martes, 23 de febrero de 2016

El último encargo

I
La verdad es que tienen muchas. Amontonan las bolsas, mochilas y carteras en la pared del escaparate. DEPORTES RIESGO. Las hay de marca-marca y de marca-no-tan-marca. Orlando se queda mirándolas tras el cristal con carita de lástima. Y más desde que la cremallera de su vieja mochila heredada de su hermano Wilfredo, dijera que ya no cerraba más, y dejara al descubierto sus libros y libretas según pasaba el tirador por los dientes. Con cuál se quedaría. Con cuál. Le encanta esa blanca. La señala para sí. Blanca nuclear. No es un color muy apropiado para una bolsa que tiene que dar tumbos por el suelo, pero… es que es tan chula… Está colgada en lugar preferente. Va a ser que no, pero de hoy no pasa. Entra. Espera a que le hagan caso. Espera mucho, porque Orlando es invisible a ojos de la dependienta. Cuando la vendedora fracasa en su empeño de vender un chándal fosforito, repara en él. Es su turno. Se interesa por la bolsa blanca. “Tienes buen gusto, chaval”. Quisiera verla. Parece que a la de la tienda no le va a venir bien alborotar el orden y simetría de la exposición, pero bueno. Abre la vitrina, la coge con un dedo y se la muestra. “Jopeta… ¡no pesa nada!”. “Es que has ido a mirar la mejor de todas… está hecha con nylon de la Nasa… ligero como el aire… ignífuga… impermeable al agua y a los disolventes… resistente como el acero”. Orlando se queda boquiabierto. Y luego están los bolsillos. Estratégicos. Ya imagina cómo quedará. Aquí el bocata. Aquí el estuche. Aquí la ropa de deporte.  Es… es fantástica. Luego le da la vuelta a la etiqueta. Y mira el precio. “¿Vale eso?”. “Te puedo hacer un cinco por cien”. Orlando suspira. Da las gracias. Carga pesadamente con su mochila viejuna. Ya sabe lo que le van a decir en casa. “…con ese precio, ni que tuviera una banda de música dentro”.
II
Los Viernes, después del cole, a merendar a casa la abuela. Pan y chocolate redondo. La abuela Emma lo recibe sentada en su mecedora. Se balancea. “Tete, tienes la mochila, que cualquier día se te escurren los números y las letras por debajo”. Orlando baja la cabeza y encoge el hombro. “Ya…”. Luego le cuenta. Que ha visto una en la tienda de Deportes. Pero que es muy cara. “Cara, ¿cuánto es?”, le pregunta la mujer. Orlando se lo dice al oído derecho que es el que oye, no al izquierdo. La abuela pone sus ojos en la estratosfera. “Sí, que es cara, sí”. Orlando va, viene, trajina por la casa. Mira, remira fotos antiguas. Su abuela cosía. Y él ha visto un par de bolsas en la casa que están hechas por ella. Y ahí siguen. Mmm… “Oye… ¿por qué no me haces tú una nueva?”. A ella le entra la risa. Huuuyyyyy. A estas alturas. Qué has dicho. Orlando antes de callar, añade: “podrías intentarlo”. La abuela se pone seria de repente y se incorpora pesadamente. “No te prometo nada, tete. Haré lo que pueda”. Lo que viene a continuación es un beso en la mejilla, un beso con miga y chocolate.
III
Bronca en casa. A Orlando. “¿Tú por qué le dices nada a la abuela?”.  Silencio como respuesta. “¡Menuda película tiene montada ella ahora! ¡Si tienes rota la bolsa es por tu culpa, porque la llevas a arrastrones!”. Más silencio. Sentencia: “No tienes remedio, Orlando”. Fin de la bronca. Por ahora. 
IV
Esquivando el tráfico, que mira que hay coches y coches. Cruzando por donde no hay pasos de cebra. Pasito a pasito. Pues sí que estaba lejos esto. Así ha llegado Emma hasta el escaparate. DEPORTES RIESGO. Se ha puesto las gafas de ver de lejos. Ha mirado con detalle la bolsa blanca. Porque no tiene duda que es ésa. Después de varios minutos, se ha dado la vuelta, “Puaf, eso se hace por la gorra”. Y ha vuelto despacio a casa, otra vez esquivando los dichosos coches y cruzando por donde no hay pasos de cebra.
V
Sola en lo que fue su sala de costura. “Mira que he cosido yo en esta vida…”. Subiéndose a un taburete en peligroso equilibrio. Buscando retales. Cuidando que no le caigan esas cajas encima. Eso le falta a su cabeza. Quien tuvo retuvo. Emma respira con fatiga. Escoge con cuidado. Ahí está. Sabía que tenía, sabía que le quedaba algo. Sonríe. De ahí tiene que salir la bolsa del chico.
VI
Acercando aún más el flexo. Dónde se fue su vista. Encorvándose sobre la mesa. Empuñando las tijeras. Dónde se fue su pulso. Intentando cortar el tejido de lona. Ras-ras. Dónde se fue su fuerza. Desesperándose por momentos. Con lo tranquila que estaba ella, dónde se ha metido.
VII
Se pone nerviosa. “¡Anda, quita, quita, déjame a mí!”. Él protesta. “¡Abuela…!”. Ella aclara. No es porque piense que coser sea una cosa de chicas, ella será antigua pero no es de ésas. Es porque manifiestamente, su nieto es torpe-torpe, y a poco que lo deje en acción, con esas tijeras en su mano, Orlando El Peligroso corta la lona, corta su forro y puestos a cortar, se corta hasta los dedos.
VIII
La Singer ha dicho “no, no y no”. No repunta. Y no tiene solución. Antes de enviarlo todo a la porra, se levanta. Se dirige despacio hacia la mecedora. Se deja caer. Cuenta hasta diez. “Piensa, Emma, piensa”. Sí piensa, sí. Pero lo único que se le ocurre es una bajeza, un inviable, un imposible. Y ella, a estas alturas, ya no está por eso.
IX
Emma empuja la puerta medio atrancada de la Mercería. La reciben con un gesto primero de sorpresa, luego serio. Segundos de silencio tenso. “No te has muerto”, le dice la señora de la tienda. “…a ti no te falta mucho para eso”, le replica ella. Ya se palpa en el ambiente. Se odian. “Qué se te ha perdido”. “No he venido por mí. He venido por mi nieto”. Descarga las piezas hilvanadas de la bolsa. La de la mercería mira el material distante. No cruza una palabra. Se mete en la trastienda. Se escucha la máquina de coser zumbando. Emma mientras, ni pestañea. Pasan unos minutos. Eternos. Sale. Todo repuntado. Todo remachado. Cremallera cosida. “Si fuera para ti, no te lo habría hecho”, exclama. Emma lo revisa: “…para haberlo cosido tú, no está mal del todo… qué te debo”. La modista le responde sonriendo: “…la rabia que te da haber venido a pedirme este favor ya paga todo esto”. Emma ha abierto su monedero. Sobre el mostrador, deja caer un billete de quinientas. “…de mi rabia no se come, del trabajo sí”. Sin despedirse, sale fuera. Suerte que fuera hace aire. Ahí dentro de esa mercería ya le faltaba.
X
Encima de la cama, un paquete. Orlando pregunta. Esto qué es. Empieza a abrirlo. Con cuidado de no rasgar el papel de Deportes Riesgo de Mediavilla. Blanco. Blanco y en botella. Esto por qué es. No es su cumple. No es ninguna fecha señalada. Es… UAUUUHHHHH. Qué pasada. Es la supermegabolsa blanca nuclear. BIEN, BIEN, BIEN. La levanta con un dedo. ¡Gracias, gracias! Su madre sonríe satisfecha. “con lo que vale, ahora que te dure”, le advierte. El trasvase de bártulos lo hace en un santiamén. Aquí los libros, aquí la ropa de la gimnasia, aquí el bocata. Y sobra sitio. Qué cosa más cómoda. Hoy sale eufórico hacia el cole. Imparable. Cualquier peso, aunque sea el de una banda de música, es liviano si se lleva con esta bolsa astronáutica.
XI
Literalmente, Orlando, no se la quita de encima. Ni en el pupitre. Ni en el patio. Es que sirve para calentarse las piernas del frío. Es que sirve para escribir encima como escritorio. Es que sirve como bandeja si hace falta. Es que sirve para sentarse. Es que sirve para tocar el tambor (…)  Los mil y un usos de su mochila mágica.
XII
Y encima es Viernes. A casa de la abuela Emma. A por el pan con el chocolate redondo. Qué extraño. Por qué le abre Wilfredo. Qué hace ahí su hermano mayor si casi nunca va. “¿Y la abuela?”.  “No pasa nada. No te preocupes”. “Pero, ¿y la abuela?”.  “Está bien. Se la llevaron esta tarde. No pasa nada. No pasa nada”. Wilfredo repite tanto ese “no pasa nada”, que automáticamente a Orlando se le encienden las alarmas. Sí pasa. Y está pasando todo. “…por cierto, ha dejado algo para ti en el cuarto de costuras”. Con los ojos chispeantes, corre hacia dentro. Abre de par en par. Todo en orden. La máquina de coser. Sus telas. Sus cestas. El olor de naftalina. Se queda quieto parado. La piel se eriza. De repente, la mochila de marca-marca pesa. Es incómoda. Y da repelús. Qué cosas. Dos mudanzas en un mismo día. Ya ha cogido práctica. Sale reforzado. Ésa sí que sí. Wilfredo espera en la puerta. “Vámonos a casa”, le indica. “No, vamos donde esté la abuela”. Mientras cierran la puerta, mordisco va, mordisco viene al pan con chocolate. “Que nos vamos a casa”. “Que no, que nos vamos donde esté la abuela”. “A casa”. “…donde esté la abuela”. “Qué pesado. A casa”. “… pesado tú, donde esté la abuela”. “A casa, casa, casa”. “Donde esté la abuela, donde esté…


