domingo, 20 de septiembre de 2015

Cuando ya no lo esperas


I
Efrén abre la puerta atrancada de la ferretería. Está de bote a bote. Pide la vez. “Aquí se coge numerito”, le espetan. Tira del boleto. 308. Van por el 289. Bufffff. Mira alrededor. Cacerolas esmaltadas de mil tamaños cuelgan del techo. Se agacha para no darse en la coronilla. Parrillas para barbacoas. Muestrarios de cortinas de tiras y de canutillos de plástico y de madera. Y ese olor a herramienta nueva, a cuerda de esparto. Hules lisos o estampados vendidos al corte. Cajas metálicas rosadas, azules, cromadas. Candados. Cadenas. Destornilladores alineados. Martillos y paletas de albañil con sus mangos barnizados. Sierras. Mucho material concentrado en muy poco espacio. Barullo. Resoplidos. Detrás del mostrados atienden dos personas. Y no dan abasto. Él, con las progresivas,  cuenta tuercas, que se venden sueltas. Ella, subida a un taburete, guarda un grifo en su envoltorio. Efrén aprieta la manivela rota que lleva en una bolsita de plástico. Abría la vieja puerta de su cocina. Sonríe. Ha llegado al sitio adecuado. Aquí, con esta solera, tienen una manivela como ésta seguro. “¡Doscientos noventa!”. Bueno, poco a poco, ya le falta uno menos.
II
“¿Qué buscas Casandra?”, le pregunta su padre. “…el chico, que quiere una manivela Retriever… yo juraría que estaban aquí”.  Haciendo equilibrismos en lo alto de la atestada estantería, encajando unos bultos encima de otros. Corriéndole el sudor por la mejilla. Se da por vencida. “lo siento… pensaba que me quedaban y no… lo que puedo hacer es pedirla…”. Efrén asiente: “sí, por favor”. Ella toma nota en la libreta con un boli bic. Ma-ni-ve-la re-trie-ver. “Apuntado queda, vente en unos dos días, que ya la tienes aquí”. Él da las gracias y se da la vuelta. No lo había notado, pero la ferretería sigue igual de reventada que cuando él, hace casi una hora, ha entrado. “¡Trescientos nueve, por favor!!”.
III
Ah, también tienen botijos, se apercibe Efrén. Coge número. Ciento noventa. Total, es para recoger la manivela que encargó. Espera. Menos que la vez anterior, pero también un buen rato. Cuando le llega el turno, él pide “la manivela” y ella, “¿manivela? ¿qué manivela?”, no se acuerda de nada. Al final, “Ahhhhhh, síiiiiiiii, la retriever”, abre los brazos, “lo siento: no nos la han traído”. ¿No? ¿Y ahora qué? “Pásate por favor el Lunes...”. Mientras él se da la vuelta con gesto derrotado, ella apunta en la libreta: “ESTA VEZ SÍ: PEDIR la dichosa MANIVELA”.
IV
Y bombonas azules de Camping gas, de eso también hay.  Según franquea la puerta, Casandra, detiene la máquina copiadora de llaves y no le deja coger número. “Aún no lo han traído… pásate el Viernes”. Efrén resopla. Repite: “…el Viernes”. Bueno, por lo menos, esta vez no ha tenido que esperar a que despacharan a toda esa tropa para escuchar eso.
V
Los azadones sin mango, de acero templado, también cuelgan de un soporte en una pared lateral. Cubiertos de polvo, dan testimonio de que Mediavilla se quedó hace mucho sin huerta. La frase se repite, más o menos en los mismos términos: …”oye, lo reclamaré de nuevo… No sé por qué no la  han traído aún… esta casa es seria… pásate la semana que viene”. Efrén hace una mueca, no quiere decirle, “creo que ya no te creo”, y en su lugar se despide sin palabras, sólo con un gesto con la mano. A Casandra, eso le ha dolido. Hoy había poca parroquia en la ferretería. Será que es invierno y que con el frío que hace, por la calle no pasa un alma.
VI
Las colas, todas las que quieras. En diferentes tamaños de bote, forman una pequeña muralla. Alguno debe estar abierto, porque huele a disolvente que coloca. Por fin. Por fin. Por fin. Efrén sonríe. Nunca es tarde si la dicha es buena. Casandra le explica. La casa fabricante cerró. Ella fue al almacén y buscó, una por una todas las referencias. Encontró… ¡UNA! Una manivela retriever. “Era cuestión de orgullo”, recalca. Ahora está buscando. En los cajones de detrás del mostrador. En los estantes de debajo. Remira de nuevo. Se asoma a la trastienda: “Papá, ¿una cajita verde no la habrás visto?”. El padre se asoma. “¿Una retriever?”.  “Sí”.  “La he vendido esta mañana”. El mundo se para. Los ojos se desorbitan. El rostro de Efrén se ensombrece. Mientras se despide, murmura: “No pasa nada, no pasa nada”. Casandra no habla. Sólo quiere comerse a su padre.
VII
Qué casualidad. Estar en la misma boda. Efrén por parte del novio. Casandra por parte de la novia. Qué coincidencia. Sentarse en la misma mesa. Qué encantadores. Ella, con su vestido verde. Él, con su traje negro. Sin saber qué empezar a decirse. Y luego, al segundo Viña Pomal, sin parar de decirse. Un millón de palabras. Entre ellas, y aunque no han dejado de pensarla, no ha salido ni una sola vez la palabra “manivela”.
VIII
Aunque no le viene de paso, él toma la calle paralela y cruza. Mira a través de la cristalera. Mochilas de sulfatar. Ella hace como que no, pero también lo ve. Él piensa, qué tiempos cuando no se podía casi entrar en la ferretería, qué daño han hecho los mega brico centros. Luego vuelve a cruzar y sigue su camino a casa. 
IX
En la entrada, un “SE ALQUILA”. Bajo, escrito con rotulador, “O SE TRASPASA”. Ahora, sin tanto género amontonado, se advierte que las baldosas eran negras, con ribeteados verdosos. De la fábrica de azulejos Carmín. Casandra, subida a una escalera, vacía las estanterías. Toca cierre. Toca retirada. Ahí, en el fondo, una cajita perdida. Estira la mano. La alcanza. Le pican los ojos del polvo. Le bate el corazón. “Manivela Retriever”. Casi se cae del susto. “¡Ahora vengo, papá!”. Clinc, clinc. Sale de la tienda. A todo meter, con la caja verde de cartón viejo entre sus manos, sale de la tienda. 
X
Efrén abre a Casandra. A pie de calle. Qué sorpresa. “Qué haces tú aquí”. “Mira”. Ella se lo cede como quien cede una joya de Tiffanys. Uauuuhhh. Él ha abierto la caja. Dentro, una magnífica manivela retriever. Brillan sus ojillos. Cuánto tiempo buscándola… “Diez años por lo menos”. “…siempre estuvo allí”. Luego empiezan un tira y afloja. “Qué te debo”. “Por lo que has esperado, nada”. Suspira. “¿Y si..?”. No termina la frase con un: “… volviéramos a vernos?”.  Pero sí, estaría muy bien. Volver a quedar. Volver a verse. Ahora ella tiene que volver a la ferretería. Ya sin prisa, ya sin un peso, en una incipiente noche sin luna, ella camina casi levitando. Abriendo plano, en la otra esquina, donde los contenedores de basura, aún está tumbada la vieja puerta de la cocina que Efrén desmontó ayer.


