domingo, 18 de julio de 2010

UNA DE CABALLERÍAS



or el modo en que el Señor Guzmán de Mediavilla lo había mandado llamar, Fray Bartolomé de las Torres Lisas entendió que no se trataba de un asunto baladí. Oscurecía y amenazaba tormenta. Dos sirvientes lo condujeron hasta el salón principal de la casa y se retiraron en el acto cerrando el portón tras de sí. El comendador disimulaba su impaciencia manteniendo la vista fija en el fuego que crepitaba lentamente junto a la chimenea. Luces y sombras anaranjadas se reflejaban en su rostro barbudo. Tras los saludos de rigor, el de Mediavilla fue al tema. Habló de la restauración de la muralla norte de la ciudad. Y, bajando la voz hasta el límite, le informó de la misteriosa aparición de un cofre sellado en cuyo interior no se había hallado más que unos papeles que él no había sido capaz de descifrar. Pudiera tratarse de algún plano misterioso. La clave de un enigma. “Amigo Bartolomé, sois hombre leal y un sabio de las letras…, sólo en vos puedo confiar…”. Con aquella luz y aquellos garabatos tan extraños, el viejo fraile poco podía interpretar, pero empeñó su palabra: “Haré cuanto esté en mi mano…”. Fue un encuentro breve. A los pocos minutos, los dos sirvientes le habían acompañado de regreso a la abadía y, de no ser por aquel papel plegado que mantenía entre sus blandas manos, nadie diría que se había movido de allí en aquella noche de perros.

Permaneció horas y horas Fray Bartolomé encerrado familiarizándose con aquella grafía grotesca. Realizaba frecuentes pausas para oxigenar su mente, y bajaba hasta el río, por donde el puente romano. Allí se cruzaba con el rebaño que regresaba del pastoreo dejando un rastro de bolitas inconfundible. Y con la mirada perdida en el lecho transparente de cantos rodados, repetía las palabras de aquel texto que conseguía reproducir, pero a duras penas entender. Transcurridos siete días con sus correspondientes noches, provisto de pluma de ave y con la tinta húmeda, se dispuso a copiar el texto y hacer sus anotaciones al margen.


Antes de que sonara el despertador del móvil, me levanté porque tenía que echar una meadita. Una vez aliviado, tiré de la cadena, y visto que ya no eran horas para seguir durmiendo, me pegué una duchita Con el agua templada quedé como nuevo. Bajé al comedor y ya estaba el desayuno preparado. En total, seis napolitanas de chocolate. Un vaso de café con leche. Y dos de zumo. Y luego ya me dirigí al garaje. Cuando llegué al coche, me di cuenta de que la rueda de delante estaba un poco deshinchada. Al salir, hacía una rasca de narices. Salí con la música de Invictus para saludar al amanecer en el día que volvía a casa. Con el objetivo de las ventas cumplido. Y enfilé dirección Mardebé. A esas horas de la mañana no había prácticamente nadie en el camino. Pero aún no llevaba ni media hora a buena velocidad, cuando ¡zas!, flash que te crió. Y dos motocicletas de la guardia civil me rebasaron y me dieron el alto. Uno de ellos, sin quitarse el casco, y con el recetario en la mano, me pidió la documentación. Estaba perdido. Con la ITV por pasar. El tema se saldó con 600 euros y un mes de retirada de carné. Todo por mi mala cabeza. En un segundo, todo mi alegría por las ventas conseguidas y por el regreso a casa, se habían ido a la mierda.

“Antes de que sonara el despertador del móvil, me levanté porque tenía que echar una meadita”. Refiérese el autor al gallo que sin duda aguarda a que despunte el día para entonar su agudo canto. Por alguna desconocida razón, lo denomina “móvil”. Vacía la bacinilla quien en primera persona escribe por la ventana de la alcoba. Dedúcese que se encuentra en una posada.

“Una vez aliviado, tiré de la cadena, y visto que ya no eran horas para seguir durmiendo, me pegué una duchita Con el agua templada quedé como nuevo”. Si de una cadena tira este rufián, acaso fuere porque acaba de escapar de alguna lóbrega mazmorra enemiga, lo cual debiere estar descrito en capítulos anteriores que no se conservan. Por el entorno de la narración, concluye este humilde escribiente que “duchita” equivale a “palangana”, para el personal aseo.

“Bajé al comedor y ya estaba el desayuno preparado. En total, seis napolitanas de chocolate. Un vaso de café con leche. Y dos de zumo”. Viandas de las que da buena cuenta el autor de estas letras en la posada. Extraña jerga utilizada. Alimentos extranjeros y herejes, desconocidos por estos lares.

“Y luego ya me dirigí al garaje. Cuando llegué al coche, me di cuenta de que la rueda de delante estaba un poco deshinchada”. Colmo de despropósito. “Garaje” por “cuadra”. Mal caballero andante es quien se sirve de un carruaje en lugar de una sobria montura a lomos de un brioso corcel.

“Al salir, hacía una rasca de narices”. Flaca información aporta esta sentencia al ritmo de la historia. Que sienta picor en la nariz un hidalgo representa una burla canalla a la dignidad que se le supone.

“Salí con la música de Invictus para saludar al amanecer en el día que volvía a casa. Con el objetivo de las ventas cumplido. Y enfilé dirección Mardebé“. Licencias de un escritor que rompe con los moldes de las novelas de caballerías. ¡Osado atrevimiento suponer que un coro de ángeles canta al héroe en el momento de su partida, tras conseguir supuestas hazañas!

“Y dos motocicletas de la guardia civil me rebasaron y me dieron el alto. Uno de ellos, sin quitarse el casco, y con el recetario en la mano, me pidió la documentación. Estaba perdido”. “Motocicletas” por “cabalgaduras”. Y he aquí el lance donde el supuesto triunfador debiere desenvainar la espada, sus y a ellos, y empezar a repartir mandobles con arrojo y valor sobre los bellacos soldados recaudadores del Marqués de Civil. Antes que entregar el visado de su señor, presentar batalla desigual. Voto a bríos que tal cobardía no es propia de un noble caballero por humilde que éste sea.


