domingo, 15 de enero de 2012

El negro



I
“¡Un café con leche, por favor!”. Aleluya, por fin me hace caso el camarero. Con el guirigay que hay en el bar el tío se hacía el sordo. Cloc, cloc, golpetazo del filtro para vaciar la carga del café anterior. Brrrrr. Vengo tiritando. Me desenredo la bufanda. Aquí hay un hueco. Junto a la barra. En esta silla alta. “Por favor… ¿me deja pasar?”. “Sí, claro…”. Esa voz, esa voz. “¡Remigio!”. “¡Hombre, Isaac, cuánto tiempo!”. Le sonrío. Me da un poco de vergüenza que me encuentre en este estado, de bajón. Me aprieta la mano. No la suelta. Miro al café con leche, que ya espera. Se me enfría. Ésa tiene que ser mi cena. “Y qué, Isaac, ¿sigues escribiendo?”. Le pongo cara de circunstancias. Sí, sonrío por no llorar. Las vueltas que da la vida. “Las palabras no se comen”, le acabo diciendo. Me ha soltado la mano y ahora me coge del hombro. Muy paternal. “…pues es una lástima hombre, porque me gustaba mucho tu retranca”. Mira unos segundos al techo y resuelve. “Oye, ya que nos hemos encontrado…. ¿a ti no te importaría revisarme una conferencia que tengo que dar la semana que viene en la Cámara del Comercio? Va sobre los emprendedores y todo eso… como voy de cabeza, pues no he podido ni repasármela... ¿no tendrías un ratito para darle un vistazo?”. Así, de sopetón. Igual que antes, cuando yo le corregía los deberes en el cole. Igual. Tengo un ratito y todas las horas del reloj. Me pide el correo electrónico. Se lo apunta. Se lo guarda en el bolsillo. Luego me da una palmada. “Esto sólo se lo puedo decir a alguien de muchísima confianza. Ya te lo mando”. Y da tres pasos para reintegrarse con el grupo que le espera, con sendas cañas de cerveza en la mano. Ahí sigue mi café con leche. Efectivamente, un poco frío. Sorbo a sorbo. Despacio. Mientras, no sé dónde mirar para no verle. Está igual el cabrón. Lo mismo se ha puesto un implante en el pelo. Ahora se gira. Salen todos. Viene hacia mí. “Que no tardemos tanto en volver a vernos”, exclama. Me siento un poco liberado. Con más tranquilidad, apuro la taza. Pero ya no entraré en calor. “¿Me dice qué le debo, por favor?”. “Nada, ya está pagado”. Guardo la cartera. Jo, Remigio Renta cómo se estira.

II
Ya ni me acordaba. Pensaba que sería una fantasmada más de las suyas. Ayer por la tarde me encontré con dos correos extraños. Iba a borrarlos porque parecían basura. Pero me pudo la curiosidad. ¿Y si…? Qué enrevesado. Hasta que descubrí que el primer correo contenía la clave, y el segundo la puerta para entrar en un servidor donde me aguardaba un fichero encriptado pasaron horas. Después me sentí halagado en mi ego. Cómo este tío, después de tantos años, se atreve a confiar en mí. El texto que me encontré era infumable. No cuadraba para nada con lo último que yo le tengo visto y oído en la radio y en la televisión, que es bastante decente, dicho sea de paso. Cogí el bisturí. Primero una operación quirúrgica ortográfica. La necesitaba. Y eso que los procesadores de hoy, la traen incorporada. Leí en voz alta el texto. A la tercera vez que repetí “en España y fuera de ella” para significar “en todas partes”, ya me he puse malo. Para entonces, las tres de la madrugada. Qué. Me ponía o no me ponía al tajo. Me limitaba a revisar, tal y como me había pedido, o reescribía el discurso completo. Porque este tema me lo sé. De sobra. Junté mis manos. Soplé para calentarlas. Me tiré una manta encima. Acabo ahora mismo de salir del servidor dejando mi propuesta de discurso hecha. Modestamente, no se pueden decir mejor las cosas para que calen en quien las escucha. Son las siete pasadas. Me pesa el sueño. Pero sobre todo me pesan las telarañas de mi estomaguito.

III
El de la Cámara de Comercio fue el primero. Después han ido viniendo más. Remigio ni se molesta en esbozar nada. Indica tema, lugar y fecha. Hay veces que son casi de hoy para mañana. Yo me encierro en este cuartucho reconvertido en cocina de las ideas. Me desdoblo. Procuro pensar en lo que pasa por la cabeza de Remigio Renta. Y procuro pensar en las inquietudes de quienes le van a escuchar. Después me regodeo en el eco digital que reciben sus intervenciones. “El impulso de Remigio Renta”, “El giro dialéctico de un líder”. Durante unos minutos acabo creyéndome que este cacao se arregla sólo con discursos bien escritos. Que son mis palabras las que resuenan y trascienden, aunque las pronuncie Remigio Renta. Que soy yo yo y yo quien hace Historia con mayúsculas. Que habrá un “antes” y un “después” de mí. Esa fase se pasa muy pronto. En un periquete. Basta con abrir la puerta y cruzarse con la casera del piso en la escalera. Este mes, por lo menos, no me saludará con un “a ver cuándo me pagas”.

IV
Ni un discurso más. No le escribo ni una línea más. Se acabó. Estoy como una moto. Estoy que muerdo. Estoy que rabio. Hoy, Remigio alteró el último texto que le preparé. Lo puede hacer. Claro que lo puede hacer. Y de hecho, lo ha hecho. Omitió que “se ha acabado el tiempo de los que procrastinan”. Ignorante. Con eso, se ha cargado sin enterarse la esencia del mensaje. Falso. Adulterador… Vaya. Me entran ahora dos correos simultáneos. La clave para entrar en el servidor, como siempre. Clic, clic, clic. La tecleo. El tema propuesto es, es… las prioridades en el control del gasto. Mmmmmm. Aquí yo, diría, veamos…

V
Esta tarde, cuando salía del Colegio Cénit (mi “supercontrato” de quince horas semanales), me ha abordado Nicanor, el coordinador de estudios. “Isaac, Isaac, quería hablar contigo”. Nos hemos parado en la entrada. Un montón de chicos en tropel, arriba y abajo, pasaban en desbandada. “Tú dirás”. “…verás. Tú conoces la línea ideológica del centro”. “Sí, claro”. “Nada de política. Nada, ni siquiera subliminal”. Sí, claro. Normal. Nada de política. Nada de religión. Nada de nada. “¿Y?”. “Pues, hombre, Isaac, que esta vez te has pasado de la raya…”. No sabía a qué se estaba refiriendo. ¿Yo? ¿Pasarme de la raya? Nicanor me ha advertido: “Mira, Isaac: no puedes recomendar a tus alumnos los textos de los discursos de Remigio Renta como modelo estructural a seguir. De ninguna manera”. Ah, era eso. Me he carcajeado en sus morros. “Tomo nota, no te preocupes”. Luego, ya camino de casa, ay madre qué cosas me pasan, he vuelto a tener la sensación de que alguien me sigue. Y eso que no he visto muchas películas de espías últimamente. Serán figuraciones mías. Enseguida he vuelto a barruntar cómo abordaré el tema de hoy, que se las trae.