domingo, 6 de septiembre de 2015

Brackets


I
Aún faltan dos kilómetros para llegar a la estación Central de Mardebé y cuatro impacientes ya se han levantado situándose en torno a la puerta del descansillo. Pues yo también. No sea cosa que el tren mueva de nuevo y a mí no me haya dado tiempo a bajar. Chirria. Frena en seco. Glup. Parecía que por un momento iba a tragarse los hierros de seguridad que hay donde terminan las vías. Pero no. El maquinista lo debe tener medido. Se ha quedado a cinco centímetros. Me empujan por detrás. Vamos bajando. Pongo pie a tierra. ¡Fiuuuu, Fiuuuu! Qué estampida. Me adelantan por un lado, por otro. Si no estoy listo, esa señora me arrea un bolsazo. Estaba a la altura de mi cabeza. Me siento un poco raro. Me miran. Se preguntarán dónde va este niño. Al dentista. Y para ir al dentista no hace falta que mi madre venga conmigo. Sé el camino y ya puedo ir yo solo. Avanzo hacia la salida. Por donde esperan los taxis. Me siento un poco raro. La ciudad se abre ante mí. El tráfico a acelerones y bocinazos. Los peatones cruzando a la de una, dos y tres. Observo con curiosidad que esto es lo que hacen los mayores cuando los demás estamos en el colegio.
II
Como voy a mi aire, sin mi madre detrás diciéndome, “¡Venga, Boro, no te encantes!”, antes de entrar en el portal donde un señor con uniforme me preguntará que a dónde voy, me quedo mirando el escaparate de la tienda de coches deportivos. Qué pasada. Cómo me gustaría… Cuánta pasta tienen que valer. Me empapo. Me leo las características en los rótulos. CC, AA, EE… para decir cierre centralizado, aire acondicionada, elevalunas eléctrico… Me parece que pediré por ahora uno en versión MG, es decir MIS GANAS…
III
Según me ve entrar por la puerta Asun, la de recepción,  me saluda:  “Buenos días, Boro… pasa un momento y siéntate, enseguida te llamamos”. Hay lámparas por todos los sitios, pero hacen todas muy poquita luz. Mis ojos tienen que acostumbrarse a la penumbra de esta clínica. Me va la respiración a mil. Y no es por haber subido por las escaleras. Estoy nervioso. Me sabe mal pisar esta moqueta tan limpia y tan nueva con mis zapatillas. Aquí todo el mundo habla bajito, bajito, como si temiesen molestar al vecino de abajo. Y eso que suena una música de fondo. Ray Coniff.  Aún no he descubierto dónde están los altavoces. Canciones sin propaganda, sin principio ni fin. Cuadros en las paredes con marcos de museo. Paisajes con caminos en los que me gustaría meterme. Los títulos y diplomas enmarcados del doctor Agut. Y un sofá con tela parecida a la de mi casaca fallera. Me hundo en los mullidos almohadones. Cuando me llamen, tendrán que venir con una grúa para rescatarme. Con todo, y con disimulo, llevo mi mano derecha a la nariz para respirar. Se creerán que es la esencia de lo mejor, pero aquí tienen un ambientador que parece la colonia de una abuela petorra. Las primeras veces, aún me acercaba a mirar alguna revista. Pero puag, “Mueble con estilo”, “Casas de ensueño”… y todas un poco pasadas. Así que me entretengo circulando por las líneas del papel pintado. Subiendo, bajando. Cesca, la enfermera, me sacude el hombro: “¡Boro…! ¿te habías dormido?”. ¡Normal! Con esta luz amortiguada y esta musiquita, como para no pegar un siestecita. 
IV
Ahora sí que sí. La hora de la verdad. Estoy aquí porque mi madre se empeñó. Yo no quería. Además, me dijeron que esto sería un “quita y pon”. Y de eso nada. Son unos hierros que ni la rejas de la cárcel modelo Cuando me miré en el espejo, me dio un bajón que aún me dura. Encima, esto tiene que ser así durante… ¡TRES AÑOS! ¡Tres años, los que tendrían que ser los mejores de mi vida! Esto no lo perdono. Me siento en la silla. Cesca se acerca a mí, bata blanca y guantes en ristre. “Antes que nada…”, le informo cuando voy a abrir de par en par mi boca, “se me ha despegado un bracket”. Luego le aseguro que yo no he hecho nada malo para que eso me pase. Eso por supuesto.  
V
Cesca y Fabiola hablan y hablan. Se creen que porque yo esté ahí, con la boca  como el león de la Metro, ni escucho ni siento. Pero jopé. Me empapo de todo. Mis ojos ven las cejas depiladas de Cesca. Y célula a célula, su piel maquillada, perfecta. En contraste, cuando es Fabiola la que se me acerca… vaya manos de camionero las que le adornan… y eso que le asoma por encima del labio se parece mucho a un bigote. Mi olfato percibe el último café que tomó Cesca. Y el tabaco negro que se fumó Fabiola cuando ha ido al baño. Y mis oídos… mis oídos se empapan con sus historias. Hoy es cuando Cesca le ha explicado a Fabiola que sí, que por fin, Boni se le declaró… “¡Es más bonicoooooo! ¿Quieres que te enseñe la foto que me dio?”. Le brillan los ojitos. Se creen que ni escucho ni siento, pero, caramba, me han pillado con el carrito del helado cuando he estirado el cuello, porque, claro, yo también quería ver la foto del bonico de Boni.
VI
