domingo, 27 de octubre de 2013

Me queda un duro

 
I
Me queda un duro. Me llevo la mano al bolsillo y lo toco. Lo paseo entre los dedos. Lo saco. Aprieto el puño. Con la moneda dentro. Me asomo de nuevo al escaparate. Miro los precios. Lo que me gustaría comprar se dispara. Suspiro. Se me pasa por la cabeza que lo mejor será guardarlo. NOOOOOOO. De eso nada. Es que me quema. Yo me lo gasto. Sí o sí. Vuelvo sobre mis pasos hacia el kiosko de chuches. Miro el reloj. Nos quedan quince minutos aún hasta que vayamos todos a la puerta del autobús, punto de encuentro. Un cuartito de hora. Seguro que de aquí a allá, algo encuentro. Algo que me guste y que valga cinco pesetas.
II
Me acerco al chiringuito. Me pongo de puntillas. “Eh, eh, oiga”, intento llamar la atención. El camarero, ni caso. Levanto la mano para que me vea. Por fin. Ya era hora. Se vuelve hacia mí. Está poniendo una cerveza espumosa a un barrigudo peludo. Le pregunto: “Oiga… ¿cuánto vale un granizado de limón?”. Casi sin mirarme a la cara, me responde: “Once pesetas”. Mecagüen. Me llevo la mano al bolsillo. Uf, no me llega. Aquí sigo llevando sólo mi duro, mis cinco pesetas.
III
En un gran recipiente de cristal, salpicado de gotas, y removido por una lenta pala metálica gigante, miro el granizado y me hipnotiza. Se me hace la boca agua. Tengo sed. Sed. Sed. Me pongo de puntillas otra vez. “¡Eh, eh, oiga!”. Hay cola ahora. El camarero no da abasto para atender a todos los que le piden a la vez. Ni aunque fuera un pulpo tendría suficientes manos. Olivitas por aquí, pinchos por allá. Le llamo de nuevo. Presta su oreja a lo que le digo, sin dejar de coger un vaso, ponerle hielo, limón, y con un ruido sonoro, dejarlo en la barra. “¿…y si fuera medio granizado de limón, cuánto sería?”. Ni pestañea. Ni se molesta en contestarme. Qué capullo que es este tío.
IV
Arrastro los pies. Podría comprar otra cosa, pero es que quiero eso. Un granizado. Andando hacia el autobús, veo a Elio. Él también me ve. Tengo una idea. Le llamo. Corro hacia él. Va rojo, rojo como una gamba. Me río. Y se lo digo. “Anda que tú”, me contesta. ¿Yo? Como no me veo, no me lo noto. Él también venía forrado a la excursión. Es millonetis. Me puede hacer un préstamo. O podemos compartir. No me ando con rodeos. “¿Cuánto te queda?”. “Cinco pesetas”, me dice. No me puedo callar. “Jo, macho, ¿y con qué te has gastado todo lo que traías?”.
V
Nos lo contamos. Nada más bajar del bus, yo he ido directo a la máquina y me he sacado una Revoltosa de naranja. De medio litro. Me he entripado. Rooooook. Perdón. Es el gas. Sé que eso no se hace. Pero se me ha escapado. Luego, en el bazar, he visto un coche de plástico que me ha gustado. Sí, ya, en casa tengo otros. Pero no son como éste. Y, bueno, después del bocadillo de york y queso, me apetecían unas chuches y he comprado un chupachups Kojak. Mmmm. Qué bueno. Quería saborearlo y que me durara, pero a la que mis dientes han podido, lo he triturado y en un pispás me he quedado sólo con el palito. Elio asiente. Los Kojak no se pueden comer despacio.
VI
Estoy de nuevo encaramado a la barra del chiringuito. Esta vez no vengo solo. Elio está conmigo. Los más listos de la clase. Elio es el mejor con diferencia en matemáticas. No hay decimal que se le resista. Y yo mismo, aunque me esté mal el decírmelo, soy un virtuoso del lenguaje. Sonetos a mí. “Eh, eh, oiga”. Este camarero necesita un otorrino. Finalmente, parece que nos escucha. “¿Y por diez pesetas no nos pondría un granizado?”. Eso es negociar. Esperamos que acepte nuestra tentadora oferta. Viene, se acerca, y nos dice: “…hacedme un favor: iros a jugar por ahí”.
VII
Cinco minutos más y tenemos que irnos ya. Y a mí me sigue quedando un duro.
VIII
Elio y yo no nos hemos alejado de la órbita del chiringuito. Contrariados. Sedientos. Qué sed. Los de la clase van acercándose al autobús, que todavía tiene las puertas cerradas. Vemos a Clodi. Lleva arena en el pelo, y arena metida hasta más arriba de la pantorrilla. Nos pregunta. “¿Qué hacéis?”. Le contamos. No nos llega para un granizado. Sonríe. Hurga en el bolsillo de su bañador. Y nos  enseña: “Yo tengo una peseta”.
IX
Ahí estamos. Haciendo equipo. “Eh, eh, oiga”, le digo y reclamo con tono autosuficiente, “¿nos pondrá por favor un granizado de limón?”. El chiringuitero deja el friegue. Se rasca la patilla. Se seca las manos. Busca un vaso de plástico. Y por fin, llena un vaso de granizado. Me relamo. Se me hace la boca agua. “Aquí tiene”. Mi duro. Las cinco pesetas de Elio. Y la peseta de Clodi. Total, once. El pacto del limón. Tengo la garganta seca. En el otro extremo de la barra están las pajitas. Ya las trae Clodi. Sujeto el vaso. Fresquito. Qué pinta. Granizado verdecito en su punto. Empieza Clodi. Es el acuerdo. Sorbe. Se le meten los mofletes hacia dentro. Mi cara se transforma. También la de Elio. Sorbe y sorbe. No nos da tiempo de decir, “hey, para, para ya”. Suelta una carcajada y sale corriendo. A lo lejos nos llaman porque sólo faltamos nosotros en el autobús. Ahí estamos. Los más listos de la clase. Sujetando un vaso en el que queda hielo seco. Toma, toma soneto.
X
Yo no sabía que había que rendir cuentas. Mi padre ha querido saber en qué me he gastado el dinero que me dio para la excursión. Bueno. Le he contado lo de la naranjada. Le he enseñado el coche, que después se me ha roto porque me he sentado encima sin darme cuenta. Luego, el Kojak. Y luego… no entiendo por qué se ha puesto así cuando le he dicho lo del granizado de limón. “Hijo… ¿Cuándo aprenderás a no ser tan pardillo? ¡Uno, uno solo que tenía una peseta, os ha tomado el pelo…!”, me ha gritado. Menuda bronca. Ahí es cuando ha venido mi madre, que estaba escuchándonos desde el cuarto de la tele. Y le ha dicho: “…a ti,  más te valdría callar, ¿o no te acuerdas del concejal Bisagra que tenéis en el Ayuntamiento, que os saca hasta los higadillos?”. Mi padre ha lanzado un resoplido y se ha quedado mudo entonces. Todo ha vuelto a la calma. Yo no entiendo nada. Son, supongo, cosas de mayores.