VI
En ésas, me pareció que entraba un doble correo nuevo. La clave por un sitio, la puerta por otro. Esta vez, contenía una pregunta sorprendente. “Qué le escribirías a Nuria Donaud si la quisieras impresionar positivamente, Isaac”. ¡Nuria Donaud! Barrunté evocándola. Pero pensar, pensé poco. “La verdad, le escribiría la verdad. Que eres un capullo, un engreído. Y un chupóptero que se alimenta de ideas de otros que se calientan la cabeza por ti”. Imaginé una respuesta rebotada: “Qué cabroncete eres, Isaac, qué cabroncete”. Es cuando de una cabezada, me he dado la frente con la mesa y me he despertado de golpe. Otra madrugada aparezco sentado en el cuartito de las ideas. No. Aunque lo espero, no ha entrado hoy ningún doble correo con clave secreta. Y menos de ese estilo. Remigio Renta no necesita ese asesoramiento. Y menos, a la vista está, de mi parte.

VII
Salgo por la puerta lateral del super, que no es la mía habitual. Doy un rodeo. Miro hacia detrás, pero de soslayo. Alargo el paso. Calles cortas y cruces abundantes. Paso semáforos en rojo. Me pita un camión y me llama de todo menos bonito. Se me acelera el pulso. La bolsa pesa. Cambio de mano. Sigo mirando hacia detrás. Ahora estoy seguro. No es casualidad. Freno. Giro la esquina. Me arrimo a la pared. Qué estoy haciendo. Contengo la respiración. Y en el segundo justo, grito. “¡TÚUUUUUU!”. Una mujer se echa para atrás. “¡AAAAAHHHHHHH!”. Susto de muerte mutuo. “¿Por qué me estás siguiendo?”. Trata de negar la mayor. ¿Quién? ¿Yo? Repito la pregunta por si no me ha entendido. Se da la vuelta para marcharse. Le cojo la muñeca. Intenta zafarse. Puedo estar haciéndole daño. Agacha la cabeza entonces. Y es cuando mirando al suelo explica: “…yo… quería saber quién es el nuevo negro de Remigio Renta”.

domingo, 8 de enero de 2012

La mano del fallero

I
Después de subir por las escaleras, porque el ascensor estaba en paradero desconocido, el pasillo del Hospital se hace interminable. Zancadas. La habitación 325, además, es la última de todas. Con el higadillo saliéndose por la boca, Juan Antonio se da un encontronazo con su hija que amortigua su frenada. Ella le cuenta en voz baja: “…papá, lo acaban de subir de quirófano ahora mismo”. Se abre paso, hay mucha gente, demasiada, dentro de la habitación en torno a la cama: su mujer Nisa, sus dos cuñados y tres amigos que estaban cuando ocurrió el percance. Jose Julián está sedado. Blanco como la cera. El gotero cae lentamente. El padre, aturdido, lanza una ráfaga de preguntas, “cómo está”, “cómo ha sido”, “pero por qué no me habéis avisado antes…”. Y todavía sin creerse lo que ha pasado, explica: “le he dicho, cuando salíamos de casa esta mañana los dos a la vez, Jose Julián, hijo, ten cuidado… se lo he dicho”. Un amigo, el del pendiente, murmura: “la mecha de ese petardo estaba defectuosa, tenía que estar mal para como le ha explotado… Acabábamos de empezar la despertá, no habíamos salido ni de la primera calle y en un segundo, POUMMMM, no ha dado tiempo a nada… a nada”. En alto, colgada y envuelta en un grueso vendaje, lo que queda de mano derecha. Lo que queda de la mano del fallero.


II
Un camillero abre la doble puerta de la 325. Una enfermera le precede, “por favor, salgan, vamos a proceder a un ingreso”. Los congregados en torno a la cama de Jose Julián, desalojan. Vaya, ya podían haber dejado al pobre Jose Julián solo, por lo menos esta noche. La enfermera da explicaciones: “tenemos el hospital a reventar, con enfermos por los pasillos”. Desborde absoluto y permanente. Una cortinilla de parte a parte separa en dos espacios la estancia. El camillero maniobra como si de un carrito de supermercado se tratara. Trae a un hombrecillo enjuto, consumido. Gran mata de pelo gris. Ojos cerrados. Boca abierta. Viene solo. Nadie le escolta. La enfermera trastea con el dosificador del gotero. “Hale, Aureliano, ya hemos llegado. Ahora a descansar un poco”. Arrastrando los zuecos blancos, sale hacia fuera, donde ha quedado tan contrariada la concurrencia del fallero. Ahí dentro, en la 325, hay ahora un nuevo inquilino.


III
Tanto y tan poco. “Tanto” es decir que el móvil no para. Que Juan Antonio hace de secretario. Que todo es un aluvión de mensajes de ánimo para Jose Julián. “…sí, yo se lo digo no te preocupes, gracias por llamar”. “Tanto” es decir que llegan cestas de flores a la 325, como si acabara de nacer. En parte así es. Pero Jose Julián sigue en estado de shock. No reacciona a lo que le ha ocurrido. Esto no va con él. Al mismo tiempo “tan poco” es decir nada. Nada de nada. Aureliano ni pestañea cuando está despierto. “Tan poco” es decir que nadie le llama. Nadie viene a verlo. Nadie se ocupa de Aureliano. Hasta las enfermeras, dependiendo del turno, se olvidan de que está ahí. Tampoco esto va con él. A la habitación llegan ahora los ecos de una banda de música. Cada vez más cerca. Nisa y Juan Antonio se levantan de las butacas. Se asoman. Van describiendo lo que ven. Una comisión fallera. “¡Jose Julián, mira, ven, corre, ven: son los nuestros!”. El convaleciente se incorpora desganado. Acordes de Paquito el chocolatero. Allá abajo, en perfecta formación. Músicos. Falleras. Zaragüells. Estandartes. Ovación cuando el chico accidentado se asoma a la ventana. El bombo y los platillos suenan a romper cuando lo avistan desde abajo. POM-POM-POM, POM-POM-POM. El cristal está frío. Pero él ya no. Él nota el calor. Y le viene un nudo a la garganta. Y le toca saludar con la mano izquierda, la que tendrá que aprender todo lo que hacía con la derecha de ahora en adelante. Y se le escapa una lágrima. Comentarios por detrás de sus padres. Jose Julián se vuelve hacia dentro. Sigue la música en la calle. Sus ojos se cruzan con los de Aureliano, que sigue serio e impertérrito. Tanto y tan poco. Tanto Jose Julián y tan poco Aureliano.


III
Jose Julián no duerme. Hace mucho que es de noche, pero al paso cansino que van ahora los segundos para él, tardará todavía en amanecer. En medio del falso silencio, siente un fragor interminable. Disecciona los ruidos. El agudo pitido que nace en sus propios oídos. Los taconazos de la enfermera de guardia por el pasillo. La sinfonía de ronquidos. Los de su padre, Juan Antonio, en el sofá. Resopla, resopla, hasta que de lo más profundo de la nariz el aire se abre paso como la bocina de un camión. “No he dormido nada”, dirá después. Y al lado, el diminuto Aureliano, que de día parece ausente, pero con nocturnidad disipa energía en forma de quejido, en series de tres, ay, ay, ay, pausa, y vuelta a las series de tres, ay, ay, ay. Jose Julián ya no duerme. Le parece que aquella despertá donde le reventó la mano derecha le ha dejado despierto para siempre. De fondo, empieza a percibir los tímidos estallidos de los primeros petardos. De una nueva despertá. Es normal. Estamos en Mardebé. Estamos en Fallas. Y en Fallas el silencio lo tiene mal para esconderse.


