domingo, 22 de abril de 2012

Nadie es nadie


I
Con el viento frío de cara y el polvo metido en los ojos, diría que me ha parecido verla. Lo juraría. Han sido sólo unos segundos. Se ha colado por aquella callecita.  Pero no. No puede ser. Y menos aquí. Figuraciones mías. Sí, sí, figuraciones pero ya no me he quitado la desazón de encima. He enderezado unos segundos mi magullada espalda y he seguido descargando sacos del primer camión. Patatas. Esta vez han tardado más y han venido menos. Habrá que empezar a racionar desde ya seguro.
II
El silencio es absoluto esta noche. Pero muy pocos dormirán en el pueblo en medio de esta falsa tranquilidad. Añado un tronco más al fuego de la chimenea. Y después me siento, mirando la lumbre. El capitán permanece absorto sentado en un pequeño catre de tijera. Crepita la leña. Sólo quedamos nosotros dos. Su respiración es agitada. “Higuera… ¿cuál es su parecer?”. He oído bien. Me está preguntando. A mí. Pienso la respuesta. La mido. Para no meterme en un berenjenal. Para que no piense que… “Con franqueza, mi capitán…”, le digo, “…quiero que todo este horror termine lo antes posible”. El capitán no mueve un músculo. Pasan dos interminables minutos. Se incorpora para retirarse. Es cuando me responde: “Con franqueza, Higuera: soy de la misma opinión”.
III
Otra vez.  Me lo ha hecho la vista. Ella. Ahora sí que sí. La sigo. Voy detrás. Por las empinadas cuestas. Qué rápido sube. Con qué soltura. Se debe haber dado cuenta. Me huye. Creerá que le quiero hacer daño. Aprieto el paso. Giro una bocacalle. Ploooom. Una puertecilla con gatera. No hay otra salida. Sólo ha podido meterse ahí dentro. Me detengo. Recupero el resuello. Suda mi frente. Y qué hago yo ahora. Resuelvo. Llamo. Espero. Nada. No escucho a nadie detrás. Miro a mi alrededor. Silencio. Nadie. Vuelvo a llamar. Empujo. Está cerrado. Pienso. Me retiro un metro. Mi vista me habrá hecho hoy una mala pasada. Miro a la fachada. Y me acerco de nuevo. Con la mejilla pegada al tablero, digo: “Usted no es Remedios la Sabia. Cuando incendiaron la escuela, ella estaba dentro, y dentro se quedó. Así que todo el mundo sabe en el pueblo que aquella maestra a quien llamaban Remedios la Sabia ya no existe”. Transcurren unos segundos más. Es cuando percibo que el cerrojo se descorre, y la puerta se entreabre.
IV
Ella me ha ofrecido una infusión. Achicoria. Imbebible. Pero al menos, algo caliente para el estómago. Del pasado no hemos hablado. Nos hemos contado, sí,  qué hacemos cada uno en este pueblo, en esta primera línea de fuego. Vivir deprisa. Es tiempo para levantarme y despedirme. “Un momento”, me pide. ¿Un momento? Ella entonces, cierra sus cansados ojos, y me dice: “…a ver si me acuerdo”. Acordarse de qué. Remedios recita:
“…Y dijo la voz del poeta / que él no se cansaba de andar / que no hay aquí finales / ni refugio a donde llegar / Por eso la gente se ríe de él / porque le ven hablando con el sol / decirle adiós al río que se va / y seguir adelante, en libertad…”.
Silencio. Sonríe. La señora que me inculcó el amor a los libros me ha dejado los pelos de punta. Yo esto lo tenía completamente olvidado y enterrado. Niego la mayor. Le respondo con dificultad: “Yo no soy ese Cristóbal. A ese Cristóbal, hace ya  tiempo que le perdí la pista”. No se arredra la Sabia. Me deja un recado: “Cuando lo vuelvas a encontrar, hazme un favor, dile que no lo deje, dile que siga escribiendo”.
V
Bajo aturdido hacia la casa de la intendencia. Invadido por la nostalgia. Ha oscurecido. Mil preguntas sin responder. Cómo pueden caber tantas estrellas en el cielo. De repente un estruendo. Ha explotado una granada. Esta vez muy cerca. El capitán me ve llegar, “¡Al suelo, Cristóbal!”. Y yo me tiro por acto reflejo. Y muerdo el polvo. Y aprieto los puños. Y pido que por favor, acabe de una puta vez esta horrible historia en la que nadie es nadie.

domingo, 15 de abril de 2012

La crema Draz

I
Ruido de sillas arrastrándose. Se hace el silencio en la clase. Entra el director, don Pedro, seguido de otro señor. Expectación. Debe ser el nuevo. Se aclara la voz. Don Pedro siempre habla escrutando los ojos de los alumnos. “…como sabéis, don Severino va a necesitar algo de tiempo para recuperarse… así que el centro ha tenido que seleccionar un profesor que se encargará de proseguir la clase de Literatura durante su ausencia. Os presento a don Jose Alfredo”. Murmullos. Comentarios. Las primeras palabras le salen al nuevo maestro un poco engoladas. Mira al suelo. Parece que se ataranta. Se despide don Pedro y sale del aula. La primera sensación que tiene Jose Alfredo, la que vale, es que se ha quedado solo en un corral de miuras.

II
Los primeros días intenta ir de coleguilla. De buen rollo. Pero, a cada intento de iniciativa, alguien siempre acaba poniendo palos en los radios de la rueda. “¡Don Severino no lo hacía así!”, suelta algún sabidillo. Freno de mano. Las comparaciones son odiosas. “A ver, contadme, cómo lo hacía don Severino”. Unos cuentan una cosa. Otros justo la contraria. No hay quien se aclare. Jose Alfredo resuelve: “Don Severino que lo haga como quiera, pero éste, éste es mi método, ¿queda claro? Lo hacemos a mi manera”. Bravo, maestro, así se hace: rompiendo esquemas.

