domingo, 3 de abril de 2016

A la luna contigo

I
No me lo puedo creer. No puede ser. Me lo ha dicho mi tío Antonio. Él lo sabe porque estuvo en la reunión donde programaban las Fiestas de San Roque. Viene a Gorroperdido Peter Winter. Al principio he pensado: “será otro con el mismo nombre”. Pero no, me ha aclarado que es “el Piter Güinter ése que canta  quiero ir a la luna contigo”. Esto es un notición. Cómo puede venir a un pueblo tan pequeño como éste una estrella tan grande como ésa. Mi tío lo dice con gesto más que preocupado. “…este alcalde que tenemos es un fantasma… con tal de figurar, es capaz de organizar aquí en Agosto unos Juegos Olímpicos de Invierno y traerse la nieve de fuera…”. Me contengo para no salir a escape a contar la primicia. “…luego, créeme Chimo, estos dispendios y boatos los van a estar pagando hasta los hijos de tus hijos: lo que yo te diga”. Eso ahora da igual. Ya no me resisto. Me cuelgo de la persiana de madera como Tarzán se colgaría de una liana. Salto. Vuelo calle abajo. Aporreo la puerta de Asun. Se asoma su abuela protestando desde el balcón. Pero me abre ella. Se me sale el corazón del sitio. Se lo digo bajito. Aún me está pitando el oído de los chillidos que ha dado. “¡MI PETER WINTER! ¡AHHHH, AAAAHHHHHH, ME CAIGO MUERTA AQUÍ MISMO! ¡AHHHH, AHHHHH!”.
II
Paso por la peluquería donde trabaja mi madre. Saludo. El aire huele a laca y tinte. Me siento. Repaso el revistero. Página por página. Separo las revistas en dos grupos, según aparezca Peter Winter o no. De cada diez, en una no sale. Peter Winter desayunó. Peter Winter en la playa. Peter Winter almorzó. Peter Winter en su moto. Peter Winter merendó. Peter Winter de compras. Por un momento, no me da envidia Peter Winter que, seguramente, también cenó. Cojo pesadamente el montón de prensa rosada. Con voz inocente, le digo a la peluquera: “Mari, me llevo éstas y luego te las traigo”.  Sé que no pone buena cara precisamente, pero ella está a sus rulos y yo no le doy opción. Antes de que proteste, ya corro calle Mayor abajo. Y ya me está esperando en el portal de su casa Asun.
III
Le voy pasando. “Aquí sale más”. Asun la coge, la mira, la devora, “ay, qué guapo”, suspira. Me lo dice a mí para que lo corrobore. A mí me sólo sale un encogimiento de hombros. Mientras dura el repaso, el comediscos se agota. “…a la luna contigooooooo, ooo, oo”.  Llega a una, un primer plano. “Ohhhhh, ésta la quiero, para pegarla en mi habitación…. Mira qué pelo, qué ojazos”. Pongo cara. Mi madre se va a mosquear si no devuelvo las revistas intactas. Asun insiste:“…ésta me la quedo”. Bueno, va. Total por una página que falte, no se va a notar mucho. Las señoras que van a hacerse la permanente tampoco creo encuentren a faltar unos pelos y dos ojazos de menos.
IV
Le di mi palabra a Asun. Que no se preocupe, que a ese concierto histórico la invito yo. ¿Su reacción? Se colgó de mi cuello y me soltó un beso en la mejilla. Me he quedado aturdido. Aún me dura la sensación. El beso. El primer beso de Asun. Ya quiero otro. 
V
Me he puesto de todos los colores. Dos mil pelas la entrada. ¿Están locos o qué? ¿Hay que recordarles que esto es Go-rro-per-di-do? Eh, eh, que estamos hablando de una plaza de toros portátil con las gradas de madera ¿Se piensan que los billetes los tenemos escondidos debajo de las piedras? ¿No saben que eso no lo ganan muchos en un mes? He preguntado al alguacil si a los que vivimos aquí desde siempre no nos hacen un descuento, no nos regalan alguna entrada. Le he propuesto que repartan algunas en los colegio para hacer alguna rifa. Poco le ha faltado para mofarse de mí en mi propia cara. Que le den. Me saltan las lágrimas de la rabia. Pero una palabra es una palabra. Y yo, a Asun, lo último que le quito es la ilusión.
VI
Con éste, cinco coches lavados. A veinticinco pesetas cada uno…. (música del un-dos-trés)… ¡ciento veinticinco pesetas! Brrrrrr. Me he pelado la clase de Música, pero ha valido la pena. Anochece. No hay más coches que quieran ser lavados y puedan pagármelo en todo Gorroperdido. Rastreo por las calles de abajo. Mis manos, agrietadas, del agua, del champú, de la gamuza,  del frío. Para postre, las nubes ésas que amenazan con descargar. Nadie quiere lavar un coche cuando está a punto de llover. De fondo suena en el Bar de Quisque ésa canción, ésa: “… quiero ir a la luna contigoo, ooo, oo”. A Asun no se lo reconoceré nunca, pero en mi fuero interno empiezo a odiar y mucho esta puñetera canción.
VII
Sueño. En mi sueño estoy muy cansado. He entrado en el Bar de Quisque y he pedido un zumo de piña. Miro a un lado. Miro a otro. Casualidad, ahí sentado, está Peter Winter. Nadie le hace mucho caso. Es un tipo como cualquier otro. De carne y hueso. Seguro que tiene hambre y come. Seguro que tiene sed y bebe. Seguro que le duele algo y se toma una aspirina. Y seguro que tiene un apretón y va al baño corriendo. Le doy conversación. En mi sueño no hay problema con el idioma. Mi inglés es tan perfecto que parece castellano. “…tengo una amiga a la que le gustaría mucho conocerte”. Concede. “Vamos pues, preséntame a tu amiga”. Bajamos por la calle Mayor y ya tengo confianza para decirle… “he acabado hasta el gorro de tu canción de la luna, que lo sepas”. Ha soltado una carcajada. Los ojos de Asun al verme con Peter Winter no tienen precio. No se cae muerta. Ahí, ahí es cuando espero mi segundo beso. Ahí, ahí es cuando en medio de la noche y con el ruido del camión de la basura de fondo, me despierto.
VIII
Franqueo la puerta del ayuntamiento. Con orgullo. Con determinación. Resuelto. Busco a la secretaria del alcalde. Levanta sus ojos de la Olivetti. “Qué quieres, Chimo”. De mi cazadora, una bolsa que ha costado sangre, sudor y un potente catarro. “Vengo a por dos entradas para el concierto de Peter Winter”. La mujer pone cara de “pobre infeliz, tú no sabes lo que pides”. Y suelta:  “ufffff…. Se acabaron a las dos horas de ponerlas a la venta… no hay ninguna”. Si me pinchan, no me sacan sangre. “¿Cómo que no hay ninguna?”, exploto, “¡alguna tiene que quedar, mire, mire por favor, mire usted bien!”. La señora me mira con lástima, pero no se apiada. Niega. “Casi todas las acapararon gente de Mardebé…”. Me quedo en shock. Con la cabeza agachada. Pienso en Asun. Maldigo. La secretaria aún me mira. Soy el fracaso hecho persona. Me llevo las manos en los bolsillos. Para qué coño sirve el dinero si lo que quieres comprar no te lo venden.
IX
