domingo, 4 de marzo de 2012

Guisando para muchos


I
Toda una vida guisando para muchos. Plácido entra en la cocina. Aún no son las siete. Aún no es de día. Tose. Los tubos fluorescentes parpadean y dibujan el inoxidable de la cámara frigorífica, el blanco brillante de los azulejos, el negro reluciente de los quemadores. Su nariz está inmunizada. Huele a lejía. A vinagre. A comida acumulada. Se ata el delantal limpio con sus dedos amorcillados. Se ajusta el gorro. Hoy es Viernes. Mmmmm. Hoy toca paella. Abre el grifo del fregadero. Corre el agua. Helada. Se lava las manos. Resecas. Agrietadas. A lo largo de la mañana se las lavará mil veces más. Busca un trapo para mal secarse. Tose otra vez. Malo. A lo mejor está enganchando un catarrazo. Y arrastrando los pies hinchados, eso es de estar tanto tiempo de plantón y sin sentarse, abre cajones, abre armariadas, y empieza a disponer de todo lo necesario.

II
Fuego lento. Que sí. Que Plácido ya no piensa callarse nada. Caiga como caiga. Le pique a quien le pique. Se acabó lo de morderse la lengua. Lo de dejar pasar las cosas porque ya se arreglarán solas. Lo de comulgar con ruedas de molino. Lo de decir “sí” a todo. Lo de aparentar lo que no es. Plácido vuelve a poner las manos debajo del grifo. Alimentos en la frontera de la caducidad. Primera clase para los profes y morralla para los alumnos. Instalaciones precarias en una cocina del siglo pasado. Ya está en una edad, ya está en una fase en la que prefiere tranquilizar su conciencia antes que someterla. Total, cuál puede ser el precio. Se mira en el reflejo de la puerta del congelador. Ojeras y siete pelos debajo del gorro que un día fue blanco. El precio: ¿Irse a su casa a cocinar? Eso ya no le asusta. Pausa. Bueno, venga. Punto de sal, que quede un poco dulce, que está guisando para muchos. Hay que tirar el arroz. Tiene el tiempo milimetrado. Aún tiene que hacer otra paella, la de la dirección. Y en unos minutos, una jauría irrumpirá en el comedor y se habrá terminado fulminantemente la paz de la cocina.

III
Don Bartolomé, el director. El director, que viene acompañado por otra persona, entra en la cocina. Vigila no arrimarse a ningún sitio, no vaya a engrasarse la chaqueta del traje. Plácido en ese momento carga con una columna de platos limpios apilados. Siente el crujido de su espalda cada vez que lo hace. Se saludan. “Te presento a Leo”. Sonrisa franca. Apretón firme de mano. La de Plácido aún está mojada. Hace cuarenta segundos que se la había vuelto a lavar. “Leo es titulado superior en la escuela de cocina y ha trabajado dos años en el Colegio Grenwich…”. Ahh. Gesto de aprobación. “Va a trabajar contigo. Ya no vas a estar solo”. Plácido respira aliviado. Bien. Aleluya. Por fin, refuerzos. Dos veces, en los últimos meses, había salido de su refugio y se había dirigido al despacho del director para expresarle que “así, él solo, a ese ritmo, cocinando para tanta gente, no iba a poder resistir mucho tiempo”. Las respuestas medidas de don Bartolomé habían sido: “paciencia, Plácido”, “tienes razón”, “lo estamos mirando”, “aguanta un poco”. Sí, el director, esta vez, ha cumplido. Los deja solos. A Plácido y a Leo. Plácido, levanta las cejas, y exclama orgulloso: “Ven, que te enseñaré el chiringuito”.

IV
Toda una vida guisando para muchos. Plácido entra en la cocina. Aún no son las siete. Empieza a clarear. Qué raro. Éste no aparece. Tose. Se le empieza a templar la sangre. Los tubos fluorescentes parpadean y dibujan el inoxidable de la cámara frigorífica, el blanco tiznado de los azulejos, la carbonilla de los quemadores. A su nariz, que creía inmunizada, le llega un olor nauseabundo. Éste, que no tiró la basura y tenía pescado. Se cuelga su delantal. ¿eh? Está sucio. Salpicado. Pero ¿qué? Éste que se lo debió poner. Se calienta la sangre. Se ajusta el gorro. Hoy es Viernes. Mmmmm. Hoy toca paella. Abre el grifo del fregadero. Mierda. El sumidero está atascado. Corre el agua. Helada. Se lava las manos. Resecas. Agrietadas. Busca un trapo para mal secarse. No lo encuentra. Se seca con las mangas. Respira muy hondo. Tose otra vez. Malo. No se quita de encima el catarrazo. Y arrastrando los pies hinchados, eso es de estar tanto tiempo de plantón y sin sentarse, abre cajones, abre armariadas, y no encuentra nada, porque no hay nada en su sitio. A Plácido le hierve entonces la sangre. Son más de las ocho cuando entra Leo. Saluda, jovial, sonriente. A Leo se le congela la sonrisa porque, a bocajarro y sin preámbulos, le cae la del pulpo.

V
Lo ha estado buscando. Leo le había dicho que tenía que ir al servicio. Por lo que tarda, debe tener una diarrea galopante. Al fin, al cabo de una hora, aparece. Viene guardando sin mucho disimulo el móvil en el bolsillo del pantalón. Plácido lo sigue teniendo muy claro. No piensa callarse nada. Con los botones de muestra que está teniendo, ya sabe que con Leo no se va a llevar bien. Y, sin esperar a escuchar explicaciones, le suelta: “Tienes un morro que te lo pisas”.

VI
La penúltima de Leo ha sido: “Placidete, tú no tienes ni puñetera idea de alta cocina”. La gota que colma el vaso de la paciencia. Entonces ha pensado, “¿ah, sí?”. Y ha decidido dejarlo suelto. Para ver cómo se desenvuelve el “titulado en cocina con dos años de experiencia”. Plácido ha seguido atento sus evoluciones. Se ha convertido por un rato en mudo belindo. El resultado: Incomible. Se veía venir. Lo esperaba. Los platos de arroz aplastado han vuelto a la cocina escarbados, pero casi intactos y acompañados de una avalancha de protestas. A Plácido le invade ahora una sensación contradictoria. En el lado amargo, está tirando a la basura un montón de comida. En el lado dulce, se ha destapado un chef farsante. Además, por el semblante que le ha quedado a Leo, va a necesitar tiempo para la cura de humildad que necesita.