domingo, 14 de febrero de 2016

Existen

No termino de acostumbrarme a las entrevistas. Me pongo tenso. Envarado. Tanto para las fotos en el despacho, donde suplico “primeros planos no, por favor, que se me ven las cicatrices”, como para responder a las preguntas. Con lo ocurrente y espontáneo que creo ser, aquí siempre me quedo en blanco. El periodista toma notas en una tablet al tiempo que registra nuestra conversación con una grabadora. “Ya para terminar, señor Suria… ¿usted cree que los extraterrestres existen?”. Ahí me ha dado. Suelto el aire por la nariz. Entrelazo mis manos. Me muerdo los labios. Mientras, evoco la historia. Qué le digo. Qué. Él se ajusta las gafas. Acaba de darse cuenta de la trascendencia de la pregunta. Trago saliva. Buscando unos minutos de tregua, le doy al “pause”.
* * * * *
I
Quien pensara en Gorroperdido, acertó. El aire purísimo. El bosque de carrascas centenarias. La sombra frondosa. La tierra mullida, blanda, sin apenas piedras. El autobús nos dejó en la parte de arriba, en un margen de la carretera. Y pasado mañana, Domingo, volverá a por nosotros. Entre todos, hemos bajado todos los bultos a la zona de acampada. Quién ha hecho más viajes que nadie. Qué pregunta. Yo. Quién ha plantado la primera tienda de campaña. Qué pregunta. Por supuesto, yo. Inmediatamente después de tensar los últimos vientos y acomodar la mochila, he ido corriendo a la de las chicas, “dejadme que os ayude”. Nieves, siempre reticente, “no, gracias, ya podemos nosotras”. Pero yo, caballeroso: “Insisto”. De un martillazo, zassss, hundo una piqueta. “Dadme otra”, pido. Zassss. “Otra más”. Voy a piñón. Escucho risitas. Levanto la cabeza a ver ése de qué se ríe. “¡…menuda panorámica, Rústico… se te ve toda la hucha!”. Debo de tener la cara roja como un tomate de  tanto agacharme. Ahora todavía más. Con toda la dignidad que me cabe,  trato de subirme un poco el pantalón, agacharme la sudadera y pedirle a Nieves: “otra piqueta, por favor”.
II
“¡Heyyy! ¡Mirad al Rústico!”. Me revienta que me llamen así. Me llamo Isidro Suria. Había que preparar el fuego de campamento. “¿Dónde vas con eso?”. Arrastro una branca de seis metros por lo menos. Ha habido que frenarme. Si no, con mi machete de punta de sierra, acabo dejando todos los árboles sin ramas. Con la que llevo recogida yo solo, pensando en que Nieves me observa, tenemos leña para dos semanas seguidas o más.
III
El guarda ha aparecido para saludar. Ha hablado con el Salus. Ha predicho heladas para esta noche. Ha preguntado que cuántos somos. Veinticinco. Antes de subirse al Land Rover y desearnos una buena estancia en la naturaleza ha advertido que “por cierto, nada de encender fuego”. Lo ha dicho de tal manera que el Salus nos ha llamado inmediatamente al orden, a grito pelado, y ha advertido que, si huele ligeramente a humo, se nos cae el pelo. Hay quien lo toma a guasa, porque al Salus, pelo, lo que se dice pelo, le queda ya poco. 
IV
El frío era esto. Era un no sentir las manos. Un tener la cara acartonada. Un agarrotamiento de cuello. Y un dónde está que no me la encuentro. Rafaelillo se me acerca, “Isidro, tú tienes más calorías que yo… has traído más ropa que nadie… anda, por favor, te lo suplico… déjame tu plumífero…”. Qué me está pidiendo éste. Qué se habrá creído. Al bosque se viene preparado o no se viene. Ni le contesto. Apretujados unos a otros en el refugio, con caras de sueño, sin querer irnos a dormir porque qué es eso de retirarse tan temprano, busco la mirada de Nieves. Ahí está. Tirita. Castañetean sus dientes. Por ella sí. Me levanto y me acerco hasta ella. Me quito el plumífero. Ante un “uhhhhhh” general, a los demás que les den. Ella no me dice que no. Su gratitud vale un cielo. Pero jopeta, qué frío hace en este pueblo y cuántas estrellas hay bajo su firmamento.
V
Durante la marcha del Sábado hay quien me dice que me calle para ahorrar energía. Quiá. Me sobra de eso por todos los sitios. Voy delante de todos. Me subo a un árbol. Me tiro. Como un mono. Trepo por una peña escarpada. Saludo al respetable. EOOOOOO. Que me vean bien. Pero que me vea Nieves. Siempre hace como que no, pero sé que está pendiente de mí. A Rafaelillo ya le he repetido que lo importante es saber defenderse de un ataque. “Si me viene alguien con malas intenciones, le hago un hiponsinague”. “Eso… qué es”. No se lo explico. Se lo hago. Chillando, cae todo lo ancho que es en el suelo. Con la nobleza que me caracteriza, le ayudo a incorporarse, le sacudo la tierra de la cazadora, pero veo que tiene muy poca correa. Me ha dicho: “Rústico; tú estás majara”; me ha mandado a pastar y me ha pedido que no le vuelva a dirigir la palabra nunca más. Exagerado.
VI
Al Salus le pregunto que para cuándo la próxima Acampada. “No sé, Rústico, no sé”. Como dijera César, suspiro: “¿Tú también (me llamas Rústico), hijo mío?”.  Hemos plegado las tiendas y puesto los cacharros en sus cajas. Pasa revista. Como todo está correcto y no nos quiere ver parados, ordena una batida de recogida de papeles. “¡…joooo, pero si no son nuestros!”. Da lo mismo. Ahora, hasta que venga el autobús, quiere que nos acerquemos hasta el Embalse de las Piedras. Hay quien protesta: “¡…me duelen los pies!”. Veo que Nieves y sus amigas se ponen en camino. ¡Bien! Recojo la cuerda por si he de escalar algo y en dos zancadas me pongo delante. Abriré la expedición y las protegeré de cualquier mal que les aceche.
VII
No estaba lejos el embalse ése. Remontando esa ladera ya se tiene que ver. Cojo aire. Les he sacado tanta ventaja que ya ni les veo. Voy a hacerles señas. “¡Es por aquí!”. Escucho el silencio. Las hojas al moverse. Los pájaros. Y un poco lejano, un grito. UN GRITO. Reconozco la voz de Nieves. Me da un vuelco el corazón. Doy la vuelta. Y a toda paleta corro lo más que puedo. Es Nieves. Grita. Y si grita es porque está en peligro.
VIII
Cuando llego ya está ahí con ellas el Salus. Y los del grupo de atrás. Señalan hacia allá. No pasa nada y sí que pasa. Menudo susto. Un individuo les ha salido al paso, ha abierto de par en par su gabardina y les ha enseñado su cosa. El Salus pide datos, cómo era, no la cosa, sino el tipo y hacia dónde se ha ido. Se atropellan las descripciones. No ha pasado nada y sí que ha pasado. Rebotan las palabras. Gabardina gris. Pirindola peluda. Se fue por allá. No escucho más. Salgo corriendo, campo a través, por donde Nieves ha señalado que se fue ese joputa.
IX
Chan-chan, chan-chan, chan-chan. Yo mismo me hago la música. In crescendo. El caso es que no sé dónde voy. No sé qué huellas buscar. Sólo quiero topármelo de cara y destrozar al desalmado ése. Chan-chan, chan-chan, chan-chan. Agudizo la vista. Tengo el Embalse de las piedras puñeteras casi delante. Casi sin agua. ¡Estoy de suerte! Allá bajo huye como un cobarde el tío del capullo. Dando traspiés, ladera abajo, vuelo. Jopeta, como me caiga aquí me rompo la crisma y me quedo sin dientes. Lo tengo entre ceja y ceja. Yo a éste lo atrapo como que me llaman Rústico.  UAAAAAHHHHHH. Es mi grito de guerra. Me planto delante de él como un león. Será más  mayor. Será más fuerte. Pero yo lo destrozo. Ni tiempo le doy a hablar. Lo primero, un hiponsinague. Pero es que pesa el doble que Rafaelillo. Con éste no puedo. Tengo que cambiar de estrategia. Me acuerdo de la cuerda. Tengo el factor sorpresa de mi lado y un pino piñonero en mi otro lado. Lo rodeo, estiro, tenso. No reacciona. “¡Ya te tengo, mal bicho, tú de ahí no te escapas!”. Todo en cuestión de segundos. “¿Qué haces? ¡suéltame, enano!”. Suerte tiene que no le abra esa gabardina y no le dé en toda la pichuleta. Me enjugo el sudor. Miro al cielo. Tengo que pedir refuerzos ahora. Llamar a los míos, a la Guardia Civil, a la Policía Nacional, al ejército del aire,  para que se hagan cargo. Me aseguro que está bien atado, que de ahí no se mueve. Y desoyendo los gritos del maniatado, tal como he llegado, enfilo ladera arriba, camino de vuelta.
X
Cuando derrengado y sin aliento llego a la base de la Acampada, el Salus está enfadado, cabreado, “…pero… ¿tú dónde te habías metido, Rústico?, ¡todo el mundo buscándote, el autobús esperando!”. “Yo, yo…”. Señalo hacia el embalse. El Guarda Forestal ha bajado de su Land Rover y conversa con dos guardia civiles. El Salus aclara: “…ahí se llevan al exhibicionista, lo han detenido… es un hombre del pueblo que no rige bien”. Glup. Desde las ventanillas todos me miran. EEEEEHHHHHHHH. Nieves también. “Te la vas a cargar con todo el equipo, Rústico”. Bajo la cabeza. Trato de decir… “Pero... pero”. Me empujan hacia arriba. El autocar arranca. “Más te vale no decir nada: Por tu culpa vamos a pillar atasco para entrar en Mardebé”.
XV
Durante todos estos días, con los ojos llenos de angustia,  he estado esperando a que la puerta de mi habitación se abriera y apareciera el (otro) tío de la gabardina señalándome con su dedo acusador: “¡FUE ÉL!”. Durante todos estos días, he abierto el periódico por la página de Comarcas, para enterarme si “un hombre atado a un pino es rescatado en Gorroperdido”, o si por el contrario me encuentro con un “hallado un hombre congelado atado a un pino de Gorroperdido”.  Glup. Nada. He repasado con pavor las gélidas temperaturas de Gorroperdido. Mínimas de menos seis. Mis padres se han alarmado con mi bajón anímico. “…a este niño le pasa algo”.
XVI
Aunque ya no pienso hacer ni un hiponsinague en lo que me queda de vida, he vuelto a ser el mismo, he vuelto a sonreír cuando he escuchado en la radio que aquella noche fue avistada una luz extrañísima. Un objeto volante no identificado sobrevoló los cielos de Gorroperdido. Ufffff. Ahí me ha cuadrado todo. Qué cabrón. Qué bien caracterizado estaba el tío con su gabardina y todo.
* * * * *
“…mmmm…. señor Suria… le estaba preguntando si usted cree que los extraterrestres existen”. Vuelvo de mi abstracción. Más me vale después de todos estos años. Más me vale. Ante la atónita mirada de mi entrevistador afirmo con toda rotundidad: “EXISTEN”.