domingo, 20 de octubre de 2013

Yo le hice dos bolas de set a Lucky King

 
I
“Aquí no viene nadie”, digo volviendo a mirar el reloj. Pasan diez minutos de las siete. Mi amigo Jordi, que hace las veces de juez, estira el cuello hacia el camino y trata de contener mi impaciencia. “Esperamos cinco minutos y, si no aparece, te damos el partido por ganado debido a la no comparecencia del rival”. Asiento, me conformo. Dicen que Lucky King regresaba hoy de un curso de verano en Tondon. Pero que vendría de cabeza desde el aeropuerto porque tenía mucha ilusión por jugar. Él ya ha ganado aquí los últimos tres años. Tres.  Salgo de nuevo a la pista. Me agacho para recoger una bola. Suelto un trallazo que sacude la valla entera. Yo he sacrificado mi verano para llegar aquí. Horas y horas de entrenamiento. Y Lucky es mi último verdadero obstáculo. Si paso, y el reloj está a punto de decirme que voy a pasar, no encontraré un adversario de la misma talla en semifinales. Y una vez ahí, a darlo todo por llegar a la final. Y por ganarla. Lo veo. A tiro de piedra. Mi primer torneo serio. Y luego vendrán más. A mí no, a mí no me puede pasar como a la lechera del cuento… A lo lejos, tras la curva, escuchamos cómo se acerca un coche.
II
Las ruedas del 205 GTI negro derrapan en la grava. Siete y cuarto en punto. Perfectamente equipado, lo veo bajar del asiento del copiloto. “Ya está ahí”, dice Jordi, encogiéndose de hombros por una parte y respirando aliviado por la otra. Mi pulso se acelera. Ha llegado el momento. Escucho cómo queda con su primo para luego. “…haced el favor, recogedme a las ocho y media”. Eso es que piensa acabar el partido por la vía rápida. Ja. Su primo le recomienda: “…no le humilles”. El GTI derrapa de nuevo y, broooom, broooom, sale acelerando. No habrá más espectadores pues que las hojas de los chopos, que mecidas por la brisa, parecen cabecitas. Lucky baja las escalerillas hasta la pista. Saluda. Pide disculpas por el retraso. “….es que del avión no sacaban las maletas”. Mi devolución del saludo es hosca. Estoy concentrado. Venga. ¿Empezamos? Las primeras pelotas empiezan a pasar hacia un lado y hacia otro por encima de la red.
III
Pues qué se creía. Le he salido respondón. Ya no es el caballero que parecía cuando llegó. Corre como un desesperado a un lado y al otro de la pista. Su impoluta camiseta cocodrilera está empapada por el sudor. Aprieto mis puños. Celebro sin exteriorizar cada punto. Me auto-animo. Vale. Bravo. Bien. Mi nueva raqueta de fibra de vidrio y yo formamos un todo. Es como mi espada Tizona. Lo estoy cosiendo a mandobles y noto cómo, de un momento a otro, él doblará el espinazo. Nada me distrae. Voy a por todas. Y, encima, las bolas que envío hacia el otro lado, dan en la raya, entran,  y salen rebotadas con efecto. “¡MUUUUUY BUENA, RICHARD!”, escucho decir. Sí, ése es Jordi, que ha olvidado por un momento que es el árbitro y se lleva las manos a la boca para tapársela. El chico no ha podido contenerse.
IV
Con ese tiro cruzado, zassssssss, y con la ayuda de la red, le he pillado a contrapié. Je, je. Y ya he llegado donde quería. Cuarenta treinta en el juego. Y cinco a dos a mi favor. Lucky se toca la rodilla y se duele. Ahora se acerca a la red, en el lateral donde está la silla del árbitro. Qué pasa. Me llama. Le falta fuelle. Lo tengo contra las cuerdas. “…he de confesar que he venido mareado del vuelo… algo que comí no me ha sentado bien…”. Me mira a los ojos. Procuro mostrar una cara de póker. De escalera de color, mejor. “…por otro lado… dentro de nada se hará de noche… y jugar sin ver es…”. Mmmm. Dónde quiere llegar. “Propongo aplazar el partido y continuar mañana por la mañana”. ¿Eh? ¿Cómo? Miro a mi amigo Jordi, mi juez. Se toma unos segundos para conceder: “Si Richard no tiene inconveniente…”. Un momento. Un momento. Al enemigo, ni agua. Si él no se encuentra bien, ajo y agua, que se retire, yo gano el partido y en paz. Es lo justo. Trago saliva. Sin embargo, me escucho diciendo con voz alta y clara: “Mañana, a las nueve en punto, continuamos”. En ésas, aparece de nuevo el GTI, con las luces encendidas. Ocho y media en punto. Mientras me agacho a recoger las bolas desperdigadas, pienso que este sentido de la nobleza tan arraigado que tengo me tiene que traer muchos disgustos.
V
Es madrugada. No puedo pegar ojo. Asomado a la ventana bajo un manto de estrellas minúsculas, monto guardia. Acaricio la victoria. Hice lo que mi sentido del deber me dictaba. Nada que reprocharme. Es aquí cuando me viene a la cabeza, cuando me pregunto, si todo lo que nos tiene que pasar está ya escrito en alguna parte. Me pregunto si es posible alterar, levemente aunque sea, lo que nos tiene que pasar. Es que, en el caso de conseguirlo, siempre quedaría como que esta alteración ya estaba escrita en el guión original. Con estas disquisiciones, lo más normal es que termine por hacerse de día. Y eso, definitivamente, sí que está bien escrito.
VI
Las nueve menos cinco. El sol se levanta por encima de nuestras frentes y hoy castigará de lo lindo. No esperaba tanto público. Se lo digo a Jordi. Lo interpreta: “…corrió la voz de lo que pasó ayer y ya sabes, a la gente le gusta el morbo”. Sí: las gradas, casi siempre vacías, están repletas de animadores. También está Berta. No, no me pongo nervioso. Es motivante que esté ella. Eso me tiene que multiplicar las fuerzas. Claro que sí. Ahí viene el 205 GTI, esta mañana, sin derrapes. Más modosito. Recién peinado, polo nuevo, rosa pastel, baja Lucky King. Nos damos la mano. El combate pues, continua donde se quedó.
VII
¡Jordi, no me jodas, la bola ha entrado!
VIII
No me lo puedo creer. Se acabó la química entre mi Tizona y yo. Me quedo mirando la raqueta. ¿Es que tiene un agujero el cordaje? Me lamento. Venga, venga, me digo, concentración. De tanta concentración y rabia que le pongo, le doy un zurdazo a la pelota que la saco del campo. Lucky ni pestañea con la cinta que recoge su pelo lacio. Así, igual, le di ayer, y sin embargo, entró dentro, justo en la raya. Hoy no. Empieza a decaer la moral en la tropa. O sea, en mí mismo.
IX
Un mar de lamentaciones inunda mi ánimo. Tenía que haberle rematado cuando pude. Ahora es tarde, todo está cuesta arriba… voy de parte a parte… me está machacando.
X
Me zumban los oídos. No oigo nada. A él le aplauden. Vamos al centro. Y red con red, me tiende la mano. “Me lo pusiste muy difícil”, me dice Lucky. No sé qué responderle. Leí en alguna parte, “más vale una derrota con honra que cien victorias sin honor”, y me lo repito. Pero eso no calma. Se me acercan Jordi y Berta. Por favor, por favor, que no me digan nada. Traen caras de circunstancias. Jordi me da una palmada en el hombro. A lo mejor, dentro de unos años, esto me lo tomo como un gran cumplido. Pero ahora mismo hace el efecto que el alcohol tiene sobre una herida abierta. Escuece. Y rabio. Sí: Lo he mandado a tomar por saco cuando me ha dicho: “…siempre podrás decir que le hiciste dos bolas de set a Lucky King”.