VII
El director, don Bartolomé. Les ha llamado, “acudid a mi despacho inmediatamente, por favor”. Estará muy enfadado. Le rugirá el estómago por lo poco que habrá comido hoy. ¿Y si le lleva un bocata de mortadela? No, no procede. Plácido está seguro. Ahora se aclarará todo. Van por el corredor del colegio, con sus uniformes de cocineros, sin mirarse. Llaman a la puerta. Abren un poco. ¿Se puede? Abren más. Detrás, sentados, en fila, el Consejo entero. Glup. Sorpresa. Qué hacen ahí. Imponen. Parece un tribunal. Don Bartolomé toma la palabra. “Plácido, no nos lo esperábamos de ti, nos has decepcionado enormemente….”. A Plácido le cambia el semblante. No entiende. ¿Qué le dicen? “…nos ha indignado sobremanera… tu conducta racista”. Plácido vuelve la vista hacia Leo, que no pestañea siquiera. Advierte entonces por primera vez sus ojos ligeramente rasgados. Su piel barbilampiña. Le bate a mil el corazón. No piensa callarse nada. Caiga como caiga. Le pique a quien le pique. No se va a morder la lengua. Le sudan las manos. No se las puede lavar ahora. Va a replicar. Va a decir. Quiere decir. Pero no sabe qué, no sabe cómo, y se queda bloqueado mientras el Consejo, muy ceremonioso, procede a comunicarle la resolución adoptada.

domingo, 26 de febrero de 2012

En el bolsillo



I
Esta mañana el agua de la bañera estaba un poquitín más fría. Me he dado cincuenta largos, cinco brazadas en cada vuelta, como siempre. Y se me han taponado los dos oídos, también como siempre. Hale hop. He mirado hacia arriba, a ver qué hora era. Tarde. Empapado, me he envuelto en un paño de cocina, titiritando de frrrrrrrío, y he andado descalzo de puntillas sobre el parquet, para no poner el suelo perdido, hasta el cuarto de Néstor: “¡AAAAAAARRRRIIIIIIIBBBBAAAAA, PEQUEÑÍN!”. Cada vez tengo que gritar más para que me oiga. Tiene un sueño muy profundo, pero también un buen despertar. Legañoso, me ha dado los buenos días con una sonrisa. Hale, hale, que es para hoy. Se ha enfundado sus zapatillas. Se ha estirado, desperezándose. Me ha cogido. Y me ha apretado contra sí mismo. Arrrrrrg, despacio, sin estrujar. Cualquier día, con un “espachurrón” de éstos, haces “sémola de padre”. Me ha soltado con suavidad. Me había cortado la respiración el tío bruto. Pero no me arredro por eso. Le he azuzado. “Espabila, que no llegas al autobús… que nos van a dar las tantas… venga, venga”. A mí me cuesta un periquete arreglarme. A él un poco más. Siempre me toca esperar. Menos mal: Ya está listo. “Néstor… ¿Te dejas algo?”. Repaso general. Ah, sí. El reloj. Va a por él. Se enfunda la chaqueta. Se arregla el cuello. Se cuelga la bolsa en el hombro. Lo penúltimo, el bocata envuelto en papel de plata al bolsillo izquierdo. A mí me deja para el final. Voy directo al bolsillo derecho. Es que soy casi tan alto como el bocata y por eso actúo de contrapeso.

II
Jopé, vaya día. Menuda jaqueca que me había entrado. Me he tenido que tomar un grano de paracetamol. Eso, y un tapón de manzanilla bien caliente. Ahora, a dormir y mañana como nuevo. “Que tengas buena noche, Néstor”. Néstor se me acerca solícito. “¡No, no, déjalo, que me doy por saludado!”. Me da pánico su efusividad. Me subo a mi vitrina, en el aparador. Me acuesto encima de mi esponjita y me tapo con la servilleta de cuadros. Raspa un poco, pero calienta la tira. El chico se queda un rato tumbado en el sofá viendo la tele. La programación que dan no le impresiona ya. Se quedará sopa, como siempre. Se le ve feliz. Y yo con él. Atrás quedan las discusiones monumentales que mantuvimos…, “padre, ¿Pero qué estás diciendo…? ¿Cómo que quieres reducirte? ¡Tú no estás bien de la cabeza!”, sus aspavientos, sus amenazas… todo eso queda muy atrás, en forma de lejana pesadilla. Ahora los dos tenemos sueños en forma de presente. Y los sueños no dependen del tamaño de quien los tiene. En fin… resumiendo, que el tiempo pone las cosas en su sitio. Zzzzzzzzz.

III
Antes, cada nuevo día un padecimiento. “Ten cuidado, Néstor”. “¿No te fías de mí, padre?”. “De ti, claro que sí… del mundo que nos rodea, por supuesto que NO”. Antes, cada hora, un rezo. “Por favor, por favor, que no le pase nada….”. Antes, cada tarde, un no llegarme la camisa al cuello, si no lo encontraba en casa a mi regreso del trabajo. “¿Dónde busco yo a este chiquillo?”. Un depender continuamente de los papás de los amiguitos, “que miren a ver si te pueden acompañar…”. Antes, cada noche, un insomnio. Un no poder dormir por no saber ser a la vez un buen padre-madre para Néstor.

IV
Sabía que esto es una solución temporal. Que más pronto que tarde, Néstor ya no me necesitará, seguirá su propio camino, como es de ley, y yo tendré que mantener entonces los ojos bien abiertos para darme cuenta del momento y hacer mutis y dedicarme ya veré a qué. Pero en el “mientras tanto”, después de vueltas y vueltas, no se me ocurría ninguna opción mejor para los dos. Dejé el trabajo, ya ves tú qué pena. Ingresé todo el dinero a su nombre, con el abogado Valle como administrador. Es de confianza. Discutí con Néstor, creo que eso ya lo he contado. Muy fuerte. Porque los dos somos muy cabezotas. Aunque yo, de momento, un poquito más. Sin tiempo para arrepentirme, y en pleno uso de mis facultades mentales, me tomé el brebaje concentrador de moléculas. Lo venden en el súper, como “Desaparecedor” de insectos. El truco para que funcione en el ser humano está en añadirle matalahúva. Y luego, glup, de un trago. Hasta la última gota, no fuera que a Néstor le diera después por bebérselo también. Al instante, fui el increíble padre menguante. La ropa hueca desparramada por el suelo, y yo tapándome las minivergüenzas, como si mi hijo no me hubiera visto nunca de esa guisa. “Eh, eh, Néstor”, fue lo primero que vociferé desde allá abajo, “No te asustes: Ahora soy tu Pepito Grillo”.