domingo, 31 de enero de 2016

Me va a venir bien

19 DE MARZO a las ocho.
A las ocho en punto, a Analía le ha asustado el ruido seco, desencajante de los primeros masclets y los “trons de bac”. Como si los tuviera debajo de la ventana. Los cristales vibran y, si sigue esa explosión de decibelios, lo mismo hasta revienta alguno. “…la despertá”, ha pensado. Pero ella ya hace horas que no duerme. “…podrían haber tenido un poco más de miramiento y haber empezado más abajo”, reniega. Por detrás de la persiana entrabierta asciende el humo de la pólvora. La intensidad de los petardazos se va poco a poco amortiguando y disipando. Mezclada con la traca surge con fuerza la banda de música, a ritmo de Paquito el Chocolatero. La piel de gallina. Es el día que es. Hoy, en Mardebé, lo queman todo. Y mañana vuelven a empezar, resurgen de sus cenizas. Se abre la puerta de la habitación. “¡Fiesta, fiesta!”.  Es la auxiliar de la cocina, que viene a recoger la bandeja. Está sin tocar. “…pero mujer, ¿no has querido nada? ¿así cómo te vas a poner bien? (…) Venga, bébete aunque sea el zumo… voy a recoger el resto de habitaciones y luego más tarde me paso”. Analía no contesta. Mientras, los compases de chocopaquito, pom-pom-pón, pom-pom-pón, se pierden rebotando en las fachadas colindantes.
 
19 DE MARZO a las diez.
Son las diez. La luz del sol inunda ya la habitación. En el pasillo, van y vienen voces. Se abre la puerta. “¿Se puedeeee?”. Como cada mañana, ya está ahí su hermana Geles. Pero… auauuuuhhhh, hoy no viene sola. Ahí sí que sí.  Le han dado. Es, ella, es Ariadna. Vestida con el traje de fallera. Madre mía. Hija mía. ¿No quedamos en que…? Analía se lleva las manos a la cara. La mira. La remira. Está preciosa. No parece que tenga sólo diez años. Está…. Está guapísima. Se abraza a ella. Geles le advierte: “¡…eh, eh, cuidado con los moños!”. Permanecen así unos segundos. Unos segundos que parecen una eternidad. Luego aterrizan suavemente en la realidad, repara en que la bandeja está intacta, y antes de recibir una regañina, Analía, aún con la emoción en la garganta, le pide: “acércame la mesita, por favor, que sí que quiero, que tengo que desayunar”.
* * * * *

CATORCE DÍAS ANTES
“¡Ariadna, por favor, estáte quieta, que así no puedo abrocharte!”. La niña se queja. “¡Tía Geles, que me aprieta mucho, me haces daño!”. La tía se desespera. “¡No, no y tres veces no!”. Desiste. “No te cabe”. Cómo que no. Le habían tomado medidas en octubre. Se lo habían hecho más grande. Tiene que caber. La mamá ha de verla con el traje puesto. Se muerde los labios. “…te has ensanchado”, concluye la tía Geles. “…dilo claro: quieres decir que estoy más gorda, tía”. “no, no, quiero decir que te has ensanchado”. “Prueba otra vez, tía”. “…no, no hay manera, señorita Escarlata…”. Ariadna no entiende la retranca. Le tiemblan los labios. Frente al espejo, aprieta los puños. “…en dos semanas, tía, voy a adelgazar… me va a venir bien… ya lo verás… te lo digo yo que sí”. Sin haber visto ni saber nada de la épica película, sólo le ha faltado poner a Dios por testigo. De nada le vale a la tía Geles decir que no se ponga así, que no pasa nada, que es normal que crezca, normal que se estire y normal que el traje de fallera (con el dineral que vale) se le haya quedado pequeño. Por si no hubiera quedado bastante claro, Ariadna subraya: “ME VA A VENIR BIEN”.

TRECE DÍAS ANTES
El tete se lo había dicho. Que debajo de la cama estaba la báscula para cuando ella quisiera. Entra sin llamar en la habitación. Se agacha. Estira el brazo. Comprueba. El punto de partida. Al tete se le escapa una media sonrisa. “No es como se empieza”, le ha dicho ella tapándole la boca, “es como se acaba”.
 
DOCE DÍAS ANTES
Para qué  habrás hecho la tarta, tía Geles. Para qué. De chocolate con nata. A la hora de repartir los trozos, se le queda mirando. Ariadna hace como que tiene una cremallera en la boca. Dice no. “Venga va, un poquito solo”, insiste. Esto no es negociable. Además, la pinta es más que espectacular. El plato delante. Ariadna cede. Ariadna al ataque. Primero vienen dos segundos, un pispás, de deleite. Después, dos horas de arrepentimiento.

ONCE DÍAS ANTES  
Enri el patitas. Es un gamo. El que más corre de toda la clase, con diferencia. Están en el patio en la clase de Educación Física. Él le explica. Lo importante es coger ritmo, respirar. Ordenar a las piernas que te sigan. Ahí están en chándal. Le han pedido permiso al profesor para que, en vez de jugar al basquet como los demás, ellos puedan correr y dar vueltas al campo. Ella se mentaliza. Es fácil. “Imagina que te sujetas a una cuerda y que yo tiro de ti… tú sólo cógete bien y sígueme”. Ahí empiezan. Al trote. Pronto a ella le falla el resuello. Le suben los coloretes. El patitas la anima. No, no puede. “¡…cógete de la cuerda, Ariadna!”.  Ella, sin resuello, aprieta los nudillos, “ya me cojo, ya, pero es que se estira y se estira y se acaba rompiendo!”.