III
No hay manera de avanzar. Cada día se propone navegar, soplar con viento a favor y llegar a puerto con el tema dado. En lugar de esto, lo que se encuentra es calma chicha, nadie en los remos y vías de agua en la línea de flotación. Así no se puede. Aquello es un mercadillo. Nadie calla. No se molestan ni en esconder los móviles ni en ponerlos en modo silencio. Se le suben a la chepa. La paciencia de Jose Alfredo tiene un límite. Y hace ya días que se ha agotado. Pero no puede ir a don Pedro, y confesarle: “Don Pedro, estos alumnos no me hacen ni puto caso”. Declarar eso iría en contra suya. Don Pedro buscaría inmediatamente otro profesor al que sí hicieran caso. Y él estaría, otra vez, esperando inútilmente a que lo llamaran de las abarrotadas bolsas de trabajo. La estrategia, pues, necesariamente tendrá que ser otra.

IV
Jose Alfredo desparrama los ejercicios de sus alumnos por la mesa. Son incorregibles. Malos a más no poder. Casi todos una tomadura de pelo. Una ensalada de desastres literarios. Letras infames. Faltas de ortografía intencionadas para dar y vender. Ideas absurdas y mal desarrolladas. Ausencia total de interés. Bueno, se salva un poco la historia del tío que no tenía el don de la oportunidad, y que siempre llegaba en el momento justo para pifiarlo todo. Je, je, el argumento le suena mucho. Éste, a ver a ver, lo ha escrito… Icíar. Bien por Icíar.

V
Tiene que hacer algo. O acaban con él. Jose Alfredo piensa. Piensa más, a ver si se le enciende la bombilla. Se le ha ocurrido que… no. Es muy descabellado. Pero no deja de rumiarlo y darle vueltas. Lo ha visto hace poco en la película de Brubaker. El nuevo alcaide del penal, Robert Redford nada menos, se infiltra entre los presos. Convive con ellos como uno de ellos. Y, desde dentro, el tío conoce el percal, se entera bien de qué pie cojea cada uno y… mejor no seguir contando. Efectivamente, esto es muy descabellado. Ni sus alumnos son presos. Ni él es ningún alcaide con cara de preso. No, claro. Qué disparate. No. O tal vez. O sí.

VI
Él ha sabido de la crema DRAZ por internet. Crema antienvejecimiento. La pidió una vez para su madre, se le olvidó llevársela después, y ahí la tiene, en el armario del cuarto de baño, sin abrir y caducada. Se extiende y se absorbe bien. Caramba. La sensación es de frescor. Caramba, caramba. Y huele de cine. ¡Otra vez caramba! Mientras la aplica con la yema de sus dedos sobre su frente y sus mejillas, piensa Jose Alfredo: “… por favor, que nadie se entere de esto, que no salga de aquí, porque ésta es la constatación de que algo no carbura bien en mi cerebro…”. Anda pensando en eso cuando… ¿un alisamiento? ¿una compactación? ¿un nuevo brillo? No, no puede ser… Esto es magia. La ruina de los cirujanos plásticos. Alucina. Se pellizca. Se descojona. Ahí está su reflejo, jovial, como si fuera el de un chaval de quince años.

VII
La prueba de fuego. Ha ido a pagar con la Visa la ropa que quería para ir acorde con su nuevo aspecto. Camiseta colorida. Pantalón vaquero rasgado y de doble ancho. La dependienta le ha dicho: “Chico, vete de aquí antes de que llame a la policía. No está bien que intentes pagar con la tarjeta de tu padre”. A Jose Alfredo le han subido de repente los colores al rostro. Pero ha dado un salto. Yupi, la crema DRAZ, desde luego, da el pego.

VIII
“Eh, capullo, levanta, que ése es mi sitio”. El nuevo, nervioso, recoge la mochila, se incorpora, “…perdona, perdona”. Se ajusta las gafas. Y busca nuevo acomodo. Dónde, dónde. Parece que, con una clase tan grande, no hay sillas libres. Va junto a aquella chica, que le despeja un trozo de mesa. “¿Me puedo sentar?”. Ella afirma, “Claro”. Él se deja caer torpe, torpe. La mira de reojo. Y ella a él. “Soy Baker”, balbucea él, todo serio. “Y yo Icíar”. Eso, él ya lo sabía. Icíar.

IX
El de Literatura se va de la olla. Según entraba en clase, “Tú, siéntate allá y tú ahí”. Los aludidos han protestado. ¿Y eso? A regañadientes, han cambiado de sitio. Después, directo, directo, se ha ido hacia los pupitres y ha interceptado, uno, dos, tres y hasta diez teléfonos de datos. Hasta los más camuflados. Qué olfato para descubrir dónde se escondían. Menuda sagacidad. Y acto seguido, con la lista en la mano y el bolígrafo preparado, ha empezado a preguntar a diestro y siniestro. Se ha hinchado a poner ceros. Qué tío.

X
Sabe que no está bien. Y además, eso no formaba parte del plan. Ha quedado con Icíar. Están juntos en la mesa de la esquina de ese bar. Llevan hablando… uf, casi dos horas. Él apura el refresco. Y se salpica con el hielo. Tendría que marcharse ya. Por la madurez que ella demuestra, casi olvida que podría ser su padre. Dios, qué está haciendo. Le entran las prisas. Él va a pagar. Pero Icíar se adelanta. “deja, la próxima tú”. Bueno, vale. En la despedida, “Baker” siente que la voz le tiembla. Y, sin girarse, se lanza a correr. Por pocos metros. La crema DRAZ hará milagros en la cara. Pero el corazón, y los huesos siguen siendo los mismos.