Cuando terminó de escribir, Fray Bartolomé de las Torres Lisas presentaba los dedos de la mano derecha tiznados por el negro de humo. Letra gótica. Perfecta. Dobló cuidadosamente el pergamino y acudió raudo a la casa del comendador. Y una vez lo tuvo enfrente, le informó: “El hallazgo no tiene valor alguno. Se trata de una mala burla de una novela de caballerías. Con seguridad, obra de algún infiel resentido, que incapaz de proseguir un relato tan descabellado, lo dejó inconcluso”. El Señor Guzmán de Mediavilla tomó entonces en sus manos la caja hallada entre las piedras del muro norte. Introdujo en su interior el manuscrito original y el nuevo pergamino. Después, suavemente dejó el cofre en la chimenea sobre un grueso tronco que crepitaba lentamente. El fuego al principio, lo recibió con timidez. Pero pronto perdió la vergüenza, creció con virulencia, lo rodeó con intensidad, y lo redujo a simple ceniza. Una vez consumido el apócrifo documento, los dos notables personajes quedaron frente a frente. Advirtió Bartolomé: “Os encuentro muy contrariado…”. Guzmán, que se había tragado una maldición en arameo, suspiró. “Confieso que albergaba una leve esperanza en que ese documento contuviera algo trascendente y crucial: aquí en Mediavilla nunca, nunca ha pasado nada importante que merezca ser contado y pensé que había llegado el momento”. A esto, el de las Torres Altas, con palabras muy medidas, replicó: “No se amargue vuesa merced, las mejores historias se esconden donde menos pensamos”.

domingo, 11 de julio de 2010

MI NIÑA VA BIEN

La primera vez, Pilar lo pasó por alto. Y no quiso hacer sangre del tema. “Pero, ¿por qué no me has dicho nada, Pili?, ¡Van a pensar en el colegio que en casa pasamos de ti…!”. “Lo siento, mamá, lo olvidé”. “Ay, despistada, despistada, vives en las nubes”. Pero la segunda, la segunda tuvo que contener su enfado. Contando hasta diez. Lo del olvido ya no colaba. Adivinó intencionalidad manifiesta en su hija. Nuevamente en el curso se convocaba a los padres y ella no acudía porque la nena había avisado a fecha pasada. “Ay, se me ha vuelto a pasar… ayer hubo reunión informativa…”. Con aquella evidencia, la preocupación de Pilar aumentó exponencialmente. Qué le ocurría a su hija. Qué problema le ocultaba. ¿Notas? No. ¿Mal comportamiento? Por supuesto que tampoco. ¿Malas compañías? Por favor, que la respuesta fuera también que no. “Me parece que se te va a acabar el ordenador e internet por una temporada”. Pili no protestó. Y la madre pensó entonces en qué punto, cuándo y por qué, había empezado a perder la confianza con su hija. Miró el reloj. Tarde como siempre. Dejó su amenaza en el aire y entró en el cuarto de baño para iniciar el habitual y meticuloso proceso de ingeniería cosmética.

Pilar tuvo que apretar la agenda por un lado y desplazarla por el otro para dejar un hueco suficientemente holgado donde cupiera una reunión con el tutor de Pili. Había convenido día y hora. Ese mismo Jueves al terminar las clases, a eso de las cuatro y media. Cierto es que salió con el tiempo un poco justo del despacho. Y que encontró el tráfico un poco espeso. Pero no esperaba encontrarse con aquel caos de coches amontonados al llegar junto a los muros y verja del nuevo colegio de su hija. Ni con aquella marabunta de niños saliendo y cruzando sin mirar siquiera a uno u otro lado de la calle. Hala, todos a la vez, a ver quién podía más. Antes de que le subiera la adrenalina y de que desistiera de encontrar algún hueco cercano a la puerta principal, un todoterreno nada vulgar le hizo señas y le cedió el sitio. Pilar saludó, dedicó una sonrisa y agradeció el favor. “Por favor, no faltaba más, es un placer”, debió decir sin palabras el gentil conductor. Primer obstáculo superado.

Su deportivo, tampoco nada vulgar, bloqueó las puertas con un guiño de las cuatro luces, mientras Pilar se dirigía a la entrada. Con paso seguro. A pesar de la montonera infantil, de la aglomeración del momento, iba creándose un hueco a su alrededor según se abría paso. Generaba expectación. La gente, mamis, papis, abuelos en general, niños grandes y pequeños, todos, la miraban encantados. Le sonreían. Le saludaban. No pasaba desapercibida. Y ella devolvía aquellas atenciones con un gesto, con la mano. Buenas tardes a la derecha, buenas tardes a la izquierda. Murmullos. Qué mujer. Qué pasote. Qué porte. Vaya talle.

Accedió al recinto. Balonazos por aquí, que se detuvieron en seco casi en el aire al cruzarse con ella. Mochilas al hombro por allá. Ésos deberían ir a la clase de Pili. Meriendas a medio morder. Uniformes no muy blancos. Varios autobuses de la conocida compañía “Gorrilines.com”, alineados, donde los alumnos subían en tropel. Detrás de sus gafas de sol, vio la dirección que tenía que seguir para acceder al edificio. El móvil, entretanto, permanecía en silencio y acumulaba llamadas perdidas. Se diría que le formaban pasillo a su paso, que percibían el magnetismo que Pilar desprendía. Rápido, le franquearon la puerta de entrada. El tutor de Pili le estaba esperando. Con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía a Pili al lado, quien no hizo aprecio por encontrarse con su madre en aquel marco. “Te estábamos esperando… bienvenida”. Era todo un comité de recepción. Hasta el Director en persona hizo acto de presencia y la saludó con familiaridad, como si tomara café y pastas todos los días con ella. Y en lugar de celebrar la reunión en el aula, cargada de sudor y tiza, los hizo pasar a su despacho, “pasad por aquí, por favor”. Era una estancia insonorizada acústicamente, forrada de madera noble y abarrotada de libros y diplomas en sus cuatro paredes. Se sentaron en mullidos sillones de piel. Y se miraron las caras. Con la sonrisa perenne. Complacidos. Llenos de gozo. Qué alegría que hayas venido, Pilar. Efectivamente, le ofrecieron café de cápsula con galletitas, que Pilar, muy amablemente rehusó. Todo era perfecto. Todo estaba en orden. Pili era una alumna ejemplar. Estudiosa. Trabajadora. Activa. Habían traído su expediente por si acaso lo quería revisar, pero no hizo falta. Para tratarse de una recién llegada, Pili estaba muy integrada. Sus nuevos amigos y compañeros la apreciaban. Diez minutos hablaron de Pili. Pilar escuchó muy complacida. Casi una hora hablaron del Centro Escolar. De sus instalaciones. De sus métodos educativos. De sus profesores. Del nivel impartido. De los magníficos resultados de sus alumnos. Para Pilar ya todo aquello era secundario. Ya sabía lo que quería saber. Después de aquel encuentro, todas sus preocupaciones volvían a su cauce normal. Y ella había demostrado que era una madre comprometida y volcada en todo cuanto tuviera que ver con su hija. Pili, entretanto, ni pestañeaba.