IV
Nisa ya le ha dado la vuelta tres veces a la revista y no sabe cómo ponerse encima de ese incomodísimo sofá. Llaman a la puerta. Aureliano ni se vuelve. Para qué. Sabe que no preguntarán por él. Una chica se asoma tímidamente. “¿Jose Julián?”. Al escuchar la voz, los auriculares con los que escuchaba música van al suelo y él da un salto. No, la madre no sabe quién es esa chiquita. Pero cuando escucha a su hijo exclamar: “Hey, Isabel”, de repente se acuerda que tenía un recado urgente por hacer, ay qué despiste, y que vuelve enseguida. Recoge el bolso de la taquilla y se despide. Y quedan él y ella de pie frente a frente. Y no saben qué decirse. Él sólo le enseña el vendaje de la mano, “mira”. Y ella, llevándose las manos a la cara, “menudo susto me diste”. Y él, “no fue el petardo el que estaba mal, no… Fui yo que me encanté, te vi, me quedé mirándote fijamente y entonces me explotó en la mano”. “Yo también te estaba mirando a ti. Quise advertirte, pero no me dio tiempo…”. Se abrazan. El brazo izquierdo aprende rápido esta maniobra. Permanecen así bastantes segundos. Cuando se separan, Jose Julián repara en Aureliano que sigue pareciendo ausente. “¿Has estado escuchando, Aureliano?”. No recibe contestación. Claridad en sus ojos diminutos. Esboza una imperceptible sonrisa. Y al poco, suena por fin su voz. Una voz desacompasada, como sus torpes y limitados movimientos. Con gran esfuerzo, Aureliano, ha juntado palabras y le ha dicho: “Ánimo, chico, que de ésta vas a salir más fuerte”.


V
“Aureliano, ¿quieres escuchar la música que yo tengo?”. Aureliano apenas se mueve. Casi no puede decir que no. Tampoco que sí. Jose Julián se acerca a él y le encasqueta los auriculares. Al instante, Aureliano se apacigua. Lobo Hombre en París. Auuuuu, cae la noche y amanece en París... Hecho esto, Jose Julián se dirige a su padre: “Le he puesto la música para que no nos oiga… si no, está con la antena puesta”. “¿Y…?”, inquiere Juan Antonio. “…pues que no quiero que se entere cómo te cuento que los médicos han dicho esta mañana que le dan el alta, decían que aquí ya no le pueden hacer nada, que corresponde a otros centros la atención a este tipo de pacientes… Mira: darle el alta es como volver a dejarlo tirado en la calle… no tiene dónde ir… aquí los servicios sociales van como van… y…”. Aureliano escucha la canción al tiempo que los mira. Jose Julián mueve la mano izquierda. Señala. Hace gestos. Pide. Suplica. Empuja. El padre queda caviloso, coge la chaqueta y sale de la 325. La luna llena sobre París. Ha transformado en hombre a Denís. Auuuuuu, lobo hombre en París.


VI
Son dos hombres de uniforme. Vienen a recoger a Aureliano. Éste al verlos entrar, ha puesto una terrible cara de espanto. Juan Antonio abre paso. Jose Julián se levanta de su cama. Aureliano lanza gritos, habla. Palabras ininteligibles para casi todos. Pero Jose Julián ya le entiende. Se lo pilla todo. Aureliano se encara con Juan Antonio. Con furia. “¡Eh, eh, tú, santurrón, ya te crees que has hecho la buena obra del día!”. Juan Antonio, claro, imagina, pero no capta ni una palabra. “¿Y a ti quién te ha dicho que yo quiero que me ayuden?”. Jose Julián se queda aturdido. Su padre, al lado le sostiene del brazo izquierdo. Mientras se llevan a Aureliano, es evidente que contra su voluntad, éste sigue dando voces desacompasadas en el corredor. La 325 queda tremendamente vacía. Han pasado Fallas. Ha pasado el tiempo de las llamadas telefónicas interesándose por él. De las visitas masivas. Es cuando Jose Julián siente que la perjudicada mano derecha vuelve en sí. Doliendo tremendamente se reivindica. La mano del fallero es casi en sí misma una falla… ambas, como el ave fénix, con muchísimo esfuerzo y lentamente, acabarán resurgiendo de sus cenizas.

domingo, 1 de enero de 2012

Cosas que no son importantes



I
Allí arriba, sobre las gruesas ramas del árbol milenario, los dos amigos se sienten a salvo de imaginarias alimañas. Silvestre se encarama con la agilidad de un felino y puede quedarse colgando de un brazo y balancearse al tiempo con la gracia de un primate. A Bruno le cuesta más. Toma carrerilla, a la de una, a la de dos, y a la de... Plooof. Se queda clavado, se le encienden las mejillas, se le sale la camiseta y se le baja un poco el pantalón. Enseña la hucha por detrás. Se está escurriendo irremisiblemente de nuevo hacia abajo, cuando aparece oportuna la mano férrea del amigo, “eh, que cada día te pesa más el culo”, y lo iza hasta donde el tronco principal se bifurca. Allí arriba, sobre las gruesas ramas del árbol milenario, los dos amigos hablan hasta la caída del sol. “Oye, Bruno, esto que me has contado, fuera de aquí que no salga: no te mirarían bien”. El chico levanta la mirada. “Y por qué, si es la verdad”. Es verdad que puede decidir sobre las cosas que no son importantes y no trascienden. Lo tiene comprobado. Puede. Y eso no es cualquier cosa. “Nano, porque yo te conozco y sé cómo eres: pero los demás… los demás van a tomarte por loco y eso es lo peor… te harán la vida imposible”. Bruno se queda contrariado. Pensativo. Tira ramitas de madera seca hacia el vacío. En medio de la caída, las detiene en el aire. Se quedan quietas, como pendientes de un hilo, como en una foto fija. Porque eso no es importante y no trasciende. Silvestre no se da cuenta del fenómeno. Y Bruno vuelve al ataque: “¿Y a Melania tampoco?”. “A Melania menos que a nadie, hombre”. Buff, eso sí que joroba. Melania lo es todo para él. Es hora de bajar. Como si fuera de goma, Silvestre aterriza de un salto. Bruno no. Baja de espaldas, rascándose la barriga. Consigo mismo no funciona el “efecto ramita seca”. Por lo visto, eso sí sería trascendente. Mientras se alejan del árbol milenario, Bruno aún hace alguna probatura más. El cielo se tiñe de fucsia, de turquesa. Explota en colores el cielo. Lo que pasa es que Silvestre va a lo suyo, y no se percata. Todo el mundo sabe que un cambio de color más o menos en el cielo ni es importante ni va a ninguna parte.