XI
El curso sigue. Después de aquel primer encuentro, él ha decidido que, cueste lo que cueste, va a distanciarse. Se busca un buen-buen lío si se deja llevar por los sentimientos hacia… una menor. Afortunadamente, también parece que Icíar le ignora. Uffff, cómo escuece eso… porque él no puede dejar de pensar en ella.

XII
Sorpresa. Don Severino aparece tras la puerta del aula. Visiblemente demacrado tras su larga convalecencia, agradece las muestras de cariño recibidas. Pero transcurrido este periodo tan duro, y con casi lágrimas en los ojos, está dispuesto a reemprender las clases. “Me han informado que habéis estado en muy buenas manos…”. Voces, uh, uh, uh. Disparidad en las opiniones. En verdad, don Jose Alfredo ha sido un profesor de los que enseñan a amar la literatura. Icíar mira hacia donde está Baker, en la otra punta. Parece haber sido él el único en no sorprenderse por el retorno del maestro titular.

XIII
Hora de salir. Todos salen escopeteados en tropel. Menos ellos dos. Él va a cámara lenta. Quiere, necesita despedirse de ella. Le dirá que se tiene que marchar y que será difícil que se vuelvan a ver. Tampoco le dará muchas explicaciones, sobre todo porque son difíciles de entender. No le contará que la echará de menos. Ni mucho menos le hablará de sentimientos. “Estás muy serio”, dice ella, sacándole de su abstracción. Como para estar de risa, piensa él. Sólo se encoge de hombros. Eco en un aula vacía. Va a hablar, va a decir algo, cuando, así sin querer, advierte que del bolso de ella, asoma un pequeño bote. Dónde ha visto antes él esa etiqueta… dónde. Se enciende la bombilla de nuevo entonces y la asocia a la crema DRAZ, y da un salto. Todo eso en menos de un segundo. ¡BIENNNN! Y le da un abrazo del que ella, sorprendida, no se puede zafar. DRAZ, DRAZ, DRAZ… ya se contarán después sus respectivas historias… poco importan ahora. Él la coge suavemente de la mano y le dice: “…primero, antes que nada, vamos a lavarnos la cara”.

domingo, 8 de abril de 2012

Los papeles secretos del ermitaño



I
Ay, si nos pillan. Con mis manos hago un estribo. Marcelino se aúpa y se encarama a la tapia. Estamos en la parte de atrás de la casa del ermitaño. Luego da un salto seco. Ya está dentro. Y yo qué. “Eko: ¡Salta, miedica!”, me dice desde dentro. Bueno allá que voy. Carrerita. Clavo las uñas y la punta de los pies. ¡Uffff, arriba! Doy otro bote. Caigo en cuclillas. Miro alrededor. Uauuuu. Menudo patio. Los arbustos han invadido el espacio. “Chisssss...”. ¿Chisss? Quién nos va a oír aquí dentro. Nadie. “Ven, sígueme”. La puerta atrancada cede al primer empuje. Nos colamos dentro. No hay apenas luz. Enciende la linterna que lleva. Yo, pegadito, voy detrás. Crujen nuestros pies. Entramos en una habitación vacía. Brasas en el centro. Aquí han debido encender una hoguera algunos “okupas”. Con los nudillos Marcelino golpea la pared. Cloc, cloc. “¿Ves?”. Qué, qué tengo que ver. “¡…está hueco!”. Es entonces cuando me lo explica. Ahí, detrás de esta pared falsa, están escondidos sin duda los papeles secretos del fraile Dionisio. Otra vez uaaaauuu. Si le digo que no sé lo que son, lo mismo me canea. Pero tienen que ser el no va más. “Necesitamos ayuda de confianza… desde lo de Tutankamón no se habrá descubierto nada igual”. ¿Ayuda? A día de hoy no se ha levantado aún una pared que Marcelino no pueda derribar.

II
La paciencia no es una virtud que distinga a estos holgazanes. Acabamos de empezar y ya se han cansado. Esto me huele a abandono. “Ahí te quedas, Marcelino”, es de lo más suave que le han dicho. Se han sacudido las manos y han recogido cinceles, martillos. “Mi madre me pregunta que dónde me meto todas estas horas, que llego a casa perdido de tierra y cal”. La pared parece un queso. Agujeros por aquí, por allá, a ver por dónde era más fácil de taladrar. Pero en cada uno hemos acabado dando con hueso, digo con piedra. Tampoco podemos dar muy fuerte para no levantar ruidos sospechosos. Antes de embarcarnos en esta aventura, todos hemos jurado secreto de estado. “Estamos picando para nada”, se quejan. Marcelino no suelta prenda. Respira agitadamente, no sé si del cansancio o del sofoco. El polvo le cubre el pelo y la cara. Intenta no dejarse vencer por el desánimo. Cuando ya Paco, Perico y Manolo están enfilando la salida, les doy el alto. “¿…pero bueno, os vais a ir ahora, que estamos a punto de llegar al fin del final? ¿Renunciáis a vuestro pedacito de gloria por haber contribuido a restaurar la historia cuando encontremos los papelotes que están ahí dentro? ¿Así, por las buenas? ¿Y si resulta que no son papelotes, que son monedas de oro que os pueden arreglar la vida para vuestros restos?”. Dudan. Lo de las monedas atrae más que lo de los pergaminos. Menos mal. Dudan. “Venga, venga, a seguir dando martillazos, que ya estamos a un paso del triunfo”. Manolo es el primero en darse la vuelta. Y con toda la rabia del mundo, golpea de nuevo la piedra de la pared, que ni se inmuta. Al medio minuto, Perico y Paco van detrás. Y yo con ellos. Marcelino suspira aliviado. Clonc, clonc, clonc. “Cuidado con los dedos, que son para mojar pan”. Resuenan nuestros martillazos. Marcelino no se merece que lo dejemos tirado.