V
Mi sensación actual se puede describir con una palabra. Tranquilidad. Yo voy con él a todas partes. En todo momento. Y sé dónde está. Le transmito ánimo. Confianza. Seguridad en sí mismo. Le vigilo un poco, sólo un poco, para que no se desmande: “¡…Néstor, leche, cómete los guisantes y deja de guarrear, que te veo!”. Los amiguetes alucinan con él. Le dicen: “Pedazo de muñeco tan bien hecho que siempre llevas encima… ¿dónde te lo compraron?”. ¡Mmmmm… espero que no me robe algún crío caprichoso! Los profesores están impresionados con la capacidad de respuesta del chaval, con su repentina madurez… ¡se va a casa con los deberes hechos! No, no me aburro con Néstor ni un segundo. Esta mañana, en el bus, Néstor se ha sentado al lado de su amiguita Espe. Hola, hola. Por encima de la cartera de Espe sobresalía una muñeca. Estaba demasiado bien hecha. Anda que no se nota. ¡Huy, huy, huy… presiento que dentro de no mucho tiempo empezaremos a ser legión los papis que vamos… en el bolsillo!

lunes, 20 de febrero de 2012

Déjame hablar

I
Déjame hablar, por favor, Maika. Contigo, la verdad por delante. Las cosas muy claras. Te lo tengo que decir y te lo digo. Para que no haya equívocos. Bueno, tú ya lo habrás notado. Como para no darte cuenta, aún con el poco tiempo que me conoces. Seguro que ya habrás pensado, “huy, huy, este chico, qué cuerda… No para”. Sí, sé que siempre estoy hablando. A todas horas, en todas partes. Será por eso que casi todos me rehúyen. Porque se ve que los acabo cargando. Soy un “bocas” compulsivo. Un plasta. En cambio, tú… ¿cómo me lo dijiste la otra vez? Sí, fue cariñosamente: “para un poquito, parlanchín”. Si no fuera por ti, a mí ahora todo me daría igual y diría: “piensa lo que quieras…”, pero así no. No puedo. Debo explicarme. De entrada, sé que te va a costar creerme, porque lo mío es raro muy raro y no le pasa a nadie más que yo sepa… pero esto es lo que hay. Ahí va: Yo sólo respiro si hablo. Lo que oyes, Maika. Hablo para vivir. El único aire que me sale de los pulmones es el que va acompañado de mis palabras. O sea que, si me callo, me asfixio. Es mi cruz. Qué. Cómo te has quedado. Di algo. No pongas esa cara, que no me estoy quedando contigo, que te estoy hablando en serio. Bueno, esto entraba dentro de lo previsible. Que te quedaras ojiplática. Si quieres, te hago una demostración, pero pequeña. Ahí va: MMMMMMMMM... (…) Eh, eh, espera, que puedo aguantar aún unos segundos más sin ponerme cianótico… si no digo nada es como si estuviera debajo del agua, sin aire… Oye, ¿ya recoges? ¿ya te vas? ¿no me vas a decir nada? ¿te puedo acompañar? Bueno, vale. Sabía que esto podía pasar de todas formas. Lo sabía. Discúlpame, Maika, por favor. No pienses que soy un loco. Sólo quería que supieras el porqué de mi verborrea. Hablo por los codos. Por necesidad. Pero ya no te vuelvo a molestar, no te preocupes ¡Gracias por escucharme de todas formas! Hale, Conrado, vámonos a casa, que por hoy ya te has puesto bastante en ridículo. Cuidado, el semáforo está en rojo, sólo faltaba que te atropellaran con el día que llevas

II
“Chaval, alegra esa cara, que hay males peores”. Ya, ya, menudo consuelo el del especialista éste. “¿Están ustedes seguros del diagnóstico? Me suena tan irreal que hayan detectado una sincronización estrecha entre mi pulso cardiaco y mi habla… ¿No hay un tratamiento mejor para esto? ¿No hay una pastillita que me permita callar aunque sólo sea por la noche? Vale, vale. Si no estoy conforme, que pregunte en otros sitios… Lo haré, no se preocupe. Y mientras, para no acabar volviéndome loco yo solo, que no me deje los antidepresivos. Que no se me ocurra. Y qué me digo a mí mismo. Ni lo sé ya. Qué me cuento. Al final se me puede acabar el rollo. De momento, digo lo que pienso a cada paso que doy. También me puede valer leer en voz alta. Hasta que me entre sueño. O recitar poesía. Repetir ripios. Mmmmmm…. “. El médico me ha escrito las primeras pautas del tratamiento, me advierte que será crónico. Ha dicho algo entre medias, pero como yo estaba hablando también al mismo tiempo, no me he enterado. No le pienso preguntar. Espero que no sea importante. Salgo y pasa el siguiente. Que todos los que están ahí sentados esperando su turno me oigan: “Me mofo yo del cuadro ése de la pared pidiendo silencio, me mofo”. Y saliendo a la calle, me digo: “La próxima vez que venga, le pediré un certificado donde conste que yo tengo que hablar allá donde vaya…, en el cine, en las clases, en… a mi primo, que no podía comer gluten, sí que se lo hicieron, y…”


III
“¡Déjame hablar, coño!”, le he dicho al de personal, a punto de ahogarme. “Dónde dice que para desempeñar bien mi trabajo he de estar callado. Dónde. Que me lo digas. No lo dices porque no lo sabes. Porque no va escrito esto en ningún sitio. Y lo de molestar a mis compañeros por hablar, que yo sepa ninguno se ha quejado. Ninguno. Dónde dice que por el hecho de que yo no pare de hablar voy a faltar a mi compromiso de confidencialidad. Dónde. En ninguna parte”. El muy cabrito, me ha dado una palmada, en el hombro, y me ha dejado hablando solo, como a los locos. Encima de la mesa, un papelito con el sello de la empresa. Esto qué es. Lo leo por encima. Va a mi nombre. No me prorrogan el contrato. Me levanto pesadamente. Que me oiga, que me oigan todos. Salgo por el pasillo repitiendo a ritmo de samba: “¡Cabrito, cagado, cabrito / cabrito, cagado, cabrito! ”.

IV
Se ha entreabierto la puerta de la habitación. Ha pegado la oreja. Le he dicho: “No pasa nada, padre… aquí sigo, hablando”. No me queda otra. “Disculpa, Conrado, como no te oía, ya me estabas preocupando”. “…no qué va, no he parado”. “deja abierto, prefiero oírte, así estoy más tranquilo”. Arrastrando los pies, se va pasillo abajo. Yo llevaba un buen rato con la tele puesta, con el volumen bajado. Yo hacía de voz en off. Me comentaba las noticias. Pero ahora, ahora mismo, me ha dado por tararear una vieja canción de Nino Bravo. Canturreaba. Eso también vale. “Si yo nací, como todos nacemos, llorando, llorando… Si conseguí lo que tengo, luchando, luchando… Por qué no puedo tener un amor como tú, o como aquél, si yo soy igual…. Por qué no puedo tener felicidad”. Me sube la nostalgia al límite. Está clarísimo. Porque yo no puedo estar callado. Abro la ventana. Siento el frío. Me asomo y suelto una de las mías: “Silencio: me gustas, pero tú y yo somos incompatibles”.

