domingo, 8 de mayo de 2011

Buen Camino (II)



I


A Eusebio todavía le tiemblan las piernas. Y eso que es un profesional como la copa de un pino con una trayectoria exitosa y dilatada. A estas alturas ya ha visto casi de todo. Pensaba que, junto a la nave varada en el terraplén rojizo, recogería ya sólo un cuerpo sin vida. Otro más. Otro caído más. Y ya van unos cuantos en los últimos tiempos. Por eso le han saltado las lágrimas y le han empañado la escafandra cuando ha detectado un hilo de vida en el corazón de Camilo. Y ha gritado tanto y tan fuerte: “¡RESPIRA! ¡ESTÁ VIVO!” que casi ha roto el tímpano del controlador de la nave de salvamento. Es un milagro. Un prodigio de la resistencia. “Aguanta, Camilo, aguanta un poco más, resiste, que ya estamos aquí, que hemos venido a recogerte”. Le acopla la mascarilla de oxígeno y trata de incorporarlo, pero pesa más que el plomo, y se tiene que ayudar con la minigrúa que trae consigo. “Nos vamos a casa, nos vamos”, exclama Eusebio. Camilo recupera momentáneamente la consciencia. Trata de hablar, de decir algo. Mueve los labios. Eusebio acerca el micrófono. Apenas audible, Camilo susurra: “perdona que no me levante… como decía Groucho”. Y Eusebio entonces se troncha de la risa, “qué jodido el tío, con lo que ha pasado, aún tiene ganas de guasa…”.


II

Eusebio ha sido siempre muy racional. Todo lo que ocurre siempre pasa por algo. Sin embargo, en el caso de Camilo, no le encaja el rompecabezas. Aquí la lógica, afortunadamente, no ha funcionado. Eusebio tiene el informe del “Caso Camilo” pendiente de terminar. Quién sabe. En Camilo puede que esté la clave a la resistencia humana en el futuro. Esperará al resultado de las analíticas más rigurosas. A nivel de partículas. Y volverá a hablar con él las veces que haga falta en busca de respuestas. Lo malo es que no saca a Camilo de un bucle muy abstracto. El superviviente evoca nada menos que a su abuelo. Y al Camino que él hizo para él y con él más de veinte años atrás. Eusebio se confunde. Qué tendrá que ver el camino y el abuelo. Camilo se explica, “mi abuelo y yo vamos juntos en esto”. Eusebio se frota la cabeza. Qué me quieres decir, Camilo, ¿se te ha aparecido tu abuelo después de un montón de tiempo y te ha ayudado? El gesto de Camilo y sus ojos empequeñecidos son elocuentes. “Mira, Camilo, esto, por favor no se lo cuentes a nadie porque te van a mirar mal y encima no te van a creer”. A Eusebio, desconcertado, sigue sin cuadrarle el círculo.



III

El GPS conduce a Eusebio a una calle tan estrecha, que parece imposible que en ella se levante el edificio de “La Experiencia”. Otra barbarie urbanística de finales del siglo veinte. Camilo había insistido. Se quedaría allí, en la residencia geriátrica, una temporada porque “tenían equipos de rehabilitación tan buenos como los de los mejores hospitales”. Nada que oponer. La vieja puerta acristalada se abre cuando le detecta la fotocélula. Una señora uniformada se le acerca, “Buenas tardes, ¿a quién viene a ver?”. En un segundo, el astronauta Eusebio, ha visualizado ya toda la profundidad de campo de la planta baja. Deformación profesional. La cocina. El comedor. El ascensor en el lateral. El salón al fondo. Las cristaleras. El jardín. Los naranjos bordes. El frondoso jazmín. “Venía a ver a Camilo”. Gesto de contrariedad. “¿Camilo? ¡…pero si Camilo se fue!”. ¿Qué? “Hace cuatro días”. Eusebio resopla. Ya nos la ha jugado. Y ahora qué. Por dónde lo busco. La bronca que le voy a meter cuando lo encuentre… “¿Y no ha dicho dónde iba a ir?”. La empleada afirma rotunda con la cabeza. “…tiene a la residencia entera pendiente de él”. Explíqueme eso. “…Camilo se ha ido a hacer el Camino”. A Eusebio le sale cara de cuadro. “…yo me acuerdo que, hace ya años, viviendo su abuelo en La Experiencia, y siendo él jovencito, ya lo hizo… y la lió… madre mía, sí que la lió”. Eusebio pasa hacia el interior. Alucina. Todos los butacones están ocupados. Los residentes se giran hacia Eusebio y le saludan levemente, pero inmediatamente vuelven el rostro hacia la pantalla de la televisión de alta definición que cuelga de la pared. “A ver si está mal el canal”, advierte una abuelita. “No, no, no, está muy bien: Nos dijo que buscáramos el 10, el 20 o el 30, que igual daba…”. “Hombre, es que como no se ve…”. “Tranquila, mujer, que aún faltan cuatro minutos”. Murmullo. Expectación. Eusebio no da crédito. Tome, tome asiento. A la hora convenida, un cañonazo de sonido, hay abuelitos que están más sordos; y una imagen perfecta irrumpen en la pantalla. “¡Muchos saludos a toda la peña de “La Experiencia”…!”. Aplausos. Silbidos jubilosos. No se le ve, pero es Camilo. “Puede que mis piernas no estén como hace veintitrés años, puede que los alrededores del camino hayan cambiado y parezca otro, pero…”. Eusebio, mientras se va hundiendo poco a poco en la silla lateral donde se ha dejado caer, abre su cuaderno digital de notas y relee sus últimos apuntes: “Avanzo kilómetros y kilómetros en sueños. Cuando me despierto, sigo en el mismo sitio. Construyo la casa en sueños. Cuando me despierto, no hay más que un solar. Escribo páginas y páginas en sueños. Cuando me despierto, el papel sigue en blanco”. Los tacha. Y escucha a Camilo, qué cabrón, qué suerte tiene, en estos momentos ha parado a media docena de peregrinos y, junto a un mojón y una flecha amarilla, están diciendo todos a la vez: “¡BUEN CAMINOOOOOOO!”.

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