martes, 17 de agosto de 2010

UN AMIGUITO EJEMPLAR

I
A veces me pregunto por qué no podría parecerse Toni un poquito a su amigo Guille. Vaya gloria de chiquillo. Seriecito. Responsable. Aplicado. Estudioso. Seguro que nadie le tiene que decir lo que ha de hacer. Igual que nuestro Toni, que nos lleva día sí y día también por la calle de la amargura. Que lo mismo le da que le da lo mismo. Que siempre va a la suya. Los demás, que se apañen. Y ni a buenas, ni a malas, atiende a razones. No entiende que él también tiene obligaciones. Siempre exigiendo, siempre protestando porque siempre tiene poco. Como si a nosotros nos lloviese el dinero del cielo. Lo que más me duele es que le sobra inteligencia para lo que se proponga, PERO AL TÍO NO LE DA LA GANA. Hasta su padre y yo, sin casi poder, le buscamos un profesor particular, que luego nos vino a la semana y media para despedirse y ponernos la cara colorada, “señora, me sabe mal, pero están ustedes tirando el dinero pagándome estas clases…”. Y considerando que aún estamos a tiempo, porque queda curso por delante, he esperado a que Toni estuviera de buenas, y le he sugerido, también a buenas, que por qué no habla con Guille y le pide que venga una tarde a casa. O un Viernes para quedarse a dormir. Y que jueguen. Y que salgan a dar una vuelta. Que por aquí cerca hay sitios chulos. Y bueno, que estudien un rato Mates. Que es lo que peor lleva. Que el examen está cerca. Que repasen un poco juntos, vaya. Al principio, Toni me ha mirado como si me perdonara la vida. “Mmmm... bien, vale, pero también se lo diré a Julián y a Quique”, me ha dicho. Ostras, no entraba esto en mis previsiones. “O eso, o nada”. Ahí me ha levantado la voz. A veces me pregunto por qué habrá sacado este chaval nuestro genio corregido y aumentado. Podría haber heredado otras cualidades nuestras. Que también las tenemos.

II
Mis oraciones han sido escuchadas, porque a Julián y a Quique no les ha debido “molar el rollo”, y no han venido. Sólo se ha presentado el bueno de Guille. Lo he recibido con dos besos en las mejillas y me da que hasta se ha puesto rojo como un tomate. Con su uniforme impecable, la mochila del cole y una bolsa de viaje con ropa. Parece que venga para una semana. Y sólo es esta noche. Les había preparado la merienda. Han guarreado, han llenado el sofá de migas, con la rabia que eso nos da, y han dejado los bocatas prácticamente enteros. “Mamá, que Guille quiere probar la moto”. Me he quedado muda. “Pero…”. Quedamos en que la moto no se toca. Hasta nueva orden. “Una vuelta sólo”, ha pedido Guille. Me dirijo a Toni, con voz baja y prudente, “a tu padre no le va a hacer ninguna gracia”. “…una vueltecita corta…”. Yo sabía que cuando llegó la moto, no vino sola, se trajo consigo un montón de conflictos. Me quedo asomada en el balcón. Por lo menos llevan el casco puesto en la cabeza, no en el codo. Salen del garaje despacio. Luego los pierdo de vista. Dios mío, que no les pase nada.

III
Mi angustia ha ido subiendo de revoluciones hasta que los chavales han vuelto. Se han pasado cuatro pueblos con su “vueltecita corta”. Porque casi es hora de cenar. Y si les hubiera pasado algo, qué le digo yo a su madre, qué. Y los libros ahí sin abrir. Por suerte han llegado dos minutos antes que Antonio, porque si no, me habría montado un lío gordo, muy gordo. Hale, enseguida, a cenar. Ahora resulta que los niños no tenían mucha hambre, “…habían tomado algo por ahí…”. Yo no me imaginaba lo delicado que era este Guille para comer. No está escrito. Tanto trabajo, tanto guiso con este pollo “Ben Karrich” cuya receta me pasaron de internet, y el único que ha hecho aprecio es Antonio, que se ha puesto las botas. Toni y Guille ni casi probarlo. Esta mesa parecía la del día de Navidad, con la vajilla de porcelana, que tenía yo el gusto de poner, y la cristalería nueva. Total, para nada. Ni el menor aprecio por parte de nuestro invitado. Y no dirás que el nene se ha movido para recoger un plato de la mesa. Ni un tenedor. A mantel puesto, el rico.

IV
Ellos han ido de cabeza a la habitación. Después de fregar, me he sentado derrotada al lado de Antonio en el sofá, que estaba haciendo zapping. A los chicos les he sugerido que repasaran Mates ahora, que era temprano. Pero como si oyes llover y no te mojas, igual. Iría Antonio por el tercer ronquido, cuando súbitamente ha sonado a toda pastilla la música esa rara que tiene Toni. Tan alta, que el pobre Antonio casi agrieta la talla del techo con la cabeza, del salto que ha dado. Él y yo, nos hemos mirado cargados de paciencia. Yo entonces me he levantado contemporizadora para sugerirles que, dadas las horas que van siendo, tenían el volumen un poco alto, y que sería conveniente moderarlo para no molestar a los vecinos. “¡…que se jodan…!”, ha soltado Toni, entre la risita de Guille.

V
A eso de las tres de la mañana, me he dicho, “ya es bastante, voy a acostarme”. Pero en el cuarto de Toni aún había luz. Como hacía tiempo que no se les oía ni hablar ni nada, me he asomado, con la excusa de ofrecerles un chocolate caliente o un café. Ahí estaban con los ojos vidriosos, pegados a la pantalla, con el videojuego, concentrados. Por la cara que traían, y por cómo me ha contestado Toni, iba ganando Guille. Les he dado las buenas noches y no me consta que hayan pestañeado siquiera. Los libros, dentro de sus carteras, reposando, claro.

VI
Cuando me he levantado, a las ocho y media pasadas, yo creo que éstos acabarían de dormirse. A Antonio le he dicho que ni se le ocurriera hacer ruido. Las nueve. Las diez. He calculado que lo menos a la una darían señales de vida. En ésas estaba yo, guardando la porcelana nueva en la vitrina, cuando desde detrás me han soltado un ronco, “¡buenos días!” que parecía un “¡manos arriba!”. Ostras, qué susto me ha dado el tío, casi se me van los platos llanos al suelo. Esto no se hace, Guille, esto no se hace. Despeinado, legañoso, en camiseta, slips CK y calcetines. “Qué, ¿hasta qué hora habéis estado ahí dándole que te pego…?”. Me ha hecho un gesto de, “no sé”. Ha preguntado por el camino a la ducha. Le he dejado una toalla limpia. Y he dejado caer, al final, qué, ahora a desayunar y después a repasar un rato las mates. “Es que me esperan en casa”. Me he quedado de piedra. “A mí es que me gusta estudiar solo”. Si me pinchan no me sacan sangre, pero me he rehecho bien: “Hale, Guille, ahí tienes el champú y el gel…”. Habrá tardado un cuarto de hora en salir todo repeinado y hecho un pincel, como estamos acostumbrados a verle. En su vocabulario no debe figurar la palabra “mampara”, porque en el cuarto de baño la inundación era total y había agua por todas partes menos por dentro de la bañera. Me he tenido que afanar con la fregona para que el charco no se filtrara a los vecinos de abajo, que buenos son. Eso sí, al muchacho el pollo “Ben Karrich” no le irá mucho, pero lo que es la dulcería sí: el tío ha dejado la bandeja temblando. Se ha zampado media docena de napolitanas casi sin masticarlas. A Toni le ha quedado sólo una. La de la vergüenza debe de ser. Ha recogido su bolsa, su mochila y ha dicho un simple: “Gracias por todo”. Y mientras, Toni, seguía sobando. Le he intentado despertar para que por lo menos se despidiera del compañero, zarandeándole, vuelta y vuelta, pero el tío no se habría despertado ni con una trompeta en la oreja. Sueño profundo que tiene.