“La compañía es grata pero…”, dijo para dar por concluido el encuentro. Se levantaron sin dejar de hablar en ningún momento. Y tanto el director como el tutor las escoltaron hacia la salida, cruzando los patios, ya más vacíos, sin autobuses Gorrilines.com, y con sólo un grupo de niños jugando al baloncesto. Parecería que no, pero un montón de ojos estaban puestos en ellas, madre e hija.

El deportivo nada vulgar les esperaba ahora prácticamente solo, rodeado de huecos de aparcamiento por todas partes. Ocuparon los asientos, conductora y copilota. Pilar estaba contenta. Casi eufórica. Orgullosa de su hija. Pili seguía sin prácticamente abrir la boca. Se ajustaron los cinturones de seguridad. Antes de arrancar, ambas hicieron a la vez un gesto instintivo. En dos segundos, se miraron en el espejo de los respectivos parasoles. Pilar se encontró simplemente radiante. Naturalmente hermosa. Sin falsa modestia, en la línea de la perfección. Pero Pili volvió a verse a sí misma objetivamente muy poco agraciada. Dos lágrimas hicieron brillar sus, de normal, apagados ojos. En lo sucesivo, ya no iba a poder seguir pasando desapercibida en su clase, en su colegio entero. Ya sentía cómo sus compañeros más crueles afilaban los cuchillos. Sus lenguas viperinas. Sus burlas humillantes y despiadadas. Ja, ja, cómo era posible que un callo tan birrioso tuviera una vieja tan espectacular. Observó con resentimiento a su madre que, mientras conducía, ya se estaba ocupando de reducir la lista de llamadas perdidas. Y, entre rotonda y rotonda de acceso a la ciudad, la niña concluyó aquella tarde que sí, que su progenitora era la responsable de todos sus males.

domingo, 4 de julio de 2010

PROFUNDA REFLEXIÓN

TITO “EL RANA”
Afortunadamente, no me gusta hablar, si no, tendría que cambiar de profesión y no me llamarían Tito “el Rana”. Ahí, debajo del agua, guardo un estricto silencio. Qué remedio me queda, je, je... Aunque a veces, sólo por oírme, tarareo eso de: “alegre vengo de la montaña de mi cabaña que alegre está…”. Y las burbujas de aire ascienden hacia la superficie llevándose dentro mis palabras. Entonces, Blanca, que es quien me acompaña con la cámara submarina y las luces, se asusta porque piensa que me pasa algo malo. Le indico con el pulgar levantado que no, que todo va bien. Que son cosas del Rana. Y le enseño mi mejilla izquierda, recordándole que “ése es mi lado bueno”, que me saque la foto por ahí, ahora que los pececillos cruzan por delante, sin asustarse de mí, porque yo me mimetizo con ellos. Entonces, sigo, concentrado en el trabajo. No hay un segundo que perder ni margen para la distracción, que a esta profundidad podría resultar fatal. Lo jodido, perdón por la expresión, no ha sido dar con el trozo de fuselaje de la avioneta que se estrelló hace diez días. Eso lo encontré enseguida. Lo jodido, vuelvo a pedir disculpas, empieza porque ese amasijo de chatarra se ha incrustado en una roca y me toca abrirlo como si fuera una lata para extraer la famosa cajita negra que no es negra. Y con un agua tan turbia en la que a veces no veo ni torta. La de mierda oculta que hay en este fondo marino. Parece un campo de fútbol después de un concierto. Atención, me está indicando Blanca que ya es la hora. Es tiempo de retirarse. Hoy no me ha cundido nada. Tal como está el patio me temo que yo solo no voy a poder. Hale, iniciamos lentamente la retirada.

EL JEFE MÁXIMO
Cuando he entrado en la habitación del Hotel, a salvo de los guiris con la piel de color tomate y sus bañadores floreados, he escrito el informe del día, a la atención de Máximo, nuestro envarado jefe, y he adjuntado alguna de las magníficas imágenes que ha tomado Blanca. He sido breve pero muy claro. Sin refuerzos me va a ser imposible rescatar la caja. Que lo sepa. Que se entere. Que llevo cinco días sin avanzar un milímetro. Que estoy hasta las na-ri-ces. Luego que decida y que haga lo que quiera. Si sigo solo me puedo tirar aquí hasta el día que me jubile. Vaya, parece que entra un correo electrónico. Sí, es la respuesta de Máximo. Mañana por la tarde envía a Agustín para arrimar el hombro. Aleluya, por fin, ha escuchado mis plegarias. Es que era de sentido común. Así, hoy, por primera vez en muchos días voy a dormir como un bendito de forma plácida y casi instantánea.

AGUSTÍN, EL REFUERZO
El día de la llegada de Agustín también hemos ido a bucear. Con los ánimos redoblados, porque ya pronto vendrán refuerzos. Estábamos de mejor humor, glu-glú, “alegre vengo de la montaña de mi cabaña que alegre está…”. Y la moral arriba, arriba, como las burbujas. Y he adelantado hoy. Mucho más que en las jornadas precedentes.

Hemos recogido los trastos un poco antes para poder estar a tiempo en el Aeropuerto. Vuelo puntual. Cuando ha aparecido, con su pedazo de maleta de ruedas, casi un arcón, el gran Agustín, se ha encontrado con nuestras dos sombras. “¡Pero Titoooo, Blanquitaaaaa…!”. Esto es lo que queda de nosotros después de tantas zambullidas extenuantes sin conseguir el objetivo. Una tropa con la moral muy baja. En cambio, él sigue igual con los años... Como una nevera combi “no-frost” de dos metros. Con aplomo. Seguridad. “Ánimo, chicos, que ya estoy aquí”. Y de propina, para mí una palmada sonora en el hombro y para Blanca, un besazo desviado en la mejilla que casi le revienta el tímpano.

En el bar, junto a la piscina, para celebrar el reencuentro, han caído unas cuantas cervezas y, de acompañamiento, unas gambas que parecían pipas con sal. “No me explico…”, se ha extrañado, “por qué este encargo tiene que ser tan discreto y con tan pocos medios…”. Yo tampoco lo entiendo. Como mañana va a ser una jornada dura, lo hemos hecho breve y por segunda noche consecutiva, he dormido a pierna suelta. Que ya me hacía falta.

BLANCA, LA DELFÍN.
Temprano hemos coincidido los tres en el comedor del Hotel para desayunar. Agustín había llegado el primero y tenía el café con leche y un importante trozo de bizcocho chocolateado encima de la mesa. La televisión estaba ya puesta a esas horas. Y en directo, a las ocho en punto, retransmitían el encierro de los Sanfermines. Chorros de adrenalina para empezar el día. Agustín no se ha perdido ni la repetición. En tres minutos, algún enganchón, algún coscorrón durante el trayecto y mil milagros en medio de las reses y los centenares de corredores con las fajas rojas ¿Listos? Pues adelante. Del bizcocho no han quedado ni las migas.