II
Han pasado años. Aquellos tres que se acercan hablando animadamente son… sí, son ellos. Bruno, Silvestre, Melania. “¡El árbol sigue igual!”, exclama Silvestre. “Vaya: no se ha movido”, ironiza Melania. “Seguro que ahora ya no te subes arriba como te subías antes”, provoca Bruno a su amigo. “¿Que no?, vas a ver…”. “Quietecito”, detiene Melania, “no queremos que te rompas nada”. Se acercan. Buscan la sombra. Se sientan. Cuidado, hormigas: traseros aterrizando. “Bruno… ahora que ha pasado tiempo, si me dejas, le cuento a Melania lo que tú te creías cuando éramos nanos…”. Melania lo mira intrigada. Bruno se encoge de hombros, “bueno, cuéntaselo si quieres”. Silvestre empieza a hablar: “el muy ingenuo estaba convencido de que decidía sobre cosas sin importancia”. Risas. “Ah, pero que lo decía muy serio y se lo creía… menuda imaginación”. Ya ves. Cosas de Bruno. En éstas, Bruno tira una piedra que se queda suspendida en el aire. Nadie lo advierte. Y empieza a recitar en voz baja. “Qué murmuras, nano”. Nada. No tiene importancia. Ayer le dio por hojear una guía caducada de Minnesota y ahora la está repitiendo apellido por apellido, número por número. Se la sabe porque aprenderse eso ni es importante ni tiene trascendencia. Se acerca hasta el tronco del árbol milenario. Mira hacia la copa. Y Bruno piensa con amargura, que él ahí está de más, que no pinta nada, que se va a quedar con las ganas de decirle a Melania lo que siente por ella, porque intuye que, en cualquier momento éstos dos, éstos dos… Antes lo piensa, antes sucede. Al girarse, los ha encontrado enroscados, Silvestre y Melania, Melania y Silvestre, tumbados sobre las hormigas, ojos entornados, labios con labios. Al punto, se viene abajo. Pero luego recapacita. Suelta una risa floja. No todo está perdido. Aún hay esperanza para él. Si sus amigos están así, retozando bajo la gruesa sombra del árbol milenario, es porque él lo ha decidido. Entonces lo tiene claro: Está segurísimo de que este revolcón es una cosa que no va a ser importante, no tendrá ninguna trascendencia y por supuesto no irá a ninguna parte.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Gominolas


I
“Abuelo, ¿puedo comer gominolas de las tuyas?” El anciano respira fatigosamente. “¡...claro!”. La casa huele a azúcar. A fresa y a limón. El niño corre disparado hacia la cocina. Se encarama a una silla. Abre los estantes. Uaaaauuuuh. Alineados, decenas de botes y botes transparentes con gominolas de mil colores. Estira el bracito. Alcanza uno. Lo baja. Lo abre. Se llena la manita. Menta. Naranja. El abuelo, que le ha seguido, le observa. “No entiendo, abuelo, no entiendo…”, dice el niño con la boca llena, “cómo teniendo tantas, no te las has ido comiendo ya tú… “. El viejo Leandro hace un gesto de resignación y no le explica que, de tantas que comió en su larga vida, acabó perdiendo el sentido del gusto, y prefiere salvaguardar su tesoro gominolero para que avezados gourmets como este renacuajo sigan viniendo a visitarle con frecuencia en el atardecer de sus días.


II
“Éste es mi hijo pequeño, señor Aguaviva”. “Y tan pequeño, no levanta un palmo del suelo… ¿cuántos años tienes?”. Silencio. “Leandro, el señor Aguaviva te pregunta que cuántos años tienes”. Con voz baja, fina, tímida, casi inaudible, el chico responde: “Catorce”. El señor Aguaviva, que es un hombre tremendo, se levanta. Impone. El niño, piernas enclenques asomando bajo su pantalón corto, tose. “…es muy obediente y trabajador”, tercia su padre. Aguaviva medita. Se estira los pelos del bigote. Segundos de tensión. Las moscas ni se mueven. “Bueno, me lo quedo a prueba”, decide finalmente. Buuuuf, qué peso se quita el padre de encima. “Verá, verá cómo no se arrepiente”. Se despide con reverencias, atolondradamente, gracias, gracias, mil gracias. “Leandro, ya nos vemos a la noche en casa… demuéstrale al señor Aguaviva que tú eres de lo bueno lo mejor…”. Fuera, ha dejado de llover y las calles embarradas lucen sus mejores charcos.


III
No hay ningún segundo más de pausa. El señor Aguaviva levanta con un brazo un saco como si fuera una almohada de plumas. Lo abre por un extremo y lo desparrama por el suelo. Luego otro. Y luego otro más. Un intenso aroma dulzón, afrutado, se esparce por la nave con las vigas de madera. El pequeño está espantado. “A ver, pulguita… recoge todas esas gominolas clasificándolas por sabores”. El señor Aguaviva desaparece hacia otras áreas de la pequeña fábrica, “SABORES ESPECIALES”. Glup. Leandro no sabe por dónde empezar. Pero se agacha. Toma una pequeña gominola. La prueba. No se distinguen por sus colores. Mil sensaciones gustativas. Ha entrado a trabajar directamente en el paraíso. Van pasando entonces los minutos. Fuera, el paso mustio de los carros que vuelven del campo señalan el final de la jornada. Aparece el señor Aguaviva y encuentra a Leandro, en posición firmes. Hacía unos minutos ya que esperaba examinando las gruesas vigas de madera. . Ocho montones. Ocho sabores. Ni un fallo. El señor Aguaviva no da crédito. “¡Qué nano petano, éste!”. Le da una palmada cariñosa en la espalda, que le retumba hasta el esternón. Por fin, parece que el mejor maestro gominolero ha encontrado al mejor alumno.


IV
Es casi un ritual. Una mesa de mobila vieja totalmente despejada. Dos sillas. Un bol de cristal repleto de gominolas y un vaso de agua a cada extremo. El señor Aguaviva y el joven Leandro entran y cierran tras de sí. En ayunas es cuando el sentido del gusto está más despierto. Prueban el prototipo de gominola. Despacio. Desenmarañan el origen de los sabores. Qué te parece, pulga. El chico piensa. Hay algo, hay algo que… “Mucha gelatina 3”, sentencia adelantándose el señor Aguaviva, “se diluye el sabor cítrico”. Ostras, es verdad. Cómo podría habérsele escapado. Leandro trata de buscar una excusa, “yo lo notaba, pero…”. Al señor Aguaviva no le vale. “A ver si a la próxima nos fijamos más”.


V
Leandro se pregunta cómo es posible que una fábrica tan grande de gominolas pueda subsistir si nadie del contorno compra nunca ni siquiera una bolsita de diez céntimos. Todo se remonta, según le ha contado el Señor Aguaviva a Leandro de pasada, a muchos años atrás. La familia regentaba una confitería en el centro de Mardebé. Un buen día apareció de paso un viajante francés, Monsieur Pierre. En el escaparate, las gominolas apenas destacaban entre tanto bombón y dulce como había. Pero aquel señor, sin saber hablar nada de castellano, señaló con el dedo, quiero eso, debió decir, y le dieron a probar una. Y luego otra. Como si no hubiera comido nada en tres días. “C’est magnifique!”. El resultado: cargó con todas las de la tienda. Y al cabo de un mes, pensaron que era una broma, recibieron un encargo de trescientos kilos. Y luego otro más. Todas para el Monsieur Pierre. Hoy en día, dos camiones todas las semanas. Y el resto de las dulcerías marca de la casa habían caído en el olvido. Vuelta a la pregunta del principio, cómo es posible que la fábrica de SABORES ESPECIALES sólo suministre al exterior. “Cuestión de paladar”, sentencia el señor Aguaviva, “los franchutes tienen un paladar distinto al nuestro”. Ahondando en la cuestión, Leandro reflexiona, “a mí, si las gominolas no tuvieran aditivo quince, me gustarían más”. Impacto en la frase. El señor Aguaviva reacciona. Le da una palmada, que como siempre, le hunde el esternón y exclama: “¡Coño con la pulguita!”.


