domingo, 7 de julio de 2013

El Pueblo de los Diez


I
Ahora me dedico a esto. “Ya hemos llegado”, les digo.  Arrimo el autobús en la explanada. Las ruedas crujen con la grava. Tendré que revisar las presiones porque parece que van un poco flojas. Quito el contacto. Pof, pof, pof. Huy, huy, ese motor resopla sospechosamente. “¿Me habéis oído, chicos? Ya estamos”. Los cinco niños no se mueven de sus asientos. En esto veo la relatividad del tiempo. Ellos, a mí, me parecen siempre los mismos. Con sus mismas caritas asustadas. En cambio, el reflejo que me devuelve  el espejo retrovisor es el de un tipo pegado a unas ojeras con una frente netamente despejada. Ése soy yo y apenas me reconozco. Bueno, me toca ir a por ellos. Estirarlos suavemente. “Venga, venga, espabilad, que no tenemos todo el día…”. Les ayudo a bajar los escalones. Hale hop. Ya están a pie plano. Con las piernas entumecidas. Con los ojos casi cerrados por la luz del día. Desorientados. “¿Dónde estamos?”. “…aquí no se ve nada, ¿por dónde vamos?”. Les diría unas palabras de aliento, de ánimo. Pero no me corresponde. Ya han bajado. Sin nada, con lo puesto. Cierro las puertas y arranco de nuevo. Y mientras ellos se quedan ahí plantados, sin saber hacia dónde tirar, yo maniobro para salir de nuevo a la carretera. Ahora me viene a la memoria un ramalazo nostálgico que siempre me persigue. Y es que yo también viví, hace ya mucho, un intenso año en el Pueblo de los Diez.

II
Yo y mis cuatro compañeros acabábamos de llegar. Sí, sí, yo delante, para que la burra no se espante. Tras el repecho, la entrada del pueblo, del que entonces no sabíamos ni el nombre. Contuvimos a la vez un “Ohhhhh”. Casitas de colorines y calles desordenadas. Castañeteaban nuestros dientes y temblaban nuestras piernas, pero no de frío. Mirábamos de reojo hacia atrás, buscando una salida de emergencia. De repente, escuchamos un guirigay creciente hacia nosotros. Ensordecedor. Oh, oh.  Peligro. Una marabunta de niños como nosotros a grito pelado. En diez segundos, los cinco juramos protegernos siempre los unos a los otros pasara lo que pasase. En un minuto, nos vimos rodeados. “¡Vamos a ver a los nuevos!”. “Hey, ¿habéis visto qué pinta traen?”. En dos minutos, ¡preparados, listos, yaaaaa!, nos acribillaron a bombitas de agua.  Chof, chof y hunga hunga. En tres minutos, éramos cinco sopas. En cuatro, la multitud chiquillera se había dispersado. Y en cinco, los cinco “nuevos”  ya nos habíamos olvidado por completo de nuestro juramento eterno, “pasara lo que pasase”.

III
Seguramente, el Pueblo de los Diez hoy en día no tendrá mucho que ver con el que yo conocí. Las casas ya cambiaban a cada momento. Aparecían y desaparecían. De forma anárquica. Las calles se ensanchaban o estrechaban. Lo que sí espero que siga estando es la fuente de la naranjada, a cuyo caño solía amorrarme hasta que mi estomaguito reventaba por el gas eructante. Y por supuesto, seguirá la calle de los charcos. Un sitio donde, desde siempre, me ha gustado meterme.

IV
Aprender las normas municipales en el Pueblo de los Diez era muy rápido. Jugar, jugar y jugar todo el tiempo. Ahora no sé, pero entonces además de jugar a la pelota, se jugaba a policías y ladrones. Bueno, casi nadie quería hacer de ladrón, porque sabía que acabaría siendo corrido a gorrazos. También a médicos. A cocineros. Hasta el alcalde del pueblo sabía que lo era porque estaba jugando a eso.

V
También se hacía de noche en el Pueblo de los Diez. ¿Dónde iba a dormir yo? Anduve tanteando… “…habrá algún juego que se llame hotel, donde jueguen a que te ordenan la habitación, te lavan la ropa y te dan de comer”. Pues no. Ese juego no mola. Preguntando, preguntando, unos chavales vinieron a darme la respuesta. Me señalaron una montaña de piezas tipo “Lego”. Ah, caramba. Es el material de construcción oficial. “Usa las que necesites, búscate un sitio, y haz tu propia casa”. Ajajá. Se me daba bien. Hice un bloque de apartamentos. Con once alturas. El más alto del Pueblo de los Diez. Al principio, por eso de dominar la altura y el paisaje, siempre me subía al piso más alto. A la mitad, ya me daba pereza lo de subir tantos escalones, y me quedaba en el primer piso. Y al final, vino el envidioso Juancarlangas y sin previo aviso, me tiró el bloque abajo. Lo derribó estrepitosamente porque era más alto que el suyo, el tío  capullo. Intenté evitarlo, pero de regalo, me llevé un sopapo. Mientras me ardía la cara pensé, “un bloque de once pisos no vale dos sopapos”. Además ya se me había ocurrido cómo hacer otra casa sin tantos defectos, sin escaleras, más cómoda, más robusta y más espaciosa.