V
"¿Diga? ¡Hola! ¿Qué “si puedo hablar, parlanchín”? Ja, ja, ja qué gracia. Sabes que no hago otra cosa. Hablar a todas horas. Qué sorpresa tu llamada. De las grandes. No me la esperaba". De repente, me quedo mudo al aparato. Es ella. Maika me ha llamado. Uaaaauuuu. Después de… buuufff, tanto tiempo. Mmmmmmmmm. Casi ni me doy cuenta. Extraño sopor. Es cuando ella sí se percata, reacciona y grita alarmada: “¡Parlachín, parlanchín, di algo, por favor, respira!”. Y yo vuelvo con una bocanada de palabras que acompañan a mi aire. Me ahogaba sin sentirlo. “¡Dios, Dios, es que no sabía qué decir!”. Me repongo. Me rehago. “¿Quedamos o seguimos hablando? Te aviso, te advierto que, si seguimos hablando ahora, conmigo puedes quedarte sin saldo... Guayyy. Esta tarde en el Liberto. A lo mejor prefieres un paseo. Pero tenemos que tomar precauciones. Dime qué prefieres. Aspirinas o tapones de cera. Llevaré las dos cosas. Te pueden hacer falta”.

domingo, 12 de febrero de 2012

El detector de cualidades

I
Nadie lo diría. En el centro de aquel mar de dunas desiguales, peinadas continuamente por un viento ahora amable, nadie diría que la “civilización”, la primera línea de edificaciones, se asoma a unos pocos metros. Los seis del grupo corretean descalzos. Se hunden en la arena hasta la espinilla. Se dejan caer. Se tiran. Se rebozan como croquetas. Se mimetizan. Gritan. Sus voces se pierden en el cielo. Se sienten libres. Por un desnivel, “¡la voltereta, Jerónimo, la voltereta!”, ruedan uno detrás de otro. Unos con gracia, porque parece que van rodando desde que nacieron. Otros con ninguna, porque por mucho que intenten rodar, su volumetría y su coeficiente de fricción les frenan en seco. Da la sensación de que, tras el promontorio, aparecerá una auténtica caravana de nómadas. Tonto el último. “Eh, eh, esperadme. Que alguien me ayude…”, suplica Pascui. Todos se paran. Se esperan. “…que alguien me ayude a contar toda la arena que hay aquí…”. Baaahhhhhh. Siguen hacia arriba. ¿Y detrás? ¿Detrás que hay? Willy se tira sin mirar. Para eso es el más valiente. El más de todo. ¡¡Uaaaaaahhhhh!! Los demás se quedan clavados. El desnivel es demasiado pronunciado. Casi vertical. Gritan. ¡Willyyyyyyy! Vaya leche. Bajan en zigzag. Willy no se mueve. El corazón se les sale por la boca. A los otros cinco. A Jerónimo. A Eloísa. A Cati. A Martina. Y al lento de Pascui, que ni siquiera ha llegado arriba todavía. Buff, buff, buff. Willy, Willy, ¿estás bien? ¿te has hecho algo? La torta ha sido importante. Willy se mueve. Le duele… Comprueba. Ejercicio de autoconvencimiento: No ha sido nada. No ha sido nada. No ha sido nada. Se levanta. Está grogui. Se rehace. Se hace el duro. Calma a los amiguetes. “Estoy bien”. Se sacude la arena. El hombro, un poco. Es que se ha pegado contra algo contundente como una piedra… eh… qué es eso que está en el suelo. Es un artilugio. Algún caminante lo debió perder y el viento lo había semienterrado. Los demás llegan a su altura. “¿Estás bien?”. Blanco como una pared exclama: “Claro”. Para eso es más chulo que un ocho. “¿Qué tienes en la mano, Willy?”. Willy lo limpia con cuidado. “Bah, es un reproductor, tiene auriculares”, suelta Eloísa. “¡Déjame verlo!”, pide Jerónimo. Willy lo aparta. “¡Espera, lo he encontrado yo!”. Todos se arremolinan. “Yo sé lo que es esto”, anuncia Willy solemne. Qué, qué es. Se aclara la voz. “Un detector de cualidades”. “Ya está: como siempre, quedándose con nosotros”, protesta Pascui. Willy se lo guarda en el bolsillo del bermuda. Lentamente, y escoltado por el grupo, Willy inicia el regreso. Al primer paso, un dolor intensísimo en el tobillo le hace ver las estrellas. Y eso que el sol aún no ha terminado de esconderse.

II
“Un esguince sin importancia”, minimiza Willy. Pascui ha ido a verle a su casa en cuanto ha sabido que estaba perjudicado. No ha sido el primero en llegar. De escolta, ya estaba Jerónimo. Ambos jugaban a la videoconsola cuando ha entrado Pascui. No han interrumpido el juego por él. Y no parece que le hagan mucho caso. “Pues vaya faena, chico, con lo bien que nos lo estábamos pasando”. “A mal tiempo buena cara”, asegura Willy. Hay que ser grande hasta en las desgracias. Pascui les mira boquiabierto durante unos minutos. Gana Willy. De calle. Tiene el tobillo mal, no los dedos con el mando. Entonces, Pascui no puede reprimir la pregunta: “¿Y el trasto ése que te encontraste… al final qué era?”. Ahí sí. Botón de pausa. “Una flipada, tío, ¿a qué sí, Jerónimo?”. Willy sonríe. “Lo que yo decía: Un detector de cualidades”. “Pero qué es eso. De qué me hablas”. “Eso es lo último. Es un aparatito que detecta el saber que uno acumula. Como cuando pasas por el escáner del aeropuerto y pita si hay metales, igual”. “Venga ya”. “Que sí, que sí. Con estos aparatitos, se han acabado los exámenes en los colegios y en las universidades…”. ¿Quéeeeeeee? “…Lo citan a uno, venga usted tal día a tal hora, le pasan un detector como éste, y no hace falta que diga ni escriba nada. El detector ya incluso te pone la nota. Éste, se lo sabe todo a medias, un cinco pelón y va que chuta”. “¿Síiiiiii…….?”. “Inapelable”. Willy pide ayuda: “¡Jerónimo: Pascui no se lo cree!”. “Es verdad: tío. Esta mañana lo hemos probado con el padre de Willy y enseguida ha salido el mogollón que sabe de astronomía”. Pascui niega con la cabeza. Le están tomando el pelo. A él se la van a dar con queso. Insiste Willy: “…yo lo leí en internet. Que es lo próximo. Que cuando vaya uno a una entrevista de trabajo, antes de preguntarle nada, ya le pasarán un aparatito como éste. Y si el aparatito detecta que el aspirante sabe, pues entonces, contrato y a trabajar… Ahí no hay factor humano que se equivoque”. “Willy, pruébalo con él y a ver si se convence”. A la pata coja, Willy se aproxima al aparador. Ahí lo guarda. El detector. Se pone los auriculares. Señala a Pascui. Espera unos segundos. Se ríe otra vez. “…tío, te sabes bien los países del continente americano, pero flojeas en los de Asia”. Pascui enmudece entonces y prefiere despedirse, no sea que le sigan averiguando.