VI
De repente, el silencio. El pedido de gominolas que tendría que haber entrado no ha llegado. El camión no ha llegado tampoco y el almacén está repleto, que se sale. Leandro ha sido testigo de los intentos del señor Aguaviva por hacerse vía conferencia con su viejo amigo Pierre. Infructuosamente. A lo que parece las conexiones telefónicas no cruzan bien los Pirineos. La explicación de la parada en la demanda no tarda en llegar. La envidiosa familia Aguaclara, enemiga de toda la vida de los Aguavivas ha montado una modernísima fábrica, GOMINOLAS ESPECIALES, veinte kilómetros al norte de Mardebé. Con denominación de origen. Y ellos, los Aguavivas, encerrados en su mundo, sin enterarse. Al señor Aguaviva ahora no hay quien se le arrime. Porque quien se le arrime tiene ganada una bronca mayúscula. Por arrimársele. Anda como alma en pena pidiendo a gritos explicaciones a su gente: cómo es que no son capaces de colocar las gominolas (sin aditivo quince) expresamente preparadas para venderlas aquí. Excusas. Inútiles. Qué es eso de que la fama de gominoleros para franchutes nos precede. Pandilla de vagos. Cuando, finalmente, tras casi veinte días, un camión aparece para cargar en la zona del muelle, los empleados casi lo aplauden y le rinden honores. Pero Leandro sabe que los tiempos de dos y tres camiones a la semana han acabado. A partir de ahora vendrá uno al mes. Eso como mucho.


VII
Al señor Aguaviva le han caído veinte años encima de golpe. En una sola semana. Si antes hablaba poco, ahora nada. Su potente chorro de voz se ha secado. Arrastra una afonía crónica. Ha encanecido. Se ha encorvado. En poco tiempo, ha tenido que mirar a la cara a diez de sus mejores trabajadores para despedirlos. En poco tiempo, ha tenido que suplicar a sus proveedores que no dejen de suministrarle. Que él siempre fue pagador puntual y que no piensa dejar de serlo. Leandro y él siguen sentándose en torno a la vieja mesa de mobila. En ayunas. El bol de hoy contiene una gominola delicatesen. Apenas la saborea. “Pulguita”, le dice, “estoy cansado, ya he remado mucho”. A Leandro se le atraganta la gominola. “…es hora de dejar la empresa en manos jóvenes y preparadas”. El señor Aguaviva se refiere a su hijo. Un engreído que ha ido acumulando títulos y másteres. Un caprichoso sin espíritu de sacrificio. Leandro trata de convencerle, “patrón, no deje el barco ahora, que nos hundimos”. El señor Aguaviva arrastra pesadamente la silla, se acerca a su fiel contramaestre de tantos años, su catador de gominolas, y lo abraza. Como siempre, le desatasca el esternón. Con la lágrima fácil, le dice, “por cierto, esta gominola es dinamita pura”.


VIII
El hijo no es el padre. El hijo no es el padre. El hijo no es el padre. Leandro se lo repite mil veces al día. Hablando del rey de Roma, ahí viene, cara a él. “¡Leandro!”, le llama. Él se detiene. Frente a frente. “Leandro, ¿tú quién coño te crees que eres para modificar la planificación de la producción que yo había preparado?”. Cajas destempladas. “Pero es que…”. “QUE SEA LA ÚLTIMA VEZ, ¿ME OYES? LA ÚLTIMA VEZ…”. Leandro agacha la cabeza. Calla. Y sigue hacia delante. El hijo no es el padre. El hijo no es el padre. Por mucho que se lo repite, el concepto no se le queda.


IX
“Bah, son sólo rumores”, exclama Leandro. “¿Rumores? Todo el mundo lo sabe. Nos compran”. Leandro no sabe cómo calmar la ansiedad de los operarios. Pero él mismo los ha visto. A los de “Gumdrops de Qualité”, que han venido ya por aquí varias veces. Se dirige como cada mañana a su pequeño despacho. Qué raro. La llave no entra. No lo quiere pensar. Pero… ¿le han cambiado la cerradura? Corriendo por detrás, viene, le llama Rosario, la secretaria, “Leandro, Leandro, el señor Aguaviva que acudas a su despacho inmediatamente”. Leandro deja de pelear con la llave y la cerradura cambiada. La mañana es larga. Aturde. Leandro no digiere bien lo que está ocurriendo. No le han dejado recoger absolutamente nada de sus pertenencias. Cuando sale de SABORES ESPECIALES, “causando baja a todos los efectos”, tiene la sensación de que, después de toda una vida, después de que llegara allí con pantaloncito corto, lo están echando de su casa.


X
Al viejo Leandro le tiembla terriblemente el pulso. “Abuelo, ¿quieres que te ayude yo?”. “No, no, yo solo puedo”. Se ha subido él también a la silla. Vértigo con tan poca altura. Una caída desde esa altura sería fatal. Ha alcanzado un bote, el más grande. Con las dos manos. Apenas puede con él. Ahora viene lo más difícil. Tiene que bajarse. Duda. O tal vez no. Desde ahí arriba. El nieto lo mira. Expectante. Leandro destapa el bote. Desparrama a cámara lenta toooooooodas las gominolas por la cocina. Ruedan y ruedan. Un intenso y dulzón olor se esparce en el aire. El nano le grita. “Pero, ¿qué haces?”. “Ay, pulguita, se me han caído todas… ¿puedes recogerlas y clasificarlas por sabores?”. El pequeño vuela. Fiu, fiu, fiu. En segundos, ocho montoncitos, ocho sabores. El abuelo salta de la silla. “Nano petano”, exclama. No le duele nada. Abraza al nieto. Ojalá no sea demasiado tarde, el titular es que un viejo maestro gominolero ha encontrado por fin un buen alumno en su propia casa.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Nunca es nunca

I
La cola llega casi hasta la puerta. Lázaro ha preguntado quién es el último. Las manos en los bolsillos. No se esperaría. Pero le han dicho en casa que no vuelva sin el décimo. Y el sorteo es pasado mañana. Ya no puede pasar de largo. Tiene que ser hoy sí o sí. Se fija en los carteles de las paredes. Te puede tocar a ti. Sueña loterías. Un querubín con una bola. Él es de los clásicos: echa de menos al calvo. La ventanilla está empapelada con números. Dentro, un señor desganado atiende. “Deme dos de ése”. La sensación cuando uno está detrás en una fila es que los de delante van lentísimos. En éstas, le tocan el hombro. “Hey, Lázaro, qué es de tu vida”. Su viejo amigo Gregorio. “¡Hombre, Gregorio, pues ya ves, siempre me atiborran a lotería por todas partes, de todos los sitios, en cambio, éste es el año que menos tengo… y digo, voy a comprar por lo menos algo, no sea que toque, aunque a mí, lo que es a mí, nunca me ha tocado nada, vamos, ni el reintegro, y eso que voy teniendo una edad, sólo por pura probabilidad, después de todo este tiempo, pues ésta será la mía, digo yo… que me hace una falta que no veas…”. “Pues a mí una vez, hace ya mucho, me tocó duro por peseta”. “Huy, si todavía eran pesetas, tiene que hacer un montón”. “Ya te digo: aún iba en pantalón corto”. La cola avanza lentamente. Va llegando gente nueva y se espesa. Se oye todo. El tópico de la salud que no falte. A ellos los miran como a dos bichos raros. Estos jubilados no son habituales de la administración y eso se nota.