VII
Desde la ventana he visto cómo Guille cruzaba la calle y se alejaba. Espero que cuando me encuentre con su madre, ésta no me tire de la lengua. Que no me tire, porque si me tira, entraré al trapo, y le diré la prenda que tiene en casa. Y en cuanto a Toni, calculo que, más o menos, se despertará a eso de la una. Abro la puerta de su cuarto y me quedo mirándolo, está hecho un ovillo, un santo. A veces me pregunto también si con otros padres este crío hubiera sido de otra manera. Lo más seguro. Se me empañan un poco los ojos, cierro la puerta haciendo el menor ruido posible y dejo que el pobre siga durmiendo. Y antes de que se me pase, voy a bajar al horno ya, a comprar más napolitanas. Para que cuando se levante se las encuentre y pueda desayunar a gusto.

domingo, 8 de agosto de 2010

AUTOESTIMATOLOGÍA

I
La tarde de su derrota en los cangre-1500 metros lisos de Biostokiv, Irina Rychlo lloró dos veces. La primera cuando, en caliente, según se incorporaba del suelo, con la tierra pegada al sudor en su espalda, fue testigo de la victoria de su rival. Aquella enana a la que había subestimado acababa de destronarla. La segunda vez cuando, ya en frío, en la soledad del vestuario, aquel intensísimo dolor en la columna, la taladró de arriba abajo poniendo de relieve que detrás de aquel golpe tan seco y duro había una lesión muy seria.

II
Al principio, Irina pensó que la medicina deportiva de élite era infalible. Que recuperarse era un trámite. Y mientras seguía al pie de la letra las pautas marcadas por los sesudos especialistas que la trataban, ya maquinaba cómo sería el desquite, la estrategia a seguir en el nuevo encuentro con aquella inesperada contrincante que venía del sur. No habría exceso de confianza ni falta de atención la próxima vez. Sin embargo, los días pasaban e Irina no adelantaba. Con pocas palabras se puede describir un calvario tan largo: Pruebas. Pastillas. Intervención. Reposo. Sobrepeso... Más pruebas. Más pastillas. Más reposo. Mucho más sobrepeso… Otra clínica. Nuevas pruebas, muy caras. Nueva intervención, carísima. Nuevas pastillas, por las nubes. Rehabilitación, estratosférica.

Así fue menguando la modesta fortuna que había acumulado durante su corta carrera deportiva. La pléyade de amigos también bajó exponencialmente. Finalmente, cuando los médicos le anunciaron, subrayando mucho las palabras, que nunca podría regresar al deporte de competición, a Irina Rychlo no le quedaba ni dinero ni lágrimas.

III
Padres, hermanos y dos amigos remanentes (que habían demostrado ser los auténticos entre una nutrida tropa) temían seriamente que Irina cayese en una profunda espiral depresiva. Y para tratar de evitarlo, la trataban como a una desvalida y se turnaban a preguntas del estilo: “¿Quieres que te ayude a…?”. “¿Te apetece que vayamos juntos a…?”. “¿Te preparo esto yo…?”. Sin pretender aparentar un buen estado de ánimo que no tenía, Irina agradecía con una media sonrisa todo este despliegue de atenciones. Y trataba poco a poco de asumir su nueva situación, marcándose nuevos retos. Un montón de cosas por hacer. Un montón de sitios por conocer. Un montón de estudios por retomar. Por increíble que pareciera, había vida detrás del cangre-atletismo. E Irina estaba empezando a descubrirlo.


IV
No tenía la agenda muy llena, la verdad. Pero tampoco le faltaba cada día de trabajo un par de personas que, en sus primeras visitas, llegaban arrastrados, descreídos y con el ánimo a la altura del betún de los zapatos.

Irina manejaba la situación con destreza según el protocolo. Filtraba con un tamiz invisible el carácter de sus pacientes, separando lo positivo del resto. Desmadejaba los ovillos más enredados de las mentes más complicadas. Extraía energía positiva de las personas más agotadas. Sacaba a relucir lo bueno de cada uno, aunque fuera pequeño, y estuviera roto o deslucido. Y acababa puliendo el diamante en bruto que cada uno lleva dentro. Cuando salían del tratamiento, se miraban al espejo y reconocían en su reflejo lo mejor de sí mismos. Adoptaban una actitud nueva, con fuerzas renovadas y baterías cargadas. En resumen, salían con la autoestima restaurada.

A su consulta se accedía directamente desde la calle. Era una pequeña planta baja en una finca antigua. Por cierto, en la puerta de entrada, sólo una placa, indicaba: “Irina Rychlo. Autoestimatóloga”.

V
Irina no esperaba a nadie aquel Jueves. El señor citado para aquel día había llamado excusándose y aplazando la visita para la siguiente semana. Por eso se extrañó cuando sonó el timbre de la puerta. Nunca miraba antes por el visor. Al abrir, se encontró con una mujer bajita. Delgada. Enjuta. “Buenas tardes”, le dijo en un inglés de pobre acento. “Hola”, repuso Irina en el mismo idioma, aunque mucho más académico. Luego un silencio prolongado. Incómodo. “No me has reconocido…”, afirmó aquella mujer. Irina replicó con rapidez: “Sí, claro, sé quién eres”. Cómo olvidarla. Ni un solo día desde Biostokiv sin dejar de tenerla grabada en la cabeza. “Disculpa, como ha pasado tanto tiempo, y estamos tan cambiadas…”. “Yo, con treinta kilos y treinta años más, sí estoy cambiada. Tú, más o menos sigues igual”. Estefanía Gara agradeció el cumplido con una risa forzada. Y le explicó: “Irina, me hablaron muy bien de ti, y me he decidido a venir a verte”. “Quien te habló bien, exageró seguro…”. “¿Es buen momento?”. Irina contestó afirmativamente. “Vamos a tomar un café”.

