiempo. Eureka. Menudo tesoro. Menudas preguntas contestadas. Esta mañana los ha cargado en bloque dentro de su mochila. Y de su mochila, a la cesta de la bici. Venía pedaleando y silbando, aivó, aivó, triunfante, “toma, toma, toma qué cara va a poner Geno cuando los vea”. En esas, ha venido una racha de viento caprichoso. De los que pega de lado y de golpe. La mochila no estaba ni cerrada ni bien atada. Y los papeles, desde dentro, han salido volando como si tuvieran alas propias. Ahora, los folios que ha podido rescatar, los acaba de dejar caer encima de la mesa. Es cuando le ha preguntado Geno: “¿Y eso?”. A él, la cara de tonto que no asimila lo que le pasa aún no se le ha borrado.

IX
“Ovidio, que no avanzo. Nos tenemos que poner serios. No entiendo nada y tú no haces por explicármelo. Se supone que tú me das clases a mí. Y te estás yendo por las ramas. Céntrate, que me faltan dos semanas para el examen. Venga. Empiezo de nuevo”. Mundo al revés. Alumna reprende contundentemente a su profesor particular. Las orejas de Ovidio enrojecen con el toque de atención. Hoy, todo, todo y todo, serán minutos de repaso. Sin añadidos.

X
Resuenan las voces en los pasillos de la Facultad porque está prácticamente desierta desde que terminaron las clases. Hay eco. Ovidio se acerca para consultar los tablones. Casi de puntillas, sigilosamente, mirando a la izquierda, a la derecha. Seguramente, ya estarán las notas. Con las pulsaciones a tope, busca en las listas su nombre. El de Geno. Por orden alfabético. Lo encuentra. Cierra los ojos. Los puños. Está paladeando el resultado, cuando súbitamente le tocan la espalda. Es ella, que lo ha pillado con el carrito del helado.

XI
Un ocho y medio. Eso está pero que muy bien. Pasa por detrás de ellos el ínclito Manfredo, que sin detenerse, les saluda con la mano. “Enhorabuena, Geno”, la felicita Ovidio con la boca pequeña. Hay un silencio largo, a modo de “y ahora qué”. Él le anuncia: “Me han avisado para una entrevista... vaya, parece que por fin hay una puerta abierta”. La voz le sale baja, para evitar la reverberación. Ella le anima: “…ya verás como te cogen”. Después viene un nuevo silencio. Hay que despedirse. “¿Quién escuchará ahora mis historias, Ovi?”, pregunta entonces Geno. Al punto, él se queda sin palabras. Porque comparten un mismo escenario, la luminosa Mardebé, pero interpretan diferentes obras con distintos personajes. A Ovidio sólo le sale un entrecortado: “Quien quiera que sea, envidia le tengo”. Después, los dos cruzan sendos: “cuídate”; él agacha la cabeza, y se va como vino, con las manos en los bolsillos y su paso de tortuga. 

domingo, 20 de enero de 2013

Coscorrones



I
Definitivamente, a esta chica le pasa algo. Está más que rara. Y lo peor, es que no le puedo decir nada. Salta a la mínima. “¡Jolín, papá, no seas plasta, déjame en paz de una puñetera vez!”. Lo que le sigue es un “¡PLAAAAAAAM!”. Un portazo. Y porque estoy al quite, que si no, me chafa la nariz. Tasia no es así. Normalmente, a ella le gusta estar encima de mí. Colgarse de mi cuello. Revolverme el pelo. Tirarme cariñosamente de las orejas. Reírse conmigo. Será que la edad del pavo le ha venido ahora muy subida, cuando ya no la esperábamos. Será que debe tener una preocupación inconfesable, que no me quiere contar. Será… Buff, yo no sé lo que será, pero a mi pequeña Tasia le pasa algo.

II
Me he puesto la cazadora de padre coraje y he ido al bar ése que ella suele frecuentar con sus amigotes. Me refiero al Liberto. Hay cuatro gatos, pero la música está a todo meter. Oteo en la penumbra. En aquella mesa, sí, encuentro a quien busco. A su amigo del alma Chema. Mira absorto la pantalla de su portátil. Voy para allá. No sé cómo puede estar tan abstraído con lo que retumba todo. Así, en unos pocos años, se quedará sordo como una tapia. Le toco en el hombro. Salta, asustado. No me esperaba. Le noto un pelín cortado. Cohibido. Le impongo. Pido permiso para sentarme. El camarero, que me ha seguido, trae una libretita para tomar nota. “¿Tomas algo?”, le ofrezco. Se lo piensa. “Venga, sí, otra cerveza”. Voy al tema. A lo que me trae. Tasia, mi niña Tasia. “¿Qué le pasa, Chema?”, pregunto. Él se encoge de hombros. No sabe a qué me refiero. Entonces le taladro con la mirada. Y ese “no sabe” se convierte en un “bueno, yo también la encuentro un poco rara…”. Y después en un: “la verdad, desde que ella se dio el coscorrón en la coronilla, es que parece otra persona”. Ya he oído bastante. Me levanto dándole las gracias. En la barra, dejo cinco euros y dejo que se queden con el cambio. Ya sé lo que quería saber. Salgo a escape, hacia casa. Pero qué tonto soy por no haber caído antes en el asunto. 