III
Fue por aquí por donde ruló Willy. O por allá. Las dunas se parecen. Pero no son iguales. Igual han cambiado. Pascui vuelve a encontrarse desorientado. Está metido en un laberinto de arena. Sin paredes. Sin puertas. Se deja caer en el suelo. Escarba. ¿Y si…? ¿Y si hubiera por ahí escondido un segundo detector? Bien pudiera ser. Las cosas es sabido que se pierden de dos en dos. Por lo menos eso es lo que le suele pasar a él. Qué difícil. Y qué suerte morrocotuda la de Willy. Ir a encontrarse él con ese tesoro. La seguridad de poder distinguir al que sabe del que no. Al bueno del que no lo es. Lleva ya un buen rato rastrillando cuando escucha desde lo lejos una voz que le llama. “¡Pascuiiiiii!”. Levanta la cabeza. Suda. Es Eloísa. Le ha pillado in fraganti. Baja hacia él. Ella planea sobre el desnivel. Se le acerca. “Qué estás haciendo”. “Nada”. ¿Nada? Con Eloísa no valen disimulos. Él le confiesa: “Quiero un detector de cualidades. Lo quiero”. Hablan. Minutos. Pascui agacha la cabeza, como avergonzado. Ella le levanta la barbilla. Lo toma del brazo, lo encamina suavemente. “Anda, vamos, se hace tarde y te estaban buscando”. Remontan la pendiente de arena. Y dejan sus huellas profundamente impresas sobre el lienzo inclinado de arena.

IV
Willy, apoyado en una muleta, titubea. “No sé si debo, no lo sé…”. Jerónimo, de testigo. Y Pascui le recuerda: “Tú me dijiste que por doscientos me lo vendías. Aquí están”. Ahí se los tiende. En una bolsa cargada de monedas de euro y de monedas de cincuenta céntimos. “Oye, ¿has roto la hucha?”, pregunta Jerónimo. Y a él qué si la ha roto. Y a él qué si después sus padres le meten una buena bronca. Ahí está el dinero. Un trato es un trato y una vez hecho nadie puede volverse atrás. Aún murmura Willy: “…me voy a arrepentir, sé que me voy a arrepentir… pero te di mi palabra y ahora me toca cumplir”. Recoge la bolsa de plástico. “Aquí tienes…”. Parece un viejo reproductor y unos auriculares. Parece. Pascui no puede reprimir un temblor al recibirlo. Ya está hecho. Santa Rita Rita. Se encasqueta los auriculares. Apunta hacia Willy primero y hacia Jerónimo después. Nada. No oye nada. “…igual le tienes que cambiar la pila”, le explica Willy con seriedad. Ah. Va a pilas. Pascui le desea “que te mejores del tobillo” y sale entonces hacia la calle. Una vez afuera, no llega a oír las risotadas de Willy y de Jerónimo. Qué pavo. Qué primo. Qué simple. Ay, que yo me parto la caja. No las oye porque se ha ajustado de nuevo los auriculares del artilugio y está escuchando una voz potente, que delante de un tipo que pasa con unos bermudas floreados, le dice: “… experto en medicina geriátrica. Tres idiomas: inglés, francés y alemán”. “Guau”, piensa Pascui con emoción, “viéndole así… nadie lo diría”.

domingo, 5 de febrero de 2012

El especialista

I
Ahora ella duerme a mi lado. Siento su leve respiración. Después de la marcha de Elvira, me prometí a mí mismo que no abriría la puerta de mi corazón a nadie. Fue demasiado sufrimiento. Demasiado profunda la herida. Pero Adela encontró la llave. Y abrió. Y está aquí conmigo. Yo estoy despierto. La miro, no me canso de mirarla. Y rezo para que, pase lo que pase, no se vaya.

II
“Tío Hipólito, ¿tú en qué trabajas?”. Buena pregunta. “Soy un especialista, Chesco”. El niño se quedó pensando, sí, bueno, pero eso qué es. “Hago fácil lo difícil. Lo que otros no se atreven a hacer, yo sí”. Chesco abrió los ojos interesadísimo. “¿Eres un doble de los protagonistas de las pelis en escenas arriesgadas?”. Quería saber más. Me rasqué la oreja. “Mmmm, vale, te lo cuento… en las películas cada vez trabajo menos porque casi todos los efectos especiales ahora los hacen con el ordenador y son de mentiras… en eso ya casi no me meto… aunque sí que me ha tocado tirarme desde la terraza de un edificio de treinta pisos… o estrellarme contra una pared con un coche… o meter la cabeza entre las fauces de un león…”. “Ahhh, ¿síiiiiiiiiiii?”. Pues claro. “¿Y nunca te has hecho daño?”. Si haces las cosas bien, no tiene por qué pasar nada malo. El crío soltó otro “aaaaahhhh”, admirativo. Fue cuando llegó mi hermana Chesca desde el otro extremo de la mesa y se lo llevó a rastras de un manotazo, reprendiéndole. El nano le replicaba: “…pero mami, ¿por qué me riñes?”. “¡Te había advertido que no quiero que hables con el tío Hipólito! ¿Te enteras?”. Pobre crío. Bronca por mi culpa. Doblé la servilleta, me levanté. Antes de salir, me acerqué a la orejita de Chesco y le dije: “…oye, ni se te ocurra probar en casa las cosas que yo hago…”. Era por si se le había pasado por la cabeza, que seguramente sí. Luego dije un adiós general sin derecho a réplica. Ya no he vuelto a acudir a ninguna celebración familiar desde entonces. Donde no se me quiere, es mejor no estar.