III
Subían dando voces por la escalera. Y aquí han entrado de golpe. Sin llamar. Hechos unos basiliscos. Marcelino estaba sentado junto a la mesa. Les ha sostenido la mirada. De repente, el silencio. Y acto seguido, el silencio roto: “Páganos lo que nos debes, ladrón”. “¡Nos has vuelto a engañar!”. Yo estaba calladito. De pie. Observando. Pero en el momento he visto que Wiso se abalanzaba y levantaba una mano, lo he blocado en seco. “¡Quietoooo…!”. No ha avanzado ni un milímetro más. He tenido que intervenir y tomar la palabra: “…desde luego, no pensaba yo que fuerais tan desagradecidos… ¿os ha fallado antes alguna vez Marcelino…?”. No. “…pues ahora tampoco, joder… las cosas están peor que mal, y él está haciendo lo posible para que podamos cobrar los atrasos…”. Gestos desesperados. Familias por mantener. “…todo se solucionará de la mejor manera… pronto”. Empujo suavemente a Wiso hacia la puerta. A los demás también. Cierro. Escucho que ahora bajan farfullando. Marcelino traga saliva. Se ha quedado mudo. Acierto a decir: “Vamos, Marcelino… de situaciones mucho peor que ésta hemos salido”.

IV
Son casi las tres. El bar tiene la persiana a medio bajar. Me agacho para entrar. Voy a preguntar dónde está. Pero no. Ya lo veo. Tiene los brazos y la cabeza apoyados en la barra. Lo tomo suavemente del brazo. Lo despierto suavemente. “Marcelino… Marcelino… te llevo a tu casa”. Los ojos se le cierran. No tiene fuerzas para hablar. “Qué se debe”, le pregunto a Velasco, el camarero. Saco la cartera. Pago. “Hale, Marcelino, arriba, hale hop”. Pesa como el plomo. Arrastra literalmente los pies. En la calle hace una rasca importante. Mientras viene un taxi, le subo el cuello de la chaqueta a Marcelino, no sea que, encima, me vaya a coger frío.

V
Esto sí que no me lo esperaba. El mismísimo Marcelino en mi casa. Me tiemblan las manos. “Perdona, lo tengo todo hecho un desastre”. Le invito a pasar. Hace una semana que yo no salgo. Apenas me puedo mover. Él no se deshace de su viejo abrigo. Me cuenta: “Eko, ¿…sabes que han derribado la casa del ermitaño?”. “¡No me digas! Ostras, pues con lo duras que eran aquellas paredes… les habrá costado un huevo”. “…el arquitecto municipal dice que no es reconstruible… que van a hacer otra exactamente igual”. “Aquello sí que fue una pena. No encontrar los puñeteros papelotes del ermitaño ése”. Entonces Marcelino carraspea, agacha la cabeza y me suelta: “…yo me inventé lo del fraile Dionisio”. Resoplo. Medito. Encajo. “Qué se le va a hacer”, respondo resignado, “…al cabo de tantos años, era una historia tan bonita, que merecía que fuera verdad”. Estamos un buen rato así. Él de pie. Yo sentado. Espero que no se me moleste, pero le voy a decir con toda la suavidad del mundo que se marche. No quiero que me vea y me recuerde así, con estos tembleques y tan perjudicado. Parece que me entiende. Esto suena a despedida de viejos que no van a volverse a ver. Me dice: “…Eko: qué gran vasallo habrías sido si hubieses tenido un gran señor”. Nudo en la garganta. No entiendo de qué va. “Poema mío Cid”, añade. Qué Cid ni qué puñetas. Se me escapa un abrazo entre lágrimas que no puedo retener. “Que sepas que sí he tenido un gran señor. Que se llama Marcelino. Y que a mí lo que me preocupa es quién va a cuidar de él a partir de ahora”.

domingo, 1 de abril de 2012

Sin freno y cuesta abajo



I
“¿Mi hijo? De casa al trabajo, del trabajo a casa. Siempre tiene muuuucha faena. Se va muy pronto y vuelve tardísimo. Es que es de los que no les gusta dejarse nada para el día siguiente…. Ah, ¿Lo viste ayer? Sí, sería Sixto… Se ha comprado hace poco un deportivo. Chica, sí, le ha dado por ahí. Ni sale, entre otras cosas porque no tiene mucho tiempo. Ni gasta en vicios. Todo lo que gana es para él. Y lo único que le hace ilusión al pobre, eso sí, son los coches. Pues también tiene derecho, caramba, que no todo es trabajar y trabajar. Al final, lo pidió, porque ese tipo de coches no lo fabrican hasta que no lo pides. Y nos explicó que era una gran inversión, que esos son modelos tan buenos, que, en vez de devaluarse, cada vez valen más y el día que lo quiera vender se lo quitarán de las manos. Ah, yo no sé cómo se llama esa marca. Sé que es blanquito. Sí, él me ha dicho que suba, que nos vayamos a probarlo, pero yo no quepo ahí dentro. Dónde voy yo con eso que parece un cohete… “. Las dos mujeres se han encontrado donde se estrecha la acera, y conjuntamente con sus dos carros de la compra, forman una barricada. Los transeúntes bajan a la calzada para rebasarlas en un sentido y otro. Cinco, diez, veinte minutos. De un momento a otro, las suelas de sus zapatos planos parece que empezarán a sacar raíces. Ha sido cuando la amiga ha calculado la edad del chico. “Debe tener ya unos taitantos”. Y cuando ha mencionado que “…ha perdido el pelo a la carrera… desde la última vez que lo vi”. La madre ha mirado el reloj y ha zanjado repentinamente el encuentro: “Huy, chica, qué tarde, me voy corriendo que tengo aún la comida sin hacer”.