III
Entro sin llamar en su habitación. “¿Qué quieres ahora, pesado? Estoy ocupada”, es su recibimiento hostil. “Tasia, ¿dónde te diste el golpe el otro día?”. No me lo dice. Respira como respiran los que pierden la paciencia. “Déjame que te mire”. Se revuelve. Pero yo ya estoy tocándole el pelo. Ahí está. Noto con la yema del dedo casi en el acto el chichón que todavía perdura. “Ayyyy, bruto que me haces daño”, protesta. Bufffff. Cómo, cómo me duele lo que tengo que hacer. Escondo por detrás un mazo. Lo fío todo a mi buena puntería. A mi buen tino. Ella no se dará cuenta. A la una, a las dos, a las tresssssssss. A cámara lenta. Levanto el brazo, cierro los ojos, lo dejo caer, y CLOOOOOOOOOOOOOOC.

IV
Para quien no lo sepa, esto es como cuando un fisioterapeuta devuelve al sitio un hueso dislocado. Primero, se ven las estrellas. Después suena un “cloc” y viene un gran alivio. Tasia se toca ahora la cabeza con las dos manos. Me mira. Sonríe. ¡Sonríe por fin! Ahora sé que tenía bloqueada su parte afable. Y de nuevo ha vuelto a funcionar. Ahí está, con su lado dulce, cariñoso, recuperado. Escondo el mazo. Aún me dura el tembleque. Sé que no es un método ortodoxo, pero esto ya se lo vi hacer a mi abuelo con mi padre, cuando éste tenía episodios ariscos. Funciona. Nunca pensé que me tocaría a mí repetirlo algún día. Hago por salir del dormitorio de Tasia. “Papá, ven un segundo”. Me giro. Qué quieres. Se pone de puntillas, me da un beso. Me desordena el pelo. Ésta sí es mi chica. Y a mí, claro, ahora se me cae la baba.

V
“Hasta luego, Tasia, que os lo paséis bien”. En el rellano le espera Chema. Esta noche salen de fiesta y ella está sencillamente preciosa, con un traje deslumbrante. Él me saluda con la mano. Se me hace raro verlo con esa chaqueta y esa corbata que, la verdad, no le lucen puestos.  No me acaba de caer bien, pero no es mal chaval. Él la mira embelesado. Se sorprende. “¿Y eso?”, pregunta señalándole la cabeza.  “¿Eso? Eso es que mi padre no me dejaba salir si no me ponía el casco”. Chema pone cara de: “ni que fuéramos a la obra… tu padre está como una regadera…”.  Ambos desaparecen por el ascensor, ella con su casco azul. Mientras cierro la puerta de casa, hablo solo, conmigo mismo: “¡Pues claro que no la hubiera dejado salir! No quiero que una noche que promete ser hermosa se estropee si mi querida Coscorrones se da un golpe contra, por ejemplo, el marco de una puerta…”.

VI
Me he quedado traspuesto en el sofá cuando he oído la llave de la puerta. No sé ni qué hora es. Ella entra. “¿Se puede saber qué haces tú ahí, todavía despierto?”. No me da tiempo a contestarle. “…por favor, papá, no seas ridículo, que ya soy mayorcita”. Mmm, por el tono de voz irritado, por su malhumor, me doy cuenta de que algún coscorrón se ha debido de llevar. Desde luego, parece claro que otra vez no tiene operativo el lado dulce de su carácter. Busco de nuevo mi inseparable mazo. Últimamente lo habré tenido que utilizar una media docena de veces. “Tasia, ven un momento, por favor”. No me hace caso. La sigo. “Espera, que te arreglo”. La cojo del brazo. Trata de zafarse. “¡No me huyas, por favor!”. La tengo. La retengo. Es un segundo nada más. “No te muevas, hija, estate quieta”. Grita. Yo levanto la mano. Me tiembla. Tengo que darle. Voy a darle. Pero cuando voy a darle, soy yo quien siente un CLOOOOOOOOC. Me tambaleo. Me giro. Es Chema. Está ahí, blandiendo un martillo con la puntera de goma. “No te preocupes, Tasia, que este hijoputa ya no te pega más”. Mientras me desplomo, antes de perder del conocimiento, pienso, joder, pero qué tío más simpático. Es todo corazón. Y qué buena pareja hace con mi pequeña Coscorrones. Se me nubla la vista. Pero qué bien me ha dado… qué puntería… cómo se lo agradezco… cuánto lo aprecio… Sí, se ve que ha activado del todo la parte afable de mí, una parte que, me parece, tenía desde hace mucho mucho tiempo bloqueada. 

