domingo, 17 de abril de 2011

El pintor de escaleras


I

Es un callejón estrecho por donde no caben ni los coches. Ante la puerta de una planta baja, dos personas esperan. Ella está nerviosa. Llama otra vez. “Qué raro, Domingo siempre suele estar en casa”. Él mira el reloj con impaciencia. “Bueno, mejor lo dejamos para otro día”. Suena entonces un cerrojo. Y otro. Y un tercero. “¡Por fin!”. Chirrían las bisagras. “¡Domingo, hombre, ¿no oías el timbre?”. La persona que les abre tose. Parece un espectro. Impresiona. Barba de días. Encogido en un albornoz mugriento. Pelo gris alborotado y sucio. La tos sigue. No puede parar. Le queda un hilillo de voz: “Assumpta, perdona, no me encuentro muy bien”. Ella se abre paso, “tú no te preocupes, no te molestamos ni un minuto, venía con el señor Ericksen a ver tu obra… Señor Ericksen, le presento a Domingo de Bic, el pintor de escaleras”. Obviamente, no se dan la mano. Domingo vuelve arrastrando las zapatillas hacia el interior de la casa. Siente escalofríos y apenas se tiene en pie. Se deja caer en el sillón. Dentro Assumpta maneja, como si estuviera en su casa. “¡Qué peste a disolvente, y a pintura…!”. De dos estirones, sube la persiana, y un chorro de luz inunda la casa proyectándose en el desorden. A Domingo le cuesta respirar. “Lo que yo le explicaba, señor Ericksen, aquí tiene cuadros que son una maravilla”. Mujer desnuda en una escalera. Mujer en una escalera desnuda. Mujer en una escalera menuda. Menuda mujer en una escalera. Mujer menuda en una escalera. Assumpta exclama: “Son impresionantes. Buenos de verdad. Hiperrealismo en estado puro. Parece que cada mujer se va a levantar de esos escalones y va a entrar en nuestra conversación”. Hundido en el sofá, Domingo arranca a toser de nuevo. Busca agua, pero la botella de plástico está vacía. En esas, escucha perfectamente cómo ella explica en voz baja: “Señor, Ericksen, Domingo se está muriendo…”. Y entonces la tos cesa, para de golpe, porque esta vez Assumpta se ha pasado cuatro pueblos.

II

“Hombre, no te pongas así… yo lo hice por bien, sabes de sobra que las pinturas de autor muerto se cotizan más que las de un pintor vivo… si el tío se entera de que pintas escaleras de forma obsesiva como si fueran churros y si no le llego a decir que estás grave, yo creo que se va sin hacer el pedido… Bueno ayudó mucho aquel gripazo que tenías… estabas mal, para morirte de veras…”. En las paredes del despacho de la marchante no queda un centímetro cuadrado libre. Los cuadros cubren toda la superficie. “…por cierto, que me pidió el de la mujer que lee el libro de las ocurrencias en una escalera…, sí, ya sé que ése no lo querías vender, a mí no me parece para tanto, pero no sé qué le vio, que se encaprichó, y ya no se lo pude quitar de la cabeza…”

III

Una decisión así no se improvisa. Se macera poco a poco, va tomando forma. Entre tantos cientos de millones de seres humanos, uno más, uno menos no se nota. Y mientras deja los pinceles en un bote, salpicado de pintura hasta las cejas, Domingo siente que esta vida no es la suya, que ya no le motiva pintar dieciséis horas al día, que le aburren los escalones. Y que no siente por ningún rincón el reconocimiento que, está convencido, merece.

Así que ha aguardado a que caiga la noche cerrada, ha recogido una bolsa pequeña, ha cerrado los tres cerrojos y antes de coger el coche que tiene aparcado en la plaza, ha depositado un sobre en el buzón de correos. Después se ha sentado al volante. Sí que está sucia la tapicería, sí. Todavía tiene los asientos traseros tumbados de cuando llevó la semana pasada el último cuadro, el de Mujer leyendo el libro de las ocurrencias en una escalera, a la Galería de Assumpta. Ése, precisamente ése.

No hay ni un trocito de luna, ni más de cuatro estrellas en el firmamento. No se ve ni torta. Domingo conduce con cuidado. Veinte minutos, hasta el parking de la playa Sabrosa. Casi clava el coche en la arena. Con la bolsa en la mano, anda y remonta las pequeñas dunas. Los pies se le hunden por encima del tobillo. Aire salino le humedece la cara. Fragor de olas llegando a la orilla. Oscuridad. Respira hondo. Se descalza. Se quita la ropa. La deja tirada. Siente el frío. Siente un nudo en la garganta. Ahora, precisamente ahora. Se despide de sí mismo, “Adiós, Domingo de Bic, adiós”. Y con paso titubeante, se mete en el agua, que está helada de narices.

IV

Parece que ha pasado una eternidad. Y no, sólo han pasado unas horas, una caminata, un tren y cientos de kilómetros. Domingo, bueno ya no es Domingo, en su carné trucado se llama Galio, tiene los pies aún húmedos. Atisba el letrero del pueblecito, “Gorroperdido”, y murmura: “aquí estaré bien”. Está reventado. Pero aún le falta un poco más. En el bar Menta del pueblo se presenta, y recoge la llave del pisito que alquiló desde el locutorio de internet. Es aún mejor de lo que imaginaba. Sube unas escaleritas estrechas. Y arriba le parece el paraíso. Deja caer la bolsa que le unía al pasado en el suelo y se tumba en la cama. Y entonces duerme, y duerme, y casi como en aquella película, murmura: “ya pensaré más mañana”.