Hecho el trabajo de campo es el momento. Mi boca sigue abierta como el túnel del tren de la bruja. Las enfermeras Cesca y Fabiola hacen mutis, se retiran a un segundo plano y aparece, como los maestros, como los toreros, el gran doctor. El doctor Agut. Perfecta sonrisa. Pienso que no se la habrá podido poner a sí mismo. Eso tiene que ser difícil. Familiar, amable, cercano, me saluda: “¿Qué tal, Boro?”. Imposible contestar que bien. Imposible darle conversación. Sólo emito unas vocales: “IEEEEN”. Desde detrás le emiten información. “…se le ha soltado un bracket”. Hace una mueca. Se asoma. Delibera. Herramienta en mano, cric, cric, cric, da un apretón. Uffffff. Eso es lo que duele, mecagüen. Como quien ha dejado al toro descabellado, se lava las manos, se despide y sale. Las enfermeras se encargan del resto. “Hale, Boro, que ya estás listo”.
VII
El bocata de jamón si es con pan de leche no sabe lo mismo.
VIII
No he perdido el partido de tenis cuando el cabrón de César me ha espetado: “devuélveme ese revés, risitas de plata”. Hubiera perdido de todas formas. Pero sí que ha sido en ese momento cuando me han entrado unas ganas tremendas de enviarle la raqueta a los morros para después contestarle: “¡ahí va eso risita recién partida!”.
XIX
Año segundo. Han puesto un descapotable nuevo en la tienda de los deportivos. Hoy llego tarde a la cita del dentista, sí, pero ver bien este modelo era más importante…
XX
“…antes que nada, Cesca… se me ha vuelto a romper otro bracket”. Cesca frunce el ceño. Respira hondo. Añado: “Y no es porque yo haya hecho nada malo”.
XXX
Voy por la calle don Juan de Mediavilla. De compras con mi madre. De repente… qué veo. Sin duda. Es él. Como si lo conociera de toda la vida. Es Boni. ¡Sí, Boni, el bonico! Ahí está en carne mortal. Me sé sus aventuras. Me sé dónde trabaja. Me sé que le gusta la cerveza con limón. Estoy por saludarle y todo. Pero me freno. En seco. Me quedo cortado. Cortado es poco. Va de la mano con una chica. Uffff, qué golpe. Mundo a mis pies. Esto es el mundo real. Glup. Me sacan sangre y no me pinchan. Al revés, quiero decir. La semana que viene tengo que ir al dentista, la veré y… Qué palo, vaya palo. La pareja se me acerca. Más. Mi madre me llama. Los tengo ahí, a cincuenta centímetros. Ella, me lanza una sonrisa y me dice: “¡Hey, Boro, no saludes!”. Dos conclusiones. Lo mucho que cambia una bata a las personas. O lo urgente que tengo que ir al oculista. O ambas.
XXXI
No puedo tener peor pinta. Para empezar, los puñeteros brackets. Las pocas veces que me entra risa, me pongo la mano en la boca. Para seguir, mis gafas nuevas. A qué negarlo. Me hacían falta. Y para acabar, mi cara, que cada vez más se parece a una paella. Así…  ¿cómo le podré decir a Majo que me gusta?
XXXII
¡Me ha dicho que yo a ella también! ¡Me ha dicho que yo a ella también! UAAAUHHHH. Nos hemos hecho una foto en un fotomatón. Me ha pedido que sonría. Cómo no. De oreja a oreja. Los brackets han deslumbrado el flash. No paro de mirar nuestra primera foto. ¡Estamos per-fec-tos!
XL
Año tercero. “Doctor… se le han soltado dos brackets más, uno a cada lado…”. El doctor Agut, que acaba de hacer su aparición estelar,  da una palmada encima de la mesa. “¡Así no se puede, así no!”, dice gritando fuera de sí. Enrojece su rostro. Suelta dos tacos. “ Si no pones de tu parte, se acaba el tratamiento y en paz”. Nunca lo había visto así, con su vertiente de Mr Hyde. Con la boca abierta trato de defenderme, “oo, ooo”, que quiere decir “yo no”, “yo no he hecho nada para que se despeguen…”. Que inventen los pegamentos a prueba de bocatas. Que los inventen ya. Me quita el absorbedor o como se llame. Me quita el pañuelito que cubre mi camisa. “Vete, vete a tu casa y por aquí no vuelvas”. Se lava las manos y desaparece hecho una furia dando portazo. Cesca tiembla. Fabiola tiembla. Yo estoy cagado. Qué hago. Me acaba de tirar. Qué hago. Voy a levantarme. Voy a irme. Voy a llorar. Cesca me retiene: “chisss, quieto ahí…”.  ¿Quieto? ¿No has oído?  ¡Me ha dicho que me vaya!. Me reclina de nuevo con suavidad. “Los genios también se enfadan…”. No puedo corroborar eso, porque para mí los genios son ellas, Cesca y Fabiola, no él, y ellas conmigo nunca han estado enfadadas.
L
Cuarto año. Tendría que estar más contento. Hoy van todos los hierros fuera. Se acaba el mito de que conmigo saltan las alarmas. Mi madre, finalmente tenía razón. Tendré una sonrisa cautivadora. Y ayer, el capullín de César me pidió la dirección del doctor Agut… ¡Ahora, ahora  empieza él a enderezar los dientes de su boquita de piñón! Llego tarde. Cesca me tirará de las orejas. Pero es que el escaparate de los deportivos está vacío. No ponen siquiera si se han trasladado ni dónde. Cristales sucios. Teléfonos y cables por el suelo. Sólo los pósters de unos coches que ya no están. Jopeta. Antes de contestarle al pesado del portero que voy al primer piso, al odontólogo, me pregunto ¿y dónde narices me compraré yo ahora el descapotable?