II
Cada “Broummm, Broummmm” tragará un litro de gasolina. O casi. Deslumbrando, el coche espectacular aparece tras la esquina de la calle del Marqués, y enfila la cuesta del Lavadero. Sixto aparca en la rampa. Gafas oscuras. Venía con el asiento tan tumbado, que tendrá que darse impulso para salir. Es cuando se percata, a través del retrovisor lateral. Es ella. Valeria. Se queda clavado. Inmóvil. Sudor frío en las manos que aprietan el volante de cuero. Parapetado tras los cristales tintados. La observa. Empuja un carrito de bebé. Y lleva otro crío de la mano. Él espera. Murmura: “Madre, madre mía: está igual, igual, igual”. Será posible, es posible, que estén tan cerca el uno del otro, y no se digan nada. Que finjan no verse. Sí. Será mejor, es mejor, pensar que ninguno de los dos se ha dado cuenta. Porque de toparse frente a frente y sin posible escapatoria, después del primer “hola”, se hubieran bloqueado las palabras y un silencio así habría sido insoportable.

III
El portón del Fura azul hace las veces de barra de bar. Y por ahí se escapa la música desde los cuatro altavoces de dos vías que Sixto instaló por la mañana. “La fuerza del destino”, de Mecano. El sonido del casete les llega hasta la repisa de la ventana donde llevan sentados un buen rato. Con un vaso de tubo en la mano. “Es muy chulo tu coche”, acierta a alabar Valeria. Él bebe. Y se siente más ancho que ancho. Y le repite en voz baja, como quien confiesa sus sentimientos, “…podemos llegar a donde queramos, al fin del mundo si hace falta… con ese motor de 903 centímetros cúbicos que gasta seis y poco, con ese pedazo de maletero, donde podemos meter de todo, con los asientos que se tumban… Sí: podemos llegar a donde queramos…”. La gente acude en masa hacia la playa, a mojarse los pies en la noche de San Juan. Bullicio. Desde allí se ve el resplandor de las primeras hogueras. Él le ha dicho que mejor se quedan ahí, porque luego no hay quien termine de limpiar la puñetera arena de las alfombrillas. Sixto coge de la mano a Valeria. “…Es cuestión de decidir dónde y cuándo. Luego, el Fura nos lleva”.

IV
Al fin del mundo, al fin del mundo. Se caga en todo. El camino estaba bien, el camino estaba bien. Y por esa senda no pasan a gusto ni las cabras. Piedras, baches. Va en primera. Como los caracoles. Y ha rascado los bajos del Fura dos veces. CRASSSSSS. Tres ya. Se vuelve a cagar en todo. Y en este trozo, qué: han crecido las zarzas. Y por ahí tienen que pasar. Y rasssss. Raya segura. Joder, joder. Y no puede estar más seco el terreno. Menuda polvareda, por los cristales, por la luna trasera, por los pelos crispados. Tensión. Sixto y Valeria no hablan. Ella dijo que, desde arriba, la puesta de sol era maravillosa. Un lugar inolvidable para empezar una hermosa historia. Y él le contestó: “¡vamos a verla!”. La temperatura del radiador sube. La del habitáculo sube más. Y luego, tela, hay que bajar. Llegan a la cima. Por fin. Arriba sopla un viento racheado molesto. Juega con su pelo a capricho. Nubes rojas. El sol empieza a buscar acomodo por detrás de las montañas. “Vamos a ver ese atardecer tan maravilloso”. Aún no han dado cuatro pasos. Ella se vuelve y le grita: “¡Sixtooooo!”. Él se gira entonces. Si le pinchan, no le sacan sangre. Es el Fura, que ha cobrado vida propia, y ha empezado a rular hacia detrás, terraplén abajo. Cada vez más deprisa. Pim, pam, pum: salta como una pelota de playa, sale rebotado, y crashhhh, acaba estrellado contra un risco, el más grande que había, con gran estrépito, mostrando hacia arriba, sus cuatro ruedas, su negra panza y su tubo de escape. Al tiempo, es verdad, el sol marca un haz de luz anaranjada, entre las nubes, las montañas, y la puesta de sol se presenta incomparable.

V
Seguro que este fabricante de automóviles patentaría hasta el ruido compacto de la puerta al cerrar. PLOOOM. Robusto. Rotundo. Hermético. Sixto empuja una, dos veces. PLOOOM. Sólo por el placer de escuchar cómo tiene que sonar una puerta-puerta al cerrarse. Luego la llave pasiva hace el resto. Da cuatro pasos. De fondo, cuánto tiempo sin escucharla, no sabe de dónde, puede que de alguna ventana abierta, le viene el sonido de “…pero la fuerza del destino… nos hizo repetir…que si el invierno viene frío… quiero estar junto a ti”. Y en una milésima de segundo, escucha la voz de Valeria que aún está allí y le advierte: “¡Sixtooooo!”. Él se gira. A cámara lenta, es el deportivo que se va, se va de culo para abajo, directo a la esquina donde se inicia la cuesta del Lavadero. Sixto cierra esta vez los ojos. Está seguro de que cuando los abra, estará con ella en la cima de la montaña, unos cuantos, muchos, años antes. Al Fura que le den. Se cogerán de la mano. El sol proyectará antes de ocultarse la sombra de su abrazo, y vive Dios, que empezará una hermosa historia. “…quiero estar junto a ti”. No puede ser de otra manera.

domingo, 25 de marzo de 2012

Lo que tiene que pasar

I
Mi madre dice que me encanto. Es que, por mucho que lo intento, siempre se me hace tarde al salir de casa y me toca correr para llegar a tiempo. Hoy, al salir a la plaza, me cruzo con la señora Margarita, la vecina. “¡Buenos días, Margaritaaaaa!”. Ella va con una cámara más vieja que la tos. Fotografía la fachada del palacio de los Montesol. Qué señora más rara. Para qué querrá eso. “¡Chico, ve con cuidado, que te vas a caer!”. ¿Caerme yo? ¡Ja! Acelero con toda mi alma, porque llego más tarde que nunca. Y sí, menudo leñazo. En la escalerilla de la entrada al cole. Las palmas de mis manos han parado el golpe. Nadie me ha visto. Me he sacudido. Recojo las libretas que se habían desparramado. Y sigo, corriendo, cojitranco, hasta la puerta de clase. Tarde como siempre.