Al salir del Consistorio, Fredo me ve y me lo nota. Que qué me pasa. En otro momento no, pero hoy tengo ganas de contarle. Me escucha. Buen amigo de mi tío Antonio. Funcionario del Ayuntamiento. “Estaré de voluntario colaborador en la Organización del concierto”. Se me encienden las antenas. ¿Voluntario? “… con la marabunta que esperan y tiene que venir… como no esté un poco planificada la cosa…”. Abrazo a Fredo. Lo que yo digo: un buen amigo de mi tío Antonio, pero también buen amigo mío. 
X
Llevaba una semana sin ver a Asun. La esquivaba. Al final le he tenido que contar que, pese a mis esfuerzos, pese a que lo he intentado todo (también la reventa)… no tengo las entradas para ir juntos al concierto. Ella dice que lo presentía. Me mira con resentimiento. “…confiaba en ti, Chimo, me has defraudado”. Me atolondro. “…aún me queda un plan, Asun, no está todo perdido… nos va a salir bien, ya lo verás”. Confío en Fredo. Me lo dio a entender. Le dejo las revistas que han salido esta semana. En una, a toda plana, resalta, “Peter Winter viene a España…. dará un único concierto en una pequeña población llamada Gorroperdido”.
(...)
XX
Hoy es el Día. Todo a punto. En toda su historia, ni cuando nos invadieron los romanos, los árabes y toda la caterva humana que por aquí ha ido dejando su huella, ha habido tanto personal en Gorroperdido. Se han desbordado todas las previsiones. No ha bastado el campo de fútbol como parking. Han quedado decenas de coches, ladeados en la cuneta, aparcados a ambos lados de la carretera hasta la bajada del Blas, o sea, cinco kilómetros. Una oleada de gente. Oliendo negocio han venido chiringuitos portátiles. Churrerías. Bocaterías. Los comerciantes de toda la vida están que trinan. También es verdad que el Bar de Quisque y los demás del pueblo han doblado los precios. Y que los “servicios son sólo para clientes”. Tenderetes. Banderitas con el careto de Peter Winter. Camisetas con la Luna. Gorros. Bufanda. Efeméride: el día que aquí cantó Peter Winter. Y frikis. Frikis disfrazados a coro de Peter Winter, lo que más. Después de empaparme de todo el ambiente, cojo a Asun de la mano. “Sígueme”, le digo. Mano firme. Mano templada. Siento su pulso. Siente el mío. Me abro paso. Una barrera de seguridad bloquea la entrada de la plaza portátil. Se escucha a los músicos afinar sus instrumentos. UNO, DOS, SÍ. UNO, DOS, SÍ. La batería. RO-TOTOTOTOTÓ. Dónde se habrá escondido el auténtico Peter. Dónde. Un tío como un armario de dos puertas me cierra el paso. “Voy donde Fredo”, digo con cara de bueno. Nos deja entrar. Un sudor recorre mis axilas. Ya estamos dentro. “Asun, contrólate”. Está al borde del ataque de nervios. Subimos los escalones. Hasta la grada alta, junto a las banderas. Uffff. Qué perspectiva. Qué torres acústicas. Hoy somos el centro del mundo. Gorroperdido está en el mapa. Todos nos miran. Sonrío. Ella me sonríe. Caerá el segundo beso. El primer abrazo. Nos sentamos. Ahora tenemos que esperar, camuflarnos, no llamar la atención y disfrutar el momento.
XXI
“Los Auténticos” están tocando ahora. Son los teloneros. Caldean el ambiente. Quedan quince minutos para que empiece lo bueno. Fredo nos ha visto. Lleva un chaleco naranja de la organización. Sube hacia nosotros. Le saludamos tímidamente. Sonríe con gesto de circunstancias. Con buenas palabras, con buenos modos, “Chimo, no tenéis entrada… os tenéis que ir”. Trago saliva. Suplico: “Tío… déjanos estar… por favor, no nos vendas, déjanos estar”. Fredo se muerde los labios, cambia el gesto: “…Chimo, no me pidas esto”. Lo miro con odio. Con mucho odio. Me acaba de jod… vivo. Nos ponemos en pie. Fredo tiembla. “Espera un momento”. Respiro hondo. Parece que cede. Busca, rebusca en su macuto. Masculla palabrotas entretanto. Saca un chaleco. “Sólo tengo uno, y si me pillan, me la cargo”. Todo pasa en un segundo. No hay discusión. Asun le arrebata el chaleco y lanza un chillido, AHHHH, AHHHHH. Al mismo tiempo noto cómo se desase de mí su mano cálida y entiendo que tengo que tomar solo el camino de la salida.
XXII
Fuera del recinto el aire es diferente. Absorto, escucho los primeros acordes. La ovación interminable. Se cae la plaza. ¡¡BUENAS NOCHESSSSSS, GORROPERDIDO!!! Me siento como se sentirían los expulsados del paraíso. Levanto la cabeza. Uffff. Hay mucha más gente aquí que ahí dentro. Me abro paso. Los tenderentes. Las churrerías. Las farolas agrandan mi silueta con las manos en los bolsillos. Voy hacia las afueras, al parque desierto. Me siento en un banco. Desde aquí me llega distorsionado el fragor, el eco de los decibelios. Me levanto. Voy hacia casa. Ya sé. En cuanto llegue, buscaré unos tapones en mi mesita y trataré de dormir. Mañana ya será otro día.
XXIII
Insomnio. No he podido dormirme. Estoy muy cansado. Para dar vueltas en la cama, mejor me lanzo a la calle. Frío. Relente en la madrugada. Un gran vacío. Un gran silencio. Montones de latas de cerveza, vasos estrujados de plástico, botellas vacías. Eso es lo que queda de la batalla. Luz en el Bar de Quisque. Son las seis y media de la mañana.  He entrado y he pedido un zumo de piña. Miro a un lado. Miro a otro. Casualidad, ahí sentado, ¿ése no es? Sí ahí está Peter Winter. En chándal. Sorbe un café. Es un tipo como cualquier otro. De carne y hueso. Seguro que tiene hambre y come. Seguro que tiene sed y bebe. Seguro que le duele algo y se toma una aspirina. Y seguro que tiene un apretón y va al baño corriendo. Le doy conversación. Le saludo: “Buenos días”. Resulta que habla castellano. Resulta que sus abuelos eran de Mardebé.  Por un momento pienso que le comentaré: “…tengo una amiga a la que le gustaría mucho conocerte”. Pero me callo. Me pregunta si para ir a correr un rato es mejor hacia la derecha o hacia la izquierda. “Si no te importa, yo te acompaño”, me ofrezco. Bajamos por la calle Mayor y ya tengo confianza para decirle… “he acabado hasta el gorro de tu canción de la luna, que lo sepas”. Ha soltado una carcajada. Pasamos por la puerta de Asun. Miro hacia su balcón. Espero que me va a entrar ahora un no sé qué de tristeza. Pero no. No noto nada. Ahí, ahí es cuando nosotros nos alejamos a trote ligero mientras despunta la mañana y se acerca el camión de la brigada de la limpieza que empieza a baldear las calles, al tiempo que se expanden las campanadas que dan las siete en el reloj del Ayuntamiento.
(...)
CC
Acabo de contestar al correo electrónico de Peter. Me anuncia, que vuelven en Mayo con Helga y los dos críos. Les encanta Gorroperdido. Le he dicho lo que él ya sabe, que Miriam y yo nos alegramos enormemente cada vez que viene. Que estamos encantados. De sobra y de tiempo sabe que mi casa, es también la suya.