domingo, 23 de agosto de 2015

El principio de nuestra historia


I
Un mal sueño. Movido por un resorte, me incorporo y me quedo sentado sobre la cama. Con la respiración agitada y la nariz medio obstruida recupero la calma perdida. Fuera, la madrugada. Dentro, las cuatro paredes de la habitación. De lo que fuere, estoy a salvo. Ella, ojos entrecerrados,  repara en mí. “Qué te pasa…”. Piernas recogidas, brazos envolviéndolas, la tranquilizo: “…nada”. Me inclino ahora sobre su mejilla. En la oscuridad, la beso. Le susurro: “…mañana, tenemos que ir y dar las gracias a Giacomo el de la pizzería”. Ahí se incorpora. “¿Qué dices? ¿Giacomo? ¿las gracias por qué?”. Le digo con sentimiento. "…porque gracias a él nos conocimos tú y yo”. “Anda con lo que me sales a estas horas…”. Me recuesto. “…bueno, vale, lo que quieras: mañana iremos”, concede ella, “pero ahora duérmete otra vez…”. Se me dibuja una sonrisa. Ahora sí. De nuevo me vence el sueño. Afortunado por estar a su lado, esta vez, en lo que queda de noche, ese sueño será bueno.
II
Pizzería della Pilotta. Cae la tarde sobre el toldo verde bajo el que se recogen apretadas las mesas cuadradas de madera cada una con el detalle de su pequeño florero y su margarita en el centro. Nos miramos con un:  “ya estamos aquí, ahora qué, te atreves o no”. Paso hacia dentro cuidando de no darme con la cabeza con el marco de la puerta. Grandes fotografías en blanco y negro de Roma. Su Coliseo. Su Boca della Verità. La cocina, con el horno eléctrico, está a la vista. Gorro de bucanero en ristre, el ínclito Giacomo advierte nuestra presencia. Sonrisa de oreja a oreja. “¡Cuánto bueno. Cuánto tiempo sin verte, Marco!”. Se limpia la mano enharinada con un trapo de cocina y sale a recibirnos. “…¿os apetece tomar algo? es pronto para la cena… ¿os reservo una mesita?”. Daniela y yo cruzamos una mirada cómplice. “…no lo vas a entender… pero venimos a propósito para darte las gracias… porque ella y yo… nos conocimos gracias a ti”. El italiano abre los ojos con desmesura. “¡Destapo ahora mismo un lambrusco para celebrarlo… pero, la verdad, yo no me acuerdo de haberos presentado”. Aclaro: “¿Tú te acuerdas de aquel día que vine para pedirte una cuatro quesos para llevar… y tú tenías aquí un desastre monumental porque había saltado el cuadro general, no te funcionaban los hornos y se te acabó estropeando toda la masa para las pizzas?”. Giacomo, se lleva las manos a la cabeza,”mamma mia, cómo olvidarme de eso… ¡fue una catástrofe…!”. Yo prosigo: “…pues, de aquí me fui al Restaurante Kamakura que hay en la calle de Felipe Sexto… y en la cola… ¡ahí estaba ella!”. Delante de nuestras sonrisas, esperando la suya, Giacomo asimila lo que le estoy contando. Rememora. Recuerda. Tiene que acordarse. Niega con el índice de su mano. “Celebro un montón que os conociérais entonces, pero vais a tener que subir arriba, al del segundo piso y darle las gracias a él… hubo un cortocircuito en su casa… y cuando trató de rearmar los fusibles se cargó toda la instalación y casi se prende fuego el edificio”. Abre la puertecita del restaurante. Se asoma por detrás del toldo. “…su balcón está abierto…. ahora lo mismo lo pilláis”. Daniela apunta: “a ti y a mí nos unió un cortocircuito entonces”. Interpreto: “…no sé si a este hombre le gustará recordarlo… ¿subimos entonces?”. “…ya puestos…”. “…pero antes, Giacomo, venga ese vinito”.
III
Estamos entre los escalones del primer y segundo piso. Daniela piensa que, por hoy ya vale, por hoy ya hemos buceado bastante en las casualidades que vinieron a unir nuestros caminos. “…está claro que, sin ese chispazo, tú hubieras tenido tu pizza cuatro quesos, y no nos habríamos cruzado nunca jamás en el japo… pero igual es un poco excesivo llamar a este señor a su puerta y decir… mire, gracias por cortocircuitarse y por casi quemar su casa…”. Me hago cargo. Alguien baja. Aparece. Es él. Le saludamos. Nos hacemos a un lado. Qué corte. Ejem. Que sí. Que me arranco: “¡Oiga… sepa que le estamos muy agradecidos!”. Tanto sopetón en mi frase le descoloca. “…usted pensará… qué dicen estos dos… de qué van… pero yo se lo aclaro enseguida, seguro que usted se acuerda de aquella vez, el año pasado, en que, bueno… sería por una sobrecarga o por lo que fuera, el caso es que al saltar el automático de su casa, y el de la finca entera, la pizzería de abajo se quedó sin poder hornear, yo me quedé sin pizza y  me tuve que ir a un restaurante japonés, que no se si conoce, está a diez minutos de aquí, y entonces, caprichos del azar, ahí fue donde felizmente me encontré con ella…”. Pausa valorativa. Nos mira raro. Concluyo: “No, no estamos locos, veníamos simplemente a darle las gracias”. Qué segundos más tensos. Dudo de si me ha entendido. Resopla cual caballo relinchador que recupera su memoria. “…Mmmm… si queréis dar las gracias al verdadero responsable de vuestro encuentro, me parece que tendríais que hablar con el del tercero… lo que pasa es que no está… yo también lo estoy buscando para decirle cuatro cositas… por lo visto, o le reventó una tubería o se dejó un grifo abierto o las dos cosas… el caso es que se le inundó el piso… resbaló el agua por la pared de mi casa… empapó la instalación… y pasó lo que pasó…”. Concluye:  “Me alegro de que os conociérais y espero os vaya de lo más bien. Pero a mí no tenéis nada que agradecerme. A mí no”. Abriéndose paso, prosigue su camino, escalera abajo. En dos palabras, nos ha dejado mudos estupefactos.
IV
Ella me pregunta que por qué me he quedado tan callado. Frente con frente, cerca los labios, sentados en el japonés, delante de un buen plato de shushi. Con unos palillos entre los dedos que no sabré manejar por más que me esfuerce. Le sonrío. Se lo diré algún día. Cachis. Que pensaba que yo había dejado bien apretado aquel latiguillo tras instalar aquel calentador de agua. Que llevaba su buen teflón en toda la rosca. Y que, aunque aquel tipo tan raro me había asegurado que ya se pasaría por el taller a pagarme, nunca después había venido. Bendito señor que confió en mí para que hiciera esa instalación. Y bendito corazón mío, la que lió para que yo acabara conociendo a mi queridísima Daniela.


