I
La verdad es que tienen muchas. Amontonan las
bolsas, mochilas y carteras en la pared del escaparate. DEPORTES RIESGO. Las
hay de marca-marca y de marca-no-tan-marca. Orlando se queda mirándolas tras el
cristal con carita de lástima. Y más desde que la cremallera de su vieja
mochila heredada de su hermano Wilfredo, dijera que ya no cerraba más, y dejara
al descubierto sus libros y libretas según pasaba el tirador por los dientes. Con
cuál se quedaría. Con cuál. Le encanta esa blanca. La señala para sí. Blanca
nuclear. No es un color muy apropiado para una bolsa que tiene que dar tumbos
por el suelo, pero… es que es tan chula… Está colgada en lugar preferente. Va a
ser que no, pero de hoy no pasa. Entra. Espera a que le hagan caso. Espera
mucho, porque Orlando es invisible a ojos de la dependienta. Cuando la vendedora
fracasa en su empeño de vender un chándal fosforito, repara en él. Es su turno.
Se interesa por la bolsa blanca. “Tienes buen gusto, chaval”. Quisiera verla.
Parece que a la de la tienda no le va a venir bien alborotar el orden y
simetría de la exposición, pero bueno. Abre la vitrina, la coge con un dedo y
se la muestra. “Jopeta… ¡no pesa nada!”. “Es que has ido a mirar la mejor de
todas… está hecha con nylon de la Nasa… ligero como el aire… ignífuga… impermeable
al agua y a los disolventes… resistente como el acero”. Orlando se queda
boquiabierto. Y luego están los bolsillos. Estratégicos. Ya imagina cómo
quedará. Aquí el bocata. Aquí el estuche. Aquí la ropa de deporte. Es… es fantástica. Luego le da la vuelta a la
etiqueta. Y mira el precio. “¿Vale eso?”. “Te puedo hacer un cinco por cien”.
Orlando suspira. Da las gracias. Carga pesadamente con su mochila viejuna. Ya
sabe lo que le van a decir en casa. “…con ese precio, ni que tuviera una banda
de música dentro”.
II
Los Viernes, después del cole, a merendar a casa
la abuela. Pan y chocolate redondo. La abuela Emma lo recibe sentada en su
mecedora. Se balancea. “Tete, tienes la mochila, que cualquier día se te
escurren los números y las letras por debajo”. Orlando baja la cabeza y encoge
el hombro. “Ya…”. Luego le cuenta. Que ha visto una en la tienda de Deportes.
Pero que es muy cara. “Cara, ¿cuánto es?”, le pregunta la mujer. Orlando se lo
dice al oído derecho que es el que oye, no al izquierdo. La abuela pone sus
ojos en la estratosfera. “Sí, que es cara, sí”. Orlando va, viene, trajina por
la casa. Mira, remira fotos antiguas. Su abuela cosía. Y él ha visto un par de
bolsas en la casa que están hechas por ella. Y ahí siguen. Mmm… “Oye… ¿por qué
no me haces tú una nueva?”. A ella le entra la risa. Huuuyyyyy. A estas
alturas. Qué has dicho. Orlando antes de callar, añade: “podrías intentarlo”.
La abuela se pone seria de repente y se incorpora pesadamente. “No te prometo
nada, tete. Haré lo que pueda”. Lo que viene a continuación es un beso en la
mejilla, un beso con miga y chocolate.
III
Bronca en casa. A Orlando. “¿Tú por qué le dices
nada a la abuela?”. Silencio como
respuesta. “¡Menuda película tiene montada ella ahora! ¡Si tienes rota la bolsa
es por tu culpa, porque la llevas a arrastrones!”. Más silencio. Sentencia: “No
tienes remedio, Orlando”. Fin de la bronca. Por ahora.
IV
Esquivando el tráfico, que mira que hay coches y
coches. Cruzando por donde no hay pasos de cebra. Pasito a pasito. Pues sí que
estaba lejos esto. Así ha llegado Emma hasta el escaparate. DEPORTES RIESGO. Se
ha puesto las gafas de ver de lejos. Ha mirado con detalle la bolsa blanca. Porque
no tiene duda que es ésa. Después de varios minutos, se ha dado la vuelta, “Puaf,
eso se hace por la gorra”. Y ha vuelto despacio a casa, otra vez esquivando los
dichosos coches y cruzando por donde no hay pasos de cebra.
V
Sola en lo que fue su sala de costura. “Mira que
he cosido yo en esta vida…”. Subiéndose a un taburete en peligroso equilibrio.
Buscando retales. Cuidando que no le caigan esas cajas encima. Eso le falta a
su cabeza. Quien tuvo retuvo. Emma respira con fatiga. Escoge con cuidado. Ahí está.
Sabía que tenía, sabía que le quedaba algo. Sonríe. De ahí tiene que salir la
bolsa del chico.
VI
Acercando aún más el flexo. Dónde se fue su vista.
Encorvándose sobre la mesa. Empuñando las tijeras. Dónde se fue su pulso. Intentando
cortar el tejido de lona. Ras-ras. Dónde se fue su fuerza. Desesperándose por
momentos. Con lo tranquila que estaba ella, dónde se ha metido.