domingo, 13 de marzo de 2016

Algo grande que contar


Quiá. Lo que tenía tu abuelo, y tú tampoco vas mal en eso,  es mucha imaginación. Vamos. Una leyenda urbana más, que conforme más veces la cuentas, más te la crees. Seamos serios. Empezando por eso de que, iba tu abuelo con unos amigos, volviendo del trabajo, cuando, surgió del cielo una plataforma gigante, y con la tierra que ellos pisaban y todo, de cuajo, se los llevó a todos por los aires. JA, JA. Extraterrestres. Que volaron y los depositaron en una nave espacial. Y que estuvieron bajo unas aguas caudalosas, donde presenciaron extrañas y diversas formas de vida… dices para más detalles, verde. Y que transcurriendo el tiempo, cuando ya pensaba él que nunca más volverían a casa, les aterrizaron de nuevo, con gran alegría de quienes les habían dado por perdidos… TURURÚ. Hazme un favor, a mí no me cuentes más historias de éstas, si antes no reconoces que te las has inventado.
* * * * *
I
Ya es un poco de día. Menuda escandalera están montando los pájaros fuera. Hablan todos a una, a la suya, sin escucharse. Como los mayores. Después ni piarán, y será como si no estuvieran, pero ahora… Bito se incorpora en la cama. Se despereza. Se despegan sus legañas. Brazos estirados, acompañados de un gran bostezo. Pies al suelo. Baldosas heladas. Pies de puntillas, no es cosa de acatarrarse. Asoma sus ojitos por detrás de la persiana. Ahí están los coches, debajo de los árboles. Empapados, no por la lluvia, sí por la humedad. En la casa, los demás aún duermen. Es buen momento para empezar su plan. Sí. Pero para poder empezar, lo primero de todo, lo urgente más urgente,  es ir a hacer un pipi.
II
Penumbra en la cocina. Los cacharros, limpios y vueltos del revés en el fregadero. Olor sobre todo a puag, a las croquetas que sobraron anoche de la cena. Bito se rasca el pelo. A ver, a ver. Donde el cubo de la basura, las bolsas de plástico, no… Donde las botellas  y los frascos vacíos de vidrio. Ahí sí. Se sube al taburete. Alarga la mano. Están apilados. Compactos. Necesita uno. Cuál. Mira. Es para su nave viajera. Ése, ése le parece bien. Alarga la mano. Con cuidado. Con cuidado. Estira. Uffff. Qué mala pata, al cogerlo, se mueve el de al lado, se tambalea el de arriba y… y… CRASSSSSS. CRISSSSS. CRASSSSS. Houston, Houston, aplazamos la operación. Lo que viene ahora son unos cuantos gritos y la aparición de su madre en camisón: “¡Bito! ¿Qué pasa aquí?.  ¡Bito!, ¿otra vez descalzo?”. Desde la perspectiva que da estar subido a la banqueta, con el piso sembrado de cristalitos, a la altura de los ojos de ella, él agacha la cabeza. Glup. Vaya. Es verdad. Una de las primeras reglas que le enseñaron de más pequeñito es que por casa, siempre con zapatillas. Los vidrios nunca desaparecen del todo. Cagüen. Siempre se le olvida. Ya casi ni se acuerda de un tajo que se hizo hace ya mucho en la planta del pie izquierdo.
III
Hora de la siesta. Tiempo ideal para seguir con el plan trazado. Descartados los botes vacíos, Bito busca en la despensa. En el botellero. Al principio buscaba cristal blanco transparente. Bueno, tendrá que ser verde. La vida se verá a su través verde. Tiene que decidirse. Antes de que le agarren por el hombro y le pregunten que qué hace ahí metido. Mira etiquetas. Riojas. Riberas. Utiel-Requenas. Da lo mismo. La campana que persigue a la nube le hace gracia. Deletrea: Un Tentenublo. Agarra la botella del cuello. Se la esconde dentro de la camiseta, como si ahí no se viera. Sale a hurtadillas. Dentro de la casa, ni las moscas se oyen. Sólo algún ronquido. Sólo eso.
IV
Ha costado descorcharla. Estaba taponada a conciencia. Huele. Bien. A Bito le tienta dar un trago. Puag. No sabe cómo  eso puede gustar a sus papás. Glu-glu, glu-glu. La vacía por la taza del water. Tinto, morado, violeta intenso. Queda un culín. Pero así ya está bien. Luego tira de la cadena. Y sale. Con la botella vacía dentro de la camiseta. Cachis. Una mancha. No pasa nada. Casi no se nota. El plan sigue adelante.
V
En el patio no hay ropa tendida. Con la que cae, en una hora todo está seco. Bito buscaba eso. Un hilo fuerte. En condiciones. Las tijeras del pescado sirven. Zas. Zas. Subido al cajón de las patatas, tijeretazo certero. Ya tiene cuerda para rato. La enrolla alrededor de su mano. Y la guarda en el  bolsillo. Un poco más y no cabe. Ufff. Ya no se escuchan los ronquidos. Dentro de unos minutos, se habrán levantado. Procurando no hacer ruido, Bito sale fuera.
VI
En el maletero del coche, la caja de herramientas. Están hechas un desastre. Destornilladores. Llaves. Puro desorden. Bito busca una que pese, algo contundente. Encuentra la más vieja. Una del catorce-quince. Está tan oxidada que, seguro, ya no sirve para nada. Para nada no. Ésa era la que él andaba buscando.
VII
Ahora sí, en campo abierto, por la senda que lleva al arroyo del Limón, avanza Bito. Con una mano, vuela la nave espacial, antiguo casco de Tentenublo. Fffffffffffffff. Surca los cielos limpios en busca de nuevos planetas. Con la otra mano se tapa la nariz. No porque huela mal, que no, sino porque autonarra con voz en off, el discurrir de su plan. “Houston, nos dirigimos a buscar tripulantes para nuestra nave espacial”.
VIII
Sigilosamente, con una pala de jardinero, zassss, ha recogido un puñado de tierra con unas hormigas despistadas dentro. Cuenta seis y las señala:  “Voluntarias”. Sin darles tiempo a reaccionar, utilizando el embudo de papel que traía preparado, las ha vaciado con sumo cuidado en la botella. Después, migas de pan. “Provisiones liofilizadas”, apunta Bito. Hurgando en el otro bolsillo, tap, ha tapado la boca, con un tapón de los que sus padres tienen para cuando no terminan de todo el vino. Después ha anudado el cuello de la botella a un extremo del cordón. Nudo simple, como el que usa para atarse las zapatillas. Y la llave del catorce-quince al otro. Lo siguiente, correr por la senda, saltar sobre cuatro piedras. Llegar a donde el murmullo del arroyo baja con aguas cristalinas. Agacharse al remanso donde crecen los juncos. Y a la voz de… “Houston, preparados para la inmersión”, deja la botella suavemente en la superficie. Al principio, flota. Pero en cuanto detrás, suelta la pesada llave, la botella sucumbe ante el tirón del acero y es engullida hacia abajo hasta que queda a medio camino, suspendida entre el fondo y la superficie. Oh, oh. Bito mete la mano en el agua. Brrrrr. Fría, fría. No llega. Mete el brazo. Oh, oh. Fuera de su alcance. “Houston, tenemos un problema. Nave fuera de control”. Por detrás escucha voces. “¡BITTTOOOOO!”. Lo llaman a gritos. Contesta. “¡Estoy aquiíiiiiiiii”. Se incorpora. Memoriza la posición. “No os preocupéis, vendré con refuerzos y os sacaremos de ahí”.
IX
“Matilde… en el botellero no está la botella de Tentenublo… ¿tú sabes algo? Mmm… Mira tu padre qué sonrisa y qué mofletes tiene…”.  Bito hace como que presta atención a la tele,  al tiempo que se tapa con el dedo una mancha rojiza en su camiseta. “Qué interesante”, dice, “el Mardebé ha ganado un amistoso al Mediavilla”.
X
A todo meter. Así corre Bito la bajada hacia el arroyo del Limón. Junto a los juncos, la misma agua mansa cuando llega. La misma misma no puede ser. Es otra, pero muy parecida. Libélulas alrededor. Moscas pegajosas. Toda una fauna. Respira hondo. Han pasado dos días. Ayer no pudo acercarse. Lleva las chanclas de agua. El bañador. Tiene que hacer ya la operación rescate. Localiza el punto exacto. La botella sigue ahí, meciéndose cual submarino en medio de las aguas que lo acarician. Chof. Hasta la pantorrilla. Acaba de incumplir otra regla de oro. La de las tres horas de la digestión. Ay de él si se muere ahora. Su madre lo mata. Mete el brazo. Ya la tiene. Rescata la botella. Huy qué pena. El cordón, por el tiempo se ha reblandecido y se suelta. Se pierde la llave del catorce-quince. Da igual. Que le den. La corriente empuja con más fuerza de la que pensaba. Mira a través del vidrio. Verde. Espera que los tripulantes estén sanos y salvos. De momento, no ve nada. Esto es angustia. Fffffffff. La nave vuela de nuevo. “Houston, volvemos a casa”. Bito, él mismo, se hace una ovación. Y con cuidado de no resbalar, chof, chof, sale del agua. Sólo faltaba que, ahora que ya han superado los peores peligros, en lo más sencillo de la misión, él la cagara.
XI
Recuerda el punto exacto donde embarcó a los tripulantes. Es hora de que vuelvan a su casa. Con música, con honores, Bito es el chico orquesta, poniendo emoción en los violines y trompetas de sus cuerdas vocales. Deposita la botella en el suelo. Las hormigas que deambulaban por la misma senda a esa hora, ante tamaño obstáculo, lo rodean sin detenerse. Bito abre el tapón. Espera, tictac, con ansiedad. Que salgan, que salgan. Tardan un poco. Se impacienta. Mira alrededor. Un canto rodado. Ya lo tiene. Crassss. Impacta. Se parte el casco en dos.. Ahora sí. Un poco mareadas, que parecen borrachitas, claro, se habrán puesto hasta arriba de Rioja, las hormigas exploradoras empiezan a remontar los bordes del cristal. Bito aplaude. “¡Un gran momento para la hormigondad!”, exclama emocionado. Se agacha en cuclillas. Se acerca mucho, mucho, con cuidado de no barrerlas con un soplido. Y en un susurro les dice: “…ahora, ahora tenéis algo grande que contar a vuestros nietos”.
* * * * *
Con la rabia metida dentro, Tuiqui sale del hormiguero. Qué estúpido su amigo cuestionando la historia de su abuelo. Avanza deprisa, en una dirección, sin tropezar con los demás, que van, vienen, y con un solo pensamiento. “…digan lo que digan los demás, yo sí te creo, abuelo”. Viene a detenerse donde crecen unos matojos. Debajo, pisa unos trocitos puntiagudos verdes. No lo sabe. Son aquellos vidrios. Los vidrios que nunca desaparecen del todo.



