domingo, 9 de octubre de 2011

El Señor de los Detalles



I
Pues sí: me da muuucha rabia que pisen cuando aún está el suelo mojado. Y me cuesta un montón poner buena cara, y decir: “pasa, pasa, que no pasa nada…”. Porque luego tengo que volver a pasar la fregona y maldita la gracia. Para que luego venga algún vecino borde y diga que no dejo bien la escalera... “¡BUENOS DÍAS, BRÍGIDA!”. Buffff, jo, qué susto, no había oído que estaba bajando alguien. “…buenos días…”. “Huy, qué mal me sabe: se lo voy a pisar todo…”. Lo que yo decía. A poner buena cara. “No se preocupe: pase, pase, que el piso ya está casi seco, no pasa nada”. “Iré por la orillita y de puntillas”. Bueno, este hombre, por lo menos tiene miramiento. Hay que ver, qué porte tiene el tío. Qué espalda. Qué traje. Qué repeinado. Qué colonia se gasta. No le falta un detalle. “¡Hasta luego, Brígida!”. “Aaadiós”. Educado. Serio. Mira: No ha dejado una marca. Qué persona. Qué señor.

II
Hoy se me ha hecho muy tarde. Toca la escalera entera, la hora que es, y aún voy por el segundo piso. Después andaré todo el día de cabeza. Hale, hale chicles en el escalón… pero por qué será tan gorrina la gente. Porque luego limpian otros… Aaatención. Alguien baja. Esos pasos, esos pasos me suenan. “¡BUENOS DÍAS, BRÍGIDA!”. Cielos, qué vozarrón. “Buenos días, Manuel… qué, ¿a la marcha?”. “A comernos el día sin que se nos indigeste…”. “Ah, pues ya se necesita un buen estómago…”. Se cruza conmigo. Una nube de colonia recién puesta me atasca la nariz. Qué marca se pondrá. Se ha parado y se ha quedado dos escalones por debajo. No sigue bajando. Así está a mi altura. Yo soy pequeñita. “Brígida…”. “Qué”. Algo me irá a pedir, digo yo. “Felicidades, que hoy es tu santo”. Me suben los colores a la mejilla. “Muchas gracias, es la primera persona que me felicita”. Y lo más seguro es que sea la última. Manuel sigue ahora bajando. “¡…y que tengas buen día!”. Ya no sé si me sale un “igualmente” o qué. Da igual. La escoba va por un sitio, el recogedor por otro, y yo me he quedado levitando. Qué sujeto. Qué caballero. Está en todos los detalles.

III
Si me dicen algo y me llaman la atención, les tengo una contestación preparada. Cuando toca escalera, además de patio, reconozco que me entretengo más en el tercero, en el rellano donde vive Manuel. Cambio el cubo con agua limpia y le meto más fregasuelos. A conciencia. Los rodapiés. Las juntas. A una le gusta que le reconozcan su trabajo, y en eso Manuel es agradecido. Nunca le falta un cumplido. La semana pasada mismo me dijo: “Lo que ha cambiado esta finca desde que vienes tú a limpiar, Brígida”. Hay que ver lo bien que sabe sintetizar sus mensajes en los pocos segundos que tenemos cada mañana. Pero hoy no he oído movimiento detrás de la puerta de su casa. Normalmente tiene música bajita. ¿No estará? ¿No lo veré? Torcido se quedará el día si no me cruzo con él…

IV
“…siempre… eh, eeeeh…. llega el enanito… con sus herramientas de aflojar los odios y apretar amoooooores…”. (*). Mira: ya tiene la música puesta. De la que no molesta. De la que me quedaría todo el día aquí escuchando. Con los ojos cerrados. Zas, zas, zas. Paso la escoba mecánicamente, y mi mente vuela. Voy avanzando, hacia el descansillo. Calculo que tardará poco en salir, cerrar la puerta, darle dos vueltas a la llave y bajar. Calculo que… lo que yo decía. Ya viene. Ya se acerca. Pero qué tonta soy. Por qué me tendré que poner nerviosa. “¡BUENOS DÍAS, BRÍGIDA!”. Le cedo el paso. “…buenos días, Manuel”. Y me preparo para inspirar a fondo la estela que deje. Hoy se para. Se para y me mira. Me mira, pero no tanto como para que yo me sienta incómoda. “…qué bien te queda ese pelo…”. Se ha dado cuenta. El señor de los detalles se ha dado cuenta.

V
Me lo ha notado. En la cara me lo ha debido de ver. Bajaba hoy con su traje gris marengo. Los zapatos con suela de cuero inmaculados. Al momento, se ha quedado parado. “Brígida… ¿cómo estás?”. Y yo, en lugar de decirle: “Bien, bien”, pues se lo he contado. Lo que tengo en casa. He apoyado la fregona en la barandilla. Y le he hecho un resumen resumido. Con la prisa que lleva siempre, hoy no tenía ninguna. Ha resoplado. No ha dicho ni media. Cuando ha seguido bajando los escalones, parecía como si le pesaran el doble. Como si se llevara con él la mitad de mis problemas. Como si por fin hubiera alguien en este mundo al que le importa algo lo que a mí me pasa.

VI
Aún voy por el quinto piso. No quiero seguir bajando. No quiero cruzarme con Manuel hoy. Ayer me pasé contándole lo mío. PLAAAM. Es su puerta. Ya sale. Contengo el aliento. Ni respiro. No oigo nada. Parece que… ¿sube? Va en dirección contraria. Sí, su colonia, ésa que reconocería entre un millón, le precede. Ahora qué hago. Quiero esconderme. Pero me quedo paralizada. “¡…BUENOS…DÍAS, BRÍGIDA…!”. Va sin resuello. Estoy casi muda. “Buenos días, Manuel”. Me enseña un librito. “…a lo mejor te ayuda”. Lo pone en mi mano. Me sonríe. “…ya me lo devolverás”. Su sonrisa me llega. Se da la vuelta. Se va. Abro la primera página. Una flor prensada. Un detalle.

VII
No, no puede ser, y además es imposible. CHOOOF. Mierda. Se ha volcado el cubo. En qué estaré yo pensando. Vaya inundación. Hoy, y ya van unos cuantos días, también me he saltado el tercer piso.

VIII
Estoy casi segura. Él no está. Hace ya dos semanas que no noto la huella de su colonia. No hay ni rastro. Oigo pasos. Alguien baja. Segundos de tensión. Oh, no. No es Manuel. Decepción. Saludo mecánico. Vuelvo a lo mío.