VI
Y entonces vino ella. Sole. Me acuerdo que fuimos en tropel a la recepción de los recién llegados, a la ceremonia del agua. Y que, aunque vino con unos cuantos más, yo sólo tuve ojos para mirar sus mejillas pecositas. Se ve que a Juancarlangas le pasó lo mismo. Me puse en medio, sosteniéndole la mirada, de puntillas y amenazante. “A ella no. A ella ni un pelo”. Como éramos gente de puntería, acabó todo el grupo empapadísimo menos Sole. A Sole no le llegaron ni las salpicaduras.

VII
Para desayunar, chuches. Para comer, chuches. Para merendar, chuches. Y para cenar, por variar un poco, también chuches. Mmmm. Palotes, gominolas, picapica, regaliz…. Hay una regla que dice que uno acaba aborreciendo aquello que tiene en exceso, por bueno que sea. Con el Bolita esta norma saltaba por los aires. Ejemm… Bueno, conmigo también. Mientras sigo esperando, voy a comerme unos chocolatitos que guardo en la guantera del bus.

VIII
Con la casa “lego” de Sole alcancé mi cénit como constructor. A ella le encantó. “La mejor casa que he tenido en mi vida”, exclamó, como si hubiera tenido hasta entonces más de cien. Pasaba las mañanas con ella. Pasaba las tardes con ella. Nos contamos todo lo que dos chavales de diez se saben contar. Y hacía todo lo que estuviera en mi mano por ella. Hasta plantarle cara a Juancarlangas si fuera necesario, que lo fue, pero mejor no mentarlo por lo mal parado que acabé. Ya no disfrutaba jugando con el resto de los habitantes del pueblo. Ya me hacía un montón de preguntas sin respuesta. “Qué pasará cuando ella se quede y yo me tenga que ir al Pueblo de los Once, qué”.

IX
Paseaba una noche sin sueño, sin luna y sin nada por las callecitas en penumbra del Pueblo de los Diez. Pegué trago, una vez más, de la fuente de la naranjada. Y me planteé, por qué no, que estaría bien una fuente al lado de horchata mixta. En ésas vi un bulto escurriéndose. Alguien huía al notar mi presencia. Pis, pas, ligero como el rayo, le di alcance y lo agarré por la espalda. “¡Pero… BOLITA!!! ¿Qué estás haciendo?”. Sí, era Bolita. Cargaba con un saco repleto de chuches. Apenas si podía levantarlo. “Me lo llevo, tú no te chives, ni digas nada, pero yo me lo llevo”. A Bolita lo solté. Le di un abrazo. No le dije nada. No le dije que, por mucho que se empeñara, no podría llevarse el saco de chuches. No le recordé que al Pueblo de los Diez, uno llega sin nada y se va sin nada. Guardé silencio cuando, a la mañana siguiente, encontraron el saco de chuches abierto y desparramado en la calle. Encontraron el saco,  pero Bolita ya no estaba.

X
Pinté un corazón con un rotulador carioca en la pared de su “lego-casa”. Con su nombre y el mío dentro. Abajo, escribí que la esperaría en el Pueblo de los Once. Sole me dio un abrazo. Debe de ser normal que cuando uno sale del Pueblo de los Diez para no volver,  no eche la vista atrás. Así, los que se quedan, no ven las lágrimas del que se va, lágrimas que no se pueden llorar hacia dentro.

XII
En el Pueblo de los Once, escribí que la esperaría en el Pueblo de los Doce. Pero ella tampoco vino.

XIV

ROOOM, ROOOM, ROOOM. Ahora me dedico a esto. El autobús sigue haciendo un ruido raro. Acaban de subir cuatro chiquillos que han estado en el Pueblo de los Diez. “Sentaos donde queráis, que nos vamos enseguida”. Apuro un último chocolatito. Paso los dedos por mis ojeras. Ahora o nunca. Me levanto rebotado y les pido: “¡Eh, chicos, esperad dos minutos, que ahora vuelvo!”. Bajo y emprendo la carrera. Por conseguir una oportunidad como ésta, me dedico a esto. Tras la explanada, el repecho. El corazón, a mil por hora. Subo. Detrás, abro la boca. Ahí sigue. El Pueblo de los Diez. Avanzo sin miedo. Madre mía, cómo ha cambiado. Enseguida, griterío de los niños que lo habitan. “¡ALARMA, ALARMAAAA, UN INTRUSO!¡UN INTRUSO VIEJETE!”. Miro a izquierda, la fuente de la… coño, ¡horchata! Glu, glu, glú. Tres tragos. Allá, la calle de los charcos. Me voy para allá, fijo. Todas las casas son distintas, todas, menos… la de Sole. Ahí, ahí sigue donde la construí. Quiero seguir andando, pero ya no me dejan. Una multitud de chavales con cara de pocos amigos me impide el paso. Extiendo mi mano. “Vengo en son de paz”. Gruñen. Están a punto de acribillarme. Y no es agua lo que tienen en sus manos.  De repente… De repente… delante de todos ellos, veo sus mejillas pecositas. “¡Sole!”, grito. Está igual, igual que entonces. Ella reacciona, me reconoce, aunque a la vista está que eso lo tiene complicado. “¿Estás bien?”. “Hm, hm”, afirma ella con una sonrisa. Yo, resoplo, y pasando de la lluvia de piedras que me puede venir encima, suspiro: “Menos mal… me tenías preocupado”. 

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