DIEZ DÍAS ANTES 
 “Tete… ¿tú estás seguro de que esta báscula va bien?”.  

NUEVE DÍAS ANTES 
Ariadna tiene llave, pero desde hace poco. Va directa. Al ascensor. Una vez dentro, apunta con el botón. A apretar el cuarto. Bueno, no. Se frena. Dilema. Viene casi muerta. Qué hace. Sale y sube, escalón a escalón. O hace la vista gorda por una vez. Se mira el cinturón. Le duele todo. Cierra los ojos y aprieta el botón. Ro-ro-ro-ro, el motor gira y asciende planta por planta. Remordimientos. Le asaltan. Cuando llega al rellano. Se detiene. Ahora que ya está arriba, no va a bajar otra vez, no. En vez de eso, enfila hacia la terraza. Hacia la sala de máquinas. Está cerrado. Huele a humedad, a grasa. Enciende una luz. Mira interruptores. Mira cables. No se lo piensa. Se juega un cortocircuito. Arranca uno. PLOOOOOFFFFF. Se apaga todo. Ahora está roto. Roto para mucho tiempo. No tendrá de momento el dilema de si sube con el ascensor o por las escaleras. Y sale de allí silbando antes de que nadie sospeche que ha sido ella.

OCHO DÍAS ANTES  
Cuando la tía Geles le ha dicho, “ven para acá, que quiero hablar contigo”, Ariadna ha barruntado tormenta. Uffff. Eso era poco. Le ha caído la del pulpo. Ya está bien de tonterías. Ya está bien de no comer. De hacer como que sí, pero ser que no. Punto. “Y que no me entere yo, porque entonces, señorita, entonces la vamos a liar”. A Ariadna le brillan los ojos. Al borde de la lágrima. Esto, esto, piensa, con la mamá no habría pasado.

SIETE DÍAS ANTES 
La tía Geles ha llegado muy cansada, y ha dicho que lo siente, que no se preocupe, que tal y como le prometió, se probará el traje, pero otro día. Ariadna se pone de morros por eso. Al darse las buenas noches, la tía Geles le reclama un beso y una sonrisa. Ariadna concede. Lo que la tía está peleando por ellos se merece el cielo, por lo menos, y ella sólo está pidiendo a cambio un beso y una sonrisa.

SEIS DÍAS ANTES
El portazo que Ariadna ha dado en la habitación de su hermano se habrá escuchado en toda la finca, y probablemente en la calle entera. No era posible, no era posible. La báscula siempre señalaba dolorosamente lo mismo. Aquellas risitas, ji-ji-ji, le dieron la pista. Hoy Ariadna ha descubierto que la báscula estaba trucada. Primero ha hecho como si nada, luego, zasssss, le ha propinado una patada en los mismísimos. Si quisiera, el tete, podría cenar hoy tortilla, hecha con los huevos de sus propios cataplines.
 
CINCO DÍAS ANTES  
“Un poquito solo”. La tarta de hoy es de queso. Ariadna ha dicho sí. Un segundo de deleite. Y ni medio de arrepentimiento. Con todo lo que lleva trabajado, si esa pequeña ración supone que el traje, que por cierto, aún se tiene que probar, no le va a caber; es que todo el esfuerzo que ha ido haciendo no ha servía desde el principio absolutamente para nada.
 
CUATRO DÍAS ANTES  
Último día de cole. Hoy, cole sin clase. A partir de hoy, vacaciones  falleras. El profe de Educación Física se preocupa de confiscar los petardos que los niños llevan escondidos en sus mochilas. “¡Pequeños incendiarios!”, les llama. Ahora reparten chocolate y buñuelos. Algunas camisetas nunca volverán a ser lo que fueron. Ajenos al bullicio y a la traca, Enri el patitas y ella, siguen dando vueltas al campo de basquet. Ahora sí que sí. La cuerda invisible que los une se tensa pero no se rompe. Y a veces, es Ariadna quien tira de ella, y es Enri, quien a duras penas va detrás siguiéndola, con la lengua fuera.

TRES DÍAS ANTES  
Al entrar en el rellano, Ariadna advierte que hay una nota en el tablón de la escalera. La lee en voz alta. “El ascensor ha sufrido un sabotaje. La reparación asciende a trescientas mil pesetas, ya que se requiere cambio completo del motor. Se procede a recaudar una derrama a partes iguales entre los vecinos. Firmado el Administrador”.  Le recorre un escalofrío. Lo quería escacharrar, sí, pero no tanto. Antes de empezar por el primer escalón, mira hacia la puerta metálica. El letrero “NO FUNCIONA” sigue ahí pegado con cinta.

DOS DÍAS ANTES  
La tía Geles está llegando a casa todavía más tarde. La culpa, dice, es de las calles que casi todas están cortadas, con una Falla en medio, o con una carpa de Casal. Tía y sobrina se miran. Mientras se deja caer derrumbada en el sofá, le asegura: “…de mañana no pasa”. Ariadna asiente. De mañana, desde luego, no puede pasar.

UN DÍA ANTES
Ariadna y su tía se encierran en el dormitorio principal. Se escuchan algunos gritos. Algunas voces. El tete trata de saber qué es lo que pasa ahí dentro. ¿Estarán matando a alguien? Entreabre la puerta, se asoma, y al segundo, lo echan con cajas destempladas: “¡Largoooo de aquíiiii!”.

19 DE MARZO, a las seis de la mañana.
Qué frío y qué relente en la madrugada. Y qué descanso para los oídos no escuchar el eco de la explosión de algún masclet. Bajo las luces de las farolas amarillas, tía y sobrina caminan por la acera haciendo sonar los tacones de sus zapatos. Algún charco queda del chaparrón que descargó anoche. Casi siempre llueve en Fallas. Llevan la bufanda bien apretada a la nariz. Parece que el Invierno, aunque le toque, no quiere irse. Llegan al punto. Peluquería Greñas. Llaman al timbre. Tirita la tía Geles. Mientras esperan, Ariadna, con los ojos llenos de chispas, le pregunta: “Tía… ¿la mamá se curará?”. Cuando la peluquera, aún con legañas en los ojos,  abre la puerta y va a decirles: “qué puntuales, buenos días”,  las encuentra fuertemente abrazadas.