Salieron las dos mujeres y entraron por el parque de La Amistad, que limita al otro lado de la calle. La diferencia en la envergadura entre ambas era muy evidente. La Gara apenas llegaba al hombro de la Rychlo. No hizo falta siquiera un gesto. Ambas se dieron la vuelta a la vez y empezaron a andar hacia atrás ante el asombro de los pocos paseantes que por allí deambulaban. Para Irina, eran muchos años los que había pasado sin desandar. Mantenía la espalda rígida, pero quien tuvo retuvo y el porte en cada paso era técnico y señorial. Al tiempo trataban de hilvanar una conversación extradeportiva. ¿Te casaste? ¿Tienes hijos? Pero invariablemente terminaban hablando de las cangre-carreras, que ya no son lo que eran.

VI
Hacía demasiado frío para tomar café e infusión en la calle. Entraron en el ambiente cargado y bullicioso de una cafetería. Mesita al fondo, a la derecha, por donde el camino a los lavabos. Hablaron de economía. De toros. Y de nuevo, irremediablemente, de los cangre-1500 metros lisos. En ese momento, Irina respiró hondo. Sacó una libretita. Apuntó una dirección, un correo electrónico, un número de teléfono. “Antes de que empieces a hablar, estoy segura de que yo no te voy a poder ayudar”. Estefanía torció el gesto. “Toma”, le tendió el papel, “aquí hacen milagros…”. Pausa valorativa. “…no quiero decir que tú necesites un milagro, claro”. “No, claro”.

Estefanía Gara cogió la nota. Ahí empezó el final de la conversación. Le dio las gracias. Apuraron las tazas. Las dos se levantaron y salieron de nuevo hacia el parque de la Amistad. Se cruzaron un formal: “…me he alegrado de verte después de tanto tiempo”. Dos besos a medio milímetro de la mejilla, para no tocar el maquillaje. Y salieron desandando cada una en una dirección, alejándose y perdiéndose de vista en la distancia.

VII
La senda arbolada por la que discurría Irina era circular. Estaba a punto de completar la primera vuelta, su primera vuelta hacia atrás retro-corriendo desde hacía unos cuantos lustros. Se le pasó por la cabeza que el breve encuentro con aquella Estefanía Gara tan desmejorada (treinta años pasan para todos) sólo había ocurrido en su imaginación. Se le pasó un segundo por la cabeza y se asustó muchísimo. Justo cuando escuchó la voz asombrada de un niño: “¡Mira, papá, esa señora corre al revés!”. Y su padre, fijando bien la vista en aquella mujer, la reconocía: “¡Ostrasss! ¡Pero si es Irina Rychlo, la campeona de los cangre-1500!”. Entonces sí, entonces ella apretó su paso, el que levantaba todos los muchos kilos que pesaba y que le dieran por saco a la aguda punzada que le mordía rabiosa e inmisericordemente la espalda.

domingo, 1 de agosto de 2010

CUANDO ÍBAMOS DE CULO

¿Os acordáis de Estefanía Gara? Los más talluditos, seguramente sí. Una gran atleta en la década de los ochenta del siglo pasado. Un enorme carácter. Porque la conocí muy bien, puedo añadir que una excelente persona. Hoy he pasado por la calle de Mediavilla que lleva su nombre. E inconscientemente, me han venido a la memoria retales de su vida que ella misma me contó y otras historias relacionadas que viví en primera persona y guardo en un lugar secreto del corazón, donde el olvido no puede encontrarlas.

Ya de muy pequeña, era tan competitiva que en vez de amiguitas tenía rivales. Y cuando no quedaba la primera, lo llevaba tan exageradamente mal, que hasta sus profesores en el colegio señalaban que si seguía así, cuando creciera, tendría un serio problema. Practicó baloncesto y balonvolea, ambos deportes de equipo. Seguro que no lo hacía mal. Pero no hacerlo mal era insuficiente para una niña que necesitaba ganar como el aire que respiraba. Por eso no terminó de integrarse y acabó apartada del grupo.

Estefanía tuvo entonces la temprana agudeza de dedicarse a una disciplina minoritaria. Que tuviera pocos seguidores aumentaría su probabilidad de triunfo. Así empezó a ser corredora en una modalidad naciente que pocos conocían; la “Cangrejo”. Correr de espaldas. Recular. Desandar a toda pastilla. El arte de ir deprisa al revés.

Y tras un cúmulo de casualidades, llegó Biostokiv. El equipo de atletismo necesitaba alguien para cubrir una carrera en la que nadie quería participar. Los cangre-1500 metros lisos. Y pensaron en ella porque era la única que, entre las pocas, destacaba. “Fanny, ¿tú vendrías?”. No se imaginaban la traca que acababan de encender.

Yo estuve allí, en aquella fría ciudad. Escaso público aguantaba aquellas temperaturas extremas. La verdad. Y la mayor parte de esa poca gente concentraba todas sus miradas en la pista central, donde se dirimían las otras competiciones. Bom-bom-bom-bom. El corazón le latía con mucha fuerza a Estefanía. Miraba asustada a las otras corredoras. Tremendas moles de fibra y músculo. Menudas tiarronas. Cómo hacían sus ejercicios de estiramiento. Con qué autosuficiencia y desdén se miraban unas a otras. Estefanía, mientras, con sólo cuatro trotes hacia atrás moviendo la coleta tenía bastante. Con el dorsal 0578. En la línea de salida hizo un ademán de apartarse, de estar arrepentida de haber ido allí. ¿Preparadas? ¡Bom-bom-bom-bom! El corazón se le salía del sitio. ¿Listas? El aire apenas entraba en sus pulmones. ¡YAAAAAA!!!. Salida válida. Las ocho mujeres empezaron a cangre-correr con una velocidad negativa pasmosa. Parecían una moviola que rebobinaba. Pero Fanny aguantaba entre las primeras. Pequeña, ágil, con una retro-zancada prodigiosa. Genética pura. Es lo que tiene correr así, todo transcurre como la vida misma: ves lo que dejas detrás, pero no lo que viene por delante. En la primera curva, se cruzaron sus ojos con los míos, pobre espectador, maravillado al verla, ésta chica de dónde ha salido, y seguramente ella pensaría, y este tío cómo me mira... La cangre-carrera quedó en un mano a mano; o mejor un pie a pie, con una atleta descomunal, la temible Irina Rychlo. Seguramente aquella gigantona de las piernas infinitas había pensado que los 1500 iban a ser un paseo en barca, pero casi codo con codo, se le había pegado como una lapa aquella desconocida renacuaja. Justo cuando se disponía a decirle, “ahí te quedas, guapa”, y a lanzar su cangre-sprint definitivo, resultó que tropezó estrepitosamente y se fue al suelo, cuan larga era, y cayó de espaldas con el gesto aterrado de quien comprende que en ese instante lo está perdiendo todo. Manteniendo el ritmo, los sincronizados pasos, Estefanía extendió los brazos en señal de victoria y cruzó la meta de culo en una carrera épica y memorable como se han disputado pocas.