IX
Los días pasan. Hoy sí, hoy como quien no quiere la cosa, le he preguntado a Virtudes, la del segundo. “¿Y Manuel? Hace bastante que no se le ve”. La mujer se hace cruces. “¿Manuel? De buena pieza nos hemos librado”. De su boca de buzón sale en un minuto cien veces la palabra: “moroso”, ochenta “debía un montón de meses al propietario” y cincuenta “ni siquiera le pasaba dinero a su ex”. Plooom, plooom, plooom. Según sale camino de la calle, taconea con estruendo Virtudes. Pasa por el medio, empastrando el patio. Me quedo helada. Grogui. Ya me lo decía yo... Aprieto el librito que tengo en el bolsillo del delantal. Contra mí. Alguien baja al trote. El pringado del ático, que ahora le ha dado por subir y bajar escaleras. Éste la paga hoy por todos. Salto con toda mi furia. “¡Ehhhh, listilloooo, escucha! ¡Todas las mañanas lo mismo! ¿Es que tú no tienes otras horas para subir y bajar pisos con tus zapatones del 47? ¿Será posibleee? ¡Me lo pones todo perdidooooo…!”

(*) El reparador de sueños, Silvio Rodríguez.

domingo, 2 de octubre de 2011

T..., t..., t...



I
Y eso que me he sentado en la antepenúltima fila. Para no destacar. He agachado la cabeza, he mirado al papel, he contenido la respiración. No ha servido de nada. Entre más de cuarenta, me ha tenido que elegir a mí. “¡Tú!”, me ha señalado. Y yo no me quería dar por aludido. “Sí, sí, no te escondas: tú”. Qué momento. Segundos antes, había dejado caer la pregunta en el aire. Con la carpeta y la lista en la mano, el profesor esperaba respuesta. “T…, t…, t…”. Choteo general de toda la clase. Carcajadas a todo trapo. Sabía que me podía pasar. Que se me atrancarían las palabras. Que no me saldría la palabra “triángulo”, con lo fácil que es decirla. Me he puesto rojo. “T…, t…, t…”. Antes he escupido que he dicho nada. Hasta al Aranda se le ha escapado una sonrisa cínica. Entonces ha redirigido la pregunta a otro. “A ver, tú”. Pero es demasiado tarde. Los demás me siguen mirando. Cachondeito habemus. Tartaja, tartaja. Me hierve la sangre. Los odio a todos. Cabrones.

II
Como orador tengo claro que no me tengo que ganar la vida. Así que practico la economía de las palabras. Y hablo, cuanto menos, mejor. Con las manos se puede decir buenos días. Y con la cabeza, “sí” o “no”. Y puedo manifestar claramente duda, asombro, aprobación, desagrado con un solo gesto elocuente. Llego puntual a clase. Me siento en el rincón de la antepenúltima fila. Tomo mis apuntes. No hago preguntas, claro. Cuando se hace la hora y la gente se levanta y se va, yo hago ahí mismo los problemas que nos ponen como deberes. Me quedo el último. Mejor. Voy a mi bola. No suelto prenda. A mi voz ya no le doy ni media oportunidad. La tengo castigada. En mi caso, se cumple eso de que calladito estoy más guapo.

III
Hoy, al final de la clase, ella se me ha acercado. Qué sorpresa. Venía con un folio. Un problema a medio terminar. “¿Me puedes ayudar? No me sale”. Uf, vaya papeleta. De entrada, qué letra más limpia tiene. Lo he revisado. Con el bolígrafo le he señalado. Ahí tenía que haber cambiado de signo. Ahhhhh, qué despiste. Pero lo tenía casi bien. “Bueno, ya puestos, termino los otros y así ya están hechos”. Se ha sentado a mi lado. Yo no sabía dónde mirar. Bueno, sí. Estaba pendiente de lo que ella escribía. Eeeeep, que te dejas un equis cuadrado. Cruce de sonrisas. “Gracias, mudito”, me ha dicho. Se lo tomo como un cumplido. Es la única, entre todos, que se salva.

IV
Desde entonces me esfuerzo en Mates. Sé que destaco, que soy bueno. Que navego firme mientras los demás zozobran. Pero sobre todo sé que le puedo enseñar a ella. Que sigue viniendo cada día a sentarse a mi lado, “oye, que esto no lo pillo”. Yo sé cómo explicárselo fácil, con paciencia, para que lo entienda. Me dedica una mirada agradecida. Nos seguimos quedando los últimos y salimos con los deberes hechos. Lo mejor, es que sólo me he atascado una vez, al principio. “T…, t…, t…”. Teo, me llamo Teo. “T…, t…, t…”. Trini, ya sé que te llamas Trini. Pero después ya no. Casi no tartamudeo. Mi lengua está más suelta. Y mis palabras fluyen sin obstáculos. Y le puedo contar cosas. Cosas que a nadie más le contaría.

V
Me he tenido que poner serio. No está en lo que tiene que estar. Me pregunta las cosas dos veces porque no me escucha. Se queda bloqueada. Se distrae. Se limita a copiar. A copiarse de mí. Además está rara. Habla poco. Y no me llama “mudito”. Un poco nervioso, he tenido que advertirle: “T…, T…, T…: Trini, espabila, que a este paso te funden”. Ha puesto cara. Se ha encogido de hombros. Se ha ido casi sin despedirse. Hoy no ha sido un buen día.

VI
Se precipitan los acontecimientos. Hoy Trini no se ha quedado conmigo después de clase. Uf, qué mal me he sentido en un primer momento. No he podido disimular mi decepción. Pero antes de irse, ella se ha vuelto y me ha dicho: “Mudito… ¿nos vemos a las ocho, en el pretil del río?”. Me ha pillado a contrapié. He recurrido a la cabeza, arriba y abajo, arriba y abajo, otra vez, convulsivamente, confirmando la cita. “T…, t…, t…”. Como siempre que las necesito, de nuevo las putas palabras no han querido salir de mi boca. Le hubiera dicho: “Te veo allí, Trini”.

VII
Me he imaginado cien escenarios. Todos bonitos. Menuda luna emerge sobre el horizonte. Menuda noche para expresar sentimientos. He pensado que hoy dejaremos las mates aparcadas. Que, ante mi extrema timidez, Trini dará un paso. Que salta a la vista. Que está más que claro. Que no hacen falta palabras. Yo, por si acaso, traigo un buen boli y un bloc de notas.

