domingo, 28 de noviembre de 2010

¿Y tú qué puedes hacer por Kublets?

I
Natalia no sabe qué ponerse. “Voy a una empresa, no a una boda”, se repite a sí misma. Así que ha removido la ropa del armario y ha rescatado una veintena de opciones, alguna de ellas imposible. Las ha visto en perspectiva, en primer plano. Qué rabia, ninguna acopla con lo que ella piensa que necesita. Pero éste es un momento que requiere decisiones rápidas. Elije. Sin vuelta atrás. Suena entonces la voz de su padre. “¡Te espero abajo!”, le ha dicho desde el recibidor. Otro que tal. Se ha empeñado en acompañarla, igual que cuando la llevaba al cole de pequeñita. Le dijo enérgicamente que no hacía falta, que ya iba sola. Pero él es muy testarudo. Y ella, que lo es más, hoy no va a reconocer de ninguna manera que se alegra un montón de tenerlo a su lado.

II
El inalámbrico vibra encima de la mesa y se mueve. Parece que tiene patas. Es la enésima vez que suena. Esta vez Matías Mata, que suspira profundamente porque a este paso no va a terminar nunca, lo coge y pulsa el botón verde. “¿Sí?”. “Matías, tienes una visita. Es una chica que envía la ETT para lo de la entrevista”. Se rasca la mejilla. “Dile que espere un poco. Enseguida que pueda bajo y la atiendo”. Aprieta el botón rojo. Click. Deja de nuevo el teléfono encima de un montón de papeles. “…por dónde iba…”. Suelta un “coño” que retumba. Ha perdido el hilo de la lista que tenía entre manos y tiene que empezar otra vez.

III
“…tienes una visita. Es una chica que envía la ETT para lo de la entrevista”. Mientras habla la recepcionista, Natalia contiene la respiración. Siente un sudor frío en las axilas. La recepcionista cuelga. Se dirige a ella. “Siéntate ahí un momento. Ahora bajará el Señor Mata”. Ella obedece. Se siente infinitamente pequeña, hundida en aquel blando y enorme sofá. Y no, definitivamente no eligió bien aquel pantalón que le oprime el estómago. Tiene que levantar mucho la vista para radiografiar la estancia. La entrada con la puerta automática de cristal ahumado con el nombre “Industrias Medianas”. La planta escuálida y larguirucha con las hojas amarillentas. Y aquellos cuadros, con los Kublets. Representados en todos los estilos pictóricos. Kublets a través de los tiempos. Kublets, no se lo puede creer. Está en la factoría de los Kublets y su mayor sueño en este momento, es meter un pie dentro y, aunque sea barriendo con una escoba partida, entrar a formar parte de esta prestigiosa organización.

IV
Matías es consciente de que se ha vuelto huraño. Y se autojustifica. No queda más remedio. De un tiempo a esta parte elude los saludos, empezando por sus propios vecinos y acabando por el personal de la factoría. Es que lo paran en medio de la calle. En la farmacia. En la carnicería. Hasta en el “desaguador”. Es que no se andan con rodeos. Directamente suplican. Acosan. Le piden imposibles. “A ver si puedes hacer algo por mi chiquillo, que es muy bueno y no encuentra faena”. Al principio, aún se esforzaba por prometer que lo intentaría, advirtiendo que la cosa estaba mal, muy mal. Pero ahora ya es un ser hermético, más si cabe desde que constató que también a su mujer la habían metido en esta rueda de asedios, esperando erróneamente que ella actuaría de catapulta y altavoz para llegar directamente al punto del cerebro donde él toma las decisiones.