II
“Dame un décimo para Navidad”. El lotero hace un gesto casi como de “tú estás loco o qué”. Lázaro arrima la nariz al cristal separador para oír mejor. Le explica a través del interfono: “…se nos terminaron hace dos semanas… no nos queda ni uno”. Lázaro se aturde. Señala los billetes que cuelgan de los hilos. “¿Y todos éstos?”. “…son para el niño”. Gregorio se percata y estira el cuello, “Qué pasa, qué pasa”. “…que dice el tío que no quedan…”. “¿Cómo que no quedan?”. “…es que hay que venir antes, no se pueden dejar estas cosas para última hora…”. Lázaro se muerde el labio, y ahora qué hago. Gregorio le dice: “…pues yo quería uno también…”. La cola está estancada. Los de detrás se impacientan. El lotero les pide: “…mientras se deciden, dejen pasar a la gente que está esperando….”. “No, no, un momento… mira bien, hombre, mira bien, ¿no te queda nada por ahí?”. No se hizo la paciencia para este lotero. Abre de una sacudida un cajón. Papeles. Sobres. “Ya he dicho que no, que no me queda nada”. Ostras, y ahora qué hago. Lázaro y Gregorio buscan la salida. Lentamente. Con la cabeza agachada y la espalda encorvada. El que iba detrás de ellos va a tiro fijo, “ya era hora, ya me toca…”. Lleva resguardos de primitivas, bonolotos, quinielas… Es un especialista. Cuando están a punto de salir a la calle es cuando les avisan, “eh, eh, esperen”. Ha habido un efecto dominó entre la gente que está alineada, aguardando su turno, que ha ido corriendo la voz del primer aviso del lotero, “eh, eh, esperen”. Y ellos se paran. “¿Es a nosotros?”. Y se giran. Y se vuelven. El lotero esgrime dos sobres cerrados en la mano. Se los muestra a través de la ventanilla. Lázaro y Gregorio se miran. “…aquí tengo un décimo en cada sobre… de un encargo que no han venido a recoger… si lo quieren, para ustedes….”. Lázaro saca de la cartera dos billetes arrugados de diez. Su tabla de salvación. “Trae acá…”. Gregorio le sigue. “Biennnnn”. Con un sobre que contiene un décimo en una mano, apretando el puño de la otra, y con un gesto de victoria, “lo hemos conseguido”, alcanzan la calle. La sensación es triunfante, casi como la del que acaba de ser premiado con el gordo. Y eso que lo único que tienen es un numerito. Falta todavía que salga en el momento justo y en el bombo hay otros ochenta y cuatro mil novecientos noventa y nueve más. Nada menos.


III
Ahora, cada uno a su casa. Viene un viento gélido que no se puede aguantar. “…que me alegro de verte, Lázaro”. “Lo mismo digo, Gregorio, a seguir bien”. Se despiden. Cuidado al bajar de la acera. Los coches zumban. Lázaro respira aliviado. Se ha librado por los pelos. Aunque bueno. Total, nunca, nunca, le ha tocado nada. Nunca. Nunca es nunca. Piensa. ¿Y si…? Se para. Mira al cielo. Las nubes vuelan. Se mueven deprisa. Se vuelve. Aún se ve a Gregorio, no muy lejos, que camina despacio el pobre. Le grita. “¡Gregorioooooo!”. No le oye. Le tendrá que alcanzar. Retrocede deprisa. Le toca por detrás. Le da un susto. Qué pasa, Lázaro. “Gregorio, que así, sin ver el número ni nada, te lo cambio”. Le tiende el sobre. Ah, era eso. Busca en el bolsillo. Había doblado el sobre para que le cupiera. Está un poco arrugadillo. “Bien, vale, toma”. Lázaro lo coge. Con fuerza. No se le escapa, no. Le da una palmada al amigo y se despide de nuevo. “…a cuidarse, señor”. Ahora sí, rumbo a casa, ahora ya todo está bien.


IV
Es el sonido de la Navidad. La banda sonora, que empieza con los niños cantando, mil euuuuuuuuuuuuros. El bombo girando al terminar una serie. SSSSSSSSSSSSSSSS. Los comercios abiertos. El Mercado bulle. Las paradas tienen sus radios en marcha con este monótono soniquete. Frío. Las manos congeladas. Lázaro ultima las compras. De repente, el mundo se para. Cantan un número. Cuatro millones de euuuuuuuuuuuuuuros. Eh, eh, el gordo. El gordo. La gente grita.”¡Acaba en….!”. Dónde habrá caído. Dónde. Confusión. La informática va rápido. Enseguida se sabe. Ha caído en… ¡Íntegramente en Mediavilla! Uffff. La pólvora no corre tan rápido. El mercado se viene abajo. El carnicero se despoja del delantal. La del fiambre mira si sus números coinciden. Revuelo. Revuelo. A Lázaro le sobrevienen todos los males. Toma, toma, toma, yo tenía ese pálpito. Después de todos estos años, ya tocaba. Sale a toda la velocidad que sus pies le permiten. A la Administración de loterías empieza a acudir gente. Es la escena que ya ha visto tantas otras veces en la tele. El lotero, que resulta que es un tío simpático y todo, pega una cartulina en la pared, “EL GORDO VENDIDO AQUÍ”. Encima de la acera, ya hay dos furgonetas unidades móviles, como si supieran ya que ahí caía el premio y hubieran estado esperando en el bar de la esquina. Policía. Risas. Chillidos. Abrazos. Ya ves. Lázaro, que encuentra todo ese tumulto, da un rodeo y se escabulle. Le han entrado todos los temblores y ya no le han parado. Urge, antes que nada llegar a casa. Y comprobar. Por encima de todos los sonidos, percibe uno, POOOF. Es un tapón de corcho que sale disparado por los aires.