domingo, 13 de enero de 2013

La casa de las luces encendidas



I
De Electrokuto, yo te puedo contar pocas cosas, la verdad, y no creo que sirvan de mucho para tu reportaje… Sí, yo lo tuve de alumno y fui su tutor en octavo. En el antiguo Colegio Salera. De esto hará, ya lo creo, más de treinta años, por lo menos. Antes, él había sido un chaval como los demás. No destacaba mucho. Cristóbal se llamaba. Fue un Lunes por la mañana, a primera hora, a unos tres meses de empezar el curso, recuerdo que apareció muy tarde en clase. La falta de puntualidad es algo que yo nunca he tolerado. Y al que llegara más de diez minutos después de la hora, ya sabía lo que le tocaba: se quedaba fuera. Por eso me extrañó verlo entrar a pesar de que eran las nueve y veinte. Sacó un sobre de su mochila. En vez de dármelo en la mano, lo dejó encima de la mesa. Pensé que vendría del médico y que aquello era su justificante. Lo abrí. Decía, más o menos: “Ruego no toquen a mi hijo Cristóbal y tomen las medidas necesarias para que nadie lo haga. Declino toda responsabilidad en caso de cualquier consecuencia sobrevenida por incumplir esta advertencia”. Me quité las gafas para mirarlo mejor. “¿Esto es una bromita tuya?”. “No, no señor”. Me levanté. Sin pensar, dije: “¡Anda, ya!”. Y, desafiante, le di una palmadita en el hombro. Buffff, no te imaginas qué sacudida, qué calambrazo me sobrevino entonces. Se me quedó la mano derecha dormida. Se me pusieron todos los pelos de punta. Disimulé mi escozor lo mejor que pude. La clase entera se tiraba por los suelos de risa. Qué ganas me dieron entonces de darle un guantazo al nano éste. ¿Tendría algún cable conectado por debajo de la chaqueta? “Por favor, por su bien, no me toque otra vez, don Esteban”. Por un milisegundo me contuve. Opté por señalarle el camino de la puerta, “anda, vete fuera, al pasillo”. Había llegado tarde y él no era más guapo que los demás para quedarse dentro. Luego ya trataríamos el asunto en dirección… Ahí fue cuando empezó a conocérsele, y cuando algún tiempo después empezaron sus propios compañeros a llamarle Elektrocuto. Te puedo decir, sí, que ese día ya no fui capaz de coger la tiza con esa mano durante un buen, buen rato.

II
¿Quién te ha dicho que yo…? Huuuy, yo me acuerdo de Electrokuto como también podrá acordarse medio pueblo. Podemos hablar un poco si quieres mientras no entre nadie en la tienda. Yo es que estaba por aquel entonces en la Asociación de Padres. Mi hijo Felipe me dijo un día: “Mamá, hay un niño en el cole que, si lo tocas, te da muuucho la corriente”. Parecía un chiste. Cómo va a ser eso. “Sí, sí: le llaman el Electrokuto”. Ya sabes que los niños son muy crueles para esto. A la primera que pude, en el Colegio, pregunté al Director y él me explicó, muy calmado: “sí, bueno, es un chico que tiene electricidad en su cuerpo…”. Anda, como si eso fuera la cosa más normal del mundo. Que los niños no se den cuenta del peligro que tienen al lado, vale, porque por eso son niños… pero que todo un claustro de profesores no vea que cualquiera de sus alumnos puede electrocutarse en cualquier momento por tocar a otro… Tiene bemoles. “No se preocupe, Clara, no pasa nada. Éste es un chico normal, como otro cualquiera. En este Centro nunca se ha discriminado a nadie. Y no vamos a hacerlo ahora. Simplemente, él sabe que tiene que sentarse aparte. Y el resto sabe que tiene que evitar cualquier contacto con él”. Como si eso fuera tan fácil. Por mucho cuidado que se llevara, no había día que no apareciera un niño llorando por la enfermería del colegio… “me he tropezado con Electrokuto…”. Eso, así, era insostenible. Un peligro andante a doscientos veinte voltios. Y desde la Asociación, yo no paré hasta que conseguimos que lo expulsaran. Respiramos tranquilos el día que ya no vino al Salera. Desde fuera, que se ve todo muy bonito, se nos criticó. Que si éramos esto o lo otro. Pero yo estoy segura de que cualquier padre en nuestro lugar habría hecho lo mismo…