domingo, 17 de enero de 2016

O él o yo

I
El hijo de la Salvaora cada dos por tres está cambiando de coche. Ahora va con un Simca 1200 gris con el techo tapizado. Y viene más a ver a su madre. Todos los Domingos por la tarde. Desde que ella se quedó sola. Si no hay sitio en esta calle, la calle Rupí, aparca en el vado del Chato. Pone un letrero “Estoy en la puerta 9”. Como si los vecinos no lo conociéramos. A mí me saluda. Aunque dudo que sepa cómo me llamo. Ya he terminado los deberes. Y he merendado. Hasta que se haga la hora de cenar, voy a la placeta a jugar. El portalón de la planta baja se abre. Aparece él. Está sofocado: “Madre, no lo puedo decir más claro: si la próxima vez ese perrito sigue aquí, yo no vengo más”. Salvaora, arrastrando los pies, le sigue. Ahora me fijo: Tiene un cachorrito en brazos. Naranja. Como una bolita. “Pero, Pepito, es muy pequeñín… “. “¿Pequeñín? Ese bicho de aquí a nada pesa más de treinta kilos.. y para eso estamos, para que le dé un empujón sin querer y la tire a usted al suelo, y veremos entonces quién la recoge y qué  hacemos”. Él está nervioso. Se sacude la manga de la chaqueta. Ella muy seria. “Te ha ensuciado sin querer. No seas así”. “Soy como usted me ha parido”. Desde la acera. Yo lo escucho todo. Abre el coche. Se mete. Baja la ventanilla con la manivela. Croc, croc. Y amenaza: “O él o yo”. El coche es nuevo, pero no arranca a la primera. A la quinta o a la sexta sí. Broooom. Menudo humo tira el tubo de escape. Se encienden las luces. Volantazo va, volantazo viene, el Simca sale. Yo, entonces, bajo de la acera. Iba a la placeta. Aún escucho como la Salvaora le dice al animalito: “…no pongas esos ojos tan tristes, tú, tú, no tienes culpa de nada”.
II
Cómo pesa la mochila. Por fin camino de casa. La merienda espera. “Pssss, psssss”. Alguien llama. No será a mí. No sé si girarme. “Psss, pssssss”. No hay duda. Me llaman. Me doy la vuelta. Al pronto, no veo a nadie. Después sí. Es desde la casa de Salvaora. “¿Es a mí?”. La mujer, muy misteriosa,  dice bajito “sí, a ti… ¿puedes venir un momento?”. Dudo. “¿Pasa algo?”. Oigo un miniladrido detrás de ella, y entonces sí. La curiosidad me puede. Me acerco. Me invita a pasar. Y tras de mí, plooom, cierra la puerta.
III
Ese Simca puede correr mucho:  a ciento sesenta. Pues mi corazón va ahora todavía más deprisa: a doscientos por hora lo menos. Me ido hasta el campo de fútbol de Mediavilla. He pasado por detrás de la vía del tren. He mirado el reloj veinte veces. Las órdenes eran: “…hasta las ocho pasadas, no vuelvas”. Ya son. Por si sí por si no, me he asomado sigilosamente desde la esquina. He contenido el aliento. Huyyyy. Ahí sigue el coche del hijo de la Salvaora. Rápidamente, he salido a la carrera. De nuevo el campo de fútbol. Otra vez la vía. Ha pasado el tren. Hoy sí que tarda en irse, sí. A la que he vuelto, ya las ocho y media, el Simca no estaba. “Hale, pequeñín, vamos, que no hay peligro”, he dicho. El bicho movía el rabito, contento. De puntillas, he llamado al timbre. Salvaora esperaba detrás de la cristalera. Con una sonrisa. Qué ladridos ha soltado el bandido. “Ven aquí, Fortuna, ven”. Fortuna, lengua de a metro, ha salido dando brincos, casa adentro. No le he contado a la mujer las caquitas que he recogido. Está agradecida. Con su paso lento se acerca al aparador, destapa un bote de café, saca de ahí un billete. ¡Veinte duros! Y me lo tiende: “Esto para ti, para que te lo gastes en lo que quieras”. Uauuuh. “No hacía falta, no…”. Me lo pone en el bolsillo. “Quico….”. Ya me iba para casa, que hoy me matan por llegar tarde. “Qué”. “Hasta el Domingo que viene”.
IV
Qué tiempos aquellos en los que a Fortuna podía llevarla en brazos. Ahora parece una vaca. Qué tirones pega. Me descoyunta el brazo. Y cómo corre cuando voy a recogerla. Madreeeee mía. Ehhhhhhh. ¡Esperaaaaaaaaa!.  Me asomo con la misma delicadeza de cada Domingo por la tarde. Con todo su conocimiento, Fortuna, desde su altura también se asoma. ¡Tendrá morro! ¡Campo despejado: ya no está el coche!. Llamo al timbre. Salvaora abre la puerta. Sin mediar las palabras, yo sigo insistiendo en que “no hacía falta”, ella me pone el billete en el bolsillo. Y con una sonrisa me despide: “hasta el Domingo que viene, bonico”.
V
Oh, oh. Vámonos por aquel lado, Fortuna. Tiro de la correa. He visto al Kinki, del colegio. Ese es un capullo. Integral. Me busca. Glup. Me había visto. Demasiado tarde. Agacho la cabeza. “¿Dónde vas, Quico borrico?”. “Déjame en paz”. “Aquí no estamos en el  colegio, aquí no puedes chivarte al profe”. Me cierra el paso. Es un armario de dos puertas. Me da un empujón. No le da tiempo a más. Fortuna le enseña los dientes. Jooooo, qué dentadura. Impone. Vaya que si impone. “Ya arreglaremos las cuentas”, masculla el Kinki retrocediendo. Debo de estar blanco como la cal de esa pared. Lo menos. Pero acaricio la testuz de mi buena Fortuna. Acabo de descubrir la mala leche que tiene.
VI
Les dije a mis padres que el Domingo por la tarde conmigo no contaran. Que se podrían hacer visitas a otras horas otros días. No lo encajaron muy bien. “Bien, de acuerdo, señorito, tú no vas de visita un domingo por la tarde, pero tampoco sales de casa”. Me quitan el chocolate de la merienda y no me escuece tanto el castigo. No lo he hecho nunca. El salir por la terraza. El saltar por la tapia a riesgo de romperme la crisma. Fortuna no entiende nada. Después de dos años, hoy nos escondemos de todos. De Pepito por un lado, de mis padres, que me creen encerrado estudiando, por otro. Y ay de nosotros como nos pillen.
VII
¿Otra vez el Kinki? ¿Es que nunca me va a dejar en paz? Fortuna le gruñe. “Quieeeeta, amiga, quieta”. Sonríe torcido. De forma muy ladina. “Ya sé el tinglado. Os pensáis que la gente es tonta y no se da cuenta: Tú escondes a la perra para que el hijo de la Salvaora no la vea. Lo tienes claro, Quico. Por mil duros que me des, lo tienes claro. Aquí  se te ha acabado el chollo. Hoy es el día que el asunto se destapa: Jódete”. Intento pararlo. Imposible. “Serás cabrón…”. Lo veo decidido. Cara a Pepito, justo cuando éste se despide de su madre. Cierro los ojos. Me muerdo los labios. Lo veo señalar hacia aquí. Hasta escucho un “están ahí, esperando a que usted se vaya para volver”. Pepito mira. Si ve, hace como que no ve. Se sube al coche. Baja la ventanilla. Se despide de su madre. Y arranca. Ese tubo de escape cada vez está más quemado. Kinki se queda con dos palmos y medio de narices. Es lo que pasa, que cuando un mentiroso dice una verdad, todos los demás se creen que sigue diciendo una mentira. 
VIII
Hale, Fortuna, vamos para casa, antes de que se haga más de noche. Por rutina, me asomo. No hay Simca 1200 a la vista. ¡La calle Rupí es mía! Llamo al timbre. Dos veces. Salvaora tarda un poco. Se abre el portalón. Glup. GLUP. No es ella. Es Pepito quien me abre. Qué hace ahí. Qué hago. “Perdónnn”, digo intentando poner cara de santo, aunque se me debe haber puesto cara de boniato, “me he equivocado de timbre… en qué estaría yo pensando, je, je…”. En mi corta vida me las he visto más gordas. Según tiro para mi casa, donde Fortuna tampoco puede entrar, por supuesto, veo aparcado un flamante R12 verde oscuro. De los de los cuatro faros. Immmpresionante. Adiós pues al Simca 1200. Lo que yo decía, que éste, cada dos por tres, está cambiando de coche.
IX
Es la cuarta vez que llamo. Esto no es normal. Me responde desde el otro lado Fortuna y sus ladridos. Pero ella no me puede abrir. Me pongo nervioso. De un momento a otro aparecerá Pepito y nosotros ya deberíamos estar en el campo de fútbol por lo menos. Efectivamente. Ahí enfila la calle el R12. Aparca en el vado del Chato. Baja Pepito. No me escondo. Voy hacia él. Por favor, por favor, abra deprisa, que he llamado y Salvaora no ha salido. Da igual todo. Da igual que Fortuna, desde dentro, ladre y avise que aquí pasa algo. Puerta abajo. “¡Madre, madre!”. Yo me cuelo. Pero Pepito desde dentro me pide: “¡Chico, avisa en el Ayuntamiento a los municipales, avisa que venga una ambulancia!”. Corro con toda mi alma. Me entra flato, pero no me paro. Cuando ya llego, ya, jadeante, por favor, vayan a la calle Rupí, noto que viene conmigo, con su trote sobrado, la fiel Fortuna. Sí,  la lengua de a metro, viene a mi lado. 
X
En algún momento, con esas nubes,  empezará a llover, digo yo. El portalón se cierra. La planta baja ahora quedará vacía. Desde mi casa, calle abajo, corro hacia el hijo de la Salvaora. Trago saliva. Lo tengo hablado. Con mis padres. Lo tengo negociado. Fortuna se queda. Se queda conmigo. La lleva sujeta de una cadena.  Me acerco. La acaricio. “Es muy buena”, digo abrazándome a su cuello. Pepito asiente. Abre la puerta de atrás del R12. La perra se percata. Dócilmente, y para mi sorpresa, se sube. Pepito saca del bolsillo varios billetes de cien, “los que ella tenía preparados para ti. Con mi agradecimiento”. Me da un escalofrío. Mientras el R12 arranca, con Fortuna asomando la cabeza por la ventanilla y mirándome, se me nubla a mí la vista. Antes de que me dé por llorar, me doy la vuelta y me voy corriendo a jugar, o a lo que sea,  en la placeta.
XX
No sé qué coche tendrá ahora el hijo de la Salvaora. Cada dos por tres lo cambia.