III
Si me colocaban un arnés, se iba a notar mucho. Iban a disponer más de siete cámaras. A diferentes alturas, para dominar la ascensión al rascacielos acristalado desde todas las perspectivas. “¿Estás listo, Polit?”. Cuando ellos quisieran. Palmadita en la espalda, ánimo, a subir, sólo tú puedes hacerlo. Sin mirar hacia el suelo. El vértigo es algo que tienen los demás. Con un traje de spiderman de lo más “fashion”. Concentración máxima. Tensión. Palmo a palmo. Auppppp, auuupppp. Al otro lado de ese cristal espejo me veía yo mismo escalando. Fue un exceso de confianza, de esos que te duran una décima de segundo. Iría por la duodécima planta cuando perdí el pie. Se me fueron las manos y resbalé hacia abajo. Escuché gritos secos desde la calle. Tranquiloooooooos. Reaccioné a tiempo. Me agarré como un mono a un saliente del noveno. Basculé. Oooohhhhh. Ni un trapecista del circo lo hubiera arreglado mejor. Por poco, por muy poco. Hale otra vez, arriba y arriba, como la bamba. Llegué a la terraza superior. Me dolía todo. Me esperaba un comité de recepción con vivas y aplausos. Yo sólo tuve ojos para mirar a Elvira, que aguardaba en segunda fila. De esa guisa, vestido de spiderman, me acerqué a ella. Esperaba un beso, un abrazo, pero allí, delante de todos, la tuvimos gorda. “No quiero ser la viuda de Hipólito”, me dijo. “¿Qué?, ¿cómo?, no entiendo… tú ya me conociste siendo así”. Cruzamos palabras, de más a menos suaves. Ella zanjó la conversación: “mira: mejor lo dejamos aquí” y se fue. Yo pensé que pararía y que se daría la vuelta. A lo mejor ella pensó que yo la llamaría. Uno por otro, otro por uno, no ocurrió ninguna de las dos cosas. Y lo cierto es que no he vuelto a ver a Elvira desde aquel día.

IV
Me he levantado sin hacer ruido. Adela sigue durmiendo. Voy hacia la cocina. “Adela”, le dije, “antes de que sigamos adelante… te tengo que explicar a qué me dedico”. Se espantó. “¿Es que robas? ¿Matas?”. “No, no, nada de eso”. “Entonces ya me lo explicarás mañana”. Hoy es mañana. Le debo una explicación. Está amaneciendo. Preparo un café de cápsula. Me esperan en el polígono. Me tengo que sumergir en una balsa tóxica. Convenientemente equipado, por supuesto. Esto está chupado, claro. Sorbo. Quema. Soplo. Si me mojo con esas aguas venenosas, lo mismo se me cae literalmente el pelo. Quedan napolitanas de chocolate. Qué buenas. No sé si debo. Cojo una. No, mejor tres. Las tres a la vez caben en mi boquita de buzón. Mmmmm. Deliciosas. Qué. Arrrggggggg… Me atraganto ¡Ni los mares más embravecidos ni los ríos más caudalosos han podido conmigo y tres puñeteras napolitanas me están asfixiando! ¡No puedo respirar! Arg… ¡A quien se lo cuente! ¡Me ahoooggo! Arg, arg, arg.

V
UUUUUAAHHHHHHH, UAAAA, UAAAAA. Estómago apretado y todo para fuera hacia el fregadero. Hasta por las fosas nasales me sale el chocolate. Aire, aire. Por fin. Por fin. Por fin. Dios, qué susto. Qué mal rato. Un poquito más y no lo cuento de verdad. Bufff, he estado a punto. A puntito. Pánico en mi rostro. Ni una puta napolitana más en lo que me queda de vida. Por éstas. Voy directo en busca del móvil. Está en el bolsillo de la chaqueta. Lo encuentro. Llamo. Me tiembla la mano. “Buscaos a otro. No voy. ¿No me has oído? No voy”. No le doy tiempo a que me replique que no les puedo dejar tirados. Apago el móvil. Para que no suene. Regreso a la habitación. Adela me oye entrar. Despierta con un bostezo. Me sonríe. Le sale una voz ronca: “Polit... ¿me ibas a decir hoy a qué te dedicas?”. Me recuesto junto a ella. “Mmm… me parece que vamos a tener que pensar juntos lo que voy a hacer a partir de ahora”.

domingo, 29 de enero de 2012

Penalti y expulsión


I
Los demás jugadores van saliendo, con la bolsa a hombros, en silencio y cabizbajos. Venga, va chavales, que el mundo no se acaba, que hay que levantar la cabeza, que en el próximo partido, arrasáis seguro. Lo de hoy, desde luego, ha sido un ROBO con mayúsculas. No hay derecho. Todos los que estábamos allí nos hemos quedado a cuadros. Moisés tarda. Entro en el vestuario en su busca. Le llamo. Se me empañan las gafas. No queda nadie más, sólo él. Ahí me lo encuentro. Con el chándal puesto. Sentado en el banco. Absorto. Abatido. Me acerco. Ni me mira. Ojos vidriosos, mejillas enrojecidas. Ha llorado. Le hablo en voz baja. “…eh, chiquitín, nos tenemos que ir”. Le toco el hombro. Me rehúye. Qué más le puedo decir. Me siento a su lado. Respiro profundamente. Muerde sus labios. Al final, Moisés suelta: “Yo no lo he tocado… el otro se ha tirado”. Lo corroboro rotundamente con la cabeza, mientras él prosigue: “Y el árbitro lo ha visto claramente. Lo ha visto. Yo te digo que lo ha visto”. El narigudo del árbitro. “…y encima, encima, pita penalti, ¡y me expulsa!”. Qué jeta. Aquí se rompe él, inconsolable. Vale, Moisés, vale, no te pongas así. Exclama: “Si me cruzo con ese tío por la calle, es que no sé qué le hago”. Le tiendo ahora el bocata, lo recoge con desgana, y eso que debe estar traspellado. “¡Es que le parto la nariz a ese… capullo!”. Aquí siguen cuatro adjetivos más. Le ayudo a incorporarse. Ya me pasa un palmo el grandullón éste. Hale, vamos. “Es peor que te tomes las cosas así. No sacas nada. Sales perdiendo más todavía”. Tiro de él, mansamente. Fuera el aire es frío. En el cielo resplandecen las estrellas. Las de Charlot. Esta noche helará. “Que no, que no, que está claro que lo que el árbitro ha hecho hoy no tiene nombre. O sí lo tiene, y es muy feo. Pero que hay que levantarse, Moisés. Y si te vuelves a cruzar con él, no le tienes que hacer ni un mal gesto. Tú, a lo tuyo. Dedícate a jugar, que es lo que sabes hacer bien”. Moisés va a replicar: “Sí, pero…”. “Nada de peros. Las cosas no se arreglan a guantazos”. No sé cómo se arreglan, pero a guantazos seguro que no. “Pasa página”, le insisto. El resto de los del equipo ya se han marchado. Él destapa el bocata y le atiza un tímido bocado. Buena señal. Todo está volviendo poco a poco a su cauce. Salimos por un lateral. Así, de paso, evitamos un posible cruce con el árbitro si es que saliera en este momento de su vestuario. Por si las moscas. Queda un foco encendido en el campo. Proyecta la sombra gigante de Moisés. Qué grande eres y qué orgulloso me siento de ti, hijo…