No podía haber salido mejor día. Ni un cielo más azul. Ni un mar más quieto. Estábamos ya pertrechándonos con los neoprenos y a punto de salir en la barca cuando Blanca se ha percatado de que Agustín estaba pálido como un cirio. “Eh, Agustín, ¿te encuentras bien?”. “¿Te pasa algo?”. Un pequeño sudor empapaba su frente. Lo que faltaba. “El puto chocolate”, ha dicho con una voz apenas audible. ¿Cómo? ¿Un bizcocho de crema de cacao estaba tumbando a nuestro refuerzo? “¡Jodeeeeeeer…!”, me he lamentado. “¡…nos volvemos!”, he decidido al instante. “No, Tito, no, no perdáis el tiempo por mí…”. Nunca había visto a Agustín tan perjudicado. La lógica de la prudencia se ha impuesto. Se ha quedado en el muelle, acurrucado bajo un tejadillo, donde daba sombra y brisa. Con los ojos fuertemente cerrados. Y grogui. “Hoy haremos la inmersión rápida”, hemos convenido, “no te muevas, que enseguida estamos de vuelta”.

Nos hemos hecho a la mar con el convencimiento de que las gambas y el chocolate no casan bien. Al agua, Rana. Choooof. Ya estamos aquí. En el submundo silencioso. Mi otro hábitat. Donde mis reflexiones son profundas por partida doble. Chooof. Es Blanca, que me sigue. Menudo delfín. Hemos llegado junto al morro de la avioneta que sigue ahí, sin moverse del sitio. “Alegre vengo de la montaña de mi cabaña que alegre está…”. Burbujas extra. Tranquila, Blanca, que no me pasa nada. Bromas del Rana. “Y a mis amigos les traigo flores de las mejores de mi rosal…”. Me he quedado sorprendido. Hoy todo estaba de buenas. El obstáculo infranqueable que me impedía acceder a la caja se ha doblado como si fuera de cartulina. Ya está. Tanto esfuerzo, y ahora ya está. Me he aplaudido a mí mismo por lo bien que lo he hecho. Signo de la Victoria. Ella ahora es quien suelta burbujas extra. Me preocupo, ¿le pasa algo? No: me la está devolviendo, “flores de las mejores de mi rosal”. Estamos contentos. Hale cajita, vente conmigo, que yo te cuidaré. Hoy, récord de récords. Lentamente iniciamos el regreso a darle la buena nueva a nuestro moribundo refuerzo.

EL “RESTO DEL EQUIPO”
Con Agustín tumbado en la cama de su habitación, y a dieta “cero”, es decir, sin comer absolutamente nada, Blanca y yo hemos ido a depositar la caja en el juzgado, con los correspondientes documentos gráficos. Hemos hecho bien nuestro trabajo. Una vez firmados los justificantes de entrega, nos hemos dado un homenaje en la Marisquería Azul del puerto, a la salud de nuestro compañero convaleciente. Resto de la tarde, tumbona y piscina.

Ya al anochecer, hemos acercado a Agustín de vuelta al Aeropuerto. Con el arcón que tal como vino se va. La palidez se mantiene en su rostro. Nos cuenta que ya lo ha tirado todo. Por arriba y por abajo. Hasta la papilla de cereales que se tomó cuando tenía cinco meses ha salido disparada. Le doy una palmada cariñosa en el hombro de la que se resiente. Y Blanca le estampa un besazo desviado que casi le revienta el tímpano.

Nosotros regresaremos mañana con el deber cumplido. Tenemos que recoger el equipo y esto lleva su protocolo.

Menudo día más intenso. Es casi medianoche, hora de acostarse, cuando escucho que entra un correo. De Maxi. Nuestro jefe. Va dirigido a “urbi et orbe”. A todo el mundo mundial. Cuenta la buena nueva, el éxito del rescate de la caja de la avioneta siniestrada. Y agradece el esfuerzo a nuestro compañero Agustín, por llevar a cabo tan importante logro. Y después, por supuesto menciona al “resto del equipo”. Presiento que ahora, cuando me acueste, dormiré poco y mal. Joder, suerte que no me gusta hablar, porque si no tendría que cambiar de profesión y no me llamarían Tito “el Rana”.

domingo, 27 de junio de 2010

ALTURA DE MIRAS

El sendero empezó a empinarse y los tres caminantes tuvieron que dejar prácticamente de hablar para concentrar sus fuerzas en cada paso que daban. Sus botas crujían rompiendo la fina lámina de hielo que cubría el suelo. Y su respiración se había tornado fatigosa, especialmente para Daniel, mucho menos acostumbrado al ejercicio que sus dos acompañantes, Lucas y Reme. Minutos después, alcanzaron un repecho y Daniel propuso un descanso, “¿paramos aquí?”. Y se recogieron a cubierto del viento que ya congelaba sus enrojecidas mejillas. “¡Menuda ocurrencia quedar en lo alto de Monte Miras!”, exclamó Lucas,”…y añadió: “tío, se nota que has visto muchas películas…”. “Pues a mí me da que esta chica no va a venir a la cita…”, auguró Reme. Daniel miró hacia la cima. Todavía les quedaba un buen trecho. La visibilidad era parcial. Todo blanco de nieve y bruma alrededor. En cualquier otra jornada, desde allí ya se podían divisar vistas magníficas. Pero no aquel día. “Si ella no acude por el lado sur tal como está previsto, nos hacemos unas fotos, nos bajamos después tranquilamente y santas pascuas… ahora bien, como esté allí…”. Reme interrumpió: “…como esté allí, tú y yo saludamos, hola, hola, y nos volvemos por donde hemos venido, que ellos dos tendrán mucho que contarse”. Daniel no replicó nada. Estaba concentrado. Habían pasado diez años, diez, había llegado por fin aquel 27 de Marzo, y él había quedado a las doce en la cima de Monte Miras. Con Miriam.