V
RIIINNNNNGGGG. RIIIIIINNNNGGGG. Por qué tarda tanto en abrir. Hoy es el día de las pulsaciones a mil. Lázaro mira al cielo. Sin nubes. Sin respuestas. Por fin, Gregorio abre la puerta. Falsa cara de sorpresa. Se miran. “¿Tienes el gordo?”. Gregorio asiente. Su rostro tampoco lo puede disimular. Hoy es hoy y está feliz. Lázaro aprieta el mentón. Espera. Con ansiedad. Un gesto. Una palabra. “Compartiremos”. O tres. “No te preocupes”. O algo. Pero sólo encuentra un encogimiento de hombros, y un “vaya, tú sigues sin tener suerte…”, que pesa como una losa. Y él entonces responde con una mirada fulminadora. Y con un darse la vuelta. Con orgullo. Espalda recta. La dignidad, que no se pierda en estos momentos. Con odio. Que te den. Joder, la de tiempo que tiene que pasar a veces para darse uno cuenta de que lo que creía era un amigo es en realidad un mamarracho.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Tiempo de Superhéroes



I
Será una broma. He recibido un correo electrónico. Como copia oculta. “Distinguido asociado”, dice, “es un placer anunciarte que el próximo cinco de Enero tendrán lugar las XLI Jornadas de Superhéroes”. De qué van. Ya no saben qué inventar. “…en breve te remitiremos el programa con las sesiones que se celebrarán”. A mí me ha entrado una risa floja. “Rogamos su asistencia. Hoy, más que nunca, es tiempo de Superhéroes”. He ido a darle directamente a la tecla “Supr”. Pero no sé por qué en la última décima de segundo me he detenido. Y lo he releído varias veces. Buscándole las vueltas. Dónde dirá eso de “le recordamos que para votar será necesario que se encuentre al día en sus cuotas”. Porque me imagino que querrán hacer caja. Será una broma mala. Desde luego, a mí no me hace ni pizca de gracia.

II
Cumplió su amenaza. Mi madre se atrevió. Me lo había advertido ya varias veces. Se había puesto pesada, “Cayetano, ordena tu cuarto, o entro a saco”. Y yo, “mañana, mami, mañana”. Estaba acostumbrado a andar a saltos en mi habitación, a saber dónde tengo mis cosas, cada una por un sitio… Para mí así todo estaba más que bien. Por eso, cuando esa tarde llegué del colegio, entré en la habitación, encendí la luz… ¡AAAAAAHHHHHHHHH! ¿Aquí qué ha pasado? Pánico, terror, catástrofe. “Te lo dije”, me señaló ella con el dedo. Estaba todo diáfano. Todo despejado. ¿Y mis tebeos? ¿Y mis revistas?“. “Lo más viejo, al contenedor de los papeles”. Otra vez AAAAAAAHHHHH, pero cómo has podido tirar lo mejor que yo tenía. Salí disparado, de rebote, dando traspiés, hacia abajo, para ver si podía aún salvar algo de la masacre. Me planté delante de los tres contenedores, basura, plástico y cartones, alineados. Uuuuuaaaaa, qué rabia, qué rabia. Cómo se había atrevido esta mujer. Si no molestaban a nadie. Mis Supermanes. Mis Superhéroes. Qué expolio. Irrecuperable. Apreté con fuerza mi puño derecho. No pude contener una lágrima. Snifff. Aquello para mí era todo. Justo en ese momento de ofuscación e ira, concentré toda mi fuerza, y solté un puñetazo contra el armazón metálico del contenedor de cartón. Tendría para haberme roto los nudillos en mil astillitas con aquel arrebato. Pero sorprendentemente, lo atravesé como si fuera papel de fumar. Atiza. Caracoles. Ni inmutarse mis dedos. ¿A ver? Repetí golpe. Taladré la chapa, que aunque estaba algo oxidada, no dejaba de tener un espesor de dos milímetros. Vaya. Y entonces la mayoría de mis tebeos quedaron a mi vista. Entre cartones, arrugados y descosidos. Un par de puñetazos más y quedó abierto un boquete en el que me cabían los dos brazos. Aún recuerdo la cara alucinada de mi madre cuando me vio entrar en casa de regreso con la mayor parte de mi tesoro de papel recuperado. No dijo ni mu.

III
Otra vez. Otro correo electrónico como copia oculta. Esta vez, el encabezamiento, pone: “Estimado Super Percutor, adjuntamos el programa de las LXI Jornadas”. No hay duda. Saben quién soy. Me pregunto cómo se habrán enterado de que existo, si hasta ahora he permanecido en el más silencioso de los anonimatos. Vaya pregunta más chorra. A los Super héroes no les cuesta nada reconocerse entre sí. Lo debemos llevar escrito en nuestro código. Vamos, digo yo.

IV
Una de las fases más complicadas para cualquier persona es la de aprender a conocerse bien a sí mismo. Por simple que uno sea, hay quien incluso ni lo consigue. Pues no te quiero contar lo difícil que es para un Superhéroe. Lo digo por experiencia. Cuando descubrí lo que era capaz de hacer con mi derecha, tuve que comprobar si mis superpoderes se extendían también a mis otras extremidades. Resultado, mano izquierda rota. Empeines machacados ¿Y a mi cabecita dura? A la de una, a la de dos, a la de… Resultado, traumatismo craneoencefálico. “¡Hijo mío, pareces el pupas!”. No más probaturas. Con mi puño derecho sí. Lo que se pusiera por delante. Agujeros en ladrillos. Agujeros en hormigón. Agujeros en granito. Agujeros en acero. Super, super Percutor. Ésos son mis poderes. La gente de Mediavilla tenía que andar con cuidado, porque el pueblo empezaba a parecerse a un pueblo “gruyer”.

V
¡Me han enviado la credencial para el Congreso! Lo que no sé es cómo haré para llegar. Muchos lo tendrán superfácil. Vuelo directo con capa, con supernaves, teletransporte, a saber. Yo tendré que mirar ya por internet a ver si hay un avioncillo de bajo coste. Y que mis padres me dejen la pasta. Esto no me lo quiero perder por nada del mundo. Apareceremos por la puerta principal, vestidos de normalitos, porque claro, las Jornadas, a los ojos de todo el mundo, son para tratar “El signo de los tiempos”. Entraré de incógnito, ya digo, para después, una vez traspasada la puerta, en el salón de actos, encontrarme con Super Guay-guay, con el Super Hombre Fuego, con la Super Mujer Fardástica… con todos… eso tiene que ser para que me tiemblen las piernas sin parar… para que me tengan que dar masajes al corazón de la immmpresión. Menudo nervio que me va a entrar al codearme con tanto Superhéroe grande. Saludaré a todo el mundo, “hola, que yo soy Super Percutor”. Espero que me venga bien el traje… De las Jornadas, me interesa particularmente la charla-coloquio: “No hay Superhéroes de primera ni de segunda: todos vamos a una”. Ésta promete.

VI
Autoaprendizaje y disciplina, dos conceptos vitales en la vida que llevo. Me cuesta relativamente poco adaptarme al papel de simple que interpreto cuando voy de incógnito. Sólo sé hablar de tebeos y cómics. Y mi aspecto tampoco levanta ninguna sospecha: Gafas gruesas, bajito, calvito y un poco panzudete. Eso sí, no veas, la fuerza de voluntad que necesito para no soltar un derechazo a algún capullo y reventarlo cuando me está tocando las narices. Eso sería de unas consecuencias inimaginables. Así que me resigno y me dejo avasallar. En momentos de debilidad, me vengo abajo. Vaya una mierrrrrrrda de superpoder que me ha tocado. Para qué sirve agujerear paredes, si ya están las ¨Black Decker”. Todos los Superhéroes necesitamos un psicólogo cerca, me parece a mí, porque nos mortificamos continuamente. Nunca le voy a poder descubrir a Noelia mi identidad percutora… Nunca llevaré bien que “sólo me quiera como amigo” y que suspire por aquel “desconocido” que grabó su nombre en la pared. Y ahora, aprendo billar y a hacer carambolas, mientras espero mi momento, ese momento que me coloque cerca de una farola, para tumbarla con mi puño derecho, de manera que caiga justo encima del coche del malo cuando trata de escaparse.