II
La humareda es negra, espesa, violenta. Los municipales tratan de poner una cinta para que la gente no se arrime más. Atrás, atrás, es peligroso. Los bomberos se afanan, blandiendo sus mangueras. Las sirenas destellan. La gente comenta. La gente se lamenta. Desde que estaba vacía, desde que no se cuidaba, esto podía pasar. Con un crujido, y un millón de chispas, la fachada y el artesonado de madera centenaria se vienen abajo. El palacio de Montesol y el montón de años que los contemplaban son ya cosa del pasado.

III
En la tienda de la Petra hay gente hasta la puerta. He preguntado por la última. Esa mujer. Vale. Me quedo con su cara. No tenía mejor idea mi madre que enviarme a comprar, justo ahora, cuando estaba jugando y mejor me lo estaba pasando. Fastidio total. Pero qué lentos van. Piden cosita a cosita. “Y qué más”. Y la Petra apunta en un papel “Y qué más le pongo”. Mira que se lo piensan. Viene más gente. Nos apretujamos. Preguntan por la última. “Yo”, digo. Voy detrás de esa señora. Y delante de usted. Los minutos pasan. Calor. Nunca me toca a mí. Miro la estantería donde deberían estar los sobres de azafrán que tengo que comprar. Como después de esperar tanto, ya no queden… La tienda sigue estando tan llena o más que cuando he llegado. Por detrás, veo entrar a la señora Margarita. Siempre, siempre va igual, sea invierno o verano. Con su rebequita y su falda monjil. Pregunta la vez. Le dicen. Seria, espera. “Quién va”, pregunta la Petra. “Yo”, digo con voz firme. Pero como seguro que la señora Margarita quiere una tontería de nada, le dejo pasar. Gentil que soy. Ella me coge la palabra. “El chico me deja pasar”. Y los demás, murmurando entre dientes, acatan. Luego resulta que no, que viene dispuesta a comprar media tienda. Y encima se lleva los últimos sobres de azafrán, después veremos mi madre qué me dice de eso. La cuenta le sube un pico. El bolso le pesa lo suyo. Paga, se va cargadísima. Y yo aún estoy esperando a que me dé las gracias por haberle cedido mi turno.

IV
Otra contrarreloj de casa al cole. Hoy también me cruzo con la señora Margarita. Ella está de espaldas y por eso no la saludo. Está mirando unos numeritos del cupón. Como si pensara qué número comprar. No sabía que esta mujer jugase a nada. Yo sigo a toda pastilla, con la lengua fuera. ¡Peligro!: Los escaloncitos. No me caigo, por supuesto. Casi-milagro: Esta vez entro en clase cuando la puerta aún no está cerrada.

V
El ciego Manolo está feliz. Vendió el primer premio. Un montón de gente se arremolina en torno a él. Gritos, mira tú qué suerte, palmadas en el hombro y abrazos, muchos abrazos. Los vasos de plástico ruedan por el suelo. A nosotros, que no compramos, no nos ha tocado nada. Qué rabia. Me he quedado tanto tiempo embobado mirando la escena, que cuando me doy cuenta, no vale la pena que corra. Hoy sí que no llego ni de coña.

VI
Dice mi padre que el progreso también se mide por el número de semáforos. Pues ya tenemos uno en Mediavilla. Ahora falta que los que andan y los que van con ruedas le hagan caso al rojo, amarillo y verde. He salido de casa con la pelota. Jugaremos un rato en el descampado. Cruzo por el paso de peatones y así le hago los honores al progreso. Enfrente, la señora Margarita. Verde para peatones. Yo paso. Ella no. Sigue esperando. Inmóvil. La saludo. “Hola, chico”, me contesta. Boto la pelota. Antes de perderme por la travesía del Teatro, me doy la vuelta. A quién espera esta mujer ahí plantada. La espío. No han pasado ni dos minutos. Pasa una moto. A gran velocidad. Derrapa con la grava. La máquina se va por un sitio, y el piloto rueda por el suelo. Entonces sí. La señora Margarita corre en ayuda del accidentado, que parece que no se mueve. Me quedo impactado por lo que he visto. Tanto que, en el partidillo que organizamos, me pongo de portero, no doy una y me meten siete goles.

VII
No puedo dormir. No hago más que moverme y moverme y ya he sacado la sábana del sitio. Si yo fuera como la señora Margarita… no viviría en una casa tan cutre, ni vestiría esa rebeca tan vieja, ni estaría tan sola… No es normal, que teniendo ella esa capacidad de adivinar lo que tiene que pasar, viva como vive. Esa mujer es… tonta.