lunes, 7 de marzo de 2016

Auge y caída del Bon Pleis






1970
… claro que me acuerdo de usted, señor Sierra, ustedes son para nosotros de toda la vida,  como de casa, pero es que estamos completos, no nos queda nada. Y eso que con la reforma pasamos de veinte a sesenta habitaciones. Imagínese el booom. Ha corrido la voz, entre primos, tíos, amigos de los que ya venían desde siempre y ni aún así damos abasto… ya sé que es para Agosto y aún estamos en Abril… pero nosotros empezamos a formalizar reservas en Febrero y en dos semanas, lo teníamos ya todo completo. Eso de que todo el mundo tenga vacaciones a la vez es una gaita… Descuide, no se preocupe. Si tenemos alguna baja, si alguien se arrepiente, al primero que llamaremos será a usted. De verdad, no se imagina lo mal que me sabe. De todas formas, acérquense aunque sea un Domingo para comer… llámeme a la centralita,  al 263 de Gorroperdido, como ha hecho ahora, y yo me encargo de reservarles una mesa que dé al valle… así les enseñaremos lo que ha crecido el complejo… sí… claro… la carretera está mal… hay muchas curvas… y venir desde Mardebé hasta aquí para pasar el día es una paliza de campeonato... pero por unas patatas a la bon pleis, bien vale la pena…  Muuuuchos recuerdos para ustedes también.
1975
¿Bon Pleis, dígame?.... Ahhhh… Sí, soy Agustina… enseguida le he reconocido la voz… hola, hola… qué alegría me da escucharle de nuevo… Es que parecía que ya no quedaba invierno y acaba de caer una nevada impresionante… los cables se han cortado y nos hemos quedado incomunicados… la primera llamada que entra, la suya, señor Sierra. ¿Qué tal están? ¿Y la familia?  Cuánto me alegro. Nosotros, dentro de lo que cabe, bien también ¿Una reserva para Agosto? Ahora, ahora sí es el momento… poco nos queda… pero aún habrá algo. Lo de las habitaciones familiares, ni hablar. Es que ya están cogidas. Podría ser dos dobles… Contiguas, tampoco. Pero en el mismo pasillo sí. ¿Una es para los niños? ¿Qué edad tienen los mellizos? ¡Diez años ya! ¡Qué grandes y guapos estarán…! ¡Si hace nada iban arrastraditos en el carro doble! Este año hemos hecho una pista de tenis nueva… a ellos les va a encantar seguro… sí, donde estaba antes el parking… Lo que sí quería indicarle es que hemos tenido que incrementar la tarifa… bueno, ya sabe cómo está todo, se han disparado los costes… ahora le indico cómo enviarnos un giro con la fianza de la reserva…
1980
Bon Pleis, le habla Agustina. ¡Hola, hola, hola, señor Sierra…! ¿Qué tal están? Nosotros, pues como siempre… peleando para salir adelante… un año más mayores… lo que es este otoño y este invierno no ha llovido nada… esperemos que luego no nos caiga de golpe y tengamos que salir en góndola… Nos están cambiando el clima… pero por lo demás… ¿Este año? Hemos reformado la sala recreativa… ya verá, ya… a sus hijos les va a encantar… Tenemos previsto que sea una discoteca… Nooooo, no se preocupe… está tan insonorizada, que mientras dentro se pueden quedar sordos de tanto chunta-chunta-chunta de esos que les gusta a ellos, fuera se podrán oír hasta las moscas, como siempre. Lo de las moscas es un decir… no hay que cogerlo al pie de la letra… aquí ya sabe que no hay moscas… no sea usted malo, señor Sierra, je, je…  ¿Quiere que le mire la suite familiar para los cuatro? Creo que la tengo libre… ¿No? Ahhh…. Prefiere a los chicos un poco más lejos… pues por mí, hecho… los mando al piso de arriba… Por lo del giro, con usted no hay problema, cuando pueda las próximas semanas…
1985
…ya le estaba echando yo de menos, señor Sierra… ya iba yo a ponerles falta… ya estaba yo preocupándome… ya pensaba yo si les habría pasado algo… Mejor, mejor así. Que sigamos todos bien. No, aunque estemos en Junio,  sí que va a ser posible. Y más si son ustedes. ¿Le reservo las dos habitaciones, las mismas del año pasado? ¿Nooo? ¿Sólo una? ¿Y sólo quince días? ¿Pero cómo es eso…? Ahh… los chicos dicen que aquí se aburren y tienen otros planes: no me lo puedo creer… pues si tienen novias, que vengan también, esto les va a gustar seguro… Bueno, aquí todo igual… este año se nos jubiló Aurora la cocinera… pero las patatas siguen estando igual de espectaculares… no notará usted la diferencia… porque tenemos buenos discípulos… y si hace falta, ya  me pongo yo el delantal, que por eso no va a quedar… ¡Ay, ay, ay… este año se les va a hacer muy corto, señor Sierra! Bueno, sí… ahora, ahora… llegar hasta mitad camino es casi todo autovía… se tarda una hora menos… parece que nunca van a terminar las dichosas obras… lo mismo para cuando esté… ya se puede venir en avión… Lo importante es que ya no estamos tan lejos…
1990
¿…señor Sierra? Sí, sí, soy Agustina, Agustina del Bon Pleis. Qué tal, cómo se encuentran. ¿Y los chicos? Uno, estudiando en Australia, que más lejos no se puede, y el otro, que de casa no quiere salir… Hay que ver, tan parecidos y tan diferentes… Mire, pues yo le llamaba porque como sé que a ustedes les gusta mucho venir… y como este año hemos tenido que cerrar el pabellón de arriba y nos hemos quedado con muy poquitas habitaciones… no sea cosa que, ustedes confíen y confíen, y luego no vayamos a tener… Mmmm… ¿Les apunto? ¿Dos semanas como el año pasado? ¿Una semana sólo? ¿Para la Virgen de Agosto iría bien? Bueno, poco es… pero por lo menos con esa semanita, ya ustedes matan el gusanillo, que yo sé cuánto les prueba esta tierra, este clima… y las patatas, claro, las patatas.
1995
…me alegro mucho de saludarle, señor Sierra… y de que se encuentre mejor. El tiempo no pasa en balde para nadie, y hay que cuidarse… Si este año no se puede, ya se podrá el que viene, no se preocupe… de aquí no nos vamos a mover. A ver si su hijo, el que no sale de casa, se hace el ánimo y lo trae… aunque sea un fin de semana… la carretera ahora da gozo… sin una mala curva… y veintisiete acueductos, que los ha contado mi hija Andrea… Ya sabe… ella está muy preparada y sí le gustaría quedarse, pero en Gorroperdido no hay mucha marcha para vivir… Los dos empresas grandes que quedaban han acabado cerrando… y los más jóvenes han tenido que emigrar donde han podido… Los mayores aquí nos quedamos… Qué le voy a contar que usted no sepa ni vea… Este año les encontraremos a faltar, señor Sierra.
2000
Bienvenidos al Bon Pleis. Nuestras líneas están ocupadas. En breve le atenderemos. Tirorí, tirorirorirotirori, tiroriroriroriroriroriroriroooooooo. Bienvenidos al Bon Pleis. Nuestras líneas están ocupadas. En breve le atenderemos. Tirorí, tirorirorirotirori, tiroriroriroriroriroriroriroooooooo. Bienvenidos al Bon Pleis. Nuestras líneas están ocupadas. En breve le atenderemos. Tirorí, tirorirorirotirori, tiroriroriroriroriroriroriroooooooo. Bienvenidos al Bon Pleis. Nuestras líneas están ocupadas. En breve le atenderemos. Tirorí, tirorirorirotirori, tiroriroriroriroriroriroriroooooooo. PI, PI, PI, PIIIIIIIIIIIIIIIII.
2005
Australian Sierra Pleis, le atiende Andrea...