domingo, 10 de enero de 2016

La fábrica de mi pelusilla

I
Aquí es donde pasamos nuestras tardes. Lo descubrí yo.  Por casualidad.  En la vieja Alquería de la Cueva Azul, que está abandonada desde hace años. Yo siempre había querido saber lo que hay detrás de la otra pared, en el cercado. Y me dio por subirme. “A que no hay”, me provocaron. “¿No hay qué?”, les repliqué señalándome salvasean las partes. Me agarré a dos salientes. Me izé a pulso y en menos de veinte segundos estaba yendo y viniendo, burlando al vértigo, viniendo y yendo por el borde del muro. “¡Eoooo, eoooo!”. Hasta que levantando la mano hacia los demás, no miré dónde ponía el pie, me desequilibré y, ¡¡AAAAAYYY!, me vine abajo, hacia el otro lado. Luego, el silencio. “¡Pote! ¡Pote!”, escuché que me llamaba Richard con angustia, “¡Pote, contesta! ¿Estás bien?”. “¡Síiiiiii!”. Nunca había estado mejor. Bajo un desnivel de cinco metros, hundido en una montaña de lana de oveja. Escupiendo pelusilla. Oliendo a borrego. Pero qué runrún para mi estómago. “¡Serás cabrón! ¡Qué susto nos has dado!”. Vuelto el color a nuestros rostros, subimos la pared cien, mil veces. Nos tiramos de todas las maneras. De cara. De culo. Sentados. Haciendo el pino. Con voltereta. Con el grito de Tarzán. Con el de Chita. De uno en uno. De tres en tres. Sé lo que es volar, flotar en el aire. Pensar que puedo remontarme hacia el cielo y las nubes. Sé lo que es caer en un mar de algodoncillo, hundirme y volver a flotar. Reírnos en la cara unos de otros. Eso, desde que empezó Agosto. Las campanas de la Iglesia de Gorroperdido resuenan a lo lejos, dando las nueve. El sol se esconde detrás de las montañas. Es hora de irse. Mañana, por supuesto más y mejor. Nuestras madres, que hablan entre ellas, se preguntan que dónde nos revolcamos,  que traemos fibras hasta en los calzoncillos. Nosotros, por supuesto, nos callamos. Es que si a alguien se le escapara decir de dónde venimos, se nos acaba la fiesta.
II
Oh, ombligo mío: eres la fábrica de mi pelusilla.
III
Aquí es donde pasamos nuestras tardes. “Alláaaaa vooooy”. Plooof sobre la mullida lana. Hoy aún no me habría lanzado ni dos veces al vacío, cuando una voz autoritaria nos ha paralizado: “¡Largo de aquí: este territorio es nuestro!”. Nos hemos callado de golpe. Aquí qué pasa. Hemos levantado la cabeza. En el borde del muro, brazos en jarras, cuatro tíos. Glup. Son del pueblo. Nos hemos cruzado alguna vez. Nosotros somos cuatro también. Nos tiran. Mejor batirnos en retirada. Salimos de la montonera. Nos sacudimos la lana pegada a la camiseta. Toni, Jose Luis y yo. No veo a Richard, y eso que no es pequeño. Empiezo a buscarlo cuando escucho por detrás un grito de guerra: “¡ME CAGÜEN TOO LO QUE SE MENEAAAAAAAA!”.  No sé qué ven los cuatro del pueblo al girarse. No lo sé. Pero el más lento salta el muro, y sale a todo meter. Y los más rápidos ya van cien metros por delante. Corren hacia Gorroperdido. Todo ha pasado muy rápido. Me asomo por encima de la pared. Richard aún blande una estaca de dos metros con las dos manos marcando las venas del cuello y enseñando los dientes. Le tiembla el pulso. Le suda la frente. “Se han ido”, susurra. Le digo con admiración: “Sí… los has acojonado… esos no vuelven”. Traga saliva. Conozco a Richard. Es incapaz de molestar a una mosca. Pesa cien kilos y mide uno noventa, pero es sólo fachada. Si alguno de esos se le hubiera ocurrido plantar cara, habría reculado al instante. “Esta tranca es un arma disuasoria”, le explico, “no tienes intención de utilizarla… pero eso el enemigo no lo sabe y hace que se retire y se lo piense dos veces”.  Luego aún nos hemos seguido tirando arriba, abajo. Eso sí: con menos entusiasmo y empuje. Con un ojo puesto en la montaña lanera y el otro en el camino de la Alquería, no fuera que aquellos aparecieran con refuerzos y ganas de gresca.
IV
Aquí es donde pasamos nuestras noches. Hasta que cierran el Bar a las doce. De cara a la maquinita de marcianitos, que alineados bajan, pom-pom-pom, inalterables al rayo láser que los parte y los fríe. No se me da muy bien a mí este juego. Me cunden poco los cinco duros de mi presupuesto. En tres minutos esas naves con patas han bajado toda la pantalla y arggggg, han acabado conmigo. De la rabia, golpeo la máquina con la base del puño, tanto que el camarero me dice que si me vuelve a ver hacer eso, no me deja entrar más en la vida. Richard, en cambio, tiene un pulso mágico. Aprieta el botón rojo y se carga todo lo que tiene delante. Si se pone a jugar él, ya nos podemos ir a dormir, porque nadie más tiene opción de ir detrás suyo. A no ser que… aparezca Sofie. Entonces sí, sus manos sudan, y sus ojos no están en la pantalla. El gigantón se levanta de la banqueta, se aflauta su voz y sale a su encuentro. A mí se me llevan los demonios. Con lo inteligente que es ella, qué le habrá visto. Yo le grito telepáticamente: “Sofie, que ése es sólo fachada. Que le pinchas con una aguja y pfffffff…. se deshincha como un globo”. Y ella le descubre: “Pequeñín… tienes pelusilla en el pelo… ¿dónde te has arrimado?”. Con delicadeza, se la quita. Él sonríe: “ya te lo diré”. Yo contengo la respiración. Y lo fulmino. Que no se le ocurra. Que el sitio de la Alquería lo descubrí yo y es propiedad mía.
V
Esta tarde está nubladillo. He salido de casa mientras hacían otro capítulo del Coche Fardástico en la tele. He ido a buscar a Richard,  pero su madre me ha dicho que ya había salido. Mmmmm. A estas horas. Sin decírmelo. Me lo he olido. A paso ligero, he llegado hasta la Alquería de la Cueva Azul. Ni un alma alrededor. Nadie. Aquí no parece que estén. Chicharras cantan anunciando la lluvia. Las hojas se mueven en los chopos del camino. Cuando ya me volvía, he escuchado sus voces. Detrás de la pared, donde la lana. Voces mimosas. “Tonto…”, le dice Sofie. Me acerco con sigilo. Con tiento. “…guapa”, le contesta él con voz de atortolado. Me puede la ira. No porque estén diciéndose dulzuras, que también. Es porque él le ha revelado nuestro lugar secreto. Se me enciende la sangre. Él medirá casi dos metros y pesará cien kilos. Pero no es nadie. Es fachada. Yo, pequeñajo con nervio, le puedo meter perfectamente una buena tunda. Y más si no se la espera. Se la merece. Me agarro a los dos salientes. Subo. Como un gato. Sin hacer ruido. Cierro los ojos. A la una, les voy a dar el susto de su vida, a las dos, se van a enterar, a las tres…. Grito a todo pulmón: “¡¡ME CAGÜEN TOO LO QUE SE MENEA!!!!!”.
VI
Sí les di el susto de su vida, sí. Y morrocotudo. Joder, quién iba a adivinar que por la mañana habían vaciado la montaña de lana y había quedado el suelo barrido. Joder. Quién. Han venido a verme al hospital. Richard y Sofie. Disimulan. Pero lo veo en sus caras. Cierro fuertemente los ojos para mitigar el dolor de mis piernas rotas. Los vuelvo a abrir. Se cogen de la mano. Agradezco mucho su visita. Cuando muere la tarde, ya de Septiembre, y se van a ir, los llamo. “Sofie, Richard…”. “¿Sí?”. Me desabrocho el botón del pijama. Pensarán que estoy loco. A lo mejor un poco sí. Les señalo el ombligo. Y les digo: “Mirad: la fábrica de mi pelusilla”.