VIII
Estoy en la puerta de casa, esperando a que salgan mis padres. Iremos a Misa. Viene la señora Margarita por la acera. Peligro. Cierro la cremallera de mi boca. No digo nada. No la saludo. Mmmmm. Se me acerca. “Qué te pasa, chico”. Me lo pregunta, pero ella lo sabe. Sabe que sé lo suyo. “Qué guapo vas”, me dice. Entonces me doy cuenta de que tiene en la mano su cámara vieja. Ay, cómo intente hacerme una foto a mí. Me tapo la cara con las manos. “¡Ni se te ocurra!”, le grito. La señora Margarita se queda paralizada. “Pero chico… qué es lo que te pasa”, vuelve a preguntar. “Sí, sí, no disimules… ¿es que me voy a quemar como el palacio de Montesol? ¿Me van a atropellar en el semáforo nuevo? ¿Por eso llevas la cámara? ¡Vete a la porra!”. Ella pone cara de sorpresa. Estoy aterrado. Casi llorando. Le espeto: “¿Qué es lo que me va a pasar a mí? ¿Qué?”. Le entra una risilla floja a la señora Margarita. Encima eso. Encima, se burla de mí. “…nada chico, nada: Vas a crecer”. Que voy a qué. Veo ternura en sus ojos. Intento contener mi sofoco. Era exagerado por mi parte. Cuando bajan mis padres, muy peripuestos, preguntando “qué es toda esa escandalera”, me pillan posando para la señora Margarita con mi mejor sonrisa melladita. Ya me ha anunciado la señora Margarita que el ratoncito Pérez viene de camino.

domingo, 18 de marzo de 2012

Lo que sabéis de mí

I
A esta orilla de la ciudad el fragor de la fiesta no llega. No pasa gente a estas horas. No hay banderines colgados de farola a farola. Ni botellones rotos en los bordillos de las aceras. Las ondas sonoras de alguna orquestina enronquecida, “ai se eu te pego, ay si te pego”, apenas llegan hasta allí en forma de rumores lejanos. Sólo destacan las suelas de goma de los zapatos de Fede, ñiiiiic, ñiiiiiic. Él se delata por donde pasa. Con los tímpanos y las rodillas machacados, anda deprisa, tiene ganas de entrar en casa, y dejarse caer rendido. Despunta el día. Afinan sus gargantas los pájaros. Fede piensa dormir hasta que los ojos se le hinchen y la vejiga le reviente. Abre la puerta del patio. Es cuando vibra su teléfono de datos. Entra un correo. ¿A estas horas? Será algún amigo, que aún no ha tenido bastante juerga. Desenfunda el terminal. Lo abre. Centra la vista. Es de… ¿el yayo Federico? Sin asunto. Él está en copia. Lo lee. Se le agita la respiración. Lo lee otra vez. Después guarda el móvil y, ñiiiiiic-ñiiiiiiic, se pone en marcha. Fede con sus suelas de goma. Cuando se deja caer sobre la cama al cabo de cinco minutos, sigue estando igual de reventado, pero ya no es capaz de pegar ojo.

II
De: Federico @
Para: Lista de direcciones
Asunto: --
____________

Queridos todos:
He de reconocer que mi memoria no es lo que era. No sé bien cómo he llegado hasta hoy. Se ha escondido mi pasado y no hay manera de encontrarlo. Aquí donde me cuidan tan atentamente no tengo libros, fotografías, que me ayuden en esa tarea. Por eso me he decidido a enviar este correo, haciendo uso de mi libreta de direcciones, que veo es muy extensa. Ruego me disculpéis si, de momento, uno a uno, no os recuerdo del todo. Y más aún si, en las ocasiones que coincidimos os ofendí o dejé de hacer algo por alguno de vosotros. Si aún se puede, intentaré repararlo. Escribidme, escribidme pues y contadme lo que sabéis de mí. Espero que con vuestras respuestas, despertará en mí lo poco o mucho que he sido. Afectuosamente,

Federico

III
A la cuidadora que le ha abierto el portalón de la Residencia no la conocía. Señal de que hace ya bastante tiempo que él no viene por aquí. Pregunta por Federico. “¿Federico? Mmmm…. ¡Ah, sí! Discúlpame, son tantos…”. Los dos entran entonces. Fede le sigue los pasos. La estruendosa suela de goma, ñiiiic-ñiiic, se amplifica con el encerado del piso. “¿Qué tal está él?”, se interesa. Con la mano, ella hace un gesto de “así, así”. Y después, lo acompaña con un “está pero no está”. No hace falta que explique más. Él ya la entiende.

IV
Templa el solecito de Marzo en el jardincillo de la Residencia. Revientan las primeras florecillas de la primavera. “Yayo, ¿me conoces?”. A Federico se le iluminan los ojillos tras los gruesos cristales de sus gafas, al tiempo que esboza una sonrisa. “Pues claro”. El nieto le levanta la voz. “¿Y quién soy?”. Federico se queda pensando. Resuelve: “No me hagas decírtelo. Tú sabes de sobra quién eres”. “Claro que sí, yayo, perdona”. De lo único que sí está muy seguro Federico es que delante tiene a una persona muy querida. Y con esa seguridad, le da un abrazo. De los fuertes, de los grandes.

V
Cinco minutos. Sentados frente a frente. Sin soltar apenas una palabra. Sólo cruce de sonrisas. Compañeros de residencia, aburridos, curiosos y envidiosos se han acercado por turnos para ver más de cerca al ilustre visitante. “¡Federico, no te quejarás… hoy han venido a verte!”.

VI
Fede ha pedido permiso a la cuidadora para entrar en la habitación. Ningún problema. El yayo va apoyándose en su brazo. Una cama, un armario. Una mesa y dos sillas. Y sobre la mesa, el portátil. Y justo al lado la chuletita que él mismo le escribiera hace ya bastante explicando paso a paso lo que hay que hacer para entrar en el correo. El ordenador está colgado. Ni la pantalla ni el teclado funcionan. “Ya te he dicho que no va… ¿tú podrías?”. “Vamos a ver lo que se puede hacer, yayo”. Se sientan uno al lado del otro. Reinicia. Con un dinosaurio de éstos aprendió él a escribir. El viejo procesador arranca lento, muy lento. Ahí estamos. En el escritorio del sistema operativo. “¡Funciona!”, exclama. El yayo lo celebra. “¡Bien!”. Fede comprueba las conexiones de red. También van. Lo próximo es abrir la página de los correos. “¿Abrimos, yayo?”. “Pues claro”. El pulso se le acelera entonces. El ordenador piensa. Pero llega exhausto. Abre la página. Sorpresa total. Fede exclama emocionado: “¡Yayooo, que tienes trescientos cincuenta y dos correos por abrir!”. Y ninguno es un “correo basura”. “¡Todos contestan a tu llamamiento!”. “¿A mi qué…?”. Fede no puede reprimirse. Los abre. De uno en uno. Por orden. Los va leyendo en voz alta. Nudo en la garganta. Todos cariñosos. Todos buenos. Todos recordando lo que saben de él. “Eso está bien”, suspira Federico feliz y con los ojos húmedos, “…no veas tú lo que me fastidiaría a estas alturas descubrir que durante mi vida me he ido comportando como un cabrón…”.