VIII
Ahora no nos miramos. Los dos tenemos la vista perdida hacia el río, por donde discurre agua que no ha de volver. Trago saliva. Hemos hablado. Me ha estado contando. He estado escuchando. Ahora entiendo. “…y cuándo es la operación”, le pregunto. “…en tres semanas”, contesta ella. De nuevo el silencio. “…todo va a ir bien”, le aseguro. Lo que son las cosas. Nunca, nunca antes me había fijado en que ella arrastra una enorme cojera. No le había dado importancia. No la tenía para mí. La cirugía pondrá las cosas en orden. Nos separamos en el semáforo. Ella cruza. Yo me quedo. Observándola. Grabándola en mi retina. Insisto. No me había dado cuenta porque, objetivamente, para mí, ella así, ya es perfecta.

IX
Termina el curso. En el pasillo me cruzo con el Aranda, que me saluda y me da la enhorabuena por mi Matrícula de Honor. Sonrío. Sí, he descubierto este año mi vocación matemática. Pero no por el profesor que he tenido, claro. Me asomo al tablón donde están las notas expuestas. La mía la sé. La sabía desde que entregué el examen. Miro, busco… ahí. Trini. Un Notable. Nudo en la garganta. Bien, bien, muy bien, chica. No la he vuelto a ver desde que me despedí de ella en aquel semáforo. Es que me dio un ataque de realismo. No estoy a su altura. Al fin y al cabo, nuestra relación nunca pasó más allá de la trigonometría. Ya no contesté su llamada. Hay por ahí un montón de tíos mejores que yo. Y con el don de la palabra. Y con…

X
Oigo voces subiendo la escalera. La suya, inconfundible. Glup. Casi me pillan con el carrito del helado. Me escabullo. Me escondo en la penumbra, donde no me pueda ver. Sí, es Trini. Viene con la amiga inseparable del alma, la que habla debajo del agua. Está, está… sencillamente espectacular. Trini, Trini. A la amiga se la han cargado, pero celebra el Notable de Trini como si fuera suyo. “¡Uaaauuhhh, chica, qué envidia!”. Trini le pregunta algo en voz baja. La otra contesta: “¿El tartaja? ¡Ése dejó de venir por clase cuando a ti operaron!”. Se dan la vuelta. La amiga continúa hablando, blablablá. Se van. Se alejan por el pasillo. Salgo de mi escondite. Trato de llamarla. “¡T…, t…, t..!”. Las putas palabras se vengan de mí. Otra vez, “¡T…, t…, t…!”. No hay manera. No quieren salir. No la sigo. Para qué. Me apoyo en la pared. Mareado, casi pierdo el pie. “T…, t…, t…”. ¿Que cómo estoy? ¿Qué cómo me siento?: T…, t…, t…: Torpe… triste… tocado.


"T..., t..., t..." es el relato número 100 de "EL LIBRO DE LAS OCURRENCIAS".

domingo, 25 de septiembre de 2011

Buscando a mi doble




I
No es la primera vez que me lo dicen. Que tengo un doble. La enfermera es rotunda. “¿De verdad que no has ido nunca por Gorroperdido?”. ¿Yoooo? ¿A qué santo? “Pues chico, aquél que vi era clavadito a ti”. Sonrío. Será mi cara, que es muy normal. Termina de poner la venda en el pulgar. Ahora el esparadrapo. “A ver si la próxima tienes más cuidado”. Es que se me fue el cuchillo pelando una manzana. Y me hice un buen tajo en el dedo. Qué le vamos a hacer, soy así de patoso. “Y ahora, la antitetánica”. Vamos a ello. Me remango la camisa. Ella, preparando la jeringuilla, me corrige: “No, no, no, que ésta va en el culo…”. Ve mi cara de espanto. “Venga, hombre, no seas miedica…”. Mal trago tengo que pasar. Me desabrocho el cinturón. Y me bajo un poco el pantalón. Hoy toca bóxer a rayas marineras. “En un instante está”. Noto el algodón frío. A la de una, a la de dos, a la de tres. COÑOOOO. AUUUUU. Es que, las estocadas, aunque te las esperes, también duelen.


II
El jefe, que me llama. Como en la canción, si me dice ven, lo dejo todo. Guardo el fichero por si acaso, me levanto y hale. Por el camino, me cruzo con compañeros frente a la máquina del café. “¿Qué tal la “cofireunión”?”, les digo. Saludo aquí, allá. Presiento para qué me hace llamar. Este tío parece que no está, pero sí: está en todo. Después del curre que llevo tiene que haber llegado mi oportunidad. Me querrá encargar otra sección. Por fin. Ha llegado mi tiempo. Ya era hora. Llamo a la puerta. “¿Se puede?”. Sonrío con mi mejor simpatía. Me asomo. Está hablando por teléfono. Me hace un gesto. Para que pase. Yo paso y junto la puerta. Espero de plantón. Confía en mí. Si no, me habría hecho esperar fuera. Escucho. Habla con un anunciante. Observo el despacho. Una pasada. Cuadros con portadas de días históricos. El que me cae más cerca muestra la riada del 82. La mesa de reuniones lateral con un montón de periódicos desplegados. El nuestro y el de las competencias. La vista a la calle desde aquí es asombrosa. Cuelga el móvil. Me mira a la cara. Me tiende la mano. “Qué tal todo…”. “Bien… mucho trabajo últimamente”, le digo y me dispongo a explicarle. Pero no me deja. Me corta. Me suelta a bocajarro: “Boro… tenemos que prescindir de ti”. Esta estocada no me la esperaba. Me quedo frío. Impasible. Aturdido. Encajo el golpe con entereza, como si no me hubiera afectado nada absolutamente. Pero es que el efecto viene retardado. Y viene de dentro hacia fuera. Y por dentro, ya mismo, estoy totalmente destrozado.


III
Ayer, a estas horas trabajaba frenéticamente y con ilusión. Hoy, nada. Quién me lo iba a decir. Que soy un cronista en paro. Tengo el ordenador abierto por el procesador de textos. Quiero actualizar mi currículum. La pantalla aún sigue en blanco. Pensaba, cuanto antes, empezar a enviar correos electrónicos a mis amigos. Bueno, no sé si seguirán siéndolo. Y luego a mis enemigos, que éstos sí, seguro, seguirán siéndolo. Me he frenado. No tengo que perder la calma ahora. Pero tampoco debo quedarme encerrado en casa. Repaso la agenda. A quién llamo. A quién me encomiendo. AUUUU. El puto pulgar, que me duele. AUUUU. La puta vacuna, que también me duele. No sé cómo sentarme. Me cago en la enfermera que dijo que me vio en Gorroperdido. Gorroperdido. Mmmmmm… Por qué no. Y por qué no ahora. Tecleo por internet. Busco horarios. En una hora sale un tren. Me vale. Preparo la bolsa. Un pantalón. Dos bóxers de la selección. Calcetines. Dos camisetas con mensaje. Los trastos del aseo. Luego, aparte, la electrónica. El portátil y la cámara. Me voy. Salgo. En busca de una buena crónica, que diga a lo mejor “separados al nacer”. Salgo en busca de mi doble.