miércoles, 12 de agosto de 2015

Mejor andar



I
“¿Falta muchooooo?”. No puedo más. Me duelen los pies. Esta cuesta no se acaba nunca. Mis piernas están cosidas a arañazos por  los pinchos. Los bichos me persiguen y me hinchan a picotazos. El sol quema mi pescuezo. Mi reino por una sombra. La camiseta, empapada de sudor. En la cantimplora no queda ni una gota. Me muero de sed. Mi otro reino por un trago de agua. Me han sacado un buen trecho de ventaja. Ya podrán. Soy el más pequeño en esta Acampada. ¿Y ha de ser así todos los días? Yo aquí no vengo más. Yo mañana no salgo. No sé qué me dicen. Me paro para escucharles. Cri-cri-cri. Que se callen las chicharras. Es que ni un pelo de aire sopla. Agudizo el oído. Ahora sí. Claramente, me gritan: “¡…Gordi, que te pesa el culoooo!”.
II
El médico de Gorroperdido aprieta mi tobillo. “¿Duele ahí?”. Yo hago un poco de teatro. AAAAAHHHHH. Luego lo gira. AAHHHH, AHHHH. Ahí hasta consigo que me salten una lágrima. Me aplica spray milagroso. Luego busca una media elástica. Enfunda mi pie. Silvia, la monitora que me ha traído, lo escucha claramente. “No te veo nada… pero por si acaso, mejor no salgas a la marcha de mañana”. Me levanto. Salgo de la clínica un poco cojitranco. Pero después casi la cago. De la alegría que me ha dado el saber que mañana me quedo en el campamento haciendo reposo he dado unos saltos que ni Grom, el amigo entusiasmado de Vickie el Vikingo.
III
A Walter, el cocinero del campamento, se lo digo claro: “prefiero mil veces pelar mil patatas que andar mil metros”. Ahí estoy yo, sentado en una banqueta, con mi nuevo cometido, mientras todos los demás se agrupan en torno a los monitores para salir. Griterío. Hoy recorrerán las vías abandonadas que llegaban a Ojos Lejanos. “¿No vienes, Megagordi? ¡Qué cuento tienes!”. Nadie quiere ser el último. Que recorran, que recorran. Qué paz y silencio dejan según se van alejando. Este cuchillo corta el aire. Walter, que monda cuatro mientras yo mondo una, mira lo asimétrico de mi poda patatera y me envía un gesto. Qué quiere decir. No lo entiendo. Es cuando me pregunta: “¿No te gusta ir de marcha para no andar o para no oír cómo se meten contigo?”. Yo, que estoy peleando contra una gran patata, medito y resuelvo: “…no me gusta ir de marcha para no andar y para no oír cómo se meten conmigo”. Por las dos cosas.
IV
Es que esto es un rollo. Me lamento:  “¿Y por qué todos, todos los días tenemos que salir de caminata?”. Walter, que puede mirarme y seguir pelando, todo a la vez, se ríe: “…para eso se organizan estas Acampadas, chico”. Increíble. A mí me dijeron que vendría a jugar y, quitando hoy, no he parado de andar desde que llegué hace cuatro días. La eternidad era esto. “¿Y no podríamos hacer otra cosa…?”. Walter lanza y encesta una patata de tres. “…bueno, si lloviera no habría marcha… por una cuestión de seguridad…”. Abro la boca. Busco nubes. Encuentro pocas. Él sigue aclarando: “…en el barracón tenemos un proyector por si acaso… arrancaríamos el grupo electrógeno y haríamos sesión continua de cine si lloviese...”. ¡Cineeee! Se me escapa un deseo: “Pues que caigan chuzos de punta entonces”. Ahí  es cuando tiro la patata pelada por el aire. La mía, es mi puntería, rueda por tierra fuera del canasto.
V
Las primeras eran más fáciles…por qué me ha dado por contarlas. Treinta, treinta y una. Llevo una hora y no siento los dedos. Tengo agujetas en mis hombros. Soy un peligro con un cuchillo en la mano. Y me duele la espalda de estar encorvado frente al barreño. Y Walter ya no da conversación. Mil, mil era un decir. Pido clemencia: “Walter, me retracto un poco de lo que he dicho antes… puede que andar mil metros sea algo mejor que pelar mil patatas”.
VI
El cielo se encapotó durante la noche. Arriba, llevo la sudadera, y la cazadora. Pero abajo no tengo nada más que mis bermudas de montaña. El relente se me cuela de rodilla para abajo. Esto es… brrrr… frío. Las nubes han bajado y se mueven entre nosotros. No se ve más allá de la primera fila de pinos. Tirito. Pero es que tiritan todos. Se escuchan toses y voces roncas. Vamos hacia el desayuno haciendo las maracas con los vasos y platos de aluminio. Caen los primeros goterones mojando el suelo. Corre la voz y corren en desbandada a refugiarse bajo el tejado del barracón. ¡Llueve! En dos minutos el suelo se llena de charcos y el agua baja buscando la ladera. Aparece Walter con su camiseta de basket. Insensible al frío. El agua parece que le resbala sin mojar su calva despejada. Todo son preguntas a los monitores, y ahora qué, y ahora qué, y ahora qué, qué, qué. Caen chuzos de punta. Lo que yo quería. Lo que yo ya sé. Walter anuncia: “Ahora, cine”.
VII
Una lona cogida con pinzas a las vigas de madera hace de pantalla. Humanidad en el barracón. Sentados en la dura piedra. “Tarzán de los monos”. Arqueología de principios de siglo. Rrrr….Rrrrrr…. El rollo avanza haciendo zigzag por el proyector. De pie, Walter, controla que no se salga de su recorrido. “¡Ancagua, Chita!”. Fuera, se multiplican los truenos. Crujen, rompen los oídos. Nos apretujamos unos contra otros. No puede  caer más agua. De repente, toc, toc, toc. Gritos: “¡¡Una gotera!!”. Se abre un hueco. Avanza Walter con el barreño en el que recogíamos ayer las patatas y su sombra gigante se proyecta en la pantalla. Cuic, cuic, cuic. Walter, disimuladamente se asoma fuera para ver el efecto del diluvio. A estas alturas, todo debe ser un inmenso lago. OOOOHHH, OOOOHHHH OOOIOOÓ. En la Sala Barracón salen por doquier muchos imitadores al grito de Tarzán. Pero como el mío, ninguno.
VIII
Ya no sé cómo ponerme. Van por el quinto rollo. Estoy de elefantes, de cocodrilos y de lianas hasta el pirri. Walter ha repartido bocatas de fiambre entre la tropa. El mío, de salami. Le pregunto si ha parado la lluvia. “Quiá, ahora llueve más”. Respiro hondo. ¿Y si se sale el agua del barranco, rebasa el puente y se lo lleva por delante? Nos quedamos incomunicados. ¿Y si se inunda el campamento? Busco cómo podemos subirnos al tejado. ¿Y si, con todos arriba se hunde el tejado? Me invade la angustia, lo reconozco. Me agobio. Ya no grito como Tarzán ni a petición popular. Si tuviera que gritar, gritaría: “¡Odio la lluvia, que pare ya!”. Me froto mis piernas congeladas para entrar en calor. Cierro los ojos. Pienso, pienso, pienso mucho. Que escampen las nubes, por favor. Mejor pelar patatas que este cine. Y mejor andar que pelar patatas. Definitivamente, mejor andar.
IX
“¿Falta muchooooo?”. No puedo más. Me duelen los pies. Esta cuesta no se acaba nunca. Mis piernas están cosidas a arañazos por  los pinchos. Los bichos ya no encuentran un claro en mi piel donde picarme. El sol quema mi pescuezo. Mi reino por una sombra. La camiseta, empapada de sudor. En la cantimplora no queda ni una gota. Me muero de sed. Mi otro reino por un trago de agua. Me han sacado un buen trecho de ventaja. Recupero el resuello. Ya veo. Ya entiendo. Desde que volviera a salir el sol, el que tenga mi mejor disposición para andar no significa que hoy vaya a ir el primero, delante del todo. No todo es actitud. A lo lejos escucho otro: “Gordiii… ¡que te pesa el culooooo!”. Ahí me sale del alma: “¡Cuando te pille, VOY A TAPAR TU BOCA-BUZÓN DE UN PATATAZO!”. Cri-cri-cri. Silencio en la distancia. “¡Ánimo que falta muy poco!”, oigo esta vez. Redoblo el paso. No todo es actitud, pero, releche, OOOOHHH, OOOOHHHH OOOIOOÓ, el grito de Tarzán cómo ayuda.