Y su mente voló hacia aquellos lejanos tiempos, grabados segundo a segundo con tinta indeleble, y aterrizó directamente sobre la mañana que se despidieron, cuando él buscaba desesperadamente la fórmula que detuviera el tiempo para evitar la inminente separación. Sí, justo cuando Marquitos, el hermano pequeño de Miriam, lo abordó con la bici, muy contento el niño, y le anunció: “¿Sabes, Daniel? Nos vamos hoy…”. Vaya que si lo sabía. No pensaba en otra cosa. Puso cara de “je, je, qué bien”. Pero no le salió. Y aún anduvo, haciendo ceros y ochos, alrededor de las dos robustas mimosas que coronaban la entrada de la casa familiar de Miriam y esperando a que ella terminara sus quehaceres, ya que no le dejaban salir si antes no dejaba la casa reluciente. Finalmente, Miriam apareció radiante. Como en cada uno de los días precedentes de aquel mágico verano. Fueron los últimos minutos, los últimos, para hablar y escuchar, para lamentar juntos lo desgraciados que eran ambos en manos de unos padres muy controladores y poco comprensivos. Y juntos apuraron aquellos segundos para perderse y esconderse en la zona alta del parque, donde veían a los demás sin ser vistos. Y donde habían trazado un plan. Aquel plan. Tenían calculado el tiempo necesario para ser independientes. No sólo por la mayoría de edad, no. También económicamente. Para entonces, ella ya sería una buena actriz, formada en las mejores Academias. Él ya habría estudiado Audiovisuales y sería director de cine. “Nos veremos el 27 de Marzo, dentro de diez años”, se despidió Daniel. Ella lo tenía claro: “… en el refugio del Monte Miras. Apuntado queda”. Todo durante aquellos días les parecía tan terriblemente complicado, que emplazarse en aquel momento para una fecha tan lejana, les resultaba a los dos tremendamente fácil. Seguramente se dijeron más cosas, del estilo “espero que seas la actriz principal en mi mejor película y que te den el Goya por eso”, pero las palabras quedaron eclipsadas por un beso, aquel beso con el que cerraron aquella despedida.

“¡Eh, eh, vamos a movernos!”, pidió Lucas, “si no, llegaremos tarde, al paso que vamos”. Se arrebujaron todo lo bien que pudieron y reemprendieron pues la ascensión, por un terreno cada vez más escarpado. Entonces empezaron a llover pensamientos raros sobre Daniel. Y le entraron todas las neuras. Al fin y al cabo, qué había quedado de todos aquellos sueños. Dónde estaban, dónde. Si alguno quedaba, estaba torcido. A saber: No había estudiado Audiovisuales. No era económicamente independiente. Trabajaba en una oficina del Banco Imaginación recién absorbido por el Banco Práctico, donde compartía espacio con Lucas y Reme. Sabía que la supervivencia de la sucursal entera pendía ahora de un hilo. La realidad estaba siendo muy cruda con él ¿Era eso lo que le iba a ofrecer a Miriam, cuando llegara allá a la cumbre con el higadillo fuera y se la encontrara frente a frente? No, decididamente no. Tenía que tomar una decisión dura ya. Dolorosa. Con altura de miras.

“¡Venga, ánimo, que ya casi llegamos, que faltan cien metros, yujuuuuu!”, gritó Reme con júbilo. Fue cuando Daniel se paró en seco. Lívido. “¿Te encuentras mal?”. Él negó con la cabeza. “¿Pues qué te pasa?”. Transcurrieron unos segundos de aturdimiento. “Yo no sigo. Me vuelvo”. Lucas y Reme se miraron atónitos. “Y ahora, ¿qué le ha dado a éste?”. Intentaron disuadirle. En vano. “Que yo me voy hacia abajo. Ya ha durado mi broma demasiado. No existe Miriam. No existe. No quedé con nadie hace diez años. Exageré. En qué cabeza cabe que eso le pase a dos niños de trece años. En qué cabeza”.

Daniel se dio la vuelta. De momento, sintió vértigo. Y un nudo en la garganta. Lucas y Reme seguían allí plantados, resoplando, mientras Daniel daba cabizbajo unos pasos que le pesaban como si tuviera plomo en las botas. “Vamos, Lucas, que nosotros nos volvemos también”, indicó Reme. Daniel no les esperaba. Seguía andando, camino abajo. Y la humedad les calaba de forma importante.

Pero Lucas lo tenía ya claro: “Yo no bajo, Reme, yo voy a llegar a Monte Miras. Está ahí mismo. Yo le compro el sueño a Daniel... Se lo compro. A mí me hubiera gustado vivir una historia como la suya y no la tuve… Y yo voy a saber si Miriam ha subido desde el lado sur. Y si ha llegado, la voy a conocer. No se merece que no haya nadie allá arriba esperándola cuando ella alcance la cima. No, desde luego que no. Eso no le va a pasar…”. Reme no daba crédito: “Pero Lucas… ¿tú estás hablando en serio…?”. Lo vio asentir. Y tragar saliva. Reme ya entendía que sí, que no bromeaba. Y se sentía entre la espada y la pared: “Tú verás… ya eres mayorcito para saber lo que haces… “. Le dio una palmadita en el hombro a modo de “hasta luego”, y aceleró para alcanzar a Daniel, que ya se había alejado una buena distancia. Mascullaba: “desde luego, vaya par de raritos me han tocado como compañeros de oficina…”.

Ya solo, Lucas, retomó el último tramo, el más cercano al cielo. Apretó los dientes para que no le castañetearan del frío y pensó que por nada del mundo, por nada, tanto si llegaba a encontrarse con Miriam en Monte Miras como si no, se lo iba a contar a Daniel. Ni cuando lo viera este Lunes a las ocho en el Banco, ni nunca. Para que esa duda le reconcomiera siempre.

domingo, 20 de junio de 2010

GAFÉ EL TEATRO

ALTURA DE MIRAS

Cuando a Mari Cruz le asignaron el Área de Cultura en Mediavilla, puso todo su empeño en traer un evento de calidad, a pesar de lo exiguo del presupuesto con que contaba. Por aquel entonces acababa de restaurarse el viejo “Café El Teatro”. Vale que podía programar allí sesiones de cine popular. Vale. Y también conciertos de música de cámara. También. Pero ella estaba convencida de que con una representación emblemática se conseguirían dos objetivos: acercar a la gente a este tipo de espectáculos y, por qué no, animar a quienes escondían sus dotes interpretativas para que en lo sucesivo se organizaran y se atrevieran a subir al escenario. Y se puso manos a la “obra”, nunca mejor dicho, en busca de una obra teatral digna con la que reinaugurar tan egregio recinto. Iba a tirar la toalla, la del cuarto de baño a la lavadora, cuando leyó en un apartado breve de un periódico: Carlos Tejeda prepara “Altura de miras”. Se apretó el mentón. Buscó su agenda. Y marcó un número de teléfono.