domingo, 13 de octubre de 2013

Desde la luna

 
 
I
El identificador de llamadas muestra un número larguísimo. De veintisiete dígitos lo menos. Será propaganda. Pero a estas horas… y además un Viernes... Me puede la curiosidad. Va, venga, lo cojo. “¿Sí?”. Alguien me devuelve la pregunta. “¿Astrid? Buenas noches,  ¿sabes quién soy?”. Me da mucha rabia que me contesten así. No me caracterizo por tener un oidito muy fino. Mmmm. Y bastante es que yo diga, porque me lo parece: “Claro que sí: ¡Fulanito!” para que luego sea Menganito el que me llama y entonces ya sí que me quedo con una sensación de ridículo que me va a acompañar horas y horas. Prefiero callarme entonces. Que siga hablando. Mmmm. “¿Astrid? ¿Astrid? Soy Salus…”. Iba a poner en marcha el disco duro con toda la agenda que tengo en mi cabeza, pero lo paro pronto. Salus sólo conozco a uno: Al Cerebrín.  “…del Instituto”, apostilla él. “¡Salusssssss, Cerebrín!”, exclamo entonces. Me quedo a cuadros. Bloqueada. Cuánto tiempo. Años. “Qué es de tu vida”, le pregunto. La conversación es breve. “Sólo quería saber de ti”, me dice antes de despedirse. Después de colgar, me quedo como hipnotizada. Por qué habrá llamado. Soy de las que piensa que las casualidades no existen.

II
Esta semana he sacado la vieja caja de zapatos donde guardo las fotos antiguas al tuntún. Y me he puesto a buscar las del colegio. Menudas caras. Ahí estábamos todos. Ése, el más alto, es Salus. Nos sacaba palmo y medio al resto. Qué rapidez la suya para el cálculo. Competía contra la calculadora Casio y a veces hasta le ganaba en velocidad. Solía decir: “Todos somos el resultado de unas cuantas sumas, restas, multiplicaciones y divisiones. Todos somos un simple y puñetero número”. Y lo que hacíamos los demás era acudir a él en masa para que nos “ayudara” a hacer los problemas de matemáticas. Alguien que dedicaba su tiempo y su paciencia en explicarme a mí, que soy un cero a la izquierda, cómo se demuestran los teoremas más intrincados tiene que ser alguien… alguien que sintiera algo más… Cerebrín, mi Cerebrín. Sin embargo, llegó Junio, yo me quedé con mi aprobadillo en mates y él, él se fue con su matrícula de honor y con Nicole, que era de Letras.

III
Lo reconozco. Es Viernes de nuevo y yo estaba pendiente del teléfono. Me preguntó si me parecía bien que volviéramos a hablar. Mmmmm. Me lo pensé. Tardé en contestar. “Te llamaré otra vez, Astrid”, me aseguró. Empezaba a impacientarme cuando, zas, han aparecido sus veintipico misteriosas cifras en el display del teléfono. Hoy sí, hoy sí que habría adivinado su voz geométrica. “¿Astrid?”. Comentamos lo acontecido esta semana. Qué fuerte lo de las torres gemelas. Luego me pregunta por mí. Cómo me va. Mmmm. Por ahí prefiero no seguir. No me va bien. No me va mal. Pero de la monótona vida que llevo no es algo de lo que me sienta especialmente orgullosa.

IV
Él sí. Cerebrín sí es un misterio. Le he preguntado ya varias veces a qué se dedica. Será catedrático lo menos. Se ríe cuando lo afirmo. Y por qué tiene un número tan largo. Después de estar ya tres meses hablando cada Viernes, matemáticamente a la misma hora, le abordo y le amenazo directamente. “Oye, o me dices qué estás haciendo tú o no seguimos hablando…”. Hay unos segundos de silencio. Lo encuentro titubeante. Al final me aclara: “Astrid: te llamo desde la Luna”. Al escuchar esto, le he colgado. Que le tome el pelo a su tía Rita la cantaora.

V
Que sí. Que es verdad. Que Cerebrín estudió en Harvard. Y se doctoró Cum Laude. Y que de ahí, a Cabo Cañaveral, un paseo en barca. Que entró por la puerta grande en la Nasa. Y que participó en un proyecto ultrasecreto de futuro para el establecimiento de una base permanente en la Luna. Pidieron voluntarios. Se presentó. Y lo eligieron. Para un viaje sin retorno. Allí está. Solo. En una casa prefabricada de cuarenta metros cuadrados. Me lo termina de contar con un: “ya estoy aquí: aunque me arrepienta una y mil veces, hay decisiones que no tienen vuelta atrás”. Espera mi reacción. Contengo mi coraje y le pregunto enfadada: “¿Dijiste que sí a un viaje de ida sin vuelta? ¿Para qué te han servido entonces todos los números que corren por tus neuronas?”. Me consume la rabia: Cómo puede ser tan pardillo uno de los seres más inteligentes que jamás ha pisado la tierra.

VI
Tomo un sorbo de café. Miro el reloj y me da un pronto. Les digo a mis amigas que me voy, que tengo prisa. “¿Por qué? ¿Has quedado con alguien?”.  Mientras recojo el bolso, y dejo un billete de diez sin esperar las vueltas se me escapa. “…no, es que me van a llamar desde la luna”. Glup. Se me ha escapado. Era ultrasecreto. “¡Ji. Ji, jí, qué ocurrencias tiene Astrid!”. Me sonrío. La mía es una verdad que no se cree nadie.

VII
“Cerebrín… esta noche te veo por mi ventana”. Miro hacia fuera y, efectivamente, una luna noble, redonda, enorme, emerge en el firmamento.

VIII
Los tacones de mis zapatos resuenan en el encerado. La sala huele a lejía. El corazón me va a mil. “Espere aquí un minuto”, me ha indicado la enfermera. Mientras, trato de despistar mi cabeza mirando las láminas con motivos neoclásicos que hay pegadas en la pared. Trato de no pensar en que este mediodía me he encontrado de cara con Nicole. Nunca la he tragado. Pero, venga, va, voy a saludarla, no quiero pasar por antipática. Trato de no pensar en que ha venido él a la conversación. Salus. “¿Salus? Pobre… Lo que nadie sabe es cómo sigue vivo después del accidente que tuvo hace ya dos años… no llevaba casco”. Trato de no pensar y los tacones no dejan de resonar en el piso. Vuelve la enfermera. “Lo siento mucho, Astrid… No sé qué le pasa esta tarde, pero no quiere ver a nadie… le hemos dicho que habías venido y se ha puesto de tal manera que le hemos tenido que sedar… Mejor vuelves otro día… Seguro que se alegra”. Apenas me sale un “hasta luego”. Me doy la vuelta. Ando como una sonámbula. Sobre mis espaldas dejo un edificio recio con un rótulo. Casa de Reposo. Sí, Casa de Reposo.