domingo, 11 de marzo de 2012

Envidia



I
Yo no la he tocado. De verdad que no. Ni un pelo. Lo que pasa es que ésta ha encendido la sirena y se ha puesto a gritar como una loca. Suelta dos lagrimones, le entra hipo y todo, me señala con su dedo acusador y hace como que yo la estaba matando. Mami, que yo no he sido. Que no le he hecho nada. Ella sí, ella sí que me ha tirado la muñeca al suelo. Y casi la rompe. ¡Mírala, mami, mira, mírala! ¡Adriana se está riendo ahora! ¡Se está burlando de mí! ¡Mírala qué mala es! No me encierres en el cuarto, por favor. Por favor, me portaré bien, en el cuarto otra vez no…

II
Sólo he dicho: “A ella sí y a mí no”. La abuelita me ha mandado callar. “¡Ángela, por el amor de Dios!”. Bueno vale, me podrán callar. Pero yo seguiré pensando lo mismo. A ella sí y a mí no. A ella sí y a mí no.

III
Hoy toca bronca. La hermana Antonia me ha pedido los deberes. Estrategia de demora. He abierto la libreta y los he buscado. “Huy, qué raro… estaban por aquí”. Sé que es imposible encontrarlos, porque no están hechos. Delante de todos monta el cuadro: “esto no puede ser, vas por muy mal camino, tengo que llamar a tus padres y hablar con ellos ya, Ángela, aquí se viene a trabajar, no a pasar el rato”. Bueno. Por aquí me entra y por ahí me sale. Que los llame. Que hable con ellos. Les va a dar lo mismo. “…desde luego, no te pareces en nada a tu hermana Adriana…”. “Afortunadamente”, replico de rebote. “¿Cómo?”. Nada, yo no he dicho nada. Haber estado atenta a la primera.

IV
Espera, espera, mamá. ¿Qué es eso de que mi hermana tiene que venir conmigo y con mis amigas? De eso nada. Yo no soy niñera de nadie. A su edad, acuérdate, a mí no me dejabais salir. Para eso, prefiero quedarme en casa. No salgo. No se hable más. No. (…) Pero bueno, conste, si acaso viniera, después que no me diga que está cansada y que se quiere venir a casa a las primeras de cambio, que me la conozco.

V
Oye guapita, ¿es que tú no tienes cien camisetas más que yo? ¿Por qué has tenido que ponerte precisamente la mía nueva?

VI
Hermana, no leas esos tochos con la letra tan pequeña, que te van a hacer falta gafas nuevas. Te recomiendo otro muy instructivo. “El libro de las mil preguntas con respuesta única”. ¿Quién cocina? Yo ¿Quién recoge la mesa y friega los cacharros? Yo ¿Quién limpia la casa? Yo ¿Quién baja a comprar? Pues eso: yo también. El final del libro cambia un poco: ¿Quién tiene un morro que se lo pisa? Bingo. Tú misma.

VII
Para un fin de semana que se van mis padres, no se quedan tranquilos. Insisten, por enésima vez: “No discutáis”. ¿Quién? ¿Nosotras? ¡Qué cosas tenéis! Iros ya de una vez, pesados. Que no se va a incendiar la casa. Que todo va a estar en el sitio a vuestra vuelta. La puerta se cierra. Je, je. Empieza el tiempo de mi venganza.

VIII
No lo haré. Pero se me pasa por la cabeza. Poner en la lavadora sus jerséis de lana con el programa a temperatura y el centrifugado a tope. Ay, cuánto lo siento, menudo despiste. Mi hermanita se pondría buena. Pero luego… tomaría represalias y cogería la ropa mía que más le gusta. No, no. Tachado. Más opciones. Con lo sopera que es, una cucharadita de laxante en su plato. Qué gustazo verla ir a todo correr al baño. Ay, cómo disfruto. Qué retorcida eres, Ángela. Chist, ella abre la puerta. Sin llamar, como de costumbre. Que de qué me río. ¿Yooooo? De nada, naturalmente.

IX
Qué callada está. Algo trama seguro. No me fío. Me levanto. Voy a su habitación. La llamo. “¡Adriana!”. Pooom. Poooom. No contesta. Abro. “¿Por qué narices no…?”. De golpe, el mundo entero, mi mundo, se viene abajo.

X
Cambio mi aire por el suyo. Mi vida por la suya. Rezo lo poco que sé. Suplico. Si algo tiene que pasar, que me pase a mí. Ahora mismo. Pero a mi hermanita que no me la toquen. Y mis padres sin contestar. Joder lo que ha tardado la puta ambulancia. Adriana, no me des nunca más estos sustos, ¿me oyes? No me hacen ni pizca de gracia. Que lo mío es envidia cochina que te tengo. Porque eres mucho mejor que yo. En todo. Pero sabes que si te pasara algo, yo me voy detrás. Sin ti… ¡Venga, venga, coño, reacciona, recupera el color! Ya está. Poco a poco. Te doy la mano. La aprietas suavemente. La ambulancia va a toda leche. El médico me ve llorar y me calma. “…todo va a ir bien”. No lloro por eso. Ahora lloro porque no tendrían que pasar estas cosas para darme cuenta de lo mucho que necesito a mi hermana Adriana.