III
Yo coincidí con Electrokuto en la clase de octavo, en el Salera. De aquella época seguimos quedando unos cuantos compañeros, por lo menos una vez al año, para cenar. Y siempre, siempre, salen a relucir anécdotas que tienen que ver con él. El calambrazo al Esteban cuando entró tarde a clase, por ejemplo, ése, fue antológico. “Nano, ¿Cómo lo has hecho?¿Dónde está el truco?”. Pero, la verdad, es que no lo podíamos tocar. A mí me empujaron una vez contra él, adrede, y la descarga que me llevé fue tremenda. Aquello dolía un huevo. Electrokuto no sabía cómo disculparse. “Lo siento, lo siento, lo siento”. “No, si la culpa no es tuya, es de estos cabrones…”. Claro: se guardaban las distancias y él acabó yendo solo a todas partes. Andaba como alma en pena por los patios. Venía por un sitio, y nosotros salíamos pitando por otro. Le huíamos… “corre, corre, que viene Electrokuto”. La única persona que yo sepa con la que sí hablaba era una chica de sexto… Gisela, se llamaba. Paseaban bordeando la cancha de balonmano, siempre a medio metro uno del otro. Daban vueltas y vueltas hasta que sonaba la sirena. Y cuando en el comedor, se sentaban uno enfrente del otro, ella utilizaba, como él, cubiertos de madera. Creo que se gustaban un poco. Vaya drama. Amor sin poder darse la mano siquiera. A mí me han dicho, que él le llevaba a ella pilas recargadas a su casa de regalo. Me lo han dicho. Pero eso no sé yo si será verdad.

IV
¿Electrokuto? Sí, hombre, por supuesto ¿La de la excursión a Gorroperdido la sabes? Pasamos toda la mañana recorriendo el pueblo y, a la hora de volver, el autobús no arrancaba. Oh, oh. Todos abajo. El chófer, con las mangas recogidas, dudaba: “Será el alternador, será la batería”. Entonces no era como ahora, que llamas por el móvil y en veinte minutos te llega la grúa. Además, se hacía de noche muy pronto.  Don Esteban avisó al colegio desde una cabina, más que nada para que supieran que estábamos todos bien y tranquilizaran a los padres. Te lo puedes imaginar. Electrokuto, que no había disparado una en todo el día, se acercó a la trasera del autocar, que estaba despanzurrada y con el motor al aire. Con educación, le pidió al conductor, “ahora cuando yo le avise, trate de arrancar”. “¿Un crío me va a decir a mí lo que tengo que hacer?”. Don Esteban terció: “Hágale caso, por favor”. A la de una, a la de dos, a la de tres. Se ve que puso sus dedos en los bornes de la batería. Eso se ve. BROOOOM, BROOOM. ¡Toma, toma, toma! A la primera, todos arriba, que nos vamos. Cuando Electrokuto subió, mientras avanzaba entre las filas de los asientos con sus dedos pringados de grasa, recibió una cerrada ovación. En cada kilómetro del camino de vuelta estuvimos coreando: “¡No pasa nada: Tenemos a Electrokuto! ¡No pasa nada: Tenemos a Electrokuto!”. Él tenía las mejillas muy rojas. No sé yo si sería por su timidez, o por una sobrecarga.

V
¿Gisela? Disculpa que te moleste. Trabajo en “La Tinta Entera”, seguro que conocerás esta publicación. Me han hablado de ti. Hace cosa de un mes leí en una revista científica el caso de una persona que generaba electricidad en su propio organismo. Me interesó muchísimo. Qué casualidad, tiempo ha, aquí en Mediavilla, aún recuerdan a alguien con la misma sintomatología. Me refiero, sí, a Cristóbal. A Electrokuto, como le llamaban de mote. Desde que he llegado, hace unos días, he recogido testimonios de bastantes personas. Y lo que he ido descubriendo, me ha parecido de verdad impresionante. Pero por encima de habladurías, Gisela, me ha impactado la persona y no el personaje. No sé si terminaré escribiendo sobre él, pero sí sé que quiero saber de él. No me importa ya tanto si, como dicen los rumores, fue un trauma infantil, un “no me toquesss”, el que generó en él un mecanismo de autodefensa desconocido hasta ahora… No me importa si ese mecanismo era artificial… Yo he venido sin cámara, sin micrófono, sin papel, sin bolígrafo. Si quieres, hablamos, y me cuentas… Ya son muchos los que me han dicho que para saber la verdad de Electrokuto, tengo que venir a hablar con la señora que vive en la casa de las luces encendidas.