Llegó la noche del primer Viernes de Septiembre. Calma chicha en la calle, junto al “Café El Teatro”. Algunas personas apuraban las últimas caladas en sus cigarrillos antes de entrar. Dentro, bullicio. Las dos primeras filas de aquel patio de butacas estaban reservadas a las autoridades. Abarrotadas. La gente iba ocupando sus asientos. Ambiente de gala. “Señoras, señores, dentro de cinco minutos va a empezar ALTURA DE MIRAS”. Caras que se conocían se saludaban de punta a punta, agitando el programa, patrocinado por el Área de Cultura. Al poco, se hizo la oscuridad y el silencio. Alguna tos suelta. Un potente foco iluminó la parte central. Y el telón se fue alzando. En el decorado, cumbres nevadas. Pertrechados con equipos de montaña, y tapados hasta las cejas, tres personajes avanzaron en contra de una potente ventisca (ventilador gigante a todo meter) que rugía con realismo a través de los altavoces del teatro. El argumento giraba en torno a tres amigos que se enfrentaban al reto de escalar una temible montaña, y allí, en las alturas, rodeados de dificultades, empezaban ji-ji-ji, ja-ja-ja y acababan diciéndose verdades a la cara que no tenían ninguna gracia. Carlos Tejeda miraba al público, como si tuviera enfrente un glaciar. Con la barba sembrada de nieve, artificial. Qué porte. Qué voz. Qué poder para transmitir una sensación de frío polar. El respetable se sugestionaba con sólo verlo tiritar. Todo el mundo estaba sin hipo siguiendo la trama. Fue cuando se oyó en la sala un “FFFFFFF…..” y luego un “POOOOF”, sí, fue cuando el sistema del nuevo aire acondicionado se vino abajo y la temperatura inició una escalada inmisericorde y cruel. Ya podían batir los abanicos, ya. Era inútil. El teatrito empezó a derretirse como el chocolate. El sudor corrió a raudales. Hubo gente que se levantó empapada a chorros en aquella sauna repentina. Mientras, en el escenario, Carlos Tejeda figuraba que estaba a punto de congelarse. Menudo contraste.

Qué desastre, pensaba Mari Cruz dos horas y pico después, cuando pidió permiso para entrar en el camerino portando unas botellas de agua muy fría. Pidió disculpas por el fallo en la climatización. Lo encontró ya con la cara lavada y con los bermudas puestos. “¿Te ha gustado?”, preguntó con su dentífrica sonrisa. “Has estado muy convincente, hemos pasado un frío sofocante”, contestó ella. Salieron por un lateral. No recordaban que Septiembre pudiera ser tan tórrido. Y según se alejaban calle abajo, inmersos en amena conversación, se apagaron los luminosos del “Café El Teatro”.

PROFUNDA REFLEXIÓN

Pasó un año como si pasara un minuto. Cuando a Mari Cruz le dijeron lo del recorte de gastos y lo seca que quedaba la caja de su área tras el tijeretazo, tuvo tres impulsos relacionados con el “Café El Teatro”. Uno, dimitir de esta responsabilidad tan ingrata e irse a su casa, enviando a tomar por saco a unos cuantos. Dos, buscar patrocinadores por debajo de las piedras, aunque tuviera que forrar con carteles de propaganda la fachada del edificio. Tres, llamar a Carlos Tejeda, diez meses después. Se apretó el mentón. Buscó en su agenda. Y marcó el número de Tejeda.

Otra noche del primer Viernes de Septiembre. Asfalto aún caliente en la calle, junto al “Café El Teatro”. Otra vez, algunas personas, no tantas como el año anterior, apuraban las últimas caladas en sus cigarrillos antes de entrar. Dentro, bullicio. Sólo la primera fila de aquel patio de butacas estaba reservada a las autoridades. Y sobraban la mitad. La gente iba ocupando sus asientos. Ambiente. “Señoras, señores, dentro de cinco minutos va a empezar PROFUNDA REFLEXIÓN”. Caras que se conocían se saludaban de punta a punta, con la mano, ya que no había programa alguno. Al poco, se hizo la oscuridad y el silencio. Alguna tos suelta. Un foco a baja potencia, no era cosa de derrochar vatios, iluminó la parte central. Y el telón se fue alzando. En el decorado, un fondo marino, con dibujos de corales y pececitos. Pertrechados con equipos de submarinismo, aletas incluidas, y tapados con neopreno hasta las cejas, tres personajes buceaban en medio del océano. El argumento giraba en torno a tres amigos que se enfrentaban al reto de sumergirse en una temible sima, y allí, en las profundidades, rodeados de dificultades, empezaban glu-glu-glú, gla-gla-glá y acababan evidenciando verdades a la cara que no tenían ninguna gracia. Todo ello sin una sola palabra. Menudo mérito. Carlos Tejeda miraba al público, como si tuviera enfrente un banco de besugos. Con las bombonas de oxígeno a sus espaldas. Qué porte. Qué gestos. Qué poder para transmitir una sensación tan marina. El respetable se sugestionaba y temía que algún tiburón apareciera por allí enseñando los colmillos. Todo el mundo estaba sin hipo siguiendo la trama. Fue cuando se oyó en la sala un “FFFFFFF…..” y luego un “POOOOF”, sí, sí, que sí: otra vez, el sistema del ya no tan nuevo aire acondicionado se vino abajo y la temperatura inició una escalada inmisericorde y cruel. Ya podían batir los abanicos, ya. Era inútil. El teatrito empezó a derretirse como el chocolate. El sudor corrió a raudales, rellenando de agua salada el escenario marino. Hubo gente que se levantó empapada a chorros en aquella sauna repentina. Mientras, Carlos Tejeda figuraba que se quedaba sin aire y se ahogaba. Con un realismo asombroso. Qué pedazo de actor.

Allí estaba la pobre Mari Cruz dos horas y pico después, pidiendo permiso para entrar en el camerino portando unas botellas de agua muy fría. Él le abrió ya con la cara lavada y con los bermudas puestos. “¿Te ha gustado?”, preguntó con su dentífrica sonrisa. “Si lo sé, vengo con bañador y me doy un chapuzón en el escenario”, contestó ella. Salieron por un lateral. No recordaban que Septiembre pudiera ser tan tórrido. Y según se alejaban calle abajo, inmersos en amena conversación, se apagaron los luminosos, que ahora se leían como “Gafé El Teatro”.

CON LOS PIES EN EL SUELO

Sin embargo, los trescientos sesenta y cinco días siguientes pasaron tan lentamente que más bien parecieron un año sin fin. A Mari Cruz le habían encargado ocuparse de otra Área y dejó paso a otra persona con otras sensibilidades en el Área de Cultura. Y mientras tanto, Carlos Tejeda había alcanzado cierta popularidad en una serie de televisión. Sí, aquella que se titulaba “CON LOS PIES EN EL SUELO”, y que iba sobre el mundo de las zapaterías. Él daba vida a un zapatero que, con la que estaba cayendo en el sector del calzado, había hecho popular la frase: “por cierto, de depre nada”.