domingo, 13 de diciembre de 2015

Mi regalo

I
“No sé lo que quiero”, concluyo con desesperanza. Patro, la de la papelería, me deja de lado un momento para atender a ese señor que acaba de entrar. Quedan en el mostrador las agendas de colores, “la vida es maravillosa”, para que las contemple, para ver si me termino de decidir. No me convencen. Esa alegría desbordante, Laura me ha invitado a su cumple, está empezando a convertirse en angustia. No voy a encontrar nada que le guste. Horror. Voy a quedar peor que mal con ella. Miro alrededor de las estanterias abarrotadas. Entre tantas cosas ahí expuestas tiene que haber algo, algo que me llame. Patro ha abierto la cristalera de las plumas Mont Blanc. El caballero coge una y la mira con detalle, no sea que tenga alguna tara. Tiene que estar perfecta. “…son de la nueva colección”, apostilla ella, tendiéndole un papel para que la pruebe. “Mmmm…. Pesa, tiene cuerpo, y su línea es perfecta”. Ya puede ser perfecta, ya, con lo que tiene que valer, pienso yo. Busca en el bolsillo de la chaqueta. Saca la cartera. Un billete de mil nuevo. Uauuhh, qué verde. “¿Se la envuelvo, señor Hernández?”. “No, no, me la llevo puesta”. Clinc. Clinc. Caja registradora. El cambio, unos duros. Sopeso mi cartera que no va tan llena. Tiene que ser la repera entrar en un comercio y comprar sin mirar la etiqueta del precio. Tiene que ser. Patro le sonríe de oreja a oreja. Casi una reverencia. Vuelve el silencio a la tienda. Vuelve el olor a papel nuevo. Regresa Patro al mostrador donde la espero. Llevo ahí casi una hora. Y ella, con toda su paciencia, casi me ha destripado todo su género. Me rasco la cabeza. Respiro hondo. “Mejor me lo pienso un poco y vengo mañana… aún tengo tiempo”. “Buena decisión, chico”. A mí también me dedica otra sonrisa. Cuando salgo a la calle oscura y fría pienso que repartir sonrisas sin medir el bolsillo del cliente es la clave del éxito de la Librería-Papelería Patrol.
II
Ya es “mañana”. Y yo estoy de nuevo en Patrol. “Debe haber un equilibrio entre el placer de regalar y el de recibir un regalo”, me dice Patro. Eso mismo pienso yo. Arriba, se alinean las mochilas de Micky y las de muñequitos. Con una escalera, se las hago bajar todas.  Pero, abajo, en el rincón, acabo de descubrir una enorme bola del mundo. Dónde tenía los ojos yo ayer que no la vi. Allá que voy. Allá que me pongo a mirar lo lejos que están de Mediavilla los sitios míticos que se me ocurren. Allá que me imagino que la tierra es de ese tamaño en verdad, y yo soy un gigante que la contempla, que le puede dar vueltas, marearla, hacer que los días duren segundos o parar el tiempo frenándola en seco. Vuelan los minutos entre océanos Pacífico, Índico y Atlántico. Desfilan detrás de mí los clientes de Patrol. La de los rotring. El de los DINA4. El de la goma de nata. “¿Qué, chico? ¿Te gusta?”. Uauhh. Vaya que sí. Pero esto no sería un regalo para Laura. Sería un regalazo para mí.
III
Lo peor que he podido hacer es preguntar. “¿Y vosotros qué le vais a regalar a Laura?”. Jorge porque se apunta a lo que yo compre, “y vamos a medias”. Qué morro. De eso nada. Es “mi” regalo. Boro porque quiere regalarle una gorra “simpática”. Y Pedro, qué peligro, también quiere ir a la papelería Patrol a ver qué encuentra. Y eso que vive en la otra punta de Mediavilla. He salido de casa con un objetivo. Regalo de Laura. He cogido doscientas pelas. El doble del presupuesto inicial. El doble, es decir: todo mi capital. Por ella no me importa. He pensado que, si ya he estado dos veces en la Patrol y no he encontrado nada, por qué no mirar en La Esfera. A lo mejor suena la flauta. A lo mejor allí tienen cosas mejores, diferentes. Hacia allí me he encaminado. Cruzando la vía por el paso a nivel. Según me acercaba, lo he pensado mejor. Uno tiene principios. Si confío en Patro, confío. Lo que no encuentre allí, no lo encuentro en ninguna otra parte. Cómo se me han podido cruzar así los cables. Al abrir la puerta acristalada de la papelería, hay parroquia de bote en bote. Cartulina azul en ristre, ha exclamado al verme: “Chico, qué cara más roja tienes”. Tiene rayos X esta mujer. Casi me lo nota. “Es que he venido corriendo”, le he dicho. Lo siguiente ha sido preguntar que quién es el último. Para ponerme en la cola.
IV
El expositor de libros. “La colección Meridian es fantástica”, ha asegurado Patro. Doy vueltas, y vueltas. Yo sí me llevaría alguno, sí. Pero es que no sé… Laura los debe tener. Laura tiene de todo. Giro alrededor de su eje y miro los libros expuestos. En esas entra el del otro día, el del Mont Blanc. A lo mejor viene a devolverlo. Hago como que sigo mirando los títulos, pero no pierdo ojo de la escena. Señala en la vitrina. Es que se quedó prendado del Waterman, explica. “Buen ojo tiene, señor Hernández… un Waterman es para toda la vida”. Patro abre. Se lo muestra. Lo empuña. Lo mira. Escribe. Éxtasis. “Escribe solo. Es realmente magnífico”. Desde mi escondite intervengo. No me puedo quedar callado. “¿De verdad escribe solo?”. El hombre me mira. “Los bolígrafos y las plumas esconden sus propias historias… nunca escriben lo que quiere la mano que los empuña… hay que tener la suerte de encontrar el adecuado”. Mmmm. “Pues… llévese ese Inoxcrom… me da que toda su tinta es un puro drama”. Patro me mira con cara de póker. “Je, je, qué ocurrencia tiene el niño”. Clinc. Clinc. Cinco duros y le sobran pesetas. “El Waterman, si eso, me lo llevaré la semana que viene”. La misma sonrisa de Patro, “cuando usted quiera, señor Hernández”. Creo que el expositor tiene que ser infinito. Pero no. Después de la cuarta cara, vuelve a aparecer la primera. Estoy por escoger “Un capitán de quince años”, de Julio Verne. Si hubiera sido “Un capitán de doce”, vamos, ni me lo hubiera pensado.
V
Estoy en la situación que no hubiera querido por nada del mundo. No tengo ya margen. Voy a la desesperada. En casa, bronca. “Pero… ¿cómo que aún no le has comprado nada a Laura?”. Me he encogido de hombros. Soy un mago dejándolo todo para el último momento. Patro me ve entrar con su infinita paciencia. Cerraré los ojos, daré cuatro vueltas, me pararé y señalaré un punto diciendo: “me llevo eso”. Y eso, con todo mi cariño, será mi regalo para Laura.
(...)
X
Empujo la puerta de la Papelería Patrol con el hombro. Como siempre, vengas a la hora que vengas, aquí hay gente. “¡Chico!”, se alegra de verme, “¿Le gustó tu regalo a Laura?”. Mmm. La verdad es que no le hizo ni alto ni bajo. Yo había pensado que, por fin, tenía ante mí una gran idea… Qué privilegio tuvo aquel que pudo poner nombre a las cosas al principio de todo. “A esto lo llamaremos una piedra. A  esto, cielo. Y a eso, agua”. Y así con todo. El mismo privilegio quería yo que tuviera Laura con aquel Dimo etiquetador. Esto, cama. Esto, silla. Esto, carpeta que pone “LAURA”. Mientras se probaba como loca aquella gorra “simpática”, me dijo simplemente: “gracias”. Ufff. Cuando se lo cuento a Patro, me dice tratando de animarme: “Los regalos tienen dos caminos… uno, es acabar siendo trastos… otro, convertirse en recuerdos entrañables”. Me resigno. Lo mío será un trasto. Mientras, le digo que vengo a por un inoxcrom tinta roja. Uno que guarde una historia fuerte como la sangre, pienso. Me doy cuenta de que el Globo terráqueo ya no está. “Patro… ¿y la bola del mundo? ¿la has vendido?”. Levanta el dedo índice. “¡Huy te has dado cuenta! ¡Es verdad!”. Va para dentro, para la trastienda. “¡Esa bola ya tiene dueño!”, afirma desde dentro, desde donde anda a saltos. Al salir viene cargada con una enorme caja envuelta en papel de regalo. “…y espero”, me dice mientras me la tiende y me deja más que mudo, “…espero que para él siga el segundo camino, y se convierta en… un recuerdo entrañable”.