IV
No he pegado ojo. Pero no es sólo por el traqueteo del tren. La cabeza me va a mil. La cabeza me duele mucho. Y por extensión, me duele todo. Tengo las piernas entumecidas. No hay nadie en el apeadero. Sólo moscas impertinentes y pegajosas. Y el pueblo está lejos, a dos kilómetros de aquí. El sol pega fuerte. Qué sed. Y qué agujero en el estómago. Me pongo a andar. Saco la cámara. Disparo ráfagas. Al pie del camino, un cartel oxidado: “Bienvenidos a Gorroperdido”.


V
El primer bar. Bar Menta. Cortina de cadeneta de aluminio. No veo a nadie... “Buenos días”. Desde dentro, alguien trajina. “Va, ya va”. Penumbra. Una señora que casi no cabe por la puerta se asoma. Al verme, pone los ojos como platos. Je, je. Esto empieza bien. Habrá comprobado lo mucho que me parezco a mi doble. O él a mí. “¿Me pone... un refresco azucarado?”. Me sigue mirando con extrañeza. “…enseguida”, reacciona. Vaso largo. Hielo. Rodajita de limón. Glu, glu y glú. Me dura diez segundos. Es que estaba seco. “Qué le debo”. La señora se queda pensando. No parece centrada. “… nada, no me debes nada”. Vaya sorpresa. Intento aclararle. Que no se crea que soy quien no soy. “Mire, yo…”. Antes de que yo pueda decir nada, me para con la mano y me pregunta: “¿Quieres que te ponga otro?”.


VI
La dueña, la camarera, o lo que sea del bar Menta ha salido a la calle. Ha hecho una llamada con su móvil. Bajaba la voz. Estaba bastante azorada. “…parece que no se acuerda de nada, está como desorientado…”, la he oído decir en un susurro. Aprovecho para sacar algunas fotos del local. El segundo vaso no me entra tan rápido. Tengo la tripa encharcada. Al minuto, digo bien, al minuto, cinco personas se presentan en la puerta del bar. Uno es un guardia civil. La cortina de aluminio tintinea con fuerza. Entran. Me miran. Como si yo fuera un espectro, igual. Me rodean. “Buenas”, saludo. Todos quietos. Confundidos. Aquí qué es lo que pasa. Les preguntaré si conocen a alguien que se parece a mí. El más mayor, el del pelo blanco, da un paso adelante. Se me acerca. Me habla con dulzura. “…chico, ven, vamos… borrón y cuenta nueva. Aquí nunca ha pasado nada…”. “Pero… ¿qué dice, señor?”. Me coge del hombro. Tira de mí. “…anda, nos vamos a casa, tu madre está esperando y se alegrará de verte…”. Esto qué es. La gente me abre el paso. “Ha vuelto, ha vuelto”, escucho. Al señor mayor del pelo blanco que me empuja suavemente le brillan los ojos. Y yo, que no encuentro las palabras justas, me dejo llevar. Es que siempre he sido así. Siempre he sido dócil y me he dejado llevar.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Estorbo




I
Pobrecita. He intentado decirle que no se preocupe, que no pasa nada. Que era muy difícil. Que ella ha hecho lo que ha podido y más. He intentado cogerle de la mano y transmitirle mi ánimo. Ainoa se ha zafado, “Amador, por favor, déjame estar ahora”. Mejor no decirle nada. No le puedo decir que “a la próxima”, porque para la próxima falta un volver a empezar de cero y todo un año. Rabia y decepción aumentada porque para más inri sus dos amigas del alma han quedado muy por encima. Qué palo. En unos minutos vendrán todos y preguntarán: “qué, Ainoa, cómo te ha ido”. Ella ha cerrado fuertemente los ojos. Ha apretado los puños. Respirando profundamente, cargando sus pulmones al máximo ha apagado el ordenador a la brava. La lista, que se había hecho esperar, ha desaparecido de la pantalla. Pero la verdad es que esa lista sigue ahí, publicada, y con Ainoa perdida en el montón de los de abajo, entre los que no pueden elegir ni las migajas. Ainoa ha salido dando portazo, y yo me he quedado solo sin saber qué decir ni qué hacer. Seguirle ahora no sirve de nada. Seguramente, dentro de un rato, cuando reaccione, iré a la cocina, abriré la nevera y descorcharé el cava sin hacer ruido. Y después, hasta la última gota, lo vaciaré por el fregadero.


II
Ainoa se ha enfadado un poco conmigo. Total, porque le he dicho que no todo es estudiar. Que para rendir al máximo también necesita esparcimiento. Que es bueno que se oxigene. Que salgamos por ahí. Al parque. A la playa. A ver una puesta de sol. A cenar. Al cine. A respirar. Juntos. Y eso que he sido moderado, porque no he mencionado para nada sus ojeras ni su aspecto desmejorado y descuidado. “…tú lo que quieres es que pase como el año pasado…”, me ha llegado a recriminar. Bueno, para dos horitas que nos vemos ahora a la semana, no las voy a malgastar discutiendo. Desde luego. Mejor me lo trago todo. Mejor me callo. Mejor tiene toda la razón y yo le estorbo. Mejor pasarlo mal ahora, para poder desquitarnos más adelante, cuando llegue nuestro momento.




III
Casi como las monjitas de clausura, así está Ainoa, mi pobre Ainoa. Por las mañanas, a las siete en punto, diana. Estudio personal. A las once, diez minutos de pausa y cafeína. Hasta la una, clavada en la silla. Treinta minutos para comer. Por la tarde, vuelta al ataque. De siete a diez, academia. Media horita para cenar. Y luego, hasta la una y pico, el tiempo del test. Y vuelta a empezar…


IV
Mientras, me he convertido en su portavoz, porque todos los del grupo, me ven solo, con las manos en los bolsillos y me preguntan a mí por ella. Siempre contesto lo mismo: “ahí está: estudiando como una descosida”. La de veces que paso por debajo de su piso y miro hacia su balcón. Y deseo con fuerzas que una mosca zumbe y revolotee, pssssss, y consiga distraerla para que vuelva sus ojos hacia la calle. Y entonces me vea, eh, yuju, aquí estoy, montando guardia. Y yo le sonría, de oreja a oreja. Y ella me llame, y me diga, “sube, tonto, nos tomamos un café”. Deseo todo eso. Pero las persianas están permanentemente a medio bajar. Y saben las moscas que por ahí no se puede pasar, saben las moscas que corren peligro de muerte cierta si osan interrumpir la concentración de mi querida cerebrín.