domingo, 26 de julio de 2015

Maía

I
“No sabe cuánto se lo agradecemos, señora María… ¿de verdad no le importa?”. Aquí es cuando se me pone esa boca pequeña que me delata ante quien me conoce. “¿Importarme? ¡Para nada! Id, id tranquilos que yo me quedo con la pequeña el tiempo que haga falta”. Entre sonrisas de cumplidos,  “éste es un favor grandísimo”, “para eso estamos”, Cesáreo e Ivana van saliendo hacia el recibidor. Él mira el reloj, con un gesto de “espabila, nena, que llegamos tarde”. No se esperan ni al ascensor. En el medio rellano, antes de desaparecer del todo hacia el piso de abajo, ella estira el cuello, “no creo que tardemos… y, de verdad, cualquier cosa, llámenos al móvil, señora María”. “No os preocupéis…”. Ya no me oyen. Me sale un tremendo suspiro. Me sube la sangre a la cabeza. Desahogados, que son unos desahogados. Apenas nos conocemos. Vinieron hace seis meses a la puerta siete. Hace cuatro nació esta criatura. Y hoy, llama a la puerta y, así como quien pide azúcar o sal, “señora Maria… como no somos de aquí y no tenemos con quién… ¿puede usted por favor cuidar de Verónica un ratito?”. Me ha dejado descolocada del todo. “…si no fuera preciso no se lo pediríamos”. Por como iban, iban de fiesta. Seguro. ¿Y si debajo de esta apariencia mía monjil, yo escondiera una bruja piruja? ¡Ahora mismo estaría frotándome las manos con unas uñas larguísimas, con la escoba danzando al ritmo de los borbotones del agua hirviendo dentro del perol con el que me dispondría a cocinarla a fuego lento! ¡Qué frescos! ¡Qué imprudentes! Pero no, creo que no soy una bruja. Soy una tonta que no sabe decir que no. Mmm… mmm… ¡Qué silencio! ¡No se oye nada! Ay,  que dentro de la cesta no se oye nada. Qué quieta está esta cosita… Le muevo un poco el hombro y nada. Ay que me da algo. “Chiquita… ¿RESPIRAS?”.
II
Me niego a que esto se parezca siquiera un poco a la película de los solteros y el biberón, que por cierto, no he visto. Aunque yo no haya tenido niños… sé muy bien cómo manejar estas situaciones. Llora, llora, pequeña tirana. Jopeta, menudo pulmón. Tú y yo frente a frente. Ya, ya sé que no me conoces, ojitos preciosos Pues vamos a presentarnos entonces. Tú, Vero. Yo soy María. Te dejo que me llames Maía. Es más fácil. Ma-í-a. MA-ÍIIII-AAAA. Coge mi dedo menique entre tu manita. Tanto gusto. Bueno, ya sabes quién soy. Soy Maía. Ahora para un poco, ea, ea, ea. Hmmmm. Ese olor… A ver qué te has hecho. Puaggggggg. Aguanta un segundo, ya vengo, antes que nada, Maía tiene que abrir la ventana.
III
Ahora que ya estás limpita, Vero, ahora qué narices te pasa.  ¿Sólo ha pasado una hora? ¡Si llevo una eternidad contigo! Venga, ¿Te canto? ¿Sí? Mira que hace tiempo que no practico. “En un país multicolorrrrrrrrrrr, nació una abeja bajo el solllllllll”. Vale, vale, comprendido. Ya te había avisado. Hace mucho, hice un pacto con la música. La escucharía calladita para no romperla. ¿Y si? Mira qué llaves. Clinc, clinc, clinc. Esto sí que te gusta. Clinc, clinc (….)  Clinc, clinc… Más de cinco minutos haciendo las maracas, clinc, clinc, tú no quieres que pare, y a Maía se le duerme la mano. No, por favor, no empieces otra vez. Tú lo que buscas es que te coja al bracito, bandida. Sí que sabes tú. Bueno, venga. Pero un poco solo. Ven, ven…uffff,  mecagüen, las que me faltaban: las puñeteras cervicales.
IV
Pero qué morro tienen tus papis. Yo, aquí, a dos velas. Esta voz ronca de carajillera con la que te hablo sigue siendo la mía. Y tú, tan despierta. Dos ojos como dos espejos. Ya deberían estar aquí. Y cuando los tenga enfrente, no me voy a callar. Tú eres una bendita, Vero. Pero ellos… se están pasando. Una cosa es una cosa y otra es otra. Te toca bibe. No te muevas, no te vayas por ahí de juerga, que Maía ahora viene. Chisss, mujer, que yo no me voy a ningún sitio. Sólo a prepararte el bibe. Bueno, entendido, captado, ya te cojo, para que me acompañes, no sea que me pierda.
V
Vaya, peque, tiene bemoles. Ahora que sale el sol, ahora que Maía iba a acercarte al cristal de la ventana, y te iba a enseñar cómo esa bola naranja se levanta en el cielo y hace que se haga de día para todos… ahora, vas y te duermes. Mundo al revés. Duermes de día y lloras de noche.
VI
Otra vez. Buzón de voz. Lo de estos tíos que son tus padres no tiene nombre. Me los como cuando los vea. Glup. Me ha salido otra vez mi vena de bruja comepersonas.
VII
Entreabro los ojos. Yo también he dormido. He soñado… y en mis sueños,  Vero,  te quedabas conmigo. Se me ha puesto el vello de punta. Me seco el lagrimal. Miro el reloj. ¡Las doce y pico! Mi preocupación se vuelve alarma. Deambulo por el comedor, alrededor de la canastilla. Se habrán quedado sin batería, digo yo. No me dijeron dónde iban, digo también. Del “qué morro tienen” he pasado al “les habrá ocurrido algo”. Y ahora qué se supone que tengo que hacer. Te despiertas. No esperabas ver a Maía, y te pegas un susto morrocotudo. Y bramas. Me miro en el espejo de la vitrina. Te entiendo. Yo si viera algo así, también me asustaría.
VIII
Con la fuerza justa. Esa que te coge firmemente, pero no te estrangula. Así salimos a la calle, desierta, como cada domingo. Tienes la cabecita tiesa pegada a mi hombro. Ea, ea, ea. La farmacia está cerca. Llamo a la ventanilla de guardia. Un bote de leche infantil. Un paquete de pañales que no cabrá por el cajetín blindado. Y….  unas aspirinas. “Apúntalo en mi cuenta, Nico”. Regreso a casa. Qué susto. No me he dejado las llaves dentro porque no me he dejado el sonajero mágico. Clinc, clinc, clinc. Vero sonríe. Se ríe de mi susto. Vero se ríe de Maía.
IX
Tenía que hacerlo. He llamado a la policía. Qué cansino el que me ha atendido al teléfono. Cuántas preguntas repetidas. ¿se habrá enterado bien? Uffff. Si aparecen ahora Cesáreo e Ivana, les va a caer el pelo. Del todo. Ya me da igual la excusa que me pongan. Tú, mi pequeña, tú no. Tú no tienes culpa de nada. 
X
Cuando han llamado al timbre, he tenido un segundo de, “menos mal, ya están aquí”. Pero cuando he abierto la puerta y he visto dos policías de uniforme, grandes como dos armarios roperos… me ha entrado un temblor de piernas que me han tenido que sostener. Qué habré hecho. Me han pedido pasar. Lo que me tenían que decir no me lo iban a decir en el rellano. Después, después me ha caído el mundo encima, con todo lo que lleva dentro.
XI
Ya se han ido. Con un mil veces repetido: “gracias a Dios, la chiquilla está bien”. A veces uno no se imagina lo fuerte que es. Aún temblando como un flan, vuelvo a ti, Vero. Te miro y me saltan las lágrimas. Tú no te mereces este drama, mi niña. Te levanto, a mis cervicales que les den. Te abrazo fuertemente. Y entre estremecimientos, lloro, y te prometo: “mientras Maía esté aquí, a ti no te ha de faltar de nada”.
CI
Qué vacío. Qué gran silencio. En esta casa me falta algo, me falta alguien. Verónica. Joer, has estado aquí dos días, y es como si hubieras estado toda la vida. Cómo te puedo querer tanto, tanto… Sólo hago dos cosas. Una es llorar. La otra, hacer clinc clinc con el llavero.
CCII
Saco un pañuelo del bolso y seco el sudor que corre por mi cuello. Qué calor hace en Gorroperdido. Las golondrinas cruzan en zigzag  por la calle estrecha. He llamado a la puerta y sigo sin saber si he hecho bien. Un año para decidirme a venir. El corazón a mil. Una chica joven me abre. Guarda cierto parecido a Ivana. “Entre, no se quede ahí, señora María”. Avanzo. Dentro, se está fresco. Formalidades como que qué tal el viaje y todo eso. Mientras, a voces, llama: “¡Veroooooo! ¡Mira quién ha venido a verte!”. “¡Vooooy, tíaaaa!”. Se escuchan pasos. Se asoma por la puerta. Sostiene  un osito de peluche por la pata izquierda. Ojitos preciosos. Cómo ha crecido. Tímida. Guapísima con esa coleta.  “¿Sabes quién es…?”. Silencio. Me examina. “…no te acordarás: eras muy pequeña”. Más silencio. Me sigue examinando. Bueno. Yo ya la he visto. Era lo que quería. Me doy la vuelta. “…tengo que hacer… gracias por todo”. La hermana de Ivana me franquea el paso, “¿no quiere tomar nada, un poco de agua aunque sea?”. “No, no, de verdad”. He puesto un pie en la calle. Uno solo. El otro se paraliza, y el mundo se detiene cuando mis oídos escuchan una voz infantil que me llama: “¡MAAAA-ÍIIII-AAAAA!!!!”.