Llegó finalmente el primer Viernes de Septiembre. Y marcando una tradición, las puertas del “Café El Teatro” se abrieron de par en par. A Mari Cruz le invadía una sensación rara, con una mezcla de nostalgia y envidia, porque ella no estaba ya en el centro de la organización. A los nuevos del Área de Cultura los veía allá en la primera fila, coordinando, ajustando, atendiendo, trajinando. Y ella, sentada con unos amigos en las últimas filas, aguardaba el inicio de la función, que por cierto se retrasaba más de diez minutos. Nada profesional. Al poco, se hizo la oscuridad y el silencio. Alguna tos suelta. Mari Cruz agudizaba el oído. Frescor total. Brazos fríos. Empezó la representación. Aburridilla. Teatro experimental. Aficionados. Fue por el cuarto bostezo cuando Mari Cruz oyó en la sala un “FFFFFFF…..” y luego un “POOOOF”. Increíble, pero cierto. Ni hecho adrede. Y en vez de pensar que vaya porrrrrquería de equipo de aire acondicionado, se levantó de un salto, con las pulsaciones a más de ciento cincuenta, alguno pensaría “dónde va esa loca”, se abrió paso a pisotones entre la fila ocupada, accedió al pasillo central, y salió corriendo hacia la salida lateral, por donde el luminoso “Gafé El Teatro”, porque estaba segura, no podía ser de otra manera, de que si se rompía aquel trasto, y estaba claro que se había roto, era porque por allí cerca andaba Carlos Tejeda.

domingo, 13 de junio de 2010

DIEZ, VEINTE O TREINTA

Había una vez un niño que era muy bueno. Inteligente. Trabajador. Amigo de sus amigos. O eso pensaba. Cada mañana, aivó, aivó, iba solito al cole a trabajar. Y cada tarde, aivó, aivó, regresaba solito a casa a descansar. ¿Más detalles? Cargaba con una mochila que abultaba como él y pesaba casi como él. Y por el camino, pues qué iba a ver: coches aparcados. En fila, en batería, sobre las líneas amarillas, encima de los pasos de cebra. Coches circulando. Coches y más coches. No en balde, la frase más repetida en su casa era: “Ten cuidadito al cruzar la carretera”. Pero al niño no le llamaban la atención los automóviles por su espectacularidad, no. Le daba lo mismo el bólido más cañero, que la furgoneta más patatera. Lo que miraba con intensidad y vertiginosa rapidez eran… ¡las matrículas! Sí, qué pasa: las matrículas. Sobre todo aquellas cuyos números sumaban diez, veinte o treinta. Realizaba la operación matemática en cuestión de milisegundos. 0578. Total, veinte. Entonces, el niño, cruzaba la carretera, con cuidadito, si tenía que cruzarla, y hacía lo imposible por tocar la matrícula. Esto le transmitía una corriente de Energía positiva y buenas vibraciones. O eso pensaba. Total, no era tan raro. Seguro que había gente más extravagante abonada al selecto club de los capicúas. 7447, por decir uno. Por no hablar de los maniáticos de los números redondos. 1000, 2000, etc, etc.

Una tarde, descubrió una presa nueva. Un flamante descapotable acabadito de estrenar. Reluciente como un espejo. Pero estos detalles le daban igual. Lo que le emocionó era que sumaba treinta. 9777. “¡A por él!”, se dijo. Tocó con el dedo índice de su manita derecha la matrícula por la parte del portón. Y al instante sintió cómo le llegaba la Energía positiva. Y al instante también escuchó el grito de un señor que se dirigía hacia él con muy malas pulgas y le llamaba de todo, menos bonito. Hecho un energúmeno. Entonces el niño aprendió que el mundo se divide entre los que corren y los que corren más para que no les pillen. Y él se apuntó, de momento, en el segundo bloque. “¡Como te coja, te estrujo!”. En realidad, le dijo cosas peores, pero esto es un cuento infantil. Acaso, concluyó nuestro niño, el señor que le perseguía lanzando mil maldiciones debía de ser el dueño de aquel deportivo. Y concluyó también, este pobre infeliz, buscador de matrículas que sumaban diez, veinte o treinta; que el perseguidor pensaba que él le había pegado un supuesto moco en la carrocería. No fue por instinto de supervivencia, no. Fue por piernas. Porque nuestro niño corrió más y porque aquel pedazo de bruto gritaba mucho pero corría poco. Y cuando el pequeño se vio a salvo, mientras respiraba fatigosamente, decidió cambiar sus normas internas. En lo sucesivo, bastaría para recibir Energía positiva y buenas vibraciones con ver la matrícula que sumara diez, veinte o treinta. No haría falta tocarla. Y así se acataría y así se cumpliría en los años venideros. Y colorín, colorado, con quinientas veintitrés palabras, 523, cuyos números suman diez, este cuento se ha acabado.

domingo, 6 de junio de 2010

NO OS ENTIENDO

En medio de una pesadilla muy real, probablemente fruto de la pesada digestión de la cena, por un maldito atracón de tortilla de patatas, sonó el zumbido del despertador. Venía a su rescate. Gracias a Dios. El mal sueño se fue disipando bruscamente cuando tomó conciencia de la realidad. Pedro se destapó y saltó de la cama. Aún no había clareado. Y para hoy tenía prevista una agenda de lo más completa. Lo primero fue la visita a Roca. Lo siguiente, preparar el desayuno, café soluble con leche, tostadas y zumo.

Puso la radio. Como cada día. Era la emisora de siempre. Con la sintonía de siempre, precedida de las señales horarias. Tiroriroríiiiiiiii. Claro, sonó la voz de siempre. Tendría que saludar, decir la hora y dar los buenos días… Un momento. Alto. Efectivamente: Era la voz del locutor estrella. Hablaba y hablaba. Pero Pedro no entendía absolutamente nada. Qué broma era ésta. “Dien cep erin cefein erfe”. Miró el dial. Sí, que sí, era el de siempre. Apagó y encendió el receptor varias veces. Qué narices estaba pasando. Se escuchaba alto y claro, “Dien cep erin cefein erfe”, y más cosas ininteligibles. “¿Qué coño dice éste hoy? ¡A tomar por saco!”. Sintonizó otra emisora. Ya había tenido bastante paciencia. Se pasó al dial de la competencia. Y apareció la voz de la locutora emergente. Y prestó atención, a ver qué contaban hoy de los brotes verdes. “Dien cep erin cefein erfe”, escuchó esta vez, pero en femenino. No estampó el sintonizador contra el suelo porque se lo pensó dos veces. ¿Será posible…?