V
Al principio del enclaustramiento, aún sonaba el móvil. Ainoa llamaba. “… ¿qué haces?”, me preguntaba. “…pues justo ahora iba a empezar a comer”. “Yo también”. “Oye, que si quieres, me levanto ahora mismo y comemos juntos… en diez minutos estoy ahí”. Silencio. Duda interna. Mmmmmmmmmm. Lucha entre la razón y el corazón. La fuerza de voluntad acababa imponiéndose. “No, Amador, mejor no”. Yo no insistía entonces. Disimulaba como podía mi decepción. Y me entraba complejo de ser como aquella manzana tentadora que acabó mordiendo Eva. Minutos después de colgar la llamada, yo aún flotaba en el aire. Aún quedaba encima de la mesa un plato frío sin tocar y un “te echo de menos, pero no te lo he dicho… por no estorbar”.


VI
Después las llamadas han ido sustituyéndose por mensajes. Distraen menos. “100% de respuestas acertadas en los test de hoy… ¡Estoy supercontenta! ¡100 Besos!”. Mensajes cortos, intensos. Ella sabe que estoy aquí, para lo que necesite cuando lo necesite. Mis respuestas suenan un poco repetidas. Ánimo. Aliento. Tú puedes, cerebrín. Son sinceras. La admiro y… la quiero. “Piripipí, piripipí”. Ha entrado un mensaje. Contengo el aliento. De Ainoa. En vivo y en directo. “…Amador, cuando vengas el Domingo, trae dos paquetes de filipinos, ya sabes, de los azules”. Me sonrío. Chocolate para las neuronas. Me viene el supermercado de paso. Voy allá. De los azules, ha dicho.


VII
Ha pasado un año. Larguísimo. Interminable. Que me lo digan a mí. Y ahora, la página web donde hoy publican las listas se ha bloqueado. Eso. Lo que faltaba. Qué nervios. Me he acercado a la ventana. He subido la persiana. La correa está fuerte. Por lo menos llevaba doce meses sin moverse. Ainoa ha intentado entrar de nuevo. Ahora sí. Qué lento va internet, joder. Tensión. Venga, venga, calma. De repente, el grito. El grito que yo esperaba: UAAAAAAAAAUUUUUUUHHHHHHH! Lo ha conseguido. Mi cerebrín está de las primeras. Ríe. Salta. Grita. Me abraza. Me estruja. Me besa. Bravo, bien, enhorabuena. Se lo merece. Me lleno de orgullo y satisfacción, como el rey de España. “¿Tú ves? ¿Tú lo ves, Amador? Ése era el camino, ésa era la única manera. Teníamos que pasar por esto para llegar aquí…”. A mí me entra la risa floja. Y Ainoa sale por el pasillo, dando saltos y gritando la buena nueva, “¡Lo he conseguido! ¡Estoy aprobada! UAAAAAUUUUUUHHH”. Hoy sí, hoy no es como el año pasado, hoy se le puede preguntar qué tal Ainoa, qué tal ha ido. Me sobreviene un sudor frío. En el fondo sé por qué. Murmuro: “Sí, ése era el camino… para llegar aquí”. Y éste no es un punto final, sino un punto de partida. He cerrado fuertemente mis ojos. Para que no se escapen las putas lágrimas. Y he apretado los puños hasta hacerme daño. Inspirando profundamente, hasta el último soplo de aire que me cabe en los pulmones, me he dirigido a la nevera. He descorchado el cava. El tapón se ha estampado contra la talla. Lo he vaciado en el fregadero. Hasta la última gota. No, desde luego yo no voy a ser un estorbo. Dejándolo todo en orden, el vidrio al cubo de los vidrios, he salido de la cocina. Y después, con un nudo en la garganta que no se me ha ido aún, “Ainoa, mi cerebrín, que triunfes en todo lo que te propongas”, he salido del piso sin decir adiós y sin hacer ruido.

domingo, 11 de septiembre de 2011

La semana que viene ya veremos



I
Nicolás abre un ojo, después el otro. Se despereza pero no se mueve. El sol impacta fuerte por la persiana bajada en la ventana sin cortinas. Está aterrizando en el ya no tan nuevo día… Lunes, parece. Trasiego en la calle. Pasan más minutos. Tranquilo, sin prisa. Se levanta cuando la urgencia de ir al baño ya le aprieta. Descalzo. Desgarbado. Pelo negro alborotado. Barba cerrada de la que sólo se escapan unos ojos brillantes y una nariz importante. Se asoma al balcón. Mira hacia su 124 que todavía está ahí, aparcado. Entra de nuevo. Un tablero lleno de cosas hace de mesa. Cuatro sillas peladas. Es su mobiliario. En la pared un estante de chapa conglomerada y un tocadiscos Cosmos. Algunos vinilos con fundas maltratadas se apilan en el mismo estante. Repasa. Mira, éste hace tiempo que no lo escucha. Ringo. El disco gira y cruje. GRRRRR…. Suena potente. La acústica cambia la casa. Ahora los vecinos ya saben que Nicolás está despierto. La nevera está casi tiesa. Pero queda leche. Botella de plástico. Bebe a morro. Tararea camino de la ducha. De oído. “….Yu-sixtín-yu-biutifú-an-yu-main….” (1) . Es de las poquitas cosas que le saben mal. No saber inglés.


II
Nicolás se mueve por Mediavilla buscando la sombra de las casas. Camiseta de tirantes sin mangas, pantalón vaquero con los camales recortados y alpargatas atadas. Nicolás cruza la carretera sin mirar. En mal momento, porque una Vespa casi se lo lleva por delante, “aparta, cabróoooon, mira por dónde vaaaaas “. Atraviesa el mercado. Repasa los puestos. Cajas apiladas. Suelo pegajoso. La fruta bien expuesta. Las ristras de embutido. Levanta la mano. Saluda aquí, allá, se entretiene. Sale por el otro lado. Ya avista que al final del callejón adyacente, un hombre da pasitos adelante y atrás, mira irritado el reloj y no contiene sus aspavientos. ¿Será posible tanta informalidad? Es el señor Perales que le espera hace más de una hora, según lo convenido, para recoger el escritorio clásico que le encargó y que por lo que ha tardado en fabricarlo, tiene que ser, por lo menos, el Escorial hecho en madera de cerezo.