V

No quería entrar tan pronto en contacto con la realidad del mundo. Pero al cabo de diez días, la curiosidad le ha vencido. Ha encendido aquel viejo ordenador de sobremesa con el XP y ha entrado en la página de “Primer Diario”, el digital más leído. La velocidad de conexión es muy lenta, pero las pulsaciones se le han disparado. En portada: “Detenida la marchante Assumpta Genio, acusada del asesinato de Domingo de Bic, el pintor de escaleras”. Domingo, perdón, Galio se ha levantado y ha deambulado por el pisito como alma en pena. El show tiene que terminar. La pobre Assumpta. Assumpta. Assumpta. Da igual a partir de ahora lo que le ocurra a él. Un poco de escándalo. Un poco de vergüenza delante de todo el mundo. Y una temporada, quién sabe, en un psiquiátrico. Porque lo suyo es de locos, por lo menos.

VI

Es lo que le pasa a los diarios digitales, que se actualizan continuamente. Cuando ya Galio, perdón, Domingo, está a punto de escribir un correo electrónico, “eh, que estoy aquí, que todo era una broma, lo siento, pido perdón”, cuando ya estaba a punto, el botón actualizar ha cambiado los titulares: “Domingo de Bic dejó una carta manifestando su intención de quitarse la vida. Puesta en libertad sin cargos Assumpta Genio. La galerista declara a la salida de la comisaría: “Lucharé por la memoria del gran pintor Domingo de Bic”. Y entonces Domingo, perdón Galio, se enternece. Ya no va a escribir nada. Domingo de Bic ya es historia, otra historia.

VII

El tiempo casi no pasa para los habitantes de Gorroperdido. Allí nadie hace preguntas. Galio pasea por las mañanas. Disfruta de un paisaje incomparable. Y por las tardes, pero no todas por no abusar, se junta con Ramis, al que conoció en el bar y ambos visitan la tienda de antigüedades, al frente de la cual está Felipe, un buen elemento. Galio se sorprende. Un pueblo tan pequeño, lleno de personas tan interesantes.

Las comidas también las tiene resueltas. La cuenta que abrió con el nombre de Galio le da de sobra para ir todos los días a comer y cenar a la Fonda Tibia. Platos caseros, caseros. Hoy, garbanzos con callos. Mientras espera, Galio garabatea con un boli en el mantel de papel. El camarero se acerca a retirar el plato y se fija: “anda, mira, como el pintor de escaleras ése”. A Galio le da un tembleque. El camarero remata el comentario: “Ya quisiera usted, ser como él y pintar como él, ya quisiera…”.

VIII

Internet es una ventana al mundo, por la que Galio se asoma cada día. Curiosea continuamente, casi al borde de la obsesión. “Tondon. Museo de Arte Moderno. Exposición Antológica de Domingo de Bic. Del 2 de Marzo al 30 de Octubre”. Sonríe. Assumpta tenía razón de todas todas. Los cuadros de pintores muertos se cotizan más. Trascienden. Y en la portada del catálogo, cómo no, su queridísima Mujer leyendo el libro de las ocurrencias en la escalera.

IX

Es un éxito. Debido a la afluencia de público que llega a Tondon desde todos los rincones del mundo, Galio ha sabido que la Exposición Antológica se prorroga dos meses más, veinticuatro horas al día los fines de semana. Con tal motivo, Peter Ericksen, (sí el Ericksen que estuvo en su casa cuando él pilló aquella gripe “A”), ha publicado un trabajo titulado “Domingo de Bic, pintor de escaleras, ese desconocido”. Se ve que se vende como rosquillas. Galio lo lee con sumo interés. En fragmentos notables se destaca que “para el pintor, la escalera simboliza el camino a la perfección”. Galio se rasca la cabeza. “Ostras”, murmura, “esto no lo sabía ni yo”.

X

Cuatro años, y parecen toda una vida, han pasado desde que llegó Galio a Gorroperdido para quedarse. Es Domingo, día por excelencia de turistas que visitan el pueblo, hacen mil fotos, comen en la Fonda Tibia y en otros restaurantes en cuyas entradas anuncian que allí “también se come como en la Fonda Tibia, pero más barato”. Galio viene de vuelta. Ha estirado las piernas. Al girar una esquina, se topa con ella de cara. Assumpta. Ella lleva la cámara réflex al cuello. Fotografiaba las escaleras jalonadas de flores que conducen hacia la plaza central. El mundo es pequeñito. En menos de un segundo, una sacudida les recorre el cuerpo. Shock. Al principio no le sale la voz. Pero al final sí: “¿Domingo?”. Él balbucea, sonríe, “hola, Assumpta”. De repente, todo se desencaja y descuadra a la vez. Las lágrimas afloran. No hay preguntas. No hay respuestas. En lo que tarda un flash, ella no sabe si abrazarlo fuertemente o darle un guantazo. Finalmente, se acerca para darle un abrazo, pero le sale un ostión tremendo que da con Galio, perdón, con Domingo, por los suelos en medio de la calle. “Disculpe…”, dice Assumpta azorada, “…le confundí con otra persona…”. Se ajusta la correa de la cámara. Y se va. Él recoge las gafas dobladas a tientas y, tumbado como está, contempla cómo se aleja. Con un dolor más moral que físico cae en la cuenta de que ése es el cuadro que le falta por pintar. Mujer de espalda subiendo las escaleras.

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