II
Lunes. Vaya un fin de semana agitadito que hemos tenido. Tendría que empezar con las pilas cargadas, sin embargo no, todo lo contrario. Estoy molido. Cerraría los ojos y daría una cabezadita, pero las sacudidas del metro no me dejan. Por ahí vienen dos. Todo el vagón vacío, y se tienen que sentar enfrente. Ya les vale. Y van de cháchara. Quiero desconectar, pero no puedo. Con ese timbre que tienen, es inevitable oírles. Encima hablan de fútbol. Lo que faltaba. Con el escándalo que tuvimos el Sábado pasado, no quiero ni acordarme… Los miro de soslayo. La cara de ése, del de la derecha me suena. No sé dónde lo habré visto antes. Ahora se ríen. Con mala pata. Esa risita aguda retumba en mis tímpanos. Es lo que pasa: ves una cara en un sitio, en un entorno; y cuando al cabo de tiempo, la vuelves a ver… es difícil relacionar de qué me suena la narizota del tipo que tengo delante… Narizota. Un momento. Ya está. Cooooño, si es el árbitro del partido, el cabrón que expulsó a Moisés. Cómo cambia el tío vestido de calle. Cómo cambia un Lunes por la mañana. Se me va el sueño de un plumazo. Clavo la vista en él, en el narigudo. El tío sigue y sigue hablando con el otro. Le han dado cuerda. Bla, bla y bla. Qué dice. Qué está contando. “…si yo tuviera que vivir de lo que me dan por arbitrar un partido, no podría, ni de coña”. “Ding, dong, ding, próxima parada, Parque de las Angustias”. Ufff, ya vamos por aquí. Casi me toca bajar. “…lo que pasa es que, de cuando en cuando, en partidos que parecen intrascendentes, aparece gente con muchos cuartos, que apuesta muuuuuucho dinero…”. Calla de repente. Me mira. ¿Y yo? ¿Cómo reacciono? Cierro los ojos. Disimulo. Me hago el dormido. El acompañante del narigudo le insta, curioso. “… y qué, qué hacen éstos”. “Pues es que me vienen y me dicen, hoy creemos que tal o cual equipito está muy fuerte. Y yo, recojo el sobre y digo oído cocina”. El metro para. No sube nadie. Silencio en el andén. “¿Y eso no canta?”. “Hombre, normalmente, no. Ya me encargo yo de que no se note nada. Bueno, la verdad es que el Sábado pasado lo tuve un poco más complicado… me tocó inventarme un penalti en el tiempo de descuento…”. Se sonríe. El narigudo se está mofando. “Ding, dong, ding, próxima parada Auditorio”. Yo me levanto. Tengo que bajar aquí. “…estas cosas son así, je, je, je… tuve que expulsar a un pobre panoli que no había hecho nada de nada”. Me sujeto a la barra. Yo tengo que bajar aquí. O no. Ésta es la décima de segundo crucial que separa la impotencia que sentiré del lío con consecuencias imprevisibles en que me meteré. Impotencia si sigo andando y me bajo. Lío si me salto lo que siempre le aconsejo a Moisés, me dejo llevar por un rebote del quince y le estampo a este capullo su narizota en el cristal de la ventanilla de socorro. Ésta es la lenta décima de segundo decisiva, crucial y esta décima está pasando YAAAAAAAAAAAAAAA.

domingo, 22 de enero de 2012

Y esto a santo de qué





I
No sale. Ya han salido casi todas por la cinta y la mía no. Ya verás. Ya verás cómo la pierden y la liamos buena. De momento, me quedo sin ropa para cambiarme. Y sin la bolsa de aseo. Tenía que haberme dejado por lo menos lo básico en el bolso. Ay, como no salga. Ése de ahí, donde se está formando esa pequeña cola, debe ser el mostrador de maletas perdidas. Ahí me va a tocar ir… ¡Buenooooo… por fin! ¡Ahí está! ¡Menudo susto me estaba llevando! Pero ya verás. Ya verás cómo esos brutos le han metido un viaje y me la han roto.


II
Bueno, aquí estamos. En Mardebé. Y ahora por dónde. Me dijeron que desde aquí mismo sale un metro para el centro. Y que, luego, andando un poco, tengo que coger el autobús. No vale la pena que corra. Me he quedado casi la última. Seguro que lo he perdido y me toca esperar un buen rato al siguiente. Eh…. ¿qué hace ese chico con un cartel que lleva mi nombre? “Inés Giménez”. Lo ha escrito mal. Es Jiménez con “j”. “¿Inés? Encantado. Soy Mauro, de la Agencia. Me envían para recogerla y llevarla al hotel”. ¿Recogerme? ¿A mí? Qué detalle. Éste hace por cogerme la maleta. No, de eso nada. Ya tiro yo de ella. “Tenemos que salir al parking”. Rumiando, rumiando… no recuerdo yo que contratara el servicio de traslado del aeropuerto al hotel. Y Mauro no tiene pinta de ser un guía. A ver si…, ay madre, me estoy metiendo en un buen lío…


III
Vaya coche. De lujo total. De los que llevan los cristales tintados para que no se vea ni quién va dentro ni lo que va haciendo. De los que no se notan los baches ni se oye el ruido del motor. ¿No conduce un poco deprisa este tío? ¿Es que llegamos tarde a algún sitio? Me agarro al asidero con fuerza. No, si, aún se tragará al que va delante. Y encima no para de hablar. De soltar la mano del volante. Y de mirarme. Cómo me mira. No hables tanto, chico, conduce con las dos manos, y mira la carretera. Intento abrir la boca, pero sólo me salen monosílabos. “¿Ha tenido un buen vuelo?”. “Sí”. Y tanto que sí, comparándolo con este trayecto, el avión ha sido un paseo por el parque.


IV
Pedazo de hotel. Las fotos del catálogo no le hacen justicia. Parece otro. Cómo se respira. Oxígeno limpio, con olor a pino y sal. Cruzamos un cuidado jardín. Las puertas se abren. Y dentro, el aire acondicionado muy fuerte, eso sí. Poco tardaré en coger un catarro. En Recepción me atienden dos personas. Me piden el DNI. Aquí estoy horrible. Aún es de los antiguos. Me tienden la llave, de tarjeta. “Venga conmigo, por favor”. Ahora, ahora es cuando se despedirá Mauro. “Bueno, encantada”, le digo. “Inés, ¿le parece bien que le recoja para la cena en una hora?”. Me quedo de piedra. Eh, eh, un momento. Qué es eso de “para la cena”. Mauro repite con su blanca sonrisa y “bueno, hora y media también puede ser, aquí se cena tarde”. El uniformado botones espera. Voy a decir que gracias, pero de cena nada, que ya me apaño yo. Voy a decir que muchas gracias, pero que… “Hasta luego entonces”, me dice el tío. Y me deja con la palabra en la boca. Y se va. El botones me mira como preguntándome si voy o no. Ya me dijeron en la agencia que me iban a tratar mejor que a una reina. Pero pensaba que eso se lo decían a todos.