IX
Viernes. Hoy, en el identificador de llamadas, tampoco han aparecido sus veintipico números.

X
RIIINNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNG. Me quedo paralizada. Ahí está. Es él. Salus. Mi Cerebrín. Descuelgo. Escucho. “¿Astrid? Astrid disculpa… tuve un gravísimo problema con el generador de energía y ya sabes, yo soy un manitas: termino arreglándolo todo, pero a mí me cuesta el triple de tiempo que a los demás…”. Apenas musito un saludo. Él continúa. “…también he reparado por fin el telescopio y, desde aquí, te he visto: guapíiiiiiisima”. Con un nudo en la garganta y con una lagrimita a punto de escapárseme, le he replicado: “¿Guapísima dices, Cerebrín? Vuelve a ajustar los cristales del telescopio, que seguro,  seguro,  los tienes aún desenfocados…”.

domingo, 6 de octubre de 2013

Buscando a Manolo

 
I
Yo y mi manía de registrar todos los cajones. Debajo de debajo de un montón de papeles y facturas he encontrado un viejo sobre con fotografías. Y me he puesto a mirarlas. De cuando todavía había carretes. En color destintado. Son de una playa. Y en algunas salgo yo de pequeñita. Me calculo… unos tres añitos más o menos. Ohhh, qué mofletitos. Pero qué monada. Lo que me he estropeado con el tiempo, je, je. ¡Menudo documento! Al instante, me he levantado arrastrando la silla y me he ido directa a preguntarle a mi madre: “Oye mamá, ¿qué sitio es éste y de cuándo es?”.  Ella se ha sorprendido. “¿De dónde las has sacado, Denise?”. “Pues de ahí”, he señalado al escritorio del despacho de  mi padre. “Vuélvelas a guardar donde estaban, hija, y ve preparando la mesa que la comida casi está a punto”.  Me ha sorprendido ese gesto serio y ese intento de cambiar de tema. No le va a servir de nada. Yo  no me quedo sin saber por qué esas fotos no están con todas las demás, catalogadas y puestecitas en su álbum correspondiente. Menuda soy yo cuando me propongo enterarme de algo.
II
Así que era eso. Aquel verano mis padres alquilaron un apartamentito en una playa mediterránea, cerquita de Mardebé. Sombrilla, tumbonas para ellos. Cubo, pala, rastrillo para mí. Todo era más que perfecto. Hasta que un día… “¿dónde está la niña?”. “...pero, ¿no estaba contigo?”. “…no, no, yo te había dicho que tú te hicieras cargo”. Reproches en dos direcciones. Ay, ay, ay, angustia en el cuerpo. Gritos en la orilla. ¡DENISSSSSSSSSSSE! Momentos desgarradores. Decenas de personas buscando a una pequeñaja de tres años en una playa abarrotada de domingo. ¡DENISSSE! Dios, que aparezca, que esté bien. La policía pidiendo detalles: “cómo era la chiquilla, qué bañador tenía…”.  Nervios atenazadores por todas partes. Tras unos minutos interminables, corrió la voz, y señalaban, allí, allí, aquel socorrista me estaba sacando en brazos del agua. Amoratadita. “…por lo que parece, una ola arrastró su muñeca, ella quiso recuperarla y la corriente se la llevó hacia dentro…”. Un impactante silencio se produce en el comedor de casa mientras mis padres rememoran con amargura aquel mal trago. Así que era eso. Yo, desde luego, no me acordaba de nada.
III
Ahora entiendo que las fotos estén aparte. Que nunca más hayamos vuelto a esa playa. Que fuera innegociable para mis padres el que yo aprendiera a nadar. Tengo un dato más. El socorrista se llamaba Manolo. Gracias a Manolo, pues, hoy estoy viva.
IV
Es muy extraño, le digo a Dominique, mi novio, que con la memoria fotográfica que me caracteriza lo haya olvidado absolutamente todo de aquel episodio. “Es normal… tenías tres años y el cerebro tiene sus mecanismos de defensa”, me tranquiliza él. No, no es normal. Y, conociéndome, es más que probable que, en mi subconsicente haya quedado una grieta que acabe un día por desgarrarse y llevarme a la zozobra mental. “Tengo que volver a Mardebé”, digo resuelta. “¿Para?”, me pregunta. “Para encontrar a Manolo y darle las gracias por haberme salvado la vida”. Él mueve la cabeza con desaprobación. “…estás un poquito loca, pero, si quieres ir, iremos”. Mmmm. No me he expresado suficientemente bien. Recalco: “Dominique, tengo que volver a Mardebé… sola”.
V
Mardebé. Esto no se parece en nada a lo que mis padres me contaron. Bloques y bloques de apartamentos se disputan un pequeño ángulo para vislumbrar un trocito de mar. Levanto la persiana. Cielo azul. Luz de Septiembre. El de la recepción del Hotel,  con un inglés académico,  me ha preguntado cuántos días voy a estar. No lo sé. Depende. Nada más llegar ya me hacen muchas preguntas. Y eso que aquí, quien había venido a preguntar era yo.
VI
Anda que no hay Manolos en este sitio. Por todas partes. Suena en el hall una canción pegadiza. Amigos para siempre. Quién la canta. Sí. Los Manolos. Claro.
VII
Dominique me llama cada dos por tres para interesarse por mis avances. Todavía no tengo una pista fiable. De momento he ido a la biblioteca y he pedido me saquen los periódicos, día, por día, del mes de Agosto del año que yo tenía tres años. Sólo hay dos, por suerte. Me leo hasta los anuncios. Con el diccionario Collins al lado. Alguien le pregunta a la bibliotecaria por mí. “Quién es ésa”. Chissssss. “Una guiri muy rara que ha venido a leer periódicos viejos”.
VIII
También he preguntado en el Ayuntamiento. De ventanilla en ventanilla. “¿Una lista de los socorristas del año catapún? ¿Y para qué la quiere?”. Es impepinable. Tengo que dar explicaciones. El funcionario afina las orejas porque no entiende muy bien mi espanglish. Cuando termino, “…y por eso busco esa lista”, él replica: “…aquí no hay ninguna lista, eso vaya mejor a la Cruz Roja, que son los que gestionan ese servicio”.
IX