La noticia corrió como la pólvora entre el resto del equipo, que ni había reparado en esa chiquita que iba de bulto entre los atletas. “¡oye, que sí, que hemos ganado los cangre-1500…!”. Sorpresa. Alucine. Aquel primer oro brilló más si cabe ante la ausencia metálica generalizada de la expedición en todos los Juegos. Y un servidor hizo su trabajo enviando una crónica en la que se daba cuenta de una gesta que iba a marcar un antes y un después en nuestra historia deportiva.

Ávido de rentabilizar éxitos, el Ayuntamiento organizó una magna recepción. Y Estefanía entró corriendo de espaldas, ante el delirio de los vecinos en masa que la vitoreaban, por la puerta principal del consistorio. La super-cangre-atleta firmó en el libro de la ciudad. Salió a saludar incluso al balcón, desde donde ofreció la medalla y fue jaleada: “¡GA-RA, GA-RA!”. Por mucho que los campeonatos locales tuvieran un nivel muy superior, triunfar en un lugar tan lejano y exótico como Biostokiv vestía mucho. Mediavilla ya tenía su campeona.

A partir de entonces, surgieron como setas multitud de expertos en cangre-atletismo. Unos meses antes nadie había oído hablar de cómo correr al revés, y de repente había millones de especialistas que opinaban sentando cátedra. Se federaron centenares de jóvenes en la modalidad cangrejo siguiendo el ejemplo de Estefanía Gara. Y nos convertimos en una fábrica de cangre-campeones. En el fondo, porque somos una gente que lleva en sus raíces populares eso de ir de culo.

Por aquella época transcurrió todo muy deprisa. Estefanía y yo tardamos poco en casarnos. Fui su entrenador personal. Ella pulverizó registros, amplió su exitoso palmarés en encuentros nacionales y mundiales y nos quedamos sin vitrinas para exponer tantas medallas y copas, y sin huecos en la pared para colgar sus fotografías cruzando la meta con los brazos en alto. Hasta estando en casa se encasquetaba aquella gorra anatómica con retrovisores y andaba de la cocina al comedor hacia atrás de un modo que a mí se me antojaba el más natural.

El colofón llegó en un pleno municipal donde debatieron si poner su nombre al pabellón deportivo, o a una calle en la zona nueva urbanizada. Se votó a favor de esto último, y hubo acto de inauguración, placa conmemorativa, fotos y flores. En la acera se llegó a incluir un cangre-carril, el primero de un montón más que luego se quedaron en proyecto.

Examinando con posterioridad el gesto en su rostro en estas últimas imágenes, comprendí que Estefanía tenía ya una decisión tomada en esa fecha. Fue porque empezaba a descender de la cima de su carrera deportiva. O porque se deshinchaba el efecto “Nía-Gara”. O porque nuestra relación entraba en fase de enfriamiento. Por lo que fuera que nunca me dijo, un día, abrió la puerta de casa, “me voy a dar la vuelta al mundo al revés”, y me dejó solo, rodeado de sus trofeos.

La gente, que habla por hablar, dice que la Gara me plantó. Pero yo sé que ella seguirá desandando infatigablemente y que a estas alturas habrá doblado ya las antípodas en algún camino de algún país lejano. Y que si partió hacia el Oeste, seguirá sin detenerse hasta que aparezca acercándose de espaldas por el lado Este. Mientras, yo, que soy infinitamente más mediocre, más vulgar y más cobarde, me sumerjo en mi rutina, y a veces, como hoy, paseo por la calle que lleva su nombre, para zambullirme y ahogarme en la nostalgia de aquellos años en los que, juntos, íbamos de culo.

domingo, 25 de julio de 2010

YA QUE YO NO, TÚ SÍ

I
Se lo he dicho mil veces: “Ya que yo no (pude estudiar), tú sí”. Pero todo es porque el chaval vale. Si no fuera bueno, no estamos para perder el tiempo, trabajaría como yo hago, de sol a sol, que en casa no nos sobra el dinero. A él los libros no le duran nada. Los empieza y no para hasta que los termina. “Te vas a dejar la vista, Bernardo, no arrimes tanto la cabeza”. En esto, no me hace ni caso. Siempre ha traído unas notas impresionantes. Y nunca está contento, porque le parece poco. Bueno, y a la hora de ir a la Universidad, qué. Esperaba me dijera que arquitecto o ingeniero o algo así. Pues no. Ha venido el tío y me ha dicho: “Historia, papá”. Me ha dejado mudo. Bien, vale, Historia. Pero con perdón de los historiadores, con eso no se come. Y desde entonces le he obligado más aún a venir conmigo. A ayudarme, a pastar el cemento, a chapar una cocina, a poner gres, a lucir un tabique. A trabajar en lo que yo hago. Porque yo sé lo que luego pasa.

II
El nano es curioso trabajando. Perfeccionista a tope. Un poco lento, pero muy bueno. No ha tenido mal maestro, je. Yo ahora no le digo nada. No le voy a recordar a cada minuto que no encuentra faena de lo suyo, por más que envía currículum y pasa entrevistas. Ya se mortifica bastante él solo, aunque no dispare una. Para quitar hierro al asunto, un buen día se me ocurrió aquello de las pistas para la historia futura, ahora verás, escribimos en un papel “en la construcción de esta obra trabajaron Bernardo Bermejo, padre e hijo, a 22 de Julio de 2000”. Lo metemos en una caja, y lo ponemos en el hueco de la doble pared, donde el aislante. Imagino la cara del tío que dentro de veinte o más años, picando la pared para hacer una regata, reencuentra la caja, “¡córcholis! a ver qué es…”. De dinero nada. Sólo un recuerdo de nuestro trabajo bien hecho. Al principio, cajas de cartón. Luego, de puros. Y ahora hay unas de madera hermética con remaches que van de lujo. También hemos metido alguna vez recortes de periódico. Pero siempre, Bernardo Bermejo, padre e hijo, trabajaron en la construcción de esta obra. Y la fecha. “Para que veas, hijo, más pronto o más tarde, tu padre también, como tú, hará historia…”

III
El cabrón de Evaristo no me quería pagar la reforma. Dice que lo que he hecho es una chapuza. Y que me he vuelto carero. Yo me he mordido la lengua para no replicarle. La de horas que me he tirado en ese cuarto de baño podrido de arriba abajo. La de material que he tenido que poner de mi bolsillo. Pues qué más quería con ese presupuesto tan rácano. Al final me ha dado el talón de mala manera. He recogido mis bártulos, los he tirado a la furgoneta. Cuando ya me iba, me ha soltado, “desde que no trabaja tu hijo contigo, eres un puro desastre…”. Casi me lo como vivo. Le hubiera cogido del cuello con mucho gusto. Le he lanzado con rabia la colilla a sus pies. “Que te den por culo”, le he dicho. He dado portazo al coche. Y cuando he salido dando un buen acelerón, he pensado, pero qué bien está la nota para la historia que he dejado debajo de la nueva bañera, que pone “en esta reforma trabajó Bernardo Bermejo, viviendo en ella el estúpido de Evaristo. Abril 2002”. Luego me he ido hacia el Instituto donde mi hijo da clase desde Septiembre pasado, a ver si todavía lo pillo.