martes, 23 de febrero de 2016

El último encargo

I
La verdad es que tienen muchas. Amontonan las bolsas, mochilas y carteras en la pared del escaparate. DEPORTES RIESGO. Las hay de marca-marca y de marca-no-tan-marca. Orlando se queda mirándolas tras el cristal con carita de lástima. Y más desde que la cremallera de su vieja mochila heredada de su hermano Wilfredo, dijera que ya no cerraba más, y dejara al descubierto sus libros y libretas según pasaba el tirador por los dientes. Con cuál se quedaría. Con cuál. Le encanta esa blanca. La señala para sí. Blanca nuclear. No es un color muy apropiado para una bolsa que tiene que dar tumbos por el suelo, pero… es que es tan chula… Está colgada en lugar preferente. Va a ser que no, pero de hoy no pasa. Entra. Espera a que le hagan caso. Espera mucho, porque Orlando es invisible a ojos de la dependienta. Cuando la vendedora fracasa en su empeño de vender un chándal fosforito, repara en él. Es su turno. Se interesa por la bolsa blanca. “Tienes buen gusto, chaval”. Quisiera verla. Parece que a la de la tienda no le va a venir bien alborotar el orden y simetría de la exposición, pero bueno. Abre la vitrina, la coge con un dedo y se la muestra. “Jopeta… ¡no pesa nada!”. “Es que has ido a mirar la mejor de todas… está hecha con nylon de la Nasa… ligero como el aire… ignífuga… impermeable al agua y a los disolventes… resistente como el acero”. Orlando se queda boquiabierto. Y luego están los bolsillos. Estratégicos. Ya imagina cómo quedará. Aquí el bocata. Aquí el estuche. Aquí la ropa de deporte.  Es… es fantástica. Luego le da la vuelta a la etiqueta. Y mira el precio. “¿Vale eso?”. “Te puedo hacer un cinco por cien”. Orlando suspira. Da las gracias. Carga pesadamente con su mochila viejuna. Ya sabe lo que le van a decir en casa. “…con ese precio, ni que tuviera una banda de música dentro”.
II
Los Viernes, después del cole, a merendar a casa la abuela. Pan y chocolate redondo. La abuela Emma lo recibe sentada en su mecedora. Se balancea. “Tete, tienes la mochila, que cualquier día se te escurren los números y las letras por debajo”. Orlando baja la cabeza y encoge el hombro. “Ya…”. Luego le cuenta. Que ha visto una en la tienda de Deportes. Pero que es muy cara. “Cara, ¿cuánto es?”, le pregunta la mujer. Orlando se lo dice al oído derecho que es el que oye, no al izquierdo. La abuela pone sus ojos en la estratosfera. “Sí, que es cara, sí”. Orlando va, viene, trajina por la casa. Mira, remira fotos antiguas. Su abuela cosía. Y él ha visto un par de bolsas en la casa que están hechas por ella. Y ahí siguen. Mmm… “Oye… ¿por qué no me haces tú una nueva?”. A ella le entra la risa. Huuuyyyyy. A estas alturas. Qué has dicho. Orlando antes de callar, añade: “podrías intentarlo”. La abuela se pone seria de repente y se incorpora pesadamente. “No te prometo nada, tete. Haré lo que pueda”. Lo que viene a continuación es un beso en la mejilla, un beso con miga y chocolate.
III
Bronca en casa. A Orlando. “¿Tú por qué le dices nada a la abuela?”.  Silencio como respuesta. “¡Menuda película tiene montada ella ahora! ¡Si tienes rota la bolsa es por tu culpa, porque la llevas a arrastrones!”. Más silencio. Sentencia: “No tienes remedio, Orlando”. Fin de la bronca. Por ahora. 
IV
Esquivando el tráfico, que mira que hay coches y coches. Cruzando por donde no hay pasos de cebra. Pasito a pasito. Pues sí que estaba lejos esto. Así ha llegado Emma hasta el escaparate. DEPORTES RIESGO. Se ha puesto las gafas de ver de lejos. Ha mirado con detalle la bolsa blanca. Porque no tiene duda que es ésa. Después de varios minutos, se ha dado la vuelta, “Puaf, eso se hace por la gorra”. Y ha vuelto despacio a casa, otra vez esquivando los dichosos coches y cruzando por donde no hay pasos de cebra.
V
Sola en lo que fue su sala de costura. “Mira que he cosido yo en esta vida…”. Subiéndose a un taburete en peligroso equilibrio. Buscando retales. Cuidando que no le caigan esas cajas encima. Eso le falta a su cabeza. Quien tuvo retuvo. Emma respira con fatiga. Escoge con cuidado. Ahí está. Sabía que tenía, sabía que le quedaba algo. Sonríe. De ahí tiene que salir la bolsa del chico.
VI
Acercando aún más el flexo. Dónde se fue su vista. Encorvándose sobre la mesa. Empuñando las tijeras. Dónde se fue su pulso. Intentando cortar el tejido de lona. Ras-ras. Dónde se fue su fuerza. Desesperándose por momentos. Con lo tranquila que estaba ella, dónde se ha metido.
VII
Se pone nerviosa. “¡Anda, quita, quita, déjame a mí!”. Él protesta. “¡Abuela…!”. Ella aclara. No es porque piense que coser sea una cosa de chicas, ella será antigua pero no es de ésas. Es porque manifiestamente, su nieto es torpe-torpe, y a poco que lo deje en acción, con esas tijeras en su mano, Orlando El Peligroso corta la lona, corta su forro y puestos a cortar, se corta hasta los dedos.
VIII
La Singer ha dicho “no, no y no”. No repunta. Y no tiene solución. Antes de enviarlo todo a la porra, se levanta. Se dirige despacio hacia la mecedora. Se deja caer. Cuenta hasta diez. “Piensa, Emma, piensa”. Sí piensa, sí. Pero lo único que se le ocurre es una bajeza, un inviable, un imposible. Y ella, a estas alturas, ya no está por eso.
IX
Emma empuja la puerta medio atrancada de la Mercería. La reciben con un gesto primero de sorpresa, luego serio. Segundos de silencio tenso. “No te has muerto”, le dice la señora de la tienda. “…a ti no te falta mucho para eso”, le replica ella. Ya se palpa en el ambiente. Se odian. “Qué se te ha perdido”. “No he venido por mí. He venido por mi nieto”. Descarga las piezas hilvanadas de la bolsa. La de la mercería mira el material distante. No cruza una palabra. Se mete en la trastienda. Se escucha la máquina de coser zumbando. Emma mientras, ni pestañea. Pasan unos minutos. Eternos. Sale. Todo repuntado. Todo remachado. Cremallera cosida. “Si fuera para ti, no te lo habría hecho”, exclama. Emma lo revisa: “…para haberlo cosido tú, no está mal del todo… qué te debo”. La modista le responde sonriendo: “…la rabia que te da haber venido a pedirme este favor ya paga todo esto”. Emma ha abierto su monedero. Sobre el mostrador, deja caer un billete de quinientas. “…de mi rabia no se come, del trabajo sí”. Sin despedirse, sale fuera. Suerte que fuera hace aire. Ahí dentro de esa mercería ya le faltaba.
X
Encima de la cama, un paquete. Orlando pregunta. Esto qué es. Empieza a abrirlo. Con cuidado de no rasgar el papel de Deportes Riesgo de Mediavilla. Blanco. Blanco y en botella. Esto por qué es. No es su cumple. No es ninguna fecha señalada. Es… UAUUUHHHHH. Qué pasada. Es la supermegabolsa blanca nuclear. BIEN, BIEN, BIEN. La levanta con un dedo. ¡Gracias, gracias! Su madre sonríe satisfecha. “con lo que vale, ahora que te dure”, le advierte. El trasvase de bártulos lo hace en un santiamén. Aquí los libros, aquí la ropa de la gimnasia, aquí el bocata. Y sobra sitio. Qué cosa más cómoda. Hoy sale eufórico hacia el cole. Imparable. Cualquier peso, aunque sea el de una banda de música, es liviano si se lleva con esta bolsa astronáutica.
XI
Literalmente, Orlando, no se la quita de encima. Ni en el pupitre. Ni en el patio. Es que sirve para calentarse las piernas del frío. Es que sirve para escribir encima como escritorio. Es que sirve como bandeja si hace falta. Es que sirve para sentarse. Es que sirve para tocar el tambor (…)  Los mil y un usos de su mochila mágica.
XII
Y encima es Viernes. A casa de la abuela Emma. A por el pan con el chocolate redondo. Qué extraño. Por qué le abre Wilfredo. Qué hace ahí su hermano mayor si casi nunca va. “¿Y la abuela?”.  “No pasa nada. No te preocupes”. “Pero, ¿y la abuela?”.  “Está bien. Se la llevaron esta tarde. No pasa nada. No pasa nada”. Wilfredo repite tanto ese “no pasa nada”, que automáticamente a Orlando se le encienden las alarmas. Sí pasa. Y está pasando todo. “…por cierto, ha dejado algo para ti en el cuarto de costuras”. Con los ojos chispeantes, corre hacia dentro. Abre de par en par. Todo en orden. La máquina de coser. Sus telas. Sus cestas. El olor de naftalina. Se queda quieto parado. La piel se eriza. De repente, la mochila de marca-marca pesa. Es incómoda. Y da repelús. Qué cosas. Dos mudanzas en un mismo día. Ya ha cogido práctica. Sale reforzado. Ésa sí que sí. Wilfredo espera en la puerta. “Vámonos a casa”, le indica. “No, vamos donde esté la abuela”. Mientras cierran la puerta, mordisco va, mordisco viene al pan con chocolate. “Que nos vamos a casa”. “Que no, que nos vamos donde esté la abuela”. “A casa”. “…donde esté la abuela”. “Qué pesado. A casa”. “… pesado tú, donde esté la abuela”. “A casa, casa, casa”. “Donde esté la abuela, donde esté…