V
Al abrirse la puerta de la 325, he entrado en el paraíso. Uaaauuu. Un ramo de flores espectacular, dándome la bienvenida. He pasado la mano por encima de los muebles inmaculados. Con lo maniática que soy, está todo impoluto. Me he tendido en la cama. Comodísima. No sé si aquí se podrá soñar. He descorrido las cortinas. He salido a la terraza. Tengo justo frente a mí el mar, que se funde con el cielo. No me canso de mirar. De aquí no me hace falta salir. Y el cuarto de baño… parece una plaza de toros. Me preparo un baño. Un chorro de agua. Grande. Me sumerjo. Qué delicia. Me relajo… Me amodorro… Ya verás, ahora me dormiré, me tragaré toda el agua y me ahogaré. Que paren el tiempo, por favor. Qué hora será. ¿YAAAAAA? Choofffff. Chooof, Para fuera. Ahora es cuando me doy un resbalón y me rompo la crisma, y hasta que mañana no vengan a arreglar la habitación no me encuentran ahí tirada, de parte a parte. Vaya facha hago. Los dedos como pasas. Bueno, lo que es seguro, es que llego tarde. Espero que Mauro no se canse, no interprete que no voy y se vaya a cenar él solo.


VI
Este arroz está de muerte. Pero Mauro me mira tanto que me da corte atacarlo a dos carrillos. Ay, cómo me estoy poniendo. Seguro que luego me sienta mal. Que me conozco, que me tendría que contener. Otro sorbo. El vino es espectacular. Floto un poco. Y Mauro habla, y cuenta. La formación que tiene, que ahora que dice, se le nota y mucho. El tiempo que lleva aquí. Qué trabajo más interesante. Guía. Pero bueno, de tanto en tanto, seguro que tendrá que lidiar con personas insufribles. Tikismikis. Agotadoras… ¿Postre? No, postre, no, que no me cabe nada más. Bueno, pero sólo para probarlo. Ya verás. Después no me voy a poder abrochar ni el pantalón.


VII
Me ha propuesto un paseo. No, que estoy muy cansada y es tarde. Insiste, la cena paseada. Bueno, pero por dónde. Mira que, con la poca gente que pasa, ahora viene cuando nos asaltan unos desaprensivos y nos amargan la noche. Ríe. “Este aire embriaga”, le digo, “me suelta la lengua… No, tonto, no es el vino, ya te digo yo que es el aire”. De repente, rebobino. Quién me iba a decir a mí, veinticuatro horas antes, apretando la maleta para poder cerrarla, que ahora iba a estar paseando, al lado de una persona que me resulta tremendamente próxima. Ya verás por dónde sale. Me temo, lo veo venir, que esconde un turbio pasado.


VIII
Mauro me ha dejado frente a la puerta giratoria del hotel. Me ha arrancado una sonrisa, lo cual, viniendo de mí, es inimaginable. Mañana, a las diez. He estado a punto de seguir girando, huy qué tonta. La recepción del hotel está a estas horas prácticamente vacía. Avanzo. Estoy agotada. Casi muerta. Mira, esa mujer venía esta tarde en el mismo vuelo que yo. Se ve que aún acaba de llegar ahora. Voy a preguntar los horarios del desayuno. Un saludo. Hola, hola. El conserje, teclea y teclea y mira la pantalla del ordenador. “No me sale su reserva, pero esto lo arreglamos enseguida, no se preocupe”. La señora intenta disimular su irritación. Aún está el DNI encima del mostrador, no lo ha guardado. De los nuevos. No lo puedo evitar. Sale mi vena chafardera y leo su nombre. Inés Giménez, con “g”. Sonrío. Mira qué casualidad, ésta se llama, anda, casi como yo. “De siete a diez”, me dice el de recepción, atento al sistema de reservas. Yo ya no escucho. Miro fijamente a esa mujer. Empezar a encajar un rompecabezas y sentirme al mismo tiempo peor que fatal es todo uno.


IX
Tú sabes lo que es no pegar ojo. Pues eso. No, si yo no tengo ninguna culpa. Yo ya me decía, esto a santo de qué. Eso de que me recojan en el aeropuerto, me traigan a este hotel, me alojen en esta suite, me pongan ese ramo de flores que se sale del megaflorero, me lleven a cenar… ¿todo eso lo había contratado yo en la agencia? No, claro que no. Todo eso era para la otra Inés. Que ya debe ser una tía importante, un pez literalmente gordo. Aunque volar, lo que se dice volar, ésa iba en clase turista, como yo. Las diez ya. Abajo estará Mauro esperando a la “auténtica”. Vamos, eso si a Mauro no le han dado ya la patada, por torpe, por confundirse, por recoger a otra y por liarla parda. No he tocado la maleta. Ahí sigue, cerrada. Espero que, de un momento a otro, me llamen para decirme que “lo sienten, que me tienen que dar otra habitación”. Ah, Santa Rita, Rita, haberse fijado. RIIIIIIIIIIINNNNNNNNNNNNNG. Ahí está. El teléfono de la habitación. Dejo que suene. Que suene hasta que se canse. Salgo a la terraza. Miro al mar, por donde se ha levantado el sol. Cierro los ojos y respiro hondo. Lo peor, lo que me temía, ya me está pasando.


X
Las diez y media. Toc, toc. Nudillos en la puerta. Ahora sí que sí. Toca dar la cara. Voy. Abro un palmo. No sé qué me da ¡Ostras, es Mauro! Vendrá a disculparse. Y a despedirse. “Buenos días, Inés, ¿te encuentras bien?”. No le contesto. “…te esperaba abajo, pero como no venías…”. “¿Seguro que me esperabas a mí?”. Pone una sonrisa en su cara. No entiende. O lo disimula muy bien. Niego con la cabeza. Ya ha durado bastante el tema. Le doy las gracias por todo. Y le digo que ya me apaño. Que ya me organizo yo sola. Le voy a dar con la puerta en las narices. “….entonces, ¿te espero en recepción a las once?”, me suelta. Segundos de tensión. Ay madre, ay madre. Estoy descuadrada. Éste se cree que sigo siendo la otra Inés. Éste es tonto. O se lo hace. Le repito bien clarito: “¿Seguro que me esperabas a mí?”. Responde con un gesto afirmativo. ¿Me basta con eso? “Bueno…., estoy abajo esperándote”. Se me nubla un poco la vista y se me quiebra la voz. Cuando va a darse la vuelta, le estiro de la manga y le empujo hacia dentro. Esperar, es mejor que esperes aquí arriba. Yo estaré lista en un periquete y no quiero que en el mientras tanto aparezca la Giménez con “g” y te toque irte con ella. Reabro la maleta, con Mauro a mi espalda, en busca de lo que me voy a poner. Estoy indecisa. “Ya verás. Ya verás como en cuanto salgamos a la calle, se pone a llover”.