domingo, 12 de julio de 2015

El pringadillo de las jaquecas




I
Que griten si quieren. Yo estoy con que el balón es mío y, si yo no quiero, aquí no juega nadie. Por el rabillo del ojo, veo que mi padre se ha levantado de la tumbona, donde hacía la siesta, y viene hacia mí poniendo morro. Oh, oh. Señal de que me va a reñir o algo parecido. Me llama. “Jairo: ven aquí”. Acudo. Con la pelota fuertemente cogida a mis brazos. Se agacha. Ojos con ojos. Cuenta hasta tres. Apunta con el dedo índice. “…mira…: has de compartir con los demás lo bueno que tienes”. No me convence. Luego los demás no comparten nada conmigo. Él, entre dientes, “no me montes aquí una escena, o te acuerdas”, me pide el balón. Cedo. Se lo doy. Para ellos todo. Cuando voy a girarme, le pregunto: “¿Lo malo también, papá?”. Sí, que si lo malo también lo he de compartir. Él ya va de vuelta a la siesta. “Lo malo también, claro”. Tomo buena nota. Yo sé por qué me lo digo.
II
Por Esperanza, todo. Me ha retado Cristian a una carrera de bicis delante de ella.   No era cosa de decir que no. Su bici pesa menos. Yo compenso eso con mejor pedalada. Viene a un palmo de mí. Va a mi rueda. No consigo despegarme de este plasta. Me lloran los ojos del aire. Más, más, más. Me emborracho de velocidad. Cuando llegue a la bajada, con lo que pesa mi corcel aceleraré más, a él le entrará cague, aflojará, y la victoria por Esperanza será mía, mía, míaaaaaaaaaaa. UFFFFFFFF. Osti, qué leche. Osti, las ruedas por allí, yo por allá. Osti, que me he roto algo. No había visto esa piedra. Cristian frena unos metros más hacia delante y recula. Ay, ay, ay. Uf, uf, uf, qué daño, qué daño. Me muerdo los labios. Él se interesa: “¿Te ha pasado algo, Jairo?”. Me incorporo trabajosamente. Lo miro. Al instante ya estoy bien. Al instante también escucho cómo Cristian cae al suelo, ay, ay, ay; mientras todos los que venían corriendo hacia nosotros claman, “venga, Cristian, no hagas teatro, que no es para tanto”. Yo me desentiendo del rival y me acerco a mi retorcida bici, a ver qué puedo hacer por el manillar y por la cadena suelta. Mi hermana Clara, que va en el grupo, me pregunta: “¿estás bien, Jairo?”. Muestro las palmas de mis manos. “Perfectamente”. Por detrás, gime Cristian, socorrido por Esperanza: “ay, ay, ay, mi clavícula”. Esperanza con Cristian. No es buen momento entonces para decir que la carrera aún no ha acabado, que gana quien llega primero a la meta. “Mmm… tú y yo tenemos que hablar, hermano”. Me suben los colores a la mejilla. Me parece que mi hermana mayor sabe lo mío.
III
“Sí, vale, Clara, lo confieso. No sé por qué puedo hacerlo. Cuando me duele algo, soy capaz de pasar el dolor al primero que se me ponga por delante. Eso lo sé desde muy pequeño. El dolor debe ser algo parecido a la energía: ni se crea ni se destruye. Se transforma, se transporta, se transfiere. Papá me dijo que, igual que lo bueno, lo malo también se debe compartir: Yo lo regalo todo”. Clara no se espanta al escucharme. “¿Y tú cómo te habías dado cuenta?”, le pregunto. Contesta rebotada: “Por los dolores de cabeza que me has dado, cabroncete”. 
IV
Me comprometo. Nunca más le pasaré un dolor a nadie. Ni de muelas ni de nada. Los dolores son y han de ser personales e intransferibles. Clara recalca: “Lo contrario puede traerte consecuencias muy gordas, ¿queda claro, Jairo?”. Yo no veo la cosa tan trágica, pero bueno. Me da un abrazo. Me quedo un poco cariacontecido. Cachis, es que es una pena tener un poder y no poder hacer uso del mismo.  
CV
Mmm… Bueno, con el tiempo transcurrido, uno madura y la memoria se vuelve frágil… A veces se me olvida aquel compromiso… Cuando me viene una jaqueca, dejo las aspirinas encima del banco de la cocina y salgo a la calle. Me voy por la plaza del Ayuntamiento de Mardebé que está llena de guiris a todas horas. Me cuesta poco decidirme. “Ése”. Al instante me encuentro fenomenal. Al instante, noto cómo cambia el semblante de mi receptor doloroso. Mientras vuelvo a casa, despejado como un cielo sin nubes, me asaltan las neuras. Primero me prometo que no lo volveré a hacer. Después, me digo: “…si no conoces a quien haces daño, no he de tener cargo de conciencia”. Me digo también: “..esto no lo hago todos los días… sólo si me encuentro muy apurado”. Y para acabar de autoconvencerme, me pregunto en voz alta: “¿y quién será el hijo de su madre que me transfiere a mí sus dolores de cabeza?”.
CLVI
Es que me tocó las narices. Mi jefe, digo. Que si para cuándo el informe, que a ver si era más puntual, que me iba a poner una sanción y que lo próximo sería un despido procedente. Ahí me dije: basta ya. Me fui a la frutería de abajo. Compré un kilo de albaricoques. Volví a la oficina. Me los arreé sin masticarlos apenas. Con cuidado de no tragarme los huesos, eso sí. Los escupía con puntería en el agujero del water. Y después me estaqué dos vasos de agua fría. Arrggg qué dolorrrrrrr. Retorciéndome, he abierto el despacho del jefe, “¿Señor Iniesta? ¿Señor Iniesta?”. Ya me imaginaba que iba a replicar con mala leche, “qué coño te pasa ahora, Jairo”. Ya me imaginaba pasándole mi malestar. “¿Señor Iniestaaaaa?”. Nada. Tenía que estar ahí. Tenía que estar. Caty, la secretaria de dirección, se ha asomado y me ha dicho: “ha marchado: tenía partida de paddel, hasta mañana ya, nada”.  Te pido perdón, Caty, por el dolor que te he causado. Pero es que no había nadie más que tú para repartirlo, y ese revolutum agudo en el estómago estaba ya acabando conmigo.
CCLVII
Cadena perpetua incomunicada. He escuchado la sentencia del juez y me he venido abajo. He gritado entre sollozos, “¡SOY CASI INOCENTEEEE!¡SOY CASI INOCENTEEEEEE!”.  Surrealismo en estado puro. No sé cómo me pillaron. Ni qué hago yo aquí. He golpeado en la mampara de cristal blindado. Hasta hacerme daño en los nudillos. Y he mirado alrededor. La soledad más absoluta. No hay nadie a quien pasarle este dolor. Éste me lo he de comer con patatas. Lo más humillante, es escuchar la declaración de Cristian, escoltado por Esperanza: “…siendo niños, este individuo me pasó un dolor de clavícula”. Ese caso no lo he podido ni querido negar,  (Esperanza, por ti todo…) pero casi todos los demás, como pretenden… “¡YO SÓLO SOY UN PRINGADILLO! ¿POR QUÉ NO BUSCÁIS A LOS QUE DE VERDAD ESPARCEN DOLOR ENTRE LA GENTE…?”. Entran ahora en mi celda un par de drones para esposarme y conducirme a una prisión de máxima seguridad. Me dejo conducir mansamente. No hay público que me abucheee. Temen seguramente ser blanco de mi dolor. Intuyo que hay micrófonos por doquier. Es cuando me acuerdo de ella y exclamo: “¡Clara, hermana, a la próxima cumpliré lo prometido!”.


