
La voz de Rafael sonó entonces con reverberación en la estancia: "Blas: eres un cabrón. Un cabronazo. No quedamos en esto. Yo me fiaba de ti. Pero ahora... Blas, lo más suave que te puedo decir es que..." al anciano le temblaban las manos; apenas movía los labios y los ojos se le empequeñecían... de repente volvía a ser un niño de cinco años inconsolable... " ¡Canalla, mala persona, embustero, miserable, malnacido... esto que has hecho es joder por joder...!".
Lo agarraron con suavidad del hombro, "ya vale, Rafael, ya es bastante..." y lo arrastraron hacia la salida. Él se dejó llevar, a tientas y a ciegas. "...no te lo perdonaré en la vida..." y se vio nuevamente en la calle, con el mismo viento polar o siberiano congelándole las lágrimas en la mejilla. Pero él no lo sentía apenas. Tardó aún unos minutos en moverse, en echar a andar, supuso que de vuelta a su casa. En realidad, estaba tan aturdido, desorientado y desnortado que iba justo en dirección contraria.
Dentro, renació el silencio triste. Diríase entonces que Blas se arrepentía de lo que había hecho.
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