Miró el reloj, se le tragaba el tiempo. Bebió rápido, se quemó a base de bien el gaznate porque se había pasado con el microondas. Comió rápido, se atragantó con las tostadas. Se duchó rápido, le quedó algo de gel por la espalda. Se afeitó rápido, se cortó en la barbilla. Se vistió rápido, se abrochó mal la camisa y tuvo que volver a empezar, pero también rápido. Rápido. Rápido.

Lo que le estaba ocurriendo esa mañana le tenía muy escamado. Estaba a punto de salir ya de casa, pero antes, fue al salón, encendió con el mando a distancia el televisor extramegaplano. Las noticias. Subió el volumen. “¡Dien cep erin cefein erfe!”, dijo lacónicamente el presentador. Y ya Pedro se tuvo que pellizcar. Esto no le podía estar pasando a él. “¡Mónicaaaaaa!”, llamó a su mujer. A la primera voz, ella que estaba completamente sopa, ni se inmutó. Y él entró en tromba en la habitación, encendiendo la luz de la lámpara, “¡Mónica, despierta!”, y le zarandeaba el hombro, “mira qué leches está pasando hoy, ven cariño, escucha esto, por favor, que esto es de locos…”. Y ella, cegada por la claridad repentina, apenas podía abrir los ojos. Los pelos de cualquier manera. Las sábanas marcadas en la cara. Pedro le cogió la mano, y la llevó en volandas hacia el comedor, donde la tele extramegaplana seguía encendida. “Escucha, escucha: no sé en qué idioma están hablando…”, le pidió. Mónica entonces dejó escapar un: “Dien cep erin cefein erfe” ronco y seco, de recién levantada. “¡Ostras, Mónica, tú también, no, por favor, por favor…!”, se espantó Pedro. Y, al borde del ataque de nervios, golpeó con furia la pared. ¿Pero, se puede saber qué está pasando hoy? Se cumplió lo del pez que se muerde la cola. Él estaba a punto del shock cuando la oyó a ella. Ella se aterrorizó al verle a él en ese estado de nervios. La empujó para abrirse paso, “¡No os entiendo, no os entiendo ni una mierda!”, gritó.

Se refugió en el despacho. Cerró tras de sí. Y se quedó apretando fuerte la puerta porque tampoco quería ver a Mónica detrás de él. Se pidió a sí mismo calma. Serenidad. Vio el móvil. Pedro, tranquilo, Pedro. Lo encendió. Le temblaban las manos. Una penúltima prueba. Llamó a Lucas, con quien tenía prevista una reunión a primera hora de la mañana. Dio tono. Uno, dos, tres, cuatro. Contesta, Lucas, por tu padre. Al sexto, descolgaron, “¡Lucas, no te lo vas a creer…, no sé qué pasa en mi casa, todos hablan en arameo, por lo menos!”. Al instante, sonó la voz de Lucas, “¡Dien cep erin cefein erfe!”. Y a Pedro se le rompieron todos los esquemas lógicos.

Intentó razonar con la mente en frío. Analizó las posibles causas. Siempre iba a parar a la maldita tortilla. Nunca, nunca más tortilla por la noche. ¿Acaso no tendrían aquellas yemas de aquellos huevos de corral un ingrediente alucinógeno? Si fuera así, sólo tenía que sentarse y esperar. Con los ojos fuertemente cerrados, esperar a que pasara el efecto. Las nueve. Las diez. Las once. Mirando las paredes y las fotos de familia. A las doce volvió a llamar a Mónica, quien esperaba angustiada detrás de la puerta del despacho. “Háblame ahora, cariño, dime algo…”. “Dien cep erin cefein erfe”, le dijo ella con evidentes gestos de preocupación. Y él se derrumbó, escondiendo la cabeza entre los brazos, y murmurando, “la madre que te parió…”.

La una de la tarde. Las dos. Un montón de llamadas perdidas en el móvil. Había intentado coger alguna, pero enseguida le decían, ““¿dien cep erin cefein erfe?”, y él reír por no llorar, respondía, “tú más, por si acaso”. Y les colgaba. Definitivamente se había despertado en un mundo como el suyo, con personajes como los suyos: Pero no eran los suyos. Se sentía como si le hubieran dejado caer en una ciudad remota, con un idioma irreconocible.

Mónica, que entró sigilosamente en el despacho, le señaló el edificio de enfrente, el Hospital. “No me duele nada”, replicó en un principio. Pero inmediatamente recapacitó. “Mejor será que vayamos, si me he intoxicado, lo verán enseguida…”. Y se atrevió a salir de casa. Con su mujer al lado. Él trataba de captar las conversaciones de la gente que deambulaba por la acera. Imposible. Entraron por Urgencias. Estaba todo colapsado por gente que esperaba su turno. Griposos. Accidentados. Decenas y decenas de personas con caras muy perjudicadas. Se acercó a la ventanilla de recepción y le preguntaron: “¿Dien cep erin cefein erfe?”, a lo que él adujo: “No os molestéis, es como si me hablarais en chino, no os entiendo”. La de recepción llamó urgentemente a unos enfermeros. Acudieron a toda prisa con una camilla. Lo acostaron. Le ataron los pies, las manos, el cuello. Él trató de resistirse. “¡Mónica….! ¿Qué me hacen? ¡Mónicaaa! ¡No les dejes…!”. Le pasaron por delante de toda la lista de espera de todas las Urgencias Urgentes. Con la camilla a todo meter. Un sinfín de largos pasillos con olor a desinfectante. Un pinchazo en el antebrazo. Unos focos de un quirófano. Un pensar, ¿pero qué coño hago yo aquí? Y luego nada. Nada. Nada.

“Éste ha tenido suerte”, escuchó Pedro cuando fue volviendo en sí no se sabe cuánto tiempo después. “Últimamente se nos están presentando muchos casos…”. Gorro y mascarillas verdes de cirujano. Sobre una bandeja metálica, un pequeño decodificador con restos de sangre. Se lo habían cambiado. “Esto de que la gente no entienda a la gente no es nuevo: siempre ha pasado”. “Ya, ya… no es cosa de alarmar a la población”. A Pedro le salió una sonrisa. Captaba perfectamente cada una de las palabras de los médicos que estaban junto a su cama. “Mira; ya se le pasa el efecto de la anestesia”, dijo uno. “¿Qué tal se encuentra? ¿Nos escucha bien?”. Perfectamente, pensaba Pedro. Qué maravilla. Y les respondió un rotundo: “Dien cep erin cefein erfe”. Los dos especialistas entonces se miraron con un evidente gesto de preocupación. Pedro pensó, debe de ser la boca seca, la falta de saliva, y repitió: “Dien cep erin cefein erfe”. Entonces ya sí, dieron la voz de alarma a su equipo y ellos mismos empujaron de nuevo la camilla del incomprensible Pedro hacia la sala de operaciones.