V
¿Media hora? ¿Tres cuartos? Natalia no sabe ni el tiempo que lleva allí. Parece que se han olvidado de ella. Pero no. Debe formar parte del protocolo de selección. Probar la paciencia del candidato. Algunos empleados desfilan por delante de ella. Absortos. Van de aquí para allá. Y claro, no reparan en ella. Le entra complejo de florero. De estar sin estar. Y sus pensamientos se desbocan entonces liberando toda la tensión acumulada en los últimos días. Tararea mentalmente sin cesar el estribillo “…tenía tanto que darte…”, y se acuerda de Eduardo. Y traga saliva. Cinco años tirados por la alcantarilla. Mira hacia la talla del techo. Desde primero de carrera compartiendo apuntes y algo más. Esperándose el uno al otro. Dándose la mano. Y ahora ya no. Ahora ya no.

VI
Llaman a la puerta del despacho. Es Héctor. “Matías, ¿puedes venir un momento?”. “¿Qué pasa?”. Matías ya se ha levantado y sigue al encargado, mientras le explica, gestos incluidos, con pelos y señales la situación. Salen a la nave. Y sus voces se diluyen en el fragor de las máquinas.

VII
Convocatoria por correo electrónico en el Hotel Universal para la prueba previa. Tempranito. A las ocho de la mañana. No creía Natalia que iba a encontrarse con tanta gente. Madre mía. Algunas caras conocidas. De la facultad sobre todo. Otrora compañeros. Ahora rivales. Se puso en la cola. Un examen más. Otro. Nervios. Pis. Cuando abrieron las puertas del Salón Magno, y la fila fue moviéndose, reparó en Eduardo. Qué hace aquí. El mundo se vino abajo. Él no le había dicho que pensaba presentarse a la selección. Claro que ella tampoco. A Eduardo le mudó el rostro. Desde detrás, alguien temeroso de quedarse sin sitio empujó a Natalia. Se había quedado parada. Qué ironía. Se escuchaba el hilo musical de fondo: “…tenía tanto que darte…”. Se le clavó en el tímpano. Al pie de la escalerilla del hotel, en medio de un acordeón humano, y sin mediar palabra, se estaba rompiendo una relación inquebrantable.

VIII
Matías acaba de acordarse de que le esperan en la entrada para lo de la entrevista. “Héctor, vengo enseguida”. Y mientras recorre el pasillo de vuelta, abre la carpeta para releer lo que dice el informe de la candidata porque antes no ha encontrado tiempo para hacerlo. Suerte que la empresa consultora actúa de filtro. En selecciones anteriores, la cantidad de gente llegaba a bloquear los accesos a la fábrica. Y él tenía que perder un día entero. Ahora no. Ahora sólo tiene que ver a cinco personas y la de hoy es la cuarta. Cuando irrumpe en la recepción, la chica, que estaba casi aletargada, se asusta. “¿Natalia?”. Es obvio que sí, que es ella. “Soy Matías Mata…”. Pide disculpas por el retraso y la invita a seguirle. Y pasan hacia dentro. Ella parece hipnotizada. Y recorren las instalaciones del mundo Kublets que son visitables. Y mientras van andando, él va dejando caer preguntas cargadas de intención, que tienen que aclarar la potencialidad de la aspirante. Se detienen delante de la máquina de los cafés. Él ofrece. Ella acepta un descafeinado. Si en el mundo todo se mueve por impresiones, él está recibiendo una muy buena impresión de ella. Él se sabe observado. Ella no tiene ni idea de que los pueden estar mirando. Por un segundo, Matías flaquea y está a punto de confesar que a él le toca interpretar un paripé. Que todo el mundo piensa y está convencido de que él, Matías Mata, selecciona al nuevo personal de Industrias Mediana. Pero que no es así. No es así. El que quita y pone a los empleados como si fueran Kublets está ahí arriba, en el mirador. Y maneja todos los hilos según estima conveniente, que para eso es el dueño. Ha sido sólo un flash. Rápidamente Matías vuelve a la realidad, se recompone, recupera su papel de forma magistral y mirando fijamente a Natalia, le lanza la pregunta clave: “¿Y tú qué puedes hacer por Kublets?”.

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