VII
Cinco de Enero. Cuatro significativas ausencias a las puñeteras Jornadas que deben estar celebrándose en estos momentos. La mía es evidente. Ando paseando por las iluminadas calles de Mardebé. Las otras tres estaban anunciadas. Los Magos, que ya me imaginaba yo que eran del gremio, protestarían porque en la noche de este día precisamente trabajaban. Cualquier otra fecha les hubiera venido bien. Llevo las manos en los bolsillos. La bufanda envolviendo mi cuello. No sé qué me pasa. Veo superhéroes por todas partes. Ése que vuelve a casa y está seguro de que la semana que viene volverá a tener trabajo. Ésa que va hacia el hospital a cuidar a su madre. Aquél que viene cargado con un paquete y que pensaba que los Reyes pasaban de él. Buuuufffff. Cuando los de Patrimonio recuenten los ciento y pico impactos de las balas de cañón en los muros de las torres van a encontrarse con uno más. El más profundo, el más bajito, el que le acabo de hacer con la fuerza de los millones de meganewtons de mi superpuño derecho. Pido disculpas por ello. Tenía que desahogarme.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Valgo para esto




I
Muchas mañanas me lo encuentro. Se abre la puerta del ascensor y el señor Toneu está dentro, porque viene del piso de arriba. Saluda, sonríe. Digo lo justo. Hola, sí, no, adiós. No me saca de ahí. Bajo la cabeza. Miro al suelo del ascensor. A sus zapatos brillantes. A mis zapatillas gastadas. Al maletín de su portátil. Al cable de mis auriculares. Procuro respirar lo mínimo. Para que no se gaste todo el aire si este trasto se para algún día. Pero esta mañana casi me da algo. “Cecilia… perdona que te diga… cantas como los ángeles”. Casi me muero allí mismo. Me escucha, este tío me escucha. “…no, en serio lo digo, tienes una voz prodigiosa… tú vales para esto”. Roja como un tomate. Me he quedado más muda de lo que soy. “...oye, que si quieres, algún día subes a mi casa, grabamos en mi estudio, conozco bien al director de Radio Ritmo, le enviamos una pequeña maqueta, y bueno, quién sabe…”. Clink. Puertas abiertas. Hoy salgo más deprisa a la calle. Corriendo, sin decir adiós. Un gesto con la mano vale. El ruido de los coches, las motos, las voces, todo es música. Yo la interpreto.

II
Compruebo la ventanita del cuarto de baño. Cerrada. Hermética. Doble cristal. Llamo a mi hermana Marga. No viene. Ni caso, para variar. Voy a por ella. Está tumbada en el sofá, con la maquinita. “Qué quieres”. Le estiro del brazo. La llevo. “Qué pasa, pesada, para qué me llevas al wáter”. “Nada, tú ven... ahora, grita cuanto puedas…”. “Pero…”. No le dejo terminar. “Tú grita”. La encierro. “¡Ceciliaaaaa…!”. Cuestión de decibelios. Con el pito que tiene la tía, apenas oigo nada. Y eso que estoy aquí, con la oreja pegada. Mi hermanita sigue aullando. “¡Ábreme, loca!”. Nada, muy bajito. Si es lo que yo pensaba, paredes blindadas. No sé cómo el de arriba escuchará, como no sea por los desagües, no sé. “¡Que me abras, joder!”. Prueba de insonorización acústica superada. Abro la puerta, que ya empezaba a aporrear, y ella sale como un torito bravo. Me suelta un empujón, “estás loca, ésta me la pagas”. La esquivo, hago un quiebro. Entro yo en el cuarto de baño. Paso el pestillo. En un santiamén. Salvada. De momento.

III
Lo mejor de la casa. Definitivamente. El espejo del cuarto de baño. De pared a pared. Ésa que señalo soy yo. Sonrisa. El público me ovaciona. Empieza la música. “¡Buenas noches, Mardebeeeé! Uuuuuhuuuu”. El cepillo del pelo, mi micro. Empiezo. Bajito. “I had a dream…”. Sé inglés. De oído. Igual que música, de oído también. Me muevo. Bien. “It just… a Little love!”. Me hago los coros. La orquesta. Todo. El vecino debe tener la oreja pegada. Espero que la tenga. “A little love!”. Uhuuuu.

IV
A nadie le dicen que no en el coro del cole. Porque lo que faltan son voces. Juan Carlos, el director, me mira. Espera. “Canta, Cecilia”. El pulso se me acelera. No puedo, no puedo. Me entra un no sé qué. Mi voz no es mi voz. Yo no soy yo. “…es que estoy muy nerviosa”. Resopla. No pasa nada, no te preocupes. Pido perdón. Me salgo de la clase. No puedo con mi vergüenza. Dios, esto es como si la mejor nadadora del mundo le tuviera miedo al agua.

V
“Baja la voz”, me pide Marga. “¿Te molesta?”. “Pues claro”. No lo digo, pero lo pienso, “te jorobas”. Estoy escuchando Radio Ritmo. No conocía esta emisora. Pero es buena. Muy buena. “¡…directamente al número uno, viene con gran fuerza un nuevo valor, una voz prodigiosa, Cecilia… y su just a Little love…!”. No, no falta mucho para que eso pase. Uuuuhuuuu, I had a dream

VI
A mitad de canción he abierto la ventanita. Es como si cincuenta mil personas se hubieran sumado a mi ensayo general en este estudio-lavabo. Más o menos. Me miro. No me reconozco. Cecilia. Cecilia. Cecilia. Y me digo, de esto, a mis padres, de momento, ni una palabra. Fijo que no lo entenderían.

VII
He subido por las escaleras. Para hacer el menor ruido posible. No es tan tarde como para que se haya ido a dormir. Ni tan pronto como para que aún no haya llegado. El pulsador del timbre. Me atrevo, no me atrevo. El timbre es de las valientes. Lo pulso una décima de segundo. Lo justo como para que suene, ding-dong, han llamado, quién será. Ya no me puedo ir corriendo. Ya no me puedo echar atrás. Unos segundos. Larguísimos. Mirilla de la puerta. Cerrojo. El señor Toneu me abre su puerta.

VIII
“….mmmm…. yo… venía para ver si grabábamos en su estudio… lo que me dijo el otro día”. Silencio embarazoso. El hombre aprieta los ojos con fuerza y su muerde los labios. Lleva un chándal que es un horror.”…Cecilia… yo… verás… cantas muy bien, esto te lo dije muy en serio… pero…”. Se está haciendo de noche repentinamente. “…lo de grabar en mi estudio era una broma… yo no tengo ningún estudio en casa… ni conozco al director de Radio Ritmo ni nada”. Booom. Mazazo. Esta situación no la tenía ensayada. Ahora qué. Tierra trágame, por favor. Me doy la vuelta. Salgo disparada. Escalones abajo. De tres en tres. A oscuras. Ciega. Siento que me llama por detrás. Rebaso el rellano de mi casa. Pero sigo bajando. A mil. Era una broma. Qué cabrón. Una broma. En mi cerebro empieza la música. Sentimiento. Salgo a la calle. Me apoyo en un coche aparcado. Y canto, con todas mis fuerzas, sí, I had a dream. I had a dream. Sí, tuve un sueño, yo valgo para esto.

“A Little love”, Dionne Bromfield