IV
Los restos de la vieja muralla norte que encerraba Mediavilla están escondidos tras las casas que fueron creciendo adosadas a sus gruesos sillares. Bernardo me ha contado que quieren derribarlas todas para sacar a la luz el esplendor de la fortificación. Pero entretanto se deciden si sí o si no, a mí me han llamado para reformar una cocina que está pegadita a estas paredes de piedra. Impresionan. Aunque el nano se ha quedado en el paro otra vez, yo ya no le he pedido que me acompañara. No tengo fuerza moral para eso. Tiene que centrarse y seguir preparando unas oposiciones para lo suyo.

Cuando yo acababa de empezar a descargar unos sacos de escombro, en esta casa que casi se cae de vieja, me lo he visto aparecer con su mono azul de paleta. Confieso que me ha impactado verlo llegar. Le hubiera dado un abrazo, pero me ha salido un enérgico: “Anda, Bernardo, entra ahí y coge esos sacos que pesan un huevo”. Este hijo mío es buena gente. De lo que ya no se ve. De lo que ya no se encuentra. Y viniendo en mi ayuda me lo ha vuelto a demostrar.

V
Lo que hace el tiempo: “Date prisa, papá, dame ya la pista para el futuro”. Ahora él da las instrucciones y yo las sigo. Hasta hace poco era al revés. “Ya te la doy, ya te la doy…”. Sólo me faltaba la nota con la mención a Bernardo Bermejo, padre e hijo; la cajita ya la tenía en la mano. “Venga, que nos pillan con el carrito del helado”. Rápido, rápido. He visto por fin el papel, que estaba con las herramientas, qué raro, yo nunca lo dejo ahí, y lo he metido en la caja hermética, “toma, ten…”. Y él, encaramado a la escalera, la ha insertado por una hendidura de la pared. “¡Ostras!”, ha gritado. “¿Qué pasa, Bernardo?”. “¡Se la ha engullido…!”. Nos hemos quedado patidifusos. Igual que si una mano invisible, desde el otro lado, hubiera cogido nuestra pista para el futuro y se la hubiera llevado hacia dentro, hacia el corazón de la pared. Igual.

A todo esto, la cocina nos ha quedado de cine. Cuando hemos pasado la escoba, para dejarlo todo limpio inmaculado, ha aparecido una nota, la nota en el suelo. “Mira, papá, lo que hay aquí”. Tierra trágame. “En esta obra trabajaron Bernardo Bermejo, padre e hijo. Julio 2003”. Glup. “Entonces, ¿qué hemos puesto?”. Bernardo, que ha buscado en la caja de herramientas, ha hecho un gesto de contrariedad. “Era el borrador de un relato que estaba escribiendo. Más o menos decía que: … antes de que sonara el despertador del móvil, me levanté porque tenía que echar una meadita…”. Le he cortado en seco: “Uf, hijo, qué peso me quitas de encima: escribes otro mejor y en paz. Hale, vamos, que nos hemos ganado una cervecita”. Entendido no soy, pero con ese principio, la historia no puede ser muy buena.

domingo, 18 de julio de 2010

UNA DE CABALLERÍAS



or el modo en que el Señor Guzmán de Mediavilla lo había mandado llamar, Fray Bartolomé de las Torres Lisas entendió que no se trataba de un asunto baladí. Oscurecía y amenazaba tormenta. Dos sirvientes lo condujeron hasta el salón principal de la casa y se retiraron en el acto cerrando el portón tras de sí. El comendador disimulaba su impaciencia manteniendo la vista fija en el fuego que crepitaba lentamente junto a la chimenea. Luces y sombras anaranjadas se reflejaban en su rostro barbudo. Tras los saludos de rigor, el de Mediavilla fue al tema. Habló de la restauración de la muralla norte de la ciudad. Y, bajando la voz hasta el límite, le informó de la misteriosa aparición de un cofre sellado en cuyo interior no se había hallado más que unos papeles que él no había sido capaz de descifrar. Pudiera tratarse de algún plano misterioso. La clave de un enigma. “Amigo Bartolomé, sois hombre leal y un sabio de las letras…, sólo en vos puedo confiar…”. Con aquella luz y aquellos garabatos tan extraños, el viejo fraile poco podía interpretar, pero empeñó su palabra: “Haré cuanto esté en mi mano…”. Fue un encuentro breve. A los pocos minutos, los dos sirvientes le habían acompañado de regreso a la abadía y, de no ser por aquel papel plegado que mantenía entre sus blandas manos, nadie diría que se había movido de allí en aquella noche de perros.

Permaneció horas y horas Fray Bartolomé encerrado familiarizándose con aquella grafía grotesca. Realizaba frecuentes pausas para oxigenar su mente, y bajaba hasta el río, por donde el puente romano. Allí se cruzaba con el rebaño que regresaba del pastoreo dejando un rastro de bolitas inconfundible. Y con la mirada perdida en el lecho transparente de cantos rodados, repetía las palabras de aquel texto que conseguía reproducir, pero a duras penas entender. Transcurridos siete días con sus correspondientes noches, provisto de pluma de ave y con la tinta húmeda, se dispuso a copiar el texto y hacer sus anotaciones al margen.


Antes de que sonara el despertador del móvil, me levanté porque tenía que echar una meadita. Una vez aliviado, tiré de la cadena, y visto que ya no eran horas para seguir durmiendo, me pegué una duchita Con el agua templada quedé como nuevo. Bajé al comedor y ya estaba el desayuno preparado. En total, seis napolitanas de chocolate. Un vaso de café con leche. Y dos de zumo. Y luego ya me dirigí al garaje. Cuando llegué al coche, me di cuenta de que la rueda de delante estaba un poco deshinchada. Al salir, hacía una rasca de narices. Salí con la música de Invictus para saludar al amanecer en el día que volvía a casa. Con el objetivo de las ventas cumplido. Y enfilé dirección Mardebé. A esas horas de la mañana no había prácticamente nadie en el camino. Pero aún no llevaba ni media hora a buena velocidad, cuando ¡zas!, flash que te crió. Y dos motocicletas de la guardia civil me rebasaron y me dieron el alto. Uno de ellos, sin quitarse el casco, y con el recetario en la mano, me pidió la documentación. Estaba perdido. Con la ITV por pasar. El tema se saldó con 600 euros y un mes de retirada de carné. Todo por mi mala cabeza. En un segundo, todo mi alegría por las ventas conseguidas y por el regreso a casa, se habían ido a la mierda.