domingo, 14 de febrero de 2016

Existen

No termino de acostumbrarme a las entrevistas. Me pongo tenso. Envarado. Tanto para las fotos en el despacho, donde suplico “primeros planos no, por favor, que se me ven las cicatrices”, como para responder a las preguntas. Con lo ocurrente y espontáneo que creo ser, aquí siempre me quedo en blanco. El periodista toma notas en una tablet al tiempo que registra nuestra conversación con una grabadora. “Ya para terminar, señor Suria… ¿usted cree que los extraterrestres existen?”. Ahí me ha dado. Suelto el aire por la nariz. Entrelazo mis manos. Me muerdo los labios. Mientras, evoco la historia. Qué le digo. Qué. Él se ajusta las gafas. Acaba de darse cuenta de la trascendencia de la pregunta. Trago saliva. Buscando unos minutos de tregua, le doy al “pause”.
* * * * *
I
Quien pensara en Gorroperdido, acertó. El aire purísimo. El bosque de carrascas centenarias. La sombra frondosa. La tierra mullida, blanda, sin apenas piedras. El autobús nos dejó en la parte de arriba, en un margen de la carretera. Y pasado mañana, Domingo, volverá a por nosotros. Entre todos, hemos bajado todos los bultos a la zona de acampada. Quién ha hecho más viajes que nadie. Qué pregunta. Yo. Quién ha plantado la primera tienda de campaña. Qué pregunta. Por supuesto, yo. Inmediatamente después de tensar los últimos vientos y acomodar la mochila, he ido corriendo a la de las chicas, “dejadme que os ayude”. Nieves, siempre reticente, “no, gracias, ya podemos nosotras”. Pero yo, caballeroso: “Insisto”. De un martillazo, zassss, hundo una piqueta. “Dadme otra”, pido. Zassss. “Otra más”. Voy a piñón. Escucho risitas. Levanto la cabeza a ver ése de qué se ríe. “¡…menuda panorámica, Rústico… se te ve toda la hucha!”. Debo de tener la cara roja como un tomate de  tanto agacharme. Ahora todavía más. Con toda la dignidad que me cabe,  trato de subirme un poco el pantalón, agacharme la sudadera y pedirle a Nieves: “otra piqueta, por favor”.
II
“¡Heyyy! ¡Mirad al Rústico!”. Me revienta que me llamen así. Me llamo Isidro Suria. Había que preparar el fuego de campamento. “¿Dónde vas con eso?”. Arrastro una branca de seis metros por lo menos. Ha habido que frenarme. Si no, con mi machete de punta de sierra, acabo dejando todos los árboles sin ramas. Con la que llevo recogida yo solo, pensando en que Nieves me observa, tenemos leña para dos semanas seguidas o más.
III
El guarda ha aparecido para saludar. Ha hablado con el Salus. Ha predicho heladas para esta noche. Ha preguntado que cuántos somos. Veinticinco. Antes de subirse al Land Rover y desearnos una buena estancia en la naturaleza ha advertido que “por cierto, nada de encender fuego”. Lo ha dicho de tal manera que el Salus nos ha llamado inmediatamente al orden, a grito pelado, y ha advertido que, si huele ligeramente a humo, se nos cae el pelo. Hay quien lo toma a guasa, porque al Salus, pelo, lo que se dice pelo, le queda ya poco. 
IV
El frío era esto. Era un no sentir las manos. Un tener la cara acartonada. Un agarrotamiento de cuello. Y un dónde está que no me la encuentro. Rafaelillo se me acerca, “Isidro, tú tienes más calorías que yo… has traído más ropa que nadie… anda, por favor, te lo suplico… déjame tu plumífero…”. Qué me está pidiendo éste. Qué se habrá creído. Al bosque se viene preparado o no se viene. Ni le contesto. Apretujados unos a otros en el refugio, con caras de sueño, sin querer irnos a dormir porque qué es eso de retirarse tan temprano, busco la mirada de Nieves. Ahí está. Tirita. Castañetean sus dientes. Por ella sí. Me levanto y me acerco hasta ella. Me quito el plumífero. Ante un “uhhhhhh” general, a los demás que les den. Ella no me dice que no. Su gratitud vale un cielo. Pero jopeta, qué frío hace en este pueblo y cuántas estrellas hay bajo su firmamento.
V
Durante la marcha del Sábado hay quien me dice que me calle para ahorrar energía. Quiá. Me sobra de eso por todos los sitios. Voy delante de todos. Me subo a un árbol. Me tiro. Como un mono. Trepo por una peña escarpada. Saludo al respetable. EOOOOOO. Que me vean bien. Pero que me vea Nieves. Siempre hace como que no, pero sé que está pendiente de mí. A Rafaelillo ya le he repetido que lo importante es saber defenderse de un ataque. “Si me viene alguien con malas intenciones, le hago un hiponsinague”. “Eso… qué es”. No se lo explico. Se lo hago. Chillando, cae todo lo ancho que es en el suelo. Con la nobleza que me caracteriza, le ayudo a incorporarse, le sacudo la tierra de la cazadora, pero veo que tiene muy poca correa. Me ha dicho: “Rústico; tú estás majara”; me ha mandado a pastar y me ha pedido que no le vuelva a dirigir la palabra nunca más. Exagerado.
VI
Al Salus le pregunto que para cuándo la próxima Acampada. “No sé, Rústico, no sé”. Como dijera César, suspiro: “¿Tú también (me llamas Rústico), hijo mío?”.  Hemos plegado las tiendas y puesto los cacharros en sus cajas. Pasa revista. Como todo está correcto y no nos quiere ver parados, ordena una batida de recogida de papeles. “¡…joooo, pero si no son nuestros!”. Da lo mismo. Ahora, hasta que venga el autobús, quiere que nos acerquemos hasta el Embalse de las Piedras. Hay quien protesta: “¡…me duelen los pies!”. Veo que Nieves y sus amigas se ponen en camino. ¡Bien! Recojo la cuerda por si he de escalar algo y en dos zancadas me pongo delante. Abriré la expedición y las protegeré de cualquier mal que les aceche.
VII
No estaba lejos el embalse ése. Remontando esa ladera ya se tiene que ver. Cojo aire. Les he sacado tanta ventaja que ya ni les veo. Voy a hacerles señas. “¡Es por aquí!”. Escucho el silencio. Las hojas al moverse. Los pájaros. Y un poco lejano, un grito. UN GRITO. Reconozco la voz de Nieves. Me da un vuelco el corazón. Doy la vuelta. Y a toda paleta corro lo más que puedo. Es Nieves. Grita. Y si grita es porque está en peligro.
VIII
Cuando llego ya está ahí con ellas el Salus. Y los del grupo de atrás. Señalan hacia allá. No pasa nada y sí que pasa. Menudo susto. Un individuo les ha salido al paso, ha abierto de par en par su gabardina y les ha enseñado su cosa. El Salus pide datos, cómo era, no la cosa, sino el tipo y hacia dónde se ha ido. Se atropellan las descripciones. No ha pasado nada y sí que ha pasado. Rebotan las palabras. Gabardina gris. Pirindola peluda. Se fue por allá. No escucho más. Salgo corriendo, campo a través, por donde Nieves ha señalado que se fue ese joputa.
IX
Chan-chan, chan-chan, chan-chan. Yo mismo me hago la música. In crescendo. El caso es que no sé dónde voy. No sé qué huellas buscar. Sólo quiero topármelo de cara y destrozar al desalmado ése. Chan-chan, chan-chan, chan-chan. Agudizo la vista. Tengo el Embalse de las piedras puñeteras casi delante. Casi sin agua. ¡Estoy de suerte! Allá bajo huye como un cobarde el tío del capullo. Dando traspiés, ladera abajo, vuelo. Jopeta, como me caiga aquí me rompo la crisma y me quedo sin dientes. Lo tengo entre ceja y ceja. Yo a éste lo atrapo como que me llaman Rústico.  UAAAAAHHHHHH. Es mi grito de guerra. Me planto delante de él como un león. Será más  mayor. Será más fuerte. Pero yo lo destrozo. Ni tiempo le doy a hablar. Lo primero, un hiponsinague. Pero es que pesa el doble que Rafaelillo. Con éste no puedo. Tengo que cambiar de estrategia. Me acuerdo de la cuerda. Tengo el factor sorpresa de mi lado y un pino piñonero en mi otro lado. Lo rodeo, estiro, tenso. No reacciona. “¡Ya te tengo, mal bicho, tú de ahí no te escapas!”. Todo en cuestión de segundos. “¿Qué haces? ¡suéltame, enano!”. Suerte tiene que no le abra esa gabardina y no le dé en toda la pichuleta. Me enjugo el sudor. Miro al cielo. Tengo que pedir refuerzos ahora. Llamar a los míos, a la Guardia Civil, a la Policía Nacional, al ejército del aire,  para que se hagan cargo. Me aseguro que está bien atado, que de ahí no se mueve. Y desoyendo los gritos del maniatado, tal como he llegado, enfilo ladera arriba, camino de vuelta.
X
Cuando derrengado y sin aliento llego a la base de la Acampada, el Salus está enfadado, cabreado, “…pero… ¿tú dónde te habías metido, Rústico?, ¡todo el mundo buscándote, el autobús esperando!”. “Yo, yo…”. Señalo hacia el embalse. El Guarda Forestal ha bajado de su Land Rover y conversa con dos guardia civiles. El Salus aclara: “…ahí se llevan al exhibicionista, lo han detenido… es un hombre del pueblo que no rige bien”. Glup. Desde las ventanillas todos me miran. EEEEEHHHHHHHH. Nieves también. “Te la vas a cargar con todo el equipo, Rústico”. Bajo la cabeza. Trato de decir… “Pero... pero”. Me empujan hacia arriba. El autocar arranca. “Más te vale no decir nada: Por tu culpa vamos a pillar atasco para entrar en Mardebé”.
XV
Durante todos estos días, con los ojos llenos de angustia,  he estado esperando a que la puerta de mi habitación se abriera y apareciera el (otro) tío de la gabardina señalándome con su dedo acusador: “¡FUE ÉL!”. Durante todos estos días, he abierto el periódico por la página de Comarcas, para enterarme si “un hombre atado a un pino es rescatado en Gorroperdido”, o si por el contrario me encuentro con un “hallado un hombre congelado atado a un pino de Gorroperdido”.  Glup. Nada. He repasado con pavor las gélidas temperaturas de Gorroperdido. Mínimas de menos seis. Mis padres se han alarmado con mi bajón anímico. “…a este niño le pasa algo”.
XVI
Aunque ya no pienso hacer ni un hiponsinague en lo que me queda de vida, he vuelto a ser el mismo, he vuelto a sonreír cuando he escuchado en la radio que aquella noche fue avistada una luz extrañísima. Un objeto volante no identificado sobrevoló los cielos de Gorroperdido. Ufffff. Ahí me ha cuadrado todo. Qué cabrón. Qué bien caracterizado estaba el tío con su gabardina y todo.
* * * * *
“…mmmm…. señor Suria… le estaba preguntando si usted cree que los extraterrestres existen”. Vuelvo de mi abstracción. Más me vale después de todos estos años. Más me vale. Ante la atónita mirada de mi entrevistador afirmo con toda rotundidad: “EXISTEN”.