lunes, 23 de noviembre de 2015

El papel del padrino

I
Este año voy yo solo a ver a mi padrino. Conste que yo no quería. Para qué. Nunca me aciertan los Reyes allí. Ha sido mi padre el que ha insistido. Y encima él no me acompaña. He esperado bajo la marquesina donde paran los Autobuses Urbanos. Agudizo la vista. El primero no es. El segundo tampoco. En cuanto he distinguido que el tercero sí, que era el 81, el que hace las Grandes Vías, he levantado la mano, como un torero, y cuando ha parado frente a mí, me he subido. Con las monedas justas. Tres duros. El conductor me ha dado un ticket rosa y yo, agarrándome al pasamanos, he tirado hacia dentro. Qué sofoco. La bufanda me da cuatro vueltas al cuello. Cosas de mi madre.  La ha apretado bien, “para que no cojas frío”. Yo les había dicho que sé ir. Que me acordaba de las otras veces. Pero ahora que no tengo quien me guíe, me asomo, y las calles de Mardebé me parecen muy distintas a lo que yo recordaba. Pego la cabeza al cristal, dándome pequeños coscorrones. La Navidad se agota. Los ábetos pierden pelo a la carrera en las entradas de los Grandes Almacenes. Estoy llegando. Creo que nos estamos acercando a la parada. He estirado la mano y he apretado el botón “SOLICITAR PARADA” cuatro veces. DING-DING-DING-DING. Me entra mucho nervio al pensar que el chófer no me va a oír  y que va a pasar de largo. El bus se escora, se arrima a la acera, y entre traqueteos abre su doble puerta. De un brinco, voy fuera. Estoy a salvo. Lanzando una nube de humo negro, el 81, sigue su ruta. Miro alrededor. Da susto. No parece que viene nadie, pero es poner un pie bajo la acera, y salen cien coches zumbando. Me sitúo. Me oriento. Calle de la Lumbre. Es por allí.
II
Ya casi me iba cuando he escuchado un: “¿Quiénnn?”. Qué vocecilla me ha salido para decir al interfono: “Que soy Isma”. Voz aguda de tímido, voz de “perdonen que les moleste”. Segundo piso. Puerta seis. Me abre ella. La mujer de mi padrino, que no sé cómo se llama. Qué recibimiento. “¡ISMAAAA, qué mayor, cómo has crecido, chico!”. Dos besos en la mejilla. De los que dejan el oído pitando. A la entrada, un gran Belén con sus luces encendidas. Me quedo embelesado mirando los detalles y las figuritas. Me encanta el río con agua de verdad. Me gusta mojarme ahí los dedos. Y secarme después con la manga del abrigo. Me empuja hacia dentro, hacia el despacho. “Siéntate, Jerónimo vendrá enseguida…¡Jeroooo, mira quién está aquíiii!”. Los pies cuelgan: no me llegan al suelo. Siempre miro hacia la orla, no hacia la pared revestida de libros y enciclopedias. Universidad de Mardebé. Facultad de Economía. Arriba a la derecha, con la B de Bonet, mi padre cuando aún tenía pelo. Abajo, en la última, con la Y de Yagüe, su amigo Jerónimo. Mi padrino. “¿Quieres tomar algo?”. Esta señora no me da tregua. Aparece con una bandeja. Naranjada y empanadillas de chocolate. Están de miedo. Cojo una. “¿Cuántos años tienes ahora?”. Me atraganto. Con la boca llena me sale un: “Dozzzzeeee”. Se me va el gas por la nariz. Qué mal trago. Ahí es cuando aparece Jerónimo. Un junco. Un palo de escoba con nuez. Con su bata cruzada. Sus zapatillas de ir por casa. Parco en palabras. Se sienta. Frente a frente. De qué hablan una persona mayor y un chaval que apenas se conocen. De casi nada. “Qué tal el cole”. “Qué curso estás haciendo”. No puedo resistirme. Cae otra empanadilla. “Cómo están tus padres”. Mastico deprisa para responder. “Bazzztante bien. Te envían recuerdozzz”. Ella aparece con un regalo envuelto. Lo abro. Un libro. Un capitán de quince años. De Julio Verne. Joyas Literarias Juveniles. No digo que lo tengo. Aquí se deshace el misterio. Aún esperaba que los Reyes supieran que necesito un coche nuevo de escalextric. Doy las gracias. Me levanto y me disculpo: “…tengo que irme, aún hemos de pasarnos por casa de los abuelos”. Me acompañan a la puerta. Pongo el dedo de nuevo en el agua verdadera del río del Belén. Me repiten los cumplidos. No hago larga la despedida. Bajo de dos en dos, con el libro bajo el brazo. Cae el día. Ahora sí que atenaza el frío en la parada del 81. Menudo viento sopla congelando mi nariz. Sí. Tengo una buena bufanda. Lo que pasa es que, por vueltas que le dé, nunca me quedará tal y como me la había puesto mi madre.
III
Lo peor del día de Reyes es su noche. Mañana ya hay colegio. Me acuesto temprano. Me tapo bien con la manta. Mis hermanos aún revolotean por ahí. Con los juguetes de sus padrinos. Mola el robot, mola el billar, la verdad. Mi libro repe descansa en el escritorio. Escucho un reproche. Es mi madre que, con voz muy agria,  le echa en cara a mi padre: “¿Ves lo que pasa, Bonet? Por ti y tus cabezonerías, el pobrecillo Isma, a la hora de la verdad, no tiene padrino”.
(…….)
XXXI
De repente, Mardebé. Trescientos cincuenta kilómetros durmiendo. Ufff, mi espalda. Ufff, qué bostezos se me escapan. Le doy codazo a Lucas, “ehhhh… que ya hemos llegado”. Se revuelve hacia la ventanilla. “… déjame, yo quiero dormir más”. Busco la bolsa en el altillo. El chófer está abriendo el maletero y está empezando a repartir equipajes. Nos quedamos los últimos. Anoche estuvo muy bien. La última antes de vacaciones. Nos reímos un montón. Nos pasamos un poco con las cervezas. Y de ahí, arrastrando las maletas por la estación, al autobús que salía a las seis. Lucas entreabre los ojos y me anuncia: “¡Mira!: tus hermanos están ahí bajo,  han venido a recibirnos”. Qué raro. Ellos aquí. Se me congela la sonrisa cuando les noto el semblante demudado. Me abro paso. Algo pasa. No son capaces de articular una palabra. Se me abrazan. Me vengo abajo. Por favor, por favor, sea lo que sea,  que esto no me esté pasando.
(…..)
XLI
Cómo ha cambiado la línea 81. Ahora paso el bono de 10 y la maquinita imprime una fecha. Voy hacia delante. El autobús está a reventar. Por detrás empujan. Aún cabremos unos cuantos más. Pienso en lo que voy a decir cuando llegue a la calle de la Lumbre. Intento ordenar mi cabeza. Le hablaré claro. No pienso dejar… él no tiene por qué… Uffff casi se me olvida apretar al botón de “SOLICITAR PARADA”. Ya estamos aquí. Bajamos unos cuantos. Me lanzo al ruedo, es decir a la calle, esquivando los coches que vienen. Cuando llamo al timbre del telefonillo, es él quien pregunta: “¿Quién?”. “Soy Isma”. Menudo vozarrón de tenor que se me ha quedado. Subo de dos en dos los escalones. Treinta y ocho. Me recibe en la entrada. Jerónimo, mi padrino, sigue siendo un palo de escoba con nuez.  Qué sensación más extraña no encontrar un Belén en el recibidor ni tener agua con la que mojarme los dedos. Es que estamos en Septiembre. En el espejo veo el reflejo de mi corbata negra. Me estrecha fuertemente la mano. Me hace pasar hacia el despacho Yo clavo la mirada hacia la pared repleta de libros. Si miro hacia la otra pared, donde cuelga la orla, me entrará invitablemente un nudo en la garganta que podrá conmigo. Ahí me trabo. “No tienes por qué… tu papel de padrino no te obliga a nada”, empiezo diciéndole, “…ya he decidido dejar de estudiar… voy a buscarme algo, lo que sea… “. Suspira. “Cuántos años tienes ahora, Isma”. “Diecinueve”. Él resuelve: “…tema zanjado… mientras aproveches… estudia… y no te preocupes por otra cosa”. Por el silencio que viene a continuación parece que estoy muy entero. Pero la memoria que va por libre me trae la voz de mi madre: “por ti y tus cabezonerías, a la hora de la verdad, el pobrecillo Isma no tiene padrino”. Eso me remata. Inconsolable, acabo ahogándome en un mar de lágrimas.
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LXI
Me hubiera sabido fatal. Al final ha aparecido. Con la ceremonia empezada. Se ha colocado discretamente en un banco de la penúltima fila. A mi mujer le he dicho, “ahora vengo”. Y me he ido directo a por él. El crío llora. Y su llanto resuena en el templo. Es normal. Es lo suyo. No ha querido el biberón cuando tocaba y ahora tiene hambre. Abrazo a Jerónimo. Y lo atraigo hacia delante, ”ven con nosotros”. Se resiste levemente. El sacerdote prosigue entonces la celebración del bautizo. Qué raro se me hace ver a Lucas ahí, con chaqueta. Porque me empeñé, que si no… Menudo enfrentamiento tuve con Sonia. “Lucas… no es de la familia… cualquier día desaparece… a ver si te crees que con él el peque va a tener la misma suerte que tú con tu padrino…”. Yo, a Lucas, lo tengo aleccionado: “¡Coche de escalextric!, ¿lo tienes claro, padrino roñoso?”.  Y en caso de que le caiga un libro repetido, que no padezca por eso mi hijo… que aquí está su padre por mucho, mucho tiempo para que nunca, nunca le falte de nada.