“Antes de que sonara el despertador del móvil, me levanté porque tenía que echar una meadita”. Refiérese el autor al gallo que sin duda aguarda a que despunte el día para entonar su agudo canto. Por alguna desconocida razón, lo denomina “móvil”. Vacía la bacinilla quien en primera persona escribe por la ventana de la alcoba. Dedúcese que se encuentra en una posada.

“Una vez aliviado, tiré de la cadena, y visto que ya no eran horas para seguir durmiendo, me pegué una duchita Con el agua templada quedé como nuevo”. Si de una cadena tira este rufián, acaso fuere porque acaba de escapar de alguna lóbrega mazmorra enemiga, lo cual debiere estar descrito en capítulos anteriores que no se conservan. Por el entorno de la narración, concluye este humilde escribiente que “duchita” equivale a “palangana”, para el personal aseo.

“Bajé al comedor y ya estaba el desayuno preparado. En total, seis napolitanas de chocolate. Un vaso de café con leche. Y dos de zumo”. Viandas de las que da buena cuenta el autor de estas letras en la posada. Extraña jerga utilizada. Alimentos extranjeros y herejes, desconocidos por estos lares.

“Y luego ya me dirigí al garaje. Cuando llegué al coche, me di cuenta de que la rueda de delante estaba un poco deshinchada”. Colmo de despropósito. “Garaje” por “cuadra”. Mal caballero andante es quien se sirve de un carruaje en lugar de una sobria montura a lomos de un brioso corcel.

“Al salir, hacía una rasca de narices”. Flaca información aporta esta sentencia al ritmo de la historia. Que sienta picor en la nariz un hidalgo representa una burla canalla a la dignidad que se le supone.

“Salí con la música de Invictus para saludar al amanecer en el día que volvía a casa. Con el objetivo de las ventas cumplido. Y enfilé dirección Mardebé“. Licencias de un escritor que rompe con los moldes de las novelas de caballerías. ¡Osado atrevimiento suponer que un coro de ángeles canta al héroe en el momento de su partida, tras conseguir supuestas hazañas!

“Y dos motocicletas de la guardia civil me rebasaron y me dieron el alto. Uno de ellos, sin quitarse el casco, y con el recetario en la mano, me pidió la documentación. Estaba perdido”. “Motocicletas” por “cabalgaduras”. Y he aquí el lance donde el supuesto triunfador debiere desenvainar la espada, sus y a ellos, y empezar a repartir mandobles con arrojo y valor sobre los bellacos soldados recaudadores del Marqués de Civil. Antes que entregar el visado de su señor, presentar batalla desigual. Voto a bríos que tal cobardía no es propia de un noble caballero por humilde que éste sea.


Cuando terminó de escribir, Fray Bartolomé de las Torres Lisas presentaba los dedos de la mano derecha tiznados por el negro de humo. Letra gótica. Perfecta. Dobló cuidadosamente el pergamino y acudió raudo a la casa del comendador. Y una vez lo tuvo enfrente, le informó: “El hallazgo no tiene valor alguno. Se trata de una mala burla de una novela de caballerías. Con seguridad, obra de algún infiel resentido, que incapaz de proseguir un relato tan descabellado, lo dejó inconcluso”. El Señor Guzmán de Mediavilla tomó entonces en sus manos la caja hallada entre las piedras del muro norte. Introdujo en su interior el manuscrito original y el nuevo pergamino. Después, suavemente dejó el cofre en la chimenea sobre un grueso tronco que crepitaba lentamente. El fuego al principio, lo recibió con timidez. Pero pronto perdió la vergüenza, creció con virulencia, lo rodeó con intensidad, y lo redujo a simple ceniza. Una vez consumido el apócrifo documento, los dos notables personajes quedaron frente a frente. Advirtió Bartolomé: “Os encuentro muy contrariado…”. Guzmán, que se había tragado una maldición en arameo, suspiró. “Confieso que albergaba una leve esperanza en que ese documento contuviera algo trascendente y crucial: aquí en Mediavilla nunca, nunca ha pasado nada importante que merezca ser contado y pensé que había llegado el momento”. A esto, el de las Torres Altas, con palabras muy medidas, replicó: “No se amargue vuesa merced, las mejores historias se esconden donde menos pensamos”.

domingo, 11 de julio de 2010

MI NIÑA VA BIEN

La primera vez, Pilar lo pasó por alto. Y no quiso hacer sangre del tema. “Pero, ¿por qué no me has dicho nada, Pili?, ¡Van a pensar en el colegio que en casa pasamos de ti…!”. “Lo siento, mamá, lo olvidé”. “Ay, despistada, despistada, vives en las nubes”. Pero la segunda, la segunda tuvo que contener su enfado. Contando hasta diez. Lo del olvido ya no colaba. Adivinó intencionalidad manifiesta en su hija. Nuevamente en el curso se convocaba a los padres y ella no acudía porque la nena había avisado a fecha pasada. “Ay, se me ha vuelto a pasar… ayer hubo reunión informativa…”. Con aquella evidencia, la preocupación de Pilar aumentó exponencialmente. Qué le ocurría a su hija. Qué problema le ocultaba. ¿Notas? No. ¿Mal comportamiento? Por supuesto que tampoco. ¿Malas compañías? Por favor, que la respuesta fuera también que no. “Me parece que se te va a acabar el ordenador e internet por una temporada”. Pili no protestó. Y la madre pensó entonces en qué punto, cuándo y por qué, había empezado a perder la confianza con su hija. Miró el reloj. Tarde como siempre. Dejó su amenaza en el aire y entró en el cuarto de baño para iniciar el habitual y meticuloso proceso de ingeniería cosmética.

Pilar tuvo que apretar la agenda por un lado y desplazarla por el otro para dejar un hueco suficientemente holgado donde cupiera una reunión con el tutor de Pili. Había convenido día y hora. Ese mismo Jueves al terminar las clases, a eso de las cuatro y media. Cierto es que salió con el tiempo un poco justo del despacho. Y que encontró el tráfico un poco espeso. Pero no esperaba encontrarse con aquel caos de coches amontonados al llegar junto a los muros y verja del nuevo colegio de su hija. Ni con aquella marabunta de niños saliendo y cruzando sin mirar siquiera a uno u otro lado de la calle. Hala, todos a la vez, a ver quién podía más. Antes de que le subiera la adrenalina y de que desistiera de encontrar algún hueco cercano a la puerta principal, un todoterreno nada vulgar le hizo señas y le cedió el sitio. Pilar saludó, dedicó una sonrisa y agradeció el favor. “Por favor, no faltaba más, es un placer”, debió decir sin palabras el gentil conductor. Primer obstáculo superado.

Su deportivo, tampoco nada vulgar, bloqueó las puertas con un guiño de las cuatro luces, mientras Pilar se dirigía a la entrada. Con paso seguro. A pesar de la montonera infantil, de la aglomeración del momento, iba creándose un hueco a su alrededor según se abría paso. Generaba expectación. La gente, mamis, papis, abuelos en general, niños grandes y pequeños, todos, la miraban encantados. Le sonreían. Le saludaban. No pasaba desapercibida. Y ella devolvía aquellas atenciones con un gesto, con la mano. Buenas tardes a la derecha, buenas tardes a la izquierda. Murmullos. Qué mujer. Qué pasote. Qué porte. Vaya talle.