domingo, 31 de enero de 2016

Me va a venir bien

19 DE MARZO a las ocho.
A las ocho en punto, a Analía le ha asustado el ruido seco, desencajante de los primeros masclets y los “trons de bac”. Como si los tuviera debajo de la ventana. Los cristales vibran y, si sigue esa explosión de decibelios, lo mismo hasta revienta alguno. “…la despertá”, ha pensado. Pero ella ya hace horas que no duerme. “…podrían haber tenido un poco más de miramiento y haber empezado más abajo”, reniega. Por detrás de la persiana entrabierta asciende el humo de la pólvora. La intensidad de los petardazos se va poco a poco amortiguando y disipando. Mezclada con la traca surge con fuerza la banda de música, a ritmo de Paquito el Chocolatero. La piel de gallina. Es el día que es. Hoy, en Mardebé, lo queman todo. Y mañana vuelven a empezar, resurgen de sus cenizas. Se abre la puerta de la habitación. “¡Fiesta, fiesta!”.  Es la auxiliar de la cocina, que viene a recoger la bandeja. Está sin tocar. “…pero mujer, ¿no has querido nada? ¿así cómo te vas a poner bien? (…) Venga, bébete aunque sea el zumo… voy a recoger el resto de habitaciones y luego más tarde me paso”. Analía no contesta. Mientras, los compases de chocopaquito, pom-pom-pón, pom-pom-pón, se pierden rebotando en las fachadas colindantes.
 
19 DE MARZO a las diez.
Son las diez. La luz del sol inunda ya la habitación. En el pasillo, van y vienen voces. Se abre la puerta. “¿Se puedeeee?”. Como cada mañana, ya está ahí su hermana Geles. Pero… auauuuuhhhh, hoy no viene sola. Ahí sí que sí.  Le han dado. Es, ella, es Ariadna. Vestida con el traje de fallera. Madre mía. Hija mía. ¿No quedamos en que…? Analía se lleva las manos a la cara. La mira. La remira. Está preciosa. No parece que tenga sólo diez años. Está…. Está guapísima. Se abraza a ella. Geles le advierte: “¡…eh, eh, cuidado con los moños!”. Permanecen así unos segundos. Unos segundos que parecen una eternidad. Luego aterrizan suavemente en la realidad, repara en que la bandeja está intacta, y antes de recibir una regañina, Analía, aún con la emoción en la garganta, le pide: “acércame la mesita, por favor, que sí que quiero, que tengo que desayunar”.
* * * * *

CATORCE DÍAS ANTES
“¡Ariadna, por favor, estáte quieta, que así no puedo abrocharte!”. La niña se queja. “¡Tía Geles, que me aprieta mucho, me haces daño!”. La tía se desespera. “¡No, no y tres veces no!”. Desiste. “No te cabe”. Cómo que no. Le habían tomado medidas en octubre. Se lo habían hecho más grande. Tiene que caber. La mamá ha de verla con el traje puesto. Se muerde los labios. “…te has ensanchado”, concluye la tía Geles. “…dilo claro: quieres decir que estoy más gorda, tía”. “no, no, quiero decir que te has ensanchado”. “Prueba otra vez, tía”. “…no, no hay manera, señorita Escarlata…”. Ariadna no entiende la retranca. Le tiemblan los labios. Frente al espejo, aprieta los puños. “…en dos semanas, tía, voy a adelgazar… me va a venir bien… ya lo verás… te lo digo yo que sí”. Sin haber visto ni saber nada de la épica película, sólo le ha faltado poner a Dios por testigo. De nada le vale a la tía Geles decir que no se ponga así, que no pasa nada, que es normal que crezca, normal que se estire y normal que el traje de fallera (con el dineral que vale) se le haya quedado pequeño. Por si no hubiera quedado bastante claro, Ariadna subraya: “ME VA A VENIR BIEN”.