III
Los segundos que Nicolás ha empleado en quitar el candado, levantar la atrancada persiana, abrir la puertecita acristalada, dejarla abierta para que se escape el ambiente cargado de barniz y disolvente, entrar en el taller y destapar el mueble primorosamente cubierto con una sábana; todos esos segundos han sido los que el señor Perales ha tardado en dejar reducido a nada su tremendo cabreo por la desquiciante falta de seriedad de Nicolás. Hasta entonces todo eran sapos y culebras. Se acerca. Lo toca. Lo observa con detalle. Simplemente perfecto. “Qué manos tienes”. Afirma con la cabeza. Es una pieza única. Y es para él. “Te ha costado un montón de tiempo, pero ha valido la pena la espera”. Nicolás ha estirado mientras un cajón, ha sacado su Werlisa, ha comprobado que sí, que tiene carrete, y le ha puesto el flash de bombilla de vidrio. “Un momento….”. Click. Flash. Con el pasador, recarga la cámara, pone una bombilla nueva y dispara de nuevo. Por si acaso, dos veces. La furgona espera en la bocacalle. Nicolás y el señor Perales llevan el escritorio envuelto en plástico acolchado con todo el cuidado del mundo. Lo amarran con delicadeza. El señor Perales le extiende un sobre. Nicolás lo embute en el bolsillo vaquero de su pantalón. “Cuidado al salir”, le advierte. “Nada, nada, esto está chupado”. Bocanada de humo negro del tubo de escape. BROOOM, BROOOM. Acelerón, acelerón. Nicolás se da la vuelta. Escucha un RRRRAAAAAASSSS del rascón del paso de rueda al girar por la estrecha esquina. “…yo se lo he advertido, conste”. Nicolás entra de nuevo en su taller de ebanistería, que sin el escritorio, ha quedado prácticamente vacío.


IV
Delante del señor Perales no quedaba bien. Pero ahora sí. Saca el sobre. Recuenta los billetes de mil. Calcula que con eso… podrá salir… por lo menos un par de semanas. Hacia los Pirineos, como quería. Bueno, ya tiene la faena hecha de hoy, así que se dispone a salir. Es cuando irrumpe Benigno Fuentes, “¡hombre, por fin te encuentro, nunca te pillo!”; “…pues qué raro… siempre estoy aquí metido…”, “… que quería preguntarte que cómo tienes lo mío…”, “…pues estoy en ello, no te preocupes…”, “…sí, y tanto que me preocupo, que mi hija se casa el mes que viene y aún no tiene el chifonier que te encargué, es lo único que le falta…”. “…ya sabes la faena que lleva eso… no querrás que te dé algo mal terminado….”, “…pues claro que no, con lo que vale, ya puede estar bien acabado, ya…”, “…dile a tu hija que no padezca, que yo calculo que en dos semanas, lo tiene listo…”, “¿y no puede ser antes, Nicolás?”, “…mmmmmm… por mí no va a quedar… “, “…mira que si no lo tienes en fecha, no lo voy a querer, me buscaré otra cosa…”. Nicolás se encoge de hombros. Benigno Fuentes se retira con la desazón de que ha hecho esa visita para nada. Nicolás atranca la puerta. Baja la persiana metálica. Y mientras echa a andar piensa que, por lo menos, tendrá que hacerse el ánimo y empezar a pedir la madera que necesita para este encargo.

V
Antes sí, cuando estaba Covadonga, su piso parecía un museo. “Este escritorio nos lo quedamos. Es una pasada”. “Nico, haz esta cómoda, igualita, pero de 97 cm, que nos quepa en el hueco”. Las sillas labradas. Las puertas canteadas. Todo. Pero luego qué. Aparte de un enorme vacío, qué. Él no tenía que sentarse a escribir. Desde luego. Ni nada que guardar en los cajones. Ni puertas que cerrar. Por eso no tuvo ningún reparo en fundir aquellas obras de arte. Y con lo recogido, recorrió Italia durante un buen tiempo. Regresó de aquel primer viaje en solitario con la retina cargada de imágenes y relieves. Se encontró de nuevo con la vivienda pelada. Sólo aquel Cosmos y el montón de discos. “….Yu-sixtín-yu-biutifú-an-yu-main….”. Los vecinos de la finca se enteraban así de que el desaparecido Nicolás había vuelto.

VI
En plena avenida, un letrero “Carpintería”, una doble puerta de mobila vieja ancha y acristalada. La máquina trifásica parte en dos longitudinalmente aquella enorme viga. En el suelo, serrín. Tablones apilados en orden. Bancos encolando una puerta. Mazas, serruchos, martillos y demás herramientas, sobresalen ordenadas de una puerta debajo del banco de carpintero. Tiembla el taller con el estruendo. Calor sofocante. Nicolás entra. Amadeo, que lo ha visto a través de los cristales, ni pestañea. Nicolás saluda. Amadeito, el sobrino, corresponde. Entonces el chaval se lleva una bronca de su padre, “…estate a lo que tienes que estar…”. Limpiamente, la viga queda en dos mitades. La máquina para lentamente. Con inercia. Nicolás repite el saludo, que ahora sí se escucha. Amadeo no responde. Saca el metro. Mide. Marca la madera. “Hermano, que me voy unos días… ”. A Amadeo se le escapa un “¿otra vez?”. Silencio. Nada más que decir. “Bueno, ya nos veremos”. Nicolás sale. Está atravesando el marco de la puerta. Amadeo grita y lo llama: “¡Nicolás!”. “Qué”. Pausa. “…que si la semana que viene te pasa algo, a mí no me busques”. Nicolás aprieta la boca, que desaparece detrás de su espesa barba. Mira el calendario cubierto de polvo colgado en el pilar de ladrillo macizo. Julio de 1977. Ya. Cómo pasa el tiempo, caray. Y contesta antes de salir, a su hermano: “¿La semana que viene...? La semana que viene ya veremos”.


(1) Ringo Starr, Blast from your past (1975) You’re Sixteen

domingo, 4 de septiembre de 2011

Según el prisma

I-A
Lunes. Comedor escolar. Son casi las dos. Darío levanta la bandeja, un segundo plato, pan y yogur. Se sale de la cola. Busca un hueco entre las mesas alargadas que están a tope de gente que habla con la boca llena. No ve. No encuentra. Sí, ahí sí. Iván está solo. Peleando con un escalope Su cuchillo corta el viento. Darío cambia el gesto. Enfila rápido hacia allá. “¡Buenas!”, le dice sentándose a su lado. “¿Te cuento cómo fue el partido del Sábado?”. Resignación en los ojos de Iván. “Si te digo que no, me lo vas a contar igual…”. “En dos palabras: memo-rable”. Parte el pan. Le pega mordisco. Se acerca la jarra. Agua hiperclorada. Puaggggg, qué mala. Bebe un trago. “Verás… jugamos contra los Estorninos, que tienen todos por lo menos quince años…”.