En la Cruz Roja se han llevado las manos a la cabeza: “…huy, eso que usted pide es de hace mucho tiempo, muy antiguo…”. Me dicen que pregunte a una persona que, de joven, fue socorrista. Pero no se llama Manolo. Se llama Pepe. Entonces no me sirve.
X
Empieza mi segunda semana. Me recomiendan que ponga un anuncio en las cristaleras de los comercios de la playa. Yo no me desanimo. Pero quien me pone un poquito de los nervios es Dominique al teléfono. “Deja ya de buscar agujas en un pajar”, me ha pedido. “Deja ya de agobiarme”, le he pedido yo. Ahora no me llama. Y, la verdad,  le echo un poquito de menos.
XI
El recepcionista que habla inglés de Cambridge me ha comunicado que tres personas me esperan en la cafetería. Ha corrido la voz más que la luz en el vacío. Los tres se llaman Manolo. Y discuten a gritos entre ellos a ver quién es más Manolo de todos. No perderé mucho el tiempo con ellos. Pero no puedo dejar de atenderlos. A lo mejor mi Manolo, el bueno, el salvador, es uno de ellos. Pero si lo es, vaya pinta que se gasta.
XII
El  Manolo número doce debe tener mi edad. No creo que, con tres añitos ya fuera un socorrista fornido, tabletas chocolate en el torso incluidas; no creo yo que me cogiera en brazos y me rescatara del agua. Eso sí, me resulta graciosillo. Pago la cerveza que se ha tomado. Si voy invitando a cada uno de los que pretenden ser el Manolo bueno, me va a costar un ojo de la cara. Al siguiente que venga, ni agua del grifo.
XIII
Estoy aburridilla oyendo hablar al número veintisiete. Él no está tampoco muy cómodo. Cuando me dice que mis padres me compraron un “frigodedo” para que a mí se me pasara el susto, mis neuronas saltan. Paro la conversación en el acto. Saco el móvil del bolso. Llamo a mi madre. Le pregunto. Ella no se acuerda de ese detalle. Pero… mi intuición y el vuelco que mi corazón está dando en este momento me dicen a la vez que sí, que acabo de dar con el tipo que me sacó del agua.
XIV
“Los años no perdonan y está muy cascado, pero, yo diría que sí,  que es él”, confirma mi padre cuando ha mirado la foto que le he remitido. Con esta prueba, he saltado de la cama, eureka, he llamado a Dominique y le he anunciado, llena de júbilo: “¡He encontrado a mi aguja!”.
XV
He vuelto a quedar con el Manolo Frigodedo, para entendernos. Pensaba que sería emocionante el darle las gracias cara a cara. Me he imaginado esta escena de mil maneras. En una de ellas, él está muy apurado en el agua, y soy yo quien con brazada firme, lo saca hacia fuera. “En paz, estamos en paz”. La realidad no es ésa. Su vida es un cúmulo de calamidades. No contaba conmigo. Pero recuerda que un día me salvó. Y remata: “…y si tú ahora me pudieras ayudar en algo…”.
XVI
A las ocho y cuarto abren el banco. He pedido hablar con el director. He preguntado por la deuda de Manolo. La que ha generado un expediente de deshaucio. “¿Y usted quién es para querer saberlo?”, me ha preguntado. Ya tengo asumido que aquí todos quieren saberlo todo. Son veinte mil y pico euros, más los intereses de demora. El tío casi se ha caído de su butacón cuando le he dicho que le hacía una transferencia desde mi cuenta para cancelar esa cantidad. Luego, entre reverencias, me ha acompañado a la puerta. Ahora sí. Me voy con la sensación de haber hecho algo por quien en su día me salvó la vida.
XVII
Manolo Frigodedo está merodeando en la calle, junto al parking exterior del hotel. Viene a mi encuentro. Creo que me va a dar las gracias, eternamente agradecido. “Denise, Denise, no sé cómo decírtelo…”. Estoy a punto de contestarle: “No tiene importancia”. Pero él antes, coge carrerilla y suelta: “…pero aún me faltan otros tres mil euros más para contribuciones atrasadas…”.
XVIII
Ahora sí. Con la cuenta corriente más enflaquecida, ha llegado el momento del regreso. Nada me retiene en esta playa. Mañana vuelvo. Voy a dar un último paseo al atardecer y… Manolo Frigodedo, otra vez a mi encuentro. Jo. Con lo que me costó encontrarlo y ahora me lo cruzo hasta para ir al baño. “….Denise, Denise, no sé cómo empezar…”. Se traba. Aprieta las manos. Tartamudea. “Denise… quiero que sepas… que…”. Miro hacia donde se unen el cielo y el mar. Él prosigue: “…yo no soy el Manolo que tú buscabas. Eres muy buena, Denise. No te mereces que yo te engañe con eso”. Respiro profundamente. Cierro los ojos. Está aborchornado. “…te devolveré hasta el último céntimo, te lo prometo, Denise… en cuanto lo tenga, claro”. Carraspeo. Él espera mi reacción. Es cuando me sale un gesto rotundo. “Manolo, hazme un favor: No me estropees ahora con esto una bonita historia”.
XIX
Bajo la maleta por la escalera. El ascensor no funciona. El de la recepción, otra vez, el que habla inglés británico, sale del mostrador. Creo que viene a ayudarme. Ya me ha pedido el taxi. Eh. Qué es eso que me da. “Es tuyo”. “¿Mío?”.  Es una muñequita vieja. “Es una Barriguitas… La que se llevó la ola y por la que te metiste en el agua…”. Me quedo muda. Ba-rri-gui-tas. Me viene un flash. De eso sí me acuerdo. “…¡Buffff, desde que te vi aparecer por esa puerta, me puse a buscarla en casa y tan bien guardada la tenía, que hasta esta mañana, no la he encontrado!”. No puede ser lo que estoy oyendo. Glup, glup. Balbuceo: “Cómo, cómo puedo agradecértelo…”. El botón de la camisa le aprieta el cuello. “…yo sólo cumplí con mi obligación”, me dice. Le cojo la mano. Otro flash. Sí. La reconozco enganchándome y tirando con fuerza hacia fuera del agua. Es su mano. El taxista espera. Suena en el hilo musical qué casualidad, Amigos para Siempre. Los Manolos, claro. Me abre la puerta del coche. Y él, como pidiéndome perdón, me dice: “…y lo siento mucho: Me llamo Pepe”.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Asquerosamente perfecto