VII
Se pone nerviosa. “¡Anda, quita, quita, déjame a
mí!”. Él protesta. “¡Abuela…!”. Ella aclara. No es porque piense que coser sea
una cosa de chicas, ella será antigua pero no es de ésas. Es porque
manifiestamente, su nieto es torpe-torpe, y a poco que lo deje en acción, con
esas tijeras en su mano, Orlando El Peligroso corta la lona, corta su forro y puestos
a cortar, se corta hasta los dedos.
VIII
La Singer ha dicho “no, no y no”. No repunta. Y no
tiene solución. Antes de enviarlo todo a la porra, se levanta. Se dirige
despacio hacia la mecedora. Se deja caer. Cuenta hasta diez. “Piensa, Emma,
piensa”. Sí piensa, sí. Pero lo único que se le ocurre es una bajeza, un
inviable, un imposible. Y ella, a estas alturas, ya no está por eso.
IX
Emma empuja la puerta medio atrancada de la Mercería.
La reciben con un gesto primero de sorpresa, luego serio. Segundos de silencio
tenso. “No te has muerto”, le dice la señora de la tienda. “…a ti no te falta
mucho para eso”, le replica ella. Ya se palpa en el ambiente. Se odian. “Qué se
te ha perdido”. “No he venido por mí. He venido por mi nieto”. Descarga las
piezas hilvanadas de la bolsa. La de la mercería mira el material distante. No
cruza una palabra. Se mete en la trastienda. Se escucha la máquina de coser
zumbando. Emma mientras, ni pestañea. Pasan unos minutos. Eternos. Sale. Todo
repuntado. Todo remachado. Cremallera cosida. “Si fuera para ti, no te lo
habría hecho”, exclama. Emma lo revisa: “…para haberlo cosido tú, no está mal
del todo… qué te debo”. La modista le responde sonriendo: “…la rabia que te da
haber venido a pedirme este favor ya paga todo esto”. Emma ha abierto su
monedero. Sobre el mostrador, deja caer un billete de quinientas. “…de mi rabia
no se come, del trabajo sí”. Sin despedirse, sale fuera. Suerte que fuera hace
aire. Ahí dentro de esa mercería ya le faltaba.
X
Encima de la cama, un paquete. Orlando pregunta.
Esto qué es. Empieza a abrirlo. Con cuidado de no rasgar el papel de Deportes
Riesgo de Mediavilla. Blanco. Blanco y en botella. Esto por qué es. No es su
cumple. No es ninguna fecha señalada. Es… UAUUUHHHHH. Qué pasada. Es la
supermegabolsa blanca nuclear. BIEN, BIEN, BIEN. La levanta con un dedo.
¡Gracias, gracias! Su madre sonríe satisfecha. “con lo que vale, ahora que te
dure”, le advierte. El trasvase de bártulos lo hace en un santiamén. Aquí los
libros, aquí la ropa de la gimnasia, aquí el bocata. Y sobra sitio. Qué cosa
más cómoda. Hoy sale eufórico hacia el cole. Imparable. Cualquier peso, aunque
sea el de una banda de música, es liviano si se lleva con esta bolsa
astronáutica.
XI
Literalmente, Orlando, no se la quita de encima.
Ni en el pupitre. Ni en el patio. Es que sirve para calentarse las piernas del
frío. Es que sirve para escribir encima como escritorio. Es que sirve como
bandeja si hace falta. Es que sirve para sentarse. Es que sirve para tocar el
tambor (…) Los mil y un usos de su
mochila mágica.
XII
Y encima es Viernes. A casa de la abuela Emma. A
por el pan con el chocolate redondo. Qué extraño. Por qué le abre Wilfredo. Qué
hace ahí su hermano mayor si casi nunca va. “¿Y la abuela?”. “No pasa nada. No te preocupes”. “Pero, ¿y la
abuela?”. “Está bien. Se la llevaron
esta tarde. No pasa nada. No pasa nada”. Wilfredo repite tanto ese “no pasa
nada”, que automáticamente a Orlando se le encienden las alarmas. Sí pasa. Y está
pasando todo. “…por cierto, ha dejado algo para ti en el cuarto de costuras”. Con
los ojos chispeantes, corre hacia dentro. Abre de par en par. Todo en orden. La
máquina de coser. Sus telas. Sus cestas. El olor de naftalina. Se queda quieto
parado. La piel se eriza. De repente, la mochila de marca-marca pesa. Es
incómoda. Y da repelús. Qué cosas. Dos mudanzas en un mismo día. Ya ha cogido
práctica. Sale reforzado. Ésa sí que sí. Wilfredo espera en la puerta. “Vámonos
a casa”, le indica. “No, vamos donde esté la abuela”. Mientras cierran la puerta,
mordisco va, mordisco viene al pan con chocolate. “Que nos vamos a casa”. “Que
no, que nos vamos donde esté la abuela”. “A casa”.
“…donde esté la abuela”. “Qué pesado. A casa”. “… pesado tú, donde esté la abuela”.
“A casa, casa, casa”. “Donde esté la
abuela, donde esté…
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