TRECE DÍAS ANTES
El tete se lo había dicho. Que debajo de la cama estaba la báscula para cuando ella quisiera. Entra sin llamar en la habitación. Se agacha. Estira el brazo. Comprueba. El punto de partida. Al tete se le escapa una media sonrisa. “No es como se empieza”, le ha dicho ella tapándole la boca, “es como se acaba”.
 
DOCE DÍAS ANTES
Para qué  habrás hecho la tarta, tía Geles. Para qué. De chocolate con nata. A la hora de repartir los trozos, se le queda mirando. Ariadna hace como que tiene una cremallera en la boca. Dice no. “Venga va, un poquito solo”, insiste. Esto no es negociable. Además, la pinta es más que espectacular. El plato delante. Ariadna cede. Ariadna al ataque. Primero vienen dos segundos, un pispás, de deleite. Después, dos horas de arrepentimiento.

ONCE DÍAS ANTES  
Enri el patitas. Es un gamo. El que más corre de toda la clase, con diferencia. Están en el patio en la clase de Educación Física. Él le explica. Lo importante es coger ritmo, respirar. Ordenar a las piernas que te sigan. Ahí están en chándal. Le han pedido permiso al profesor para que, en vez de jugar al basquet como los demás, ellos puedan correr y dar vueltas al campo. Ella se mentaliza. Es fácil. “Imagina que te sujetas a una cuerda y que yo tiro de ti… tú sólo cógete bien y sígueme”. Ahí empiezan. Al trote. Pronto a ella le falla el resuello. Le suben los coloretes. El patitas la anima. No, no puede. “¡…cógete de la cuerda, Ariadna!”.  Ella, sin resuello, aprieta los nudillos, “ya me cojo, ya, pero es que se estira y se estira y se acaba rompiendo!”.

DIEZ DÍAS ANTES 
 “Tete… ¿tú estás seguro de que esta báscula va bien?”.  

NUEVE DÍAS ANTES 
Ariadna tiene llave, pero desde hace poco. Va directa. Al ascensor. Una vez dentro, apunta con el botón. A apretar el cuarto. Bueno, no. Se frena. Dilema. Viene casi muerta. Qué hace. Sale y sube, escalón a escalón. O hace la vista gorda por una vez. Se mira el cinturón. Le duele todo. Cierra los ojos y aprieta el botón. Ro-ro-ro-ro, el motor gira y asciende planta por planta. Remordimientos. Le asaltan. Cuando llega al rellano. Se detiene. Ahora que ya está arriba, no va a bajar otra vez, no. En vez de eso, enfila hacia la terraza. Hacia la sala de máquinas. Está cerrado. Huele a humedad, a grasa. Enciende una luz. Mira interruptores. Mira cables. No se lo piensa. Se juega un cortocircuito. Arranca uno. PLOOOOOFFFFF. Se apaga todo. Ahora está roto. Roto para mucho tiempo. No tendrá de momento el dilema de si sube con el ascensor o por las escaleras. Y sale de allí silbando antes de que nadie sospeche que ha sido ella.

OCHO DÍAS ANTES  
Cuando la tía Geles le ha dicho, “ven para acá, que quiero hablar contigo”, Ariadna ha barruntado tormenta. Uffff. Eso era poco. Le ha caído la del pulpo. Ya está bien de tonterías. Ya está bien de no comer. De hacer como que sí, pero ser que no. Punto. “Y que no me entere yo, porque entonces, señorita, entonces la vamos a liar”. A Ariadna le brillan los ojos. Al borde de la lágrima. Esto, esto, piensa, con la mamá no habría pasado.

SIETE DÍAS ANTES 
La tía Geles ha llegado muy cansada, y ha dicho que lo siente, que no se preocupe, que tal y como le prometió, se probará el traje, pero otro día. Ariadna se pone de morros por eso. Al darse las buenas noches, la tía Geles le reclama un beso y una sonrisa. Ariadna concede. Lo que la tía está peleando por ellos se merece el cielo, por lo menos, y ella sólo está pidiendo a cambio un beso y una sonrisa.

SEIS DÍAS ANTES
El portazo que Ariadna ha dado en la habitación de su hermano se habrá escuchado en toda la finca, y probablemente en la calle entera. No era posible, no era posible. La báscula siempre señalaba dolorosamente lo mismo. Aquellas risitas, ji-ji-ji, le dieron la pista. Hoy Ariadna ha descubierto que la báscula estaba trucada. Primero ha hecho como si nada, luego, zasssss, le ha propinado una patada en los mismísimos. Si quisiera, el tete, podría cenar hoy tortilla, hecha con los huevos de sus propios cataplines.
 
CINCO DÍAS ANTES  
“Un poquito solo”. La tarta de hoy es de queso. Ariadna ha dicho sí. Un segundo de deleite. Y ni medio de arrepentimiento. Con todo lo que lleva trabajado, si esa pequeña ración supone que el traje, que por cierto, aún se tiene que probar, no le va a caber; es que todo el esfuerzo que ha ido haciendo no ha servía desde el principio absolutamente para nada.
 
CUATRO DÍAS ANTES  
Último día de cole. Hoy, cole sin clase. A partir de hoy, vacaciones  falleras. El profe de Educación Física se preocupa de confiscar los petardos que los niños llevan escondidos en sus mochilas. “¡Pequeños incendiarios!”, les llama. Ahora reparten chocolate y buñuelos. Algunas camisetas nunca volverán a ser lo que fueron. Ajenos al bullicio y a la traca, Enri el patitas y ella, siguen dando vueltas al campo de basquet. Ahora sí que sí. La cuerda invisible que los une se tensa pero no se rompe. Y a veces, es Ariadna quien tira de ella, y es Enri, quien a duras penas va detrás siguiéndola, con la lengua fuera.

TRES DÍAS ANTES  
Al entrar en el rellano, Ariadna advierte que hay una nota en el tablón de la escalera. La lee en voz alta. “El ascensor ha sufrido un sabotaje. La reparación asciende a trescientas mil pesetas, ya que se requiere cambio completo del motor. Se procede a recaudar una derrama a partes iguales entre los vecinos. Firmado el Administrador”.  Le recorre un escalofrío. Lo quería escacharrar, sí, pero no tanto. Antes de empezar por el primer escalón, mira hacia la puerta metálica. El letrero “NO FUNCIONA” sigue ahí pegado con cinta.

DOS DÍAS ANTES  
La tía Geles está llegando a casa todavía más tarde. La culpa, dice, es de las calles que casi todas están cortadas, con una Falla en medio, o con una carpa de Casal. Tía y sobrina se miran. Mientras se deja caer derrumbada en el sofá, le asegura: “…de mañana no pasa”. Ariadna asiente. De mañana, desde luego, no puede pasar.

UN DÍA ANTES
Ariadna y su tía se encierran en el dormitorio principal. Se escuchan algunos gritos. Algunas voces. El tete trata de saber qué es lo que pasa ahí dentro. ¿Estarán matando a alguien? Entreabre la puerta, se asoma, y al segundo, lo echan con cajas destempladas: “¡Largoooo de aquíiiii!”.

19 DE MARZO, a las seis de la mañana.
Qué frío y qué relente en la madrugada. Y qué descanso para los oídos no escuchar el eco de la explosión de algún masclet. Bajo las luces de las farolas amarillas, tía y sobrina caminan por la acera haciendo sonar los tacones de sus zapatos. Algún charco queda del chaparrón que descargó anoche. Casi siempre llueve en Fallas. Llevan la bufanda bien apretada a la nariz. Parece que el Invierno, aunque le toque, no quiere irse. Llegan al punto. Peluquería Greñas. Llaman al timbre. Tirita la tía Geles. Mientras esperan, Ariadna, con los ojos llenos de chispas, le pregunta: “Tía… ¿la mamá se curará?”. Cuando la peluquera, aún con legañas en los ojos,  abre la puerta y va a decirles: “qué puntuales, buenos días”,  las encuentra fuertemente abrazadas.