 
I
“Hey, tíos, he conocido a alguien que es una caña”. Mi anuncio despierta poca expectación. Más bien ninguna. Yo esperaba otra cosa. Pero Óscar bosteza. Pachi garabatea con el boli un papel. Toño hace como que lee un tebeo. Y Eddy, por primera vez desde que nos constituimos, ha dicho que tenía que irse a comprar y no ha venido. Excusas. Miro por la ventana hacia la calle. Lo mismo se pone a llover. Mmmm,  como no hagamos algo y pronto, el CAPUM se nos viene abajo. Sí, nuestro Club de Amigos del Poli-poli Universal de Mediavilla. Con la de tardes gloriosas que hemos pasado,  con la de partidas memorables que hemos jugado, con la de merendolas que nos hemos arreado, con la de veces que ha tenido que venir mi madre a reclamarme, “Ginés, te he llamado tres veces: la cena ya está en la mesa, ¿es que tus amigos no tienen casa?”. Ni ella ni nigún padre entiende que nuestro Club es algo serio. Míranos ahora, qué cara de muermos. “La próxima semana, lo traigo”. Veo gestos de desaprobación. “A mí no me dejasteis invitar a Ketty”, protesta Toño. “Por mí, haz lo que quieras, pero que pague su parte de la merienda…”, advierte Pachi. “O que pague doble, por no ser socio”, salta Óscar. Se levanta la sesión. Se levantan los miembros fundadores del club. Y van desfilando hacia la salida, pasando por el mostrador de la vieja tienda de Ultramarinos. Todos menos yo, que, como soy el que pone el local de mi abuelo, me quedo recogiendo el desparrame de hoy. Ésta es, desde sus principios, la sede del CAPUM, pero eso, en mi casa, no tienen que notarlo.
II
Lo sabía. Sabía que Charly caería bien. Qué tío. Qué ocurrencias. En cuántos sitios ha estado. “Ya os lo dije”. Encima es bueno jugando al Poli-poli. Yo quería darle una lección, para que sepa que aquí tenemos nivel. Lo que pasa es que los dados hoy se han puesto de su parte. Casi todo seises. La suerte del principiante. Ha terminado barriéndonos del tablero, el tío, a mí el primero. “¿La revancha?”, le he pedido un poco picado. Mirando el reloj, estaba claro que no nos daba tiempo. “Vale, a la próxima”. Eso sí, la reunión de hoy no ha terminado sin nombrar a Charly nuevo socio del Club. Por unanimidad. La semana que viene, le entregaremos el carné. Somos seis ahora. El CAPUM vuelve por sus fueros.
III
No hago más que recibir parabienes. “Ya os lo dije: Charly es una caña”.
IV
“Bueno, va, jugaremos a más cosas, como propone Charly. Pero mantengamos los principios. En el nombre de nuestro club, CAPUM, figura el Poli-poli. Y nosotros no podemos perder nuestra esencia”.
V
Qué tiene de malo esta vieja tienda. Aquí no nos molesta nadie. Podemos reunirnos cuando queramos. Vale que, como arriba vivo yo, yo tengo que estar, pero a mí no me importa… Mmmm… por mucho que lo diga Charly, sigo sin ver qué tiene esto de malo.
VI
No los reconozco. A “mis” amigos Óscar, Pachi, Eddy y Toño. Están abducidos por Charly. Fue el último en llegar y ahora para todo le piden a él su parecer y su venia. Trato de abrirles los ojos. Esto es lo que me ha soltado esta tarde Pachi: “Lo que a ti te pasa, Ginés, es que no puedes soportar que no se haga lo que tú digas. Eso es lo que te pasa”.
VII
He llamado a Toño para decirle que, a la reunión de hoy, no iría porque tenía que ir a comprar. No parece que le haya importado mucho. La verdad es que después me he pasado la tarde en la vieja tienda, la antigua Sede de nuestro CAPUM. Solo. Cuando, a la hora de cenar, he subido a casa, a mi madre le ha faltado tiempo para preguntarme si me pasa algo. Es que me tiene calado.
VIII
Voy como una moto. Por fin. Después de una hora buscándolos, ahí están. Todo son risitas. Ji, ji, jí. Ja, ja, já. Ensayan para una “película gamberra” que Charly dice que harán. Me ven aparecer. Se hace el silencio. Voy directo. Hacia Charly. Ahora noto que me saca palmo y medio. No medio palabras. Le suelto un guantazo. Mi mano, dolorida, rebota. Él no reacciona. Los demás sí. “¿Tú estás loco?”. Me agarran entre los cuatro. Ya podrán, ya. Mis otrora amigos. Me arrastran. Me empujan. Grito. “¡¡Soltadme, coño!! ¡Se ha cargado nuestro CAPUM!”. Así acabo de morros en el suelo. Ellos se sacuden las manos y vuelven  prestos a interesarse por el agredido Charly. A mí, a mí… que me zurzan.
IX
…………………
XXX
Sí.  Después de un montón de años, reforman la planta baja, la histórica tienda. Mi madre me ha pedido que revise y retire los papeles que no quiera que se tiren. Con cierta desgana, he bajado. Han reaparecido, amarillentos y un poco arrugados, los estatutos del CAPUM. Los he releído con nostalgia. Los he retenido en mis manos unos segundos. Después, después, han ido, con casi todo lo demás al contenedor de la basura.
XXXI
Me he arrepentido un millón de veces de aquella explosión violenta. Nunca aprenderé lo bastante que ningún problema se soluciona a base de sopapos. Nada los justifica. De mis cuatro “ex” amigos no he sabido nada. A partir de aquello me hicieron el vacío y les perdí la pista. Pero a Charly sí lo sigo viendo. Casi cada semana. Hay algo que me da una rabia casi infinita. Él me saluda. Me trata con afecto. Y se interesa por cómo me va. El muy cabrón es asquerosamente perfecto.
XXXII
“Conozco a un consultor que es una caña”. He pronunciado estas palabras en la Sala de Juntas de la Cooperativa. Y al instante me las he querido tragar. Mis socios miran las gráficas con preocupación. Las tendencias. Las facturaciones y los márgenes. Espero que no me hayan escuchado. Espero que no se dirijan hacia mí para preguntarme de quién se trata. Porque me van a poner en un brete. A ver ahora, que me lo he pensado mejor, cómo les digo: “¡Y una miiiiiiiiiiik si creéis que os lo voy a presentar!”.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Por mi pulsera

