domingo, 8 de agosto de 2010

AUTOESTIMATOLOGÍA

I
La tarde de su derrota en los cangre-1500 metros lisos de Biostokiv, Irina Rychlo lloró dos veces. La primera cuando, en caliente, según se incorporaba del suelo, con la tierra pegada al sudor en su espalda, fue testigo de la victoria de su rival. Aquella enana a la que había subestimado acababa de destronarla. La segunda vez cuando, ya en frío, en la soledad del vestuario, aquel intensísimo dolor en la columna, la taladró de arriba abajo poniendo de relieve que detrás de aquel golpe tan seco y duro había una lesión muy seria.

II
Al principio, Irina pensó que la medicina deportiva de élite era infalible. Que recuperarse era un trámite. Y mientras seguía al pie de la letra las pautas marcadas por los sesudos especialistas que la trataban, ya maquinaba cómo sería el desquite, la estrategia a seguir en el nuevo encuentro con aquella inesperada contrincante que venía del sur. No habría exceso de confianza ni falta de atención la próxima vez. Sin embargo, los días pasaban e Irina no adelantaba. Con pocas palabras se puede describir un calvario tan largo: Pruebas. Pastillas. Intervención. Reposo. Sobrepeso... Más pruebas. Más pastillas. Más reposo. Mucho más sobrepeso… Otra clínica. Nuevas pruebas, muy caras. Nueva intervención, carísima. Nuevas pastillas, por las nubes. Rehabilitación, estratosférica.

Así fue menguando la modesta fortuna que había acumulado durante su corta carrera deportiva. La pléyade de amigos también bajó exponencialmente. Finalmente, cuando los médicos le anunciaron, subrayando mucho las palabras, que nunca podría regresar al deporte de competición, a Irina Rychlo no le quedaba ni dinero ni lágrimas.

III
Padres, hermanos y dos amigos remanentes (que habían demostrado ser los auténticos entre una nutrida tropa) temían seriamente que Irina cayese en una profunda espiral depresiva. Y para tratar de evitarlo, la trataban como a una desvalida y se turnaban a preguntas del estilo: “¿Quieres que te ayude a…?”. “¿Te apetece que vayamos juntos a…?”. “¿Te preparo esto yo…?”. Sin pretender aparentar un buen estado de ánimo que no tenía, Irina agradecía con una media sonrisa todo este despliegue de atenciones. Y trataba poco a poco de asumir su nueva situación, marcándose nuevos retos. Un montón de cosas por hacer. Un montón de sitios por conocer. Un montón de estudios por retomar. Por increíble que pareciera, había vida detrás del cangre-atletismo. E Irina estaba empezando a descubrirlo.


IV
No tenía la agenda muy llena, la verdad. Pero tampoco le faltaba cada día de trabajo un par de personas que, en sus primeras visitas, llegaban arrastrados, descreídos y con el ánimo a la altura del betún de los zapatos.

Irina manejaba la situación con destreza según el protocolo. Filtraba con un tamiz invisible el carácter de sus pacientes, separando lo positivo del resto. Desmadejaba los ovillos más enredados de las mentes más complicadas. Extraía energía positiva de las personas más agotadas. Sacaba a relucir lo bueno de cada uno, aunque fuera pequeño, y estuviera roto o deslucido. Y acababa puliendo el diamante en bruto que cada uno lleva dentro. Cuando salían del tratamiento, se miraban al espejo y reconocían en su reflejo lo mejor de sí mismos. Adoptaban una actitud nueva, con fuerzas renovadas y baterías cargadas. En resumen, salían con la autoestima restaurada.

A su consulta se accedía directamente desde la calle. Era una pequeña planta baja en una finca antigua. Por cierto, en la puerta de entrada, sólo una placa, indicaba: “Irina Rychlo. Autoestimatóloga”.