I-B
Mientras lo cuenta, Darío lo vive. Un campo de fútbol en Mediavilla, cerca del río. De tierra, pero sin ninguna piedra. Con césped de grama. Allí acuden con sus bicicletas chavales desde todas las puntas del pueblo. Están ellos, que vienen de Cascoviejo. Están los Bloques, que viven por donde los edificios altos de la zona nueva. Los de los Estorninos, que son de la Avenida Alta. Y luego los más pijitos, los de Vivosolo, con sus unifamiliares y adosados en el ensanche. Al principio era el caos. Todos jugaban a la vez y se molestaban en el mismo espacio. Pero al poco tiempo surgió una propuesta. De él, claro ¿Hacemos un campeonato? Caras pensativas. Bueno. Vale. Por qué no. Un campeonato, pero bien hecho. Algo serio. Cada equipo con su uniforme. Cascoviejo, camiseta verde. Estorninos, de rojo. Bloques, azules. Y Vivosolo, de blanco. Cada Sábado por la tarde. Dos partidos y una final. Las chicas también van a ver el partido. Se ponen en la banda y animan. “¡Pásasela a Darío, que está solo!”. Ahí se fragua un gol. Los partidos son intensos. Darío está seguro de que algún ojeador de los buenos se deja de historias y se acerca por allí para verlos jugar. Con él ya ha hablado y le ha dicho que si sigue así, ya se lo anuncia, despuntará pronto. Casi todas las semanas gana Cascoviejo, claro.

I-C
Y mientras escucha a Darío, Iván lo interpreta. Un solar en Mediavilla, cerca del río. Irregular, con desnivel y plagadito de rulos. Hierbajos con pinchos en el ribazo. Allí acuden con sus bicicletas algunos chavales. Tampoco tantos. Ni tienen conciencia de una identidad tan clara según su procedencia. Montoncitos de piedra conforman los postes de la portería. Cada uno va como va. Juegan. Pelotean. Si la pelota va muy arriba, se grita “¡alta!” y se saca de portería. De repente vienen otros más mayores e invaden el espacio. No tiran a los más menudos con palabras, sino con pelotazos. Las chicas también van, pero no a ver el partido. De Darío pasan. Está solo. Algún ojeador se acerca. Con él ya ha hablado y le ha dicho que como vuelva a verlo pisar el campo adyacente de alcachofas, apuntará su nombre para denunciarlo. Casi todas las semanas se pasa el viejo ese del casco, que la ha tomado con Darío, claro.

II-A
Lunes. Faltan diez minutos para que suene la campana. Iván está sentado en un banco del patio. La libreta de matemáticas está abierta encima de sus rodillas. Está atascado con unos problemas que no ha terminado y que tiene que entregar en la primera hora. “¡Hola!”, saluda Darío. Iván no mueve ni un músculo. No puede distraerse ni una décima de segundo ahora. Darío lleva bajo el brazo un tablero de ajedrez. En la mochila abulta la caja con las fichas. “El Sábado tuvimos torneo”, le confirma. Iván está atascado. Darío le apunta: “oye,…al pasar el 3 al otro lado, lo tienes que cambiar de signo”. “Ah, me cagüen, era eso...”. Iván lo tacha todo y vuelve a empezar.

II-B
Sí, mientras lo cuenta, Darío lo vive. Abren la EPUM (Escuela de Progreso Universal de Mediavilla) los Sábados. Para actividades extraescolares. Darío va, por el Ajedrez. Hoy toca el torneo intercomarcal. En el tablón, “Ajedrez, Aula E4”. Está bastante nervioso. Todos los contrincantes serán de diecisiete para arriba, lo menos. Al entrar en la E4, la clase está llena. Hay quien, para concentrarse más, fuma y todo. Comentarios y sonrisas al verlo aparecer, qué hace ese pipiolín aquí. El organizador llega puntual. Pide silencio. Recalca brevemente las reglas del torneo. Muestra en la pizarra los enfrentamientos. Murmullos por la suerte en los cruces. A Darío le flojean las piernas. Según está poniendo los peones, le tiembla la mano y van todos al suelo. “Tranquilo”, le dice su confiado contrincante. “Sí, sí, te vas a enterar”, piensa él. Una proeza y una lástima. Darío se planta en la final. Hubiera sido una caña ganarlo todo. Pero aún así, tiene un mérito impresionante haber llegado hasta allí y haber caído dignamente contra un discípulo directo de Kasparov.

II-C
Y claro, mientras escucha a Darío, Iván lo interpreta. Abren la EPUM (Escuela de Progreso Universal de Mediavilla) los Sábados. Para clases de repaso principalmente. Darío va, porque en casa se aburre. En el tablón, “Ajedrez, sala multiusos”. La sala está llena. Gente de cara a los ordenadores. Leyendo libros. Alborotando. Hay uno fumando de extranjis con la mano puesta fuera de la ventana. Un profesor entra. Pide silencio. Recalca que quien está allí está para trabajar, no para perder el tiempo. Lee la cartilla al personal. A Darío le flojean las piernas. Menudo rapapolvo, para ser Sábado. Uno de Bachiller le propone una partidita de ajedrez para pasar el rato. Vale. Según pone los peones, da un manotazo patoso y van todos al suelo. Una lástima, se ha picado una torre. Esa partida suelta es pues todo el torneo: es la final. Pero aún así, tiene un mérito impresionante jugarle de tú a tú a ese grandullón que se parece físicamente a Kasparov.

III-A
Lunes. Bate la campana y las puertas del colegio actúan como un embudo gigante, tragándose a los alumnos que van camino de clase. Iván avista a Darío y corre, abriéndose paso para alcanzarle: “¡Eh, tío, espera!”. Se saludan. Iván exclama extrañado: “¿Cómo es que no apareciste el Sábado por el Liberto?”. Darío se lleva la mano a la cabeza. Despiste. “Ostras, tú, se me pasó decírtelo… quedé con Verónica”. Iván pone cara de incrédulo. Qué me estás contando. “…fue, en dos palabras, memo-rable…”. Ya están entrando en el aula. Bajan la voz. Ruido de sillas arrastrándose. Darío le subraya: “…memo-rable´”.