 
I
No, si esto ya lo sabía yo. Lo que no sé es por qué he venido. Seremos ciento y la madre los que estamos haciendo fila en la recepción de este hotel. “Pruebas de admisión Corporación VEINTE VEINTE en el Salón Alegría”. Y por la puerta giratoria no paran de venir más. Llegan, se acercan a algún conocido que “les estaba guardando sitio” y aprietan la cola. Yo, que ya estaba aquí a las cinco de la mañana, tengo por lo menos sesenta delante. Ahora me va el corazón a mil. Se me seca la boca. Y tengo la mente en blanco. Creía que me había preparado bien. Pero al lado de ese grupito que me precede ya veo que soy una “eme”. Entre ellos lo mismo hablan en inglés, que sueltan alguna en alemán, y con qué acento. Cuando los entrevisten, no hace falta que sigan más. Sólo hay cuatro plazas. Aquí no pinto nada. No tengo nada que hacer. Ya se abren las puertas. Aparecen detrás dos tíos entrajetados. Murmullo en alza. “¡NO ME EMPUJÉIS, JODER, NO ME EMPUJÉIS!”, grito. Me aprisionan. Me estrujan. Me asfixian. Todos hacia dentro. No tenía que haber venido.
II
Por fin me da el aire fresco de la calle. Mira que lo sabía. Tantas horas ahí metido para nada. ¿Eso? ¡Eso era un paripé! Es más fácil que entre en ese kiosko de loterías, haga una primitiva de una apuesta y las acierte todas; es más fácil eso que que me llamen. Vago sin rumbo por el margen del viejo cauce. Y ahora qué. Ahora por dónde. Yo necesitaba esa oposición. Meses y meses preparándola. Qué mal. Qué mal. Qué mal. “Disculpa, muchachito, ¿tienes un minuto?”. ¿Eh? ¿Qué? ¿Quién es este abuelete? Niego con la cabeza. “…tengo prisa”. Voy a abrirme paso. No estoy para dar limosnitas. Ni para escuchar rollos. Ni para comprar pañuelos. Aprieto el paso, para quitármelo de encima. Una, dos, tres bocacalles, hacia la parada del metro de la Gran Vía. Maldigo mi mala suerte. Le doy un patadón a una lata de cerveza y la pongo en órbita. No sirvo para nada. Qué voy a hacer. Qué. “….Ejem… y ahora que ya nos hemos cruzado media Mardebé… ¿tienes un minuto?”. JOD… QUÉ SUSTO. Sí, es él. El mismo. Venía tras de mí, pegadito a mí. Se tensan las venas de mi cuello cuando me sube la ira. Me reboto, voy a decirle que me deje en paz, que se vaya a la porra. Voy a… mmmmm…. Bueno, la verdad es que no parece mal tipo. A lo mejor me quiere vender un crecepelo, a mí, a mí que soy tan peludo. A lo mejor…  Convengo: “Si es sólo un minuto, vale. Pongo el cronómetro en marcha”. El anciano sonríe. Agradecido. No recuerdo que nadie nunca me haya sonreído así, de esa manera.
III
La pulsera es bonita. Pero, desde luego, esa historia que me ha contado… je, je, no hay quien se la trague. Le he intentado dar tres euros por ella, de los veinte que me quedan. Pero no ha querido. Es más: Se ha puesto terco y se ha ofendido. Ahora es muy de noche. Ya debería estar en casa. Estarán mis padres de los nervios, a punto de llamar a la policía. Y yo, aquí, sentado, en el jardín central de la Gran Vía. Mirando cómo queda en mi muñeca una pulsera que me ha regalado un tipo raro que negaba rotundo y convencido: “… no, no, esto no es una pulsera…”. ¿Ah, no? ¿Entonces? “…es un equilibrador del carácter…”. ¿Equili qué? Eso me ha hecho gracia: “¡Desde luego, lo que hay que hacer y contar para vender abalorios!”. Él insistía: “…es como un pulidor de ese diamante en bruto que es tu manera de ser…”. Sí, el viejete sobreactuaba. Yo le he dicho con sorna: “¿Y qué más? ¿Y por qué, si es tan buena no la sigues llevando tú?”. Ha resoplado. “Es obvio que mi tiempo se agota…”.  “Y, vamos a ver… ¿por qué precisamente me la quieres pasar a mí y no a otro?”. Me ha enredado diciendo que llevaba un tiempo observándome. Glup. Y yo a la mía, sin enterarme. “…por tus cualidades, puedes sacarle mucho, mucho provecho si la llevas”. Se la ha quitado. Y me la ha ofrecido. La he cogido, con cuidado, entre mis dedos. ”…Oye, ¿no llevará un chip de esos para determinar la posición de quien la lleva, como las de los presos?”. Él ha fruncido el rostro, significando que se le estaba agotando la paciencia. Ha sacado un tono amenazante: “Bueno, dime ya: ¿Te la vas a probar o no?”. Es cuando me la he puesto. Y he comprobado que me gusta, que me viene que ni pintada. Él ha dicho entonces:“…estaba ya a punto de arrepentirme, de darte un par de guantazos bien dados y de irme por donde he venido”. He tragado saliva. El abuelete, que con su pulsera me recordaba al Dr Jekyll, ahora sin ella me parecía el mismísimo Mr Hyde. Se ha ido despidiéndose con un gesto. “Verás cómo lo notas a partir de ya mismo”. Y aquí estoy yo. Sentado. Sin ninguna prisa. En una noche magnífica. Con una luna preciosa en todo lo alto que parece una tajada de melón. Para comérsela. Y… y, sí,  sí: la pulsera es bonita.
IV
Recibí una carta certificada. Agradecían mi participación en las pruebas de selección y me comunicaban que me tendrían en cuenta en próximas convocatorias. Pensaba que me lo tomaría a la tremenda. Pero no. Qué va. El mundo no se acaba. Ni las oportunidades tampoco.
V
Sin darnos cuenta hemos venido a parar por los jardines que custodian el río. Cada vez hemos bajado más y más el volumen de nuestra voz. Ahora, de nuestros labios, sale apenas un susurro. Y para poder escucharnos tenemos que acercar mucho nuestras caras. Estela me está contando que, tres meses atrás, yo le parecía un tío tedioso e insufrible. Lo era. Que no se lo explica, pero que sin embargo, ahora me mira y se admira de lo bien he madurado, del equilibrio que le aporto. Lo siguiente, lo siguiente es un estremecimiento. Y un beso. Con los ojos cerrados, cuento el tiempo que viene la pulsera conmigo. Uno, dos, tres meses. No tendrá que ver. Seguro que no.
VI
Seamos objetivos. Aquel viejo que me abordó a la salida de aquella oposición no era un genio de la lámpara que paseaba por el paseo de la ribera. La pulsera tampoco es mágica. Yo sigo teniendo un montón de problemas. Sí, seamos objetivos. Me va mejor. Es una cuestión de actitud. Positiva. Antes no la tenía. Reflexiva. Proactiva. Mientras, me ajusto la pulsera a la muñeca y acerco la vista a la vitrina de esta joyería, tanto, que empaño el cristal. Trato de imaginarme cómo sería ese diamante que emite esos destellos, antes de ser tallado, cuando era bruto. El dependiente se me acerca. “…buen gusto… y menos caro de lo que imagina… un regalo magnífico ¿quiere que se lo enseñe?”. Mejor no hacerle perder el tiempo. Le doy las gracias. Tiempo atrás, el mismo dependiente, habría venido con malas pulgas pidiéndome que me apartara de ahí y que no le pringara el cristal. Seamos objetivos.
VII
Estela y yo hemos quedado en la cafetería K-feína a las siete. Pasan veinte minutos. No tiene ninguna importancia. Recojo el periódico de la mesa de al lado. En portada, destaca un titular a toda página. DESTRONADO. Me fijo un poco más. Al campeón le retiran su título porque encuentran rastros de pimpanolona en su orina, un elementos muy dopante no detectable mediante analíticas convencionales. La verdad, me impacta. “¡Hola, Mauri!”. Es ella. Ya está aquí. “¿Has visto ése? Tiene todo mi desprecio… por tramposo”. Me descentro. Apenas la escucho cuando me explica el porqué de su retraso. ¿Seré yo también un tramposo? ¿Será la pulsera mi sustancia dopante no detectable mediante analíticas convencionales?
VIII
Entro en un debate interno sin principio ni fin. A veces, me justifico. El taxista que me lleva a la estación lleva gafas. Normal. Será miope. Y sin ellas no vería ni torta. Y no pasa absolutamente nada porque esos cristales corrijan su vista. Mmmmm. Esa mujer, la que cruza ahora, sí, con esa naricita respingona y esas fosas nasales levantadas; seguro estoy que ha pasado por la sierra de un cirujano plástico. Y, por supuesto, tampoco pasa nada. Mmmmm. Miro la pulsera en mi muñeca. Y murmuro: “…espero que esto sea lo mismo”.
IX
Sí. Sí. Sí. Ha llegado el momento de dar un paso más en nuestra relación. Viviremos juntos. Vamos de la mano por nuestra ruta preferida. Estela repara en la pulsera. “…Mauri, cariño, siempre la llevas puesta… y es tan… tan vintage… a mí me hubiera gustado mucho tener una como ésa… me la tienes que dejar algún día…”. Empalidezco, aunque no se me nota mucho. “Sí, je, je…”, le digo con la boca pequeña: “…algún día”.
X
Buen momento he escogido. Las lluvias hicieron crecer el caudal del río. Y una gran corriente de agua baja con fuerza buscando el mar. Lo he meditado. Mucho. Y mi conclusión es que quiero ser de nuevo yo por mí mismo, no por lo que determine mi pulsera. Me la quito. El sol ha dejado la marca en mi muñeca. Me asomo por la barandilla del puente. Qué vértigo.  Durante unos segundos la retengo entre mis dedos. Luego, abro la mano y… cae. En medio de un remolino. En un segundo, se hunde y desaparece. Respiro hondo. Ya lo he hecho. Ya la he cagado. Mierda. Esto ya lo sabía yo. Lo que no sé es por qué he venido. Por qué la he tenido que tirar. Y ahora qué. Y ahora cómo. Qué mal. Qué mal. Qué mal.