Accedió al recinto. Balonazos por aquí, que se detuvieron en seco casi en el aire al cruzarse con ella. Mochilas al hombro por allá. Ésos deberían ir a la clase de Pili. Meriendas a medio morder. Uniformes no muy blancos. Varios autobuses de la conocida compañía “Gorrilines.com”, alineados, donde los alumnos subían en tropel. Detrás de sus gafas de sol, vio la dirección que tenía que seguir para acceder al edificio. El móvil, entretanto, permanecía en silencio y acumulaba llamadas perdidas. Se diría que le formaban pasillo a su paso, que percibían el magnetismo que Pilar desprendía. Rápido, le franquearon la puerta de entrada. El tutor de Pili le estaba esperando. Con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía a Pili al lado, quien no hizo aprecio por encontrarse con su madre en aquel marco. “Te estábamos esperando… bienvenida”. Era todo un comité de recepción. Hasta el Director en persona hizo acto de presencia y la saludó con familiaridad, como si tomara café y pastas todos los días con ella. Y en lugar de celebrar la reunión en el aula, cargada de sudor y tiza, los hizo pasar a su despacho, “pasad por aquí, por favor”. Era una estancia insonorizada acústicamente, forrada de madera noble y abarrotada de libros y diplomas en sus cuatro paredes. Se sentaron en mullidos sillones de piel. Y se miraron las caras. Con la sonrisa perenne. Complacidos. Llenos de gozo. Qué alegría que hayas venido, Pilar. Efectivamente, le ofrecieron café de cápsula con galletitas, que Pilar, muy amablemente rehusó. Todo era perfecto. Todo estaba en orden. Pili era una alumna ejemplar. Estudiosa. Trabajadora. Activa. Habían traído su expediente por si acaso lo quería revisar, pero no hizo falta. Para tratarse de una recién llegada, Pili estaba muy integrada. Sus nuevos amigos y compañeros la apreciaban. Diez minutos hablaron de Pili. Pilar escuchó muy complacida. Casi una hora hablaron del Centro Escolar. De sus instalaciones. De sus métodos educativos. De sus profesores. Del nivel impartido. De los magníficos resultados de sus alumnos. Para Pilar ya todo aquello era secundario. Ya sabía lo que quería saber. Después de aquel encuentro, todas sus preocupaciones volvían a su cauce normal. Y ella había demostrado que era una madre comprometida y volcada en todo cuanto tuviera que ver con su hija. Pili, entretanto, ni pestañeaba.

“La compañía es grata pero…”, dijo para dar por concluido el encuentro. Se levantaron sin dejar de hablar en ningún momento. Y tanto el director como el tutor las escoltaron hacia la salida, cruzando los patios, ya más vacíos, sin autobuses Gorrilines.com, y con sólo un grupo de niños jugando al baloncesto. Parecería que no, pero un montón de ojos estaban puestos en ellas, madre e hija.

El deportivo nada vulgar les esperaba ahora prácticamente solo, rodeado de huecos de aparcamiento por todas partes. Ocuparon los asientos, conductora y copilota. Pilar estaba contenta. Casi eufórica. Orgullosa de su hija. Pili seguía sin prácticamente abrir la boca. Se ajustaron los cinturones de seguridad. Antes de arrancar, ambas hicieron a la vez un gesto instintivo. En dos segundos, se miraron en el espejo de los respectivos parasoles. Pilar se encontró simplemente radiante. Naturalmente hermosa. Sin falsa modestia, en la línea de la perfección. Pero Pili volvió a verse a sí misma objetivamente muy poco agraciada. Dos lágrimas hicieron brillar sus, de normal, apagados ojos. En lo sucesivo, ya no iba a poder seguir pasando desapercibida en su clase, en su colegio entero. Ya sentía cómo sus compañeros más crueles afilaban los cuchillos. Sus lenguas viperinas. Sus burlas humillantes y despiadadas. Ja, ja, cómo era posible que un callo tan birrioso tuviera una vieja tan espectacular. Observó con resentimiento a su madre que, mientras conducía, ya se estaba ocupando de reducir la lista de llamadas perdidas. Y, entre rotonda y rotonda de acceso a la ciudad, la niña concluyó aquella tarde que sí, que su progenitora era la responsable de todos sus males.

domingo, 4 de julio de 2010

PROFUNDA REFLEXIÓN

TITO “EL RANA”
Afortunadamente, no me gusta hablar, si no, tendría que cambiar de profesión y no me llamarían Tito “el Rana”. Ahí, debajo del agua, guardo un estricto silencio. Qué remedio me queda, je, je... Aunque a veces, sólo por oírme, tarareo eso de: “alegre vengo de la montaña de mi cabaña que alegre está…”. Y las burbujas de aire ascienden hacia la superficie llevándose dentro mis palabras. Entonces, Blanca, que es quien me acompaña con la cámara submarina y las luces, se asusta porque piensa que me pasa algo malo. Le indico con el pulgar levantado que no, que todo va bien. Que son cosas del Rana. Y le enseño mi mejilla izquierda, recordándole que “ése es mi lado bueno”, que me saque la foto por ahí, ahora que los pececillos cruzan por delante, sin asustarse de mí, porque yo me mimetizo con ellos. Entonces, sigo, concentrado en el trabajo. No hay un segundo que perder ni margen para la distracción, que a esta profundidad podría resultar fatal. Lo jodido, perdón por la expresión, no ha sido dar con el trozo de fuselaje de la avioneta que se estrelló hace diez días. Eso lo encontré enseguida. Lo jodido, vuelvo a pedir disculpas, empieza porque ese amasijo de chatarra se ha incrustado en una roca y me toca abrirlo como si fuera una lata para extraer la famosa cajita negra que no es negra. Y con un agua tan turbia en la que a veces no veo ni torta. La de mierda oculta que hay en este fondo marino. Parece un campo de fútbol después de un concierto. Atención, me está indicando Blanca que ya es la hora. Es tiempo de retirarse. Hoy no me ha cundido nada. Tal como está el patio me temo que yo solo no voy a poder. Hale, iniciamos lentamente la retirada.

EL JEFE MÁXIMO
Cuando he entrado en la habitación del Hotel, a salvo de los guiris con la piel de color tomate y sus bañadores floreados, he escrito el informe del día, a la atención de Máximo, nuestro envarado jefe, y he adjuntado alguna de las magníficas imágenes que ha tomado Blanca. He sido breve pero muy claro. Sin refuerzos me va a ser imposible rescatar la caja. Que lo sepa. Que se entere. Que llevo cinco días sin avanzar un milímetro. Que estoy hasta las na-ri-ces. Luego que decida y que haga lo que quiera. Si sigo solo me puedo tirar aquí hasta el día que me jubile. Vaya, parece que entra un correo electrónico. Sí, es la respuesta de Máximo. Mañana por la tarde envía a Agustín para arrimar el hombro. Aleluya, por fin, ha escuchado mis plegarias. Es que era de sentido común. Así, hoy, por primera vez en muchos días voy a dormir como un bendito de forma plácida y casi instantánea.