III-B
Una vez más, mientras lo cuenta, Darío lo vive. Que hace tiempo que no piensa más que en ella. Repite su nombre. Verónica, Verónica. Se ataranta. Es muy feliz si la ve cerca. Y muy desgraciado cuando no está. Los sentimientos no se dominan. Y el subidón vino este Sábado porque coincidieron y se pusieron a hablar. Y cuando el tiempo parecía detenido, los minutos volaron. Y él cree que los milagros existen. Porque tiene el pálpito, tiene que ser así, que a ella le pasa lo mismo con él. Memo-rable.

III-C
Y como siempre, mientras escucha a Darío, Iván lo interpreta. O lo intenta. Que es verdad que Darío está más embobado de lo normal, lo cual parecía imposible. Que… Un momento. Una aparición le distrae de su interpretación. Es Verónica. Le saluda a él levemente, “qué tal Iván”. Pero va directa hacia Darío. Se hablan con ternura. Darío le dice: “Tío, luego te veo”. Y ve cómo se alejan. Juntos. Se queda clavado, con un buen palmo de narices. Iván necesita dos minutos para rehacerse. Iván trata de reinterpretarlo todo. Y en su reinterpretación sólo le salen cuatro palabras, a saber: “qué suerte tienes, cabrón”.

domingo, 28 de agosto de 2011

El tonto y el guapo

I
Hace rato que las farolas atenuaron su intensidad. Por lo del ahorro energético. Silencio en las calles del barrio. Estamos en las horas en las que resuenan los tacones de los zapatos con el empedrado del casco histórico. Un gato se escabulle de parte a parte del callejón. A lo mejor no era un gato. Es la tercera vez que el vigilante pasa por aquí. Con los auriculares puestos, escucha la radio y anda absorto. La noche está resultando muy lenta y pesada. Bosteza cerrando los ojos. Es cuando al salir a la placita, se topa de cara con un noctámbulo. Joder, qué susto.

II
Hacen los dos un quiebro para no darse de morros. Cuando apenas se han rebasado, el caminante se gira y le pregunta: “¿Luis Pe?”. Ostras, quién le llama así después de tanto tiempo. “Sí, sí… quién eres”. Porque está oscuro y porque necesita revisar la graduación de sus gafas, el vigilante no reconoce a quien le llama. “Luis Pe, que soy Dani, tío, ¿qué haces tú por aquí?”. Es evidente. “Ya me ves, trabajando…”. Buuuf, qué bien, una vieja cara conocida. Para hablar un poco y despejarse: “…es que llevo más de más de un año en el paro… ahora está todo muy chungo… y me llamaron del Ayuntamiento… oye, que es para vigilar una plaza durante tres días… ¿te interesa? Yo dije enseguida que, claro que sí, que me da lo mismo, aunque fueran sólo tres horas, y ellos me explicaron que hay que cuidar unas figuras que se quedan al aire libre del escultor Carlangas… y yo, que sí, que sí, que me da lo mismo, aunque fuera para cuidar el Tesoro de los Reyes Godos… y ellos vuelta otra vez, oye, es que es para hacer el turno de noche… y yo, pues mejor, así no tengo que vérmelas con ningún borracho que trate de mearse encima de estas estatuas, porque según se miren, algunas están que parecen hechas por el mismo señor Roca; y ellos, advirtiéndome, oye, que igual no tenemos dinero para pagarte hasta dentro de un tiempo… y yo, ¿pero cómo hace falta que lo diga? ¿en chino? Que sí, que me interesa aunque me paguéis dentro de un año; y al final, con un suspiro de alivio, ellos diciéndome que soy un tío de puta madre, que conmigo da gusto entenderse, que los que había delante de mí en la lista, los muy cabrones, habían dicho todos que no…”.

III
“… en eso tienen razón los del Ayuntamiento, Luis Pe: eres un tío de puta madre”. El vigilante sonríe. “Gracias, Dani: tú siempre me has mirado bien…”. Ambos echan a andar bordeando la placita. “¿Y, tío, tú sigues haciendo esas imitaciones tan buenas?”. “Madre mía, madre mía… hace años que no…”. “¿No? ¡Pues qué pena, porque eran magníficas, vales para eso!”. Sombra sobre la sombra de la nostalgia. “De imitaciones no se come, Dani”. “Bueno… márcate una ahora”. “¿Ahora? ¿Aquí? No…”. “Venga, Luis Pe, que no se diga”. “No, de verdad, no insistas…”. A los pocos segundos, en la vieja plaza, suena fuerte un: “¡ESSSS-CÁN-DA-LO, ES UN ESCÁNDALO!”. Y algunas lucecillas se encienden en algunos balcones. Qué narices hace Raphael cantando en la calle a estas horas.

IV
“Y de Begoña… ¿sabes algo?”. El vigilante no se atrevía a hacer esa pregunta. Y tiembla su voz. Su memoria despierta poco a poco y recuerda nítidamente que fue precisamente Dani quien acuñó en la pandilla ese sufijo “Pe” detrás de “Luis”, porque aclaraba que era “Luis Pe-sado”, de tanto como les repetía “tantas veces y con tan poca gracia” la misma imitación, la de Raphael, la del escándalo. Dani tarda en responder con voz grave: “Mmmm…. Begoña… lo dejamos estar hace un tiempo… pero creo que está bien”. El vigilante suspira. Dos noticias buenas. Ella ya no está con Dani. Y ella está bien. Dani le pregunta entonces: “Creo recordar que a ti también te gustaba Begoña, ¿verdad?”. Silencio como respuesta. Entre el tonto y el guapo, ella había elegido. Y se había quedado con el guapo.

V
Han dado dos vueltas a la placita. Luis le ha explicado uno por uno los detalles de cada escultura. Y se ha enrollado con el sistema de alarma que las protege. Suena una campana a lo lejos. Las cuatro. O las cinco. Se paran de nuevo. Dani saca las manos de los bolsillos. “Bueno, Luis Pe, me hubiera gustado encontrarte en otro sitio…”. El vigilante sonríe: “…por lo menos, después de tanto tiempo, esto no es ni un hospital ni un cementerio, je, je…”. Se corta la risa. Silencio. El vigilante da un paso atrás entonces. Le advierte: “Oye, Dani, no me jodas”. Repite: “…Dani… por favor, no me jodas…”. Lo de antes sí que era un gato y ahora trepa hacia una ventana. De nuevo se extiende el silencio por las calles del barrio.