martes, 10 de septiembre de 2013

Cómo ha cambiado el cuento

 
 
 
I
“Dicen que son excusas que les doy para no llevar a los  pequeñajos al colegio, que me pueden denunciar por eso”, le cuenta el leñador a su mujer, mientras rebaña la última cucharadada de sopa en el plato. Ella recoge la mesa. En la esquina de la pequeña casita de madera, los cuatro niños duermen en sus literas. “A lo mejor esos de los servicios sociales tienen razón”, le dice ella con tacto, para que él no se irrite. Él se rasca la cocorota con sus rudas manos y se reafirma: “…aún son pequeños y aquí les enseñaremos lo que tienen que saber para vivir en el bosque”. “…ése es el problema: ¿y si, en su día de mañana… no hay bosque?”. Sopla el viento agitando las ramas. Se escucha el murmullo del agua clara discurriendo entre los cantos rodados. Cantan los grillos melodiosos su conciertazo nocturno. “… ¿Que desaparezca el bosque? ¡JA! Eso no pasará nunca, mujer”. Ríe con fuerza. “¡Shhhh… que los despiertas!”. “No padezcas, están los cuatro rendidos”. No, los cuatro no. Meñiquito no se ha perdido ni media palabra, contiene la respiración y mantiene los ojos abiertos como platos.
 
II
Silencio en la casa del bosque. Acostumbrados a ser seis, ha sobrado comida en la cena. Él casi no habla. Ella le saca las palabras con cuentagotas. “¿Y era nuevo ese autobús al que se subieron?”. “Bastante”. “¿Y dices que no se querían subir”. “No”. “¿Y ese profesor tuvo que coger al vuelo a Meñiquito porque se le escapaba”. “Sí”. Están abatidos. Se despidieron hoy y ya los echan a faltar. Él no quiere mirar hacia las literas porque le entra sentimiento. Ahora se arrepiente. “…no les tenía que haber dejado ir… no es lo mejor para ellos… ¿desde cuándo es bueno que los hijos no estén con sus padres?”, se lamenta. Ha sobrado hasta en su plato, porque él tampoco tiene hambre hoy. Fuera, el viento, el agua clara, y sobre todo los grillos siguen su festival. Qué falta de sensibilidad. Con lo bien que se llevaban con los niños, podrían por unos minutos, haberse callado un poquito.
 
III
Poom, poom. Qué ha sido eso. Llaman a la puerta. Pero muy flojito. A estas horas. El leñador estaba insomne. A tientas, busca la vela, busca el fósforo. Lo enciende. “Ya va, ya va”, dice con su voz ronca. Hace relente ahí fuera. No hay luna, sólo estrellas. Al frente no ve a nadie. Claro, tiene que mirar abajo, para encontrarse al pobre Meñiquito, que está ahí, tiritando, tieso de frío. Grito de reencuentro. Abrazo intenso del padre y la madre al hijo pequeñín. Queda decidido que, mañana, pase lo que pase irá a por los otros tres. Estarán todos juntos de nuevo. El “cómo te has aclarado para llegar hasta aquí” queda para más adelante. Es que, donde se ponga una buena luciérnaga, que se quite la mejor bombilla led. Y Meñiquito había ido dejando a la ida de una en una a sus buenas amigas luminosas para que, a su paso en la vuelta, le iluminaran el regreso por el frondoso bosque casi como si fuera de día.
 
IV
Normalidad en la cabaña del bosque. El leñador no sale solo a trabajar. Con él, sus cuatro retoños. Tienen que formarse. Detrás de todos, va el valiente Meñiquito, que apenas puede levantar el hacha con sus dos manitas. Bueno, normalidad lo que se dice normalidad, no. Cada vez gritan menos: “troncooooo vaaaaaa”. Cada vez se cruzan con más advenedizos que se les adelantan y les derriban los árboles más robustos. No se regenera el bosque con la velocidad con la que se tala. Cada vez van quedando menos troncos y más lejanos. Encima, los que quedan, se pagan peor, porque en las serrerías empiezan a traer maderas de fuera aunque no tengan la misma calidad. Sentados en la mesa, absortos frente al plato, con los niños acostados en las literas que se van quedando pequeñas para todos menos para Meñiquito, el leñador y su mujer concluyen: “…ahora sí, ahora habrá que hacer algo”.
 
V
Sopla el viento agitando las ramas y ensuciándolas con el polvo que levanta en la cantera que las excavadoras abrieron.  Los cantos rodados, secos, esperan en balde que venga el agua y siga redondeando sus aristas. Y de los grillos nada se sabe. Hace ya mucho que se fueron con la música a otra parte.
 
VI
Pero qué alto se ha hecho. Está cumpliendo la palabra que dio a sus padres. Vuelven. Los cuatro. Fue difícil reunirlos, cogerlos de las orejas. Ahora ahí están. Eso es lo que importa. Meñiquito consulta el gps. “A doscientos metros, gire a la derecha”. Avanza. Los tres hermanos mayores le siguen, como siempre han hecho. “¿Estás seguro? Ahí hay un barranco”. Rabia le da que le discutan, pero la verdad es que por ese mismo sitio han pasado ya… tres veces. Con el rostro enrojecido por el calor, la boca seca y los mosquitos asediando, sigue, y le siguen, adelante. “Yo creo que era por ahí”. “No, no, a mí me da que por allá”. “Volvamos al principio”. “Jo, llevamos todo el día andando, me duelen los pies”. Los cuatro hermanos hablan a la vez. El sol se inclina por debajo de la copa de los árboles que quedan. El gps dice que “nivel de batería bajo”. Y, flap, al segundo se apaga. Meñiquito grita: “¡EEEEHHHHH!”. La montaña, como antaño, le devuelve su voz: “¡Eeeeeehhhh!”. Se rinde, se rinde. “¿Verdad, hermanos, que nosotros nacimos y crecimos aquí?”. Casi no hay respuestas. “Bien, bien no me acuerdo”. “Sí, pero no”. “Esto no está como estaba”. Los tres mayores se miran entre sí piensan que a Meñiquito se le ha ido un poco la cabeza cuando ven cómo arroja al suelo el gps y grita enrabietado: “¡más me hubiera valido ir tirando las migas de pan el día que el padre nos trajo!”.