V
Irina no esperaba a nadie aquel Jueves. El señor citado para aquel día había llamado excusándose y aplazando la visita para la siguiente semana. Por eso se extrañó cuando sonó el timbre de la puerta. Nunca miraba antes por el visor. Al abrir, se encontró con una mujer bajita. Delgada. Enjuta. “Buenas tardes”, le dijo en un inglés de pobre acento. “Hola”, repuso Irina en el mismo idioma, aunque mucho más académico. Luego un silencio prolongado. Incómodo. “No me has reconocido…”, afirmó aquella mujer. Irina replicó con rapidez: “Sí, claro, sé quién eres”. Cómo olvidarla. Ni un solo día desde Biostokiv sin dejar de tenerla grabada en la cabeza. “Disculpa, como ha pasado tanto tiempo, y estamos tan cambiadas…”. “Yo, con treinta kilos y treinta años más, sí estoy cambiada. Tú, más o menos sigues igual”. Estefanía Gara agradeció el cumplido con una risa forzada. Y le explicó: “Irina, me hablaron muy bien de ti, y me he decidido a venir a verte”. “Quien te habló bien, exageró seguro…”. “¿Es buen momento?”. Irina contestó afirmativamente. “Vamos a tomar un café”.

Salieron las dos mujeres y entraron por el parque de La Amistad, que limita al otro lado de la calle. La diferencia en la envergadura entre ambas era muy evidente. La Gara apenas llegaba al hombro de la Rychlo. No hizo falta siquiera un gesto. Ambas se dieron la vuelta a la vez y empezaron a andar hacia atrás ante el asombro de los pocos paseantes que por allí deambulaban. Para Irina, eran muchos años los que había pasado sin desandar. Mantenía la espalda rígida, pero quien tuvo retuvo y el porte en cada paso era técnico y señorial. Al tiempo trataban de hilvanar una conversación extradeportiva. ¿Te casaste? ¿Tienes hijos? Pero invariablemente terminaban hablando de las cangre-carreras, que ya no son lo que eran.

VI
Hacía demasiado frío para tomar café e infusión en la calle. Entraron en el ambiente cargado y bullicioso de una cafetería. Mesita al fondo, a la derecha, por donde el camino a los lavabos. Hablaron de economía. De toros. Y de nuevo, irremediablemente, de los cangre-1500 metros lisos. En ese momento, Irina respiró hondo. Sacó una libretita. Apuntó una dirección, un correo electrónico, un número de teléfono. “Antes de que empieces a hablar, estoy segura de que yo no te voy a poder ayudar”. Estefanía torció el gesto. “Toma”, le tendió el papel, “aquí hacen milagros…”. Pausa valorativa. “…no quiero decir que tú necesites un milagro, claro”. “No, claro”.

Estefanía Gara cogió la nota. Ahí empezó el final de la conversación. Le dio las gracias. Apuraron las tazas. Las dos se levantaron y salieron de nuevo hacia el parque de la Amistad. Se cruzaron un formal: “…me he alegrado de verte después de tanto tiempo”. Dos besos a medio milímetro de la mejilla, para no tocar el maquillaje. Y salieron desandando cada una en una dirección, alejándose y perdiéndose de vista en la distancia.

VII
La senda arbolada por la que discurría Irina era circular. Estaba a punto de completar la primera vuelta, su primera vuelta hacia atrás retro-corriendo desde hacía unos cuantos lustros. Se le pasó por la cabeza que el breve encuentro con aquella Estefanía Gara tan desmejorada (treinta años pasan para todos) sólo había ocurrido en su imaginación. Se le pasó un segundo por la cabeza y se asustó muchísimo. Justo cuando escuchó la voz asombrada de un niño: “¡Mira, papá, esa señora corre al revés!”. Y su padre, fijando bien la vista en aquella mujer, la reconocía: “¡Ostrasss! ¡Pero si es Irina Rychlo, la campeona de los cangre-1500!”. Entonces sí, entonces ella apretó su paso, el que levantaba todos los muchos kilos que pesaba y que le dieran por saco a la aguda punzada que le mordía rabiosa e inmisericordemente la espalda.

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