AGUSTÍN, EL REFUERZO
El día de la llegada de Agustín también hemos ido a bucear. Con los ánimos redoblados, porque ya pronto vendrán refuerzos. Estábamos de mejor humor, glu-glú, “alegre vengo de la montaña de mi cabaña que alegre está…”. Y la moral arriba, arriba, como las burbujas. Y he adelantado hoy. Mucho más que en las jornadas precedentes.

Hemos recogido los trastos un poco antes para poder estar a tiempo en el Aeropuerto. Vuelo puntual. Cuando ha aparecido, con su pedazo de maleta de ruedas, casi un arcón, el gran Agustín, se ha encontrado con nuestras dos sombras. “¡Pero Titoooo, Blanquitaaaaa…!”. Esto es lo que queda de nosotros después de tantas zambullidas extenuantes sin conseguir el objetivo. Una tropa con la moral muy baja. En cambio, él sigue igual con los años... Como una nevera combi “no-frost” de dos metros. Con aplomo. Seguridad. “Ánimo, chicos, que ya estoy aquí”. Y de propina, para mí una palmada sonora en el hombro y para Blanca, un besazo desviado en la mejilla que casi le revienta el tímpano.

En el bar, junto a la piscina, para celebrar el reencuentro, han caído unas cuantas cervezas y, de acompañamiento, unas gambas que parecían pipas con sal. “No me explico…”, se ha extrañado, “por qué este encargo tiene que ser tan discreto y con tan pocos medios…”. Yo tampoco lo entiendo. Como mañana va a ser una jornada dura, lo hemos hecho breve y por segunda noche consecutiva, he dormido a pierna suelta. Que ya me hacía falta.

BLANCA, LA DELFÍN.
Temprano hemos coincidido los tres en el comedor del Hotel para desayunar. Agustín había llegado el primero y tenía el café con leche y un importante trozo de bizcocho chocolateado encima de la mesa. La televisión estaba ya puesta a esas horas. Y en directo, a las ocho en punto, retransmitían el encierro de los Sanfermines. Chorros de adrenalina para empezar el día. Agustín no se ha perdido ni la repetición. En tres minutos, algún enganchón, algún coscorrón durante el trayecto y mil milagros en medio de las reses y los centenares de corredores con las fajas rojas ¿Listos? Pues adelante. Del bizcocho no han quedado ni las migas.

No podía haber salido mejor día. Ni un cielo más azul. Ni un mar más quieto. Estábamos ya pertrechándonos con los neoprenos y a punto de salir en la barca cuando Blanca se ha percatado de que Agustín estaba pálido como un cirio. “Eh, Agustín, ¿te encuentras bien?”. “¿Te pasa algo?”. Un pequeño sudor empapaba su frente. Lo que faltaba. “El puto chocolate”, ha dicho con una voz apenas audible. ¿Cómo? ¿Un bizcocho de crema de cacao estaba tumbando a nuestro refuerzo? “¡Jodeeeeeeer…!”, me he lamentado. “¡…nos volvemos!”, he decidido al instante. “No, Tito, no, no perdáis el tiempo por mí…”. Nunca había visto a Agustín tan perjudicado. La lógica de la prudencia se ha impuesto. Se ha quedado en el muelle, acurrucado bajo un tejadillo, donde daba sombra y brisa. Con los ojos fuertemente cerrados. Y grogui. “Hoy haremos la inmersión rápida”, hemos convenido, “no te muevas, que enseguida estamos de vuelta”.

Nos hemos hecho a la mar con el convencimiento de que las gambas y el chocolate no casan bien. Al agua, Rana. Choooof. Ya estamos aquí. En el submundo silencioso. Mi otro hábitat. Donde mis reflexiones son profundas por partida doble. Chooof. Es Blanca, que me sigue. Menudo delfín. Hemos llegado junto al morro de la avioneta que sigue ahí, sin moverse del sitio. “Alegre vengo de la montaña de mi cabaña que alegre está…”. Burbujas extra. Tranquila, Blanca, que no me pasa nada. Bromas del Rana. “Y a mis amigos les traigo flores de las mejores de mi rosal…”. Me he quedado sorprendido. Hoy todo estaba de buenas. El obstáculo infranqueable que me impedía acceder a la caja se ha doblado como si fuera de cartulina. Ya está. Tanto esfuerzo, y ahora ya está. Me he aplaudido a mí mismo por lo bien que lo he hecho. Signo de la Victoria. Ella ahora es quien suelta burbujas extra. Me preocupo, ¿le pasa algo? No: me la está devolviendo, “flores de las mejores de mi rosal”. Estamos contentos. Hale cajita, vente conmigo, que yo te cuidaré. Hoy, récord de récords. Lentamente iniciamos el regreso a darle la buena nueva a nuestro moribundo refuerzo.

EL “RESTO DEL EQUIPO”
Con Agustín tumbado en la cama de su habitación, y a dieta “cero”, es decir, sin comer absolutamente nada, Blanca y yo hemos ido a depositar la caja en el juzgado, con los correspondientes documentos gráficos. Hemos hecho bien nuestro trabajo. Una vez firmados los justificantes de entrega, nos hemos dado un homenaje en la Marisquería Azul del puerto, a la salud de nuestro compañero convaleciente. Resto de la tarde, tumbona y piscina.

Ya al anochecer, hemos acercado a Agustín de vuelta al Aeropuerto. Con el arcón que tal como vino se va. La palidez se mantiene en su rostro. Nos cuenta que ya lo ha tirado todo. Por arriba y por abajo. Hasta la papilla de cereales que se tomó cuando tenía cinco meses ha salido disparada. Le doy una palmada cariñosa en el hombro de la que se resiente. Y Blanca le estampa un besazo desviado que casi le revienta el tímpano.

Nosotros regresaremos mañana con el deber cumplido. Tenemos que recoger el equipo y esto lleva su protocolo.

Menudo día más intenso. Es casi medianoche, hora de acostarse, cuando escucho que entra un correo. De Maxi. Nuestro jefe. Va dirigido a “urbi et orbe”. A todo el mundo mundial. Cuenta la buena nueva, el éxito del rescate de la caja de la avioneta siniestrada. Y agradece el esfuerzo a nuestro compañero Agustín, por llevar a cabo tan importante logro. Y después, por supuesto menciona al “resto del equipo”. Presiento que ahora, cuando me acueste, dormiré poco y mal. Joder, suerte que no me gusta hablar, porque si no tendría que cambiar de profesión y no me llamarían Tito “el Rana”.