lunes, 6 de julio de 2015

El final de todos modos



I
No hago más que mirar el reloj. Georgina también. No es porque queramos que pase el tiempo, es por todo lo contrario. Desde que llegué esta mañana a la estación, ha sido un Sábado intenso, trepidante. Lleno de momentos. Lleno de incógnitas despejadas. Y después de sumergirme en una euforia sostenida, ahora me hundo en una tristeza indisimulable. Me tiemblan los labios de no saber el “…y ahora hasta cuándo”. Un chasquido de dedos me saca de mi ensimismamiento: “…o nos movemos ya, Enric, o vas a perder el tren”. Qué dilema. Una cosa u otra. Imagina cuál sería mi opción con los ojos cerrados.
II
Es como el final de la película. Le he devuelto el casco tamaño “L” de su hermano. El que entra en mi cabezota con calzador y me sale a presión, arrgggg,  arrancándome casi el cuello. Ella lo ha atado al manillar de su vespa rosa con el candado. Andamos a la par. Yo tengo que simular que voy deprisa. “Se ha hecho tarde, nos hemos encantado”,  reconozco sin un atisbo de arrepentimiento. Nos paramos aquí. Un beso. Un nudo en la garganta. No hay vuelta atrás. “…tren con destino a Larna, está situado en vía número once. Sector dos. En breves momentos efectuará su salida”. Glup, eso está a la otra punta. Acelero el paso. Emprendo el trote. Ahí diviso los vagones. Las piernas no me van. No me obedecen. No corren con convicción. Un silbato. Las puertas cierran al unísono. Ploooom. Me faltaban unos veinte metros. Corre el sudor por mis mejillas rojas. Las ruedas metálicas empiezan a moverse. Oooh, pero qué pena. Paro derrengado. Me giro. ¡Sí! Ella sigue ahí. Musito: “Qué rabia. Cagüen”. Hago gestos con las manos. El corazón me sigue yendo a mil. Me acerco de nuevo a Georgina. “Y ahora qué, Enric”. Pienso. Pienso. Mmmm. “Queda la opción del autobús”. Mira el reloj. “Venga, vamos hacia allá”. Trato de contener la sonrisa que se me dibuja en el rostro. Acabo de obtener, y de verdad de la buena que no era mi intención, unos minutos “bonus extra”.
III
Ahora no es como esta mañana. Con mi peso, se chafa la rueda y se hunde el pequeño amortiguador trasero de la vespa primavera. Pensaba que la moto padecería y no tendría fuerza para cargarme a mí también. ¡Uffff….! BROOOMMMM, es puro nervio. Cómo ruge el tubarro. A las primeras arrancadas, los siguientes virajes, iba yo sin color en el rostro. Con los cataplines de corbata. Sin atreverme a rozarla siquiera, con los brazos tensos, y las manos apretadas, estrujando la barra cromada del portaequipajes. Ese pánico, ese vértigo, se ha apoderado de mí hasta que hemos llegado al paseo de la playa. Coche esquivado a derecha, quiebro a la izquierda. A la vuelta del chiringuito, mi confianza en tan avezada piloto era ya total. Sí, mi confianza me daba, para sujetarme levemente de su hombro. Ahora no es como esta mañana. Más que agarrarme a su cintura, me aferro y me abrazo a ella. Siento los latidos de su corazón. Y no me importaría que, con esta vespa, en vez de llevarme a la Terminal de autobuses, me condujera al fin del mundo.
IV
Ni un alma en el andén. Falta que un rastrojo atraviese la calzada de parte a parte para ilustrar una escena de la Ciudad Fantasma. Miro el reloj. Qué raro. El último de cada día siempre salía a las nueve. Las sombras se alargan en el recinto. Me quito las gafas de cristal de espejo. Georgina exclama: “¡Enric, mira…!”. Es un cartel sobre un poste. Con los Horarios de Autobuses La Milagrosa. “¿Ves? Salidas de Mardebé, hasta las nueve”. Ella me replica: “¿Ves? Salidas de Mardebé, hasta las nueve, de Lunes a Viernes”. Me caigo del guindo. Hoy es Sábado. Ya no habrá más autocares a Larna hoy. Resoplo. Me rasco la cabeza. No, no quiero pensar en el “después”. Estoy en el “ahora”. Y ahora tengo unos minutos más para estar con ella que no quiero que terminen. Hace un calor sofocante. Propongo tomar un algo. Mientras, el sol en su marcha imparable, se esconde por detrás de los árboles del jardín del río.
V
Pongamos que llamaré a casa. No sabían que me venía a Mardebé. No por nada, eso fue pensado y hecho. Pensado hace mucho y hecho hoy, pero pensado y hecho al fin y al cabo. Pongamos también que el hermano de Georgina, el que tiene una cabeza tamaño “L”, acorde a su casco, me deja dormir encima de una colchoneta en su habitación. Y pongamos que ella me presenta a sus padres como “Enric de Larna”, que suena a caballero de la Edad Media. De nuevo nos dirigimos a su Vespa Primavera Rosa con la que, de punta a punta, de arriba abajo, de cabo a rabo, hemos recorrido Mardebé entera. Pasamos por una parada de taxis. “Para un momento, Georgina… por intentarlo que no quede”, digo en un alarde de osadía. Me arrimo al primer vehículo de la fila. Me asomo a la ventanilla. Titubeo. Ejem, ejem. El taxista me mira. “Oiga, señor… me quedan quinientas pelas… ¿con eso me podría llevar a Larna?”. Quinientas. El remanente de mi fortuna. Entre el billete de tren, la comida, los refrescos… Me he quedado pelado. Ahora intento poner cara de jeta. Para que el taxista me diga, “pero tú que te has creído, con eso no pago ni la mitad del peaje de la ida… menudo morro… arrea, niñato, anda para allá”. Transcurren unos segundos. El hombre resuelve: “…es tu día de suerte, chaval. Se te ha aparecido la Virgen. Anda, sube”. El corazón me da un vuelco. Esto no formaba parte del guión. Se suponía que… Me quedo bloqueado. Levanto el pulgar hacia Georgina. “Me ha dicho que…, je, je”. Con la boca pequeña, improviso una sonrisa. A ella le sale otra. “Jo, qué suerte”. Me sobreviene un nudo en la garganta. Y un temblor como nunca antes. Un beso etereo. Arranca el coche. Subo. Miro por el cristal del portón. Ella se ha puesto ya el casco. Se enciende el semáforo. Gira la moto por la primera a la derecha. La veo alejarse hasta que… la pierdo de vista. Georgina. Ahí me saltan dos lágrimas imparables. Fin del bonus extra. Fin. Tenía que llegar. Tenía que llegar el final de todos modos.