I
Otra vez nos tiene aquí el doctor. Le importa poco
que la consulta, detrás de nosotros, esté llena. Don Demetrio nos atiende como
si fuéramos los únicos que venimos a verle. Víctor Manuel se explica, sentadito
en el centro. Nosotros le escoltamos. Y el pediatra dialoga con él con una
química que ya quisiera para mí. Lo trata como si fuera un mayor. Nos vamos a
levantar ya. Eeep, se me olvidaba, hay una cosa más: “…cada vez que lo llevamos
a clases de natación, es un drama… ¿no sería mejor dejarlo y esperar un tiempo
para que él no se traumatice…?”. El médico no vacila. “….las estadísticas son
espeluznantes: Más vale que llore él ahora, que que lloréis vosotros después”.
El niño lo oye. Y no le gusta esa respuesta. “¡A la piscina yo no quiero, a la
piscina no!”. Hace pucheros. Ya da igual lo que nos diga. Tiramos de su manita
mientras nos abren la puerta. Por mucho que vocifere mientras atravesamos la
sala de espera, ya no vacilaremos: ese tema está zanjado.
II
Nunca pensé que fuera tan duro. “¡Hale, alegría,
que hoy es el último día!”, le digo a Víctor Manuel en el vestuario. Ni último
día ni nada. Me monta el mismo cuadro de cada semana. Peleo para embutirle el
bañador. Tiro de él hasta el borde del agua. Se agarra a todo lo que encuentra
a su paso, señora de la limpieza con el cubo y la fregona incluidos. Qué
sofoco. Como si le estuvieran arrancando el alma. Veo sus sonrosadas amígdalas
a través de su boca abierta. Paran la música en la megafonía para ver qué está
sucediendo. “Ah, bueno, falsa alarma: es Víctor Manuel….”. Me enciendo. Me
enfado. Me pongo al límite. El monitor ya pasa un poco de estas escenas. Conoce
la canción. No le hace nada de caso a este enanito gritón con bañador, gorro y
gafas a juego de color naranja. Cuando, al finalizar la clase, me devuelve al
renacuajo encogido y tiritando, me dice: “esté usted tranquilo, que éste no se
hunde ni aunque fuera en el Titanic”. Yo sigo muy enojado. Y él, como si nada.
Hecho unas pascuas. Riendo. Y recordándome que cuándo nos vamos a por ese
juguete que le prometí. Menudos huevos.
III
Asumo que mi niño es de secano. Que no le gusta el
agua. Cuando queremos amenazarle con algo, nada de “como no te portes bien,
vendrá el hombre del saco”, no, porque él sigue a lo suyo. Basta con un “como
no te portes bien, te apunto a la piscina”. Ahí sí: Víctor Manuel se queda
quieto como una estatua. Funciona.
IVa
Ya sabía que a Víctor Manuel no le gusta mojarse.
Que tampoco le nace construir castillos en la orilla. Y que no le va eso de rebozarse
en la arena. Pero había pensado que el mar le impresionaría. “Total: agua”, ha
exclamado despectivamente, apartándose de las olas. Entonces, ¿para qué leches
me he venido aquí con él a la playa?
IVb
Una vez aquí, embadurnados con protector del 50,
hemos empezado a jugar a la pelota. Tomaaaaa. No, él no tiene garbo. Pero la
para. Y la devuelve. Vuelve a tomaaaaaar. Huy, ésa se me ha ido. Desviada. Directa
al agua. Se me queda mirando. El balón flota. Entre las olas flojas. Me hace un
gesto. Pongo los brazos en jarras. “Anda, Víctor Manuel, ve tú a por ella”. Lo
provoco. Pienso que me va a decir que no, que vaya mi tía. Quiero comprobar si
ha perdido ese miedo visceral de su primera niñez. Contrariado, va a por ella.
Me quedo en estado de shock. Ha andado sobre el agua, como si fuera suelo
firme. Se ha agachado y ha recogido la pelota. Literalmente. Me froto los ojos.
Visiones. Anda igual que nuestro Señor. Vuelvo la cabeza para todos los sitios,
por si alguien más lo ha visto. Quietud en la playa, bajo las sombrillas. Nadie
ha reparado en él. Impresionado, le recojo la pelota. “Nos vamos a casa ya”. “Bueno”,
me contesta contento. “…nos vamos cagando leches”, le añado. Si no lo veo no lo
creo. Este niño, cualquier día, a mí me mata de un disgusto y acaba conmigo.
V
Igual es la tortilla de patata, que tiene una
digestión pesada. Igual es la patata que tiene algún ingrediente alucinógeno. Igual
es el aceite de oliva con el que se frió la patata, que no es virgen ni extra. Quién
me manda a mí ponerme a correr bajo el sol después de arrearme un bocadillo
XXL. Le doy vueltas. “Mi hijo anda, mi hijo anda…”. No me lo quito de la
cabeza. Entro en su habitación. Sin llamar. Lo pillo leyendo. Me mira como
miran los que nunca han roto un plato. “Oye, ¿tú eres de ducha o de bañera?”. “Papá…
de ducha… siempre dices que tenemos que ahorrar agua”. “Pues hoy vas a ser de
bañera. Ya estás marchando”. Abro el grifo a tope. Choooooooffffffff. La lleno
hasta el borde. Brazos en jarras. Me echo hacia detrás para dejarlo pasar. Veo
mi rostro en el espejo del lavabo. Entra. En pelotillas. Sube. Se queda como
subido a un escalón. Con cara de guasa. Queda a la altura de mi frente. Está,
efectivamente, encima del agua. Trago saliva. “¡Nativeeeel, ven a ver esto!!!”.
Mi hijo flota. Mi hijo es un bicho raro.
VI
Ahora duerme. Su madre y yo tenemos los ojos como
platos soperos. Son las cuatro de la mañana. Hemos deshojado todas las posibilidades.
Estamos de acuerdo. No lo llevaremos a don Demetrio. No consentiremos que hagan
de él una cobaya. No empezarán a hacerle pruebas y más pruebas médicas una
detrás de otra para determinar de dónde le viene su flotabilidad. No. No. No. Ante
todo ES UN NIÑO. No permitiremos que lo acosen. Ni que salga en los medios de
comunicación. Ni que lo exhiban como una atracción de feria. No, no, y mil veces no. Tiene que crecer. ES UN NIÑO.
Tengo un sueño agitado. Todavía le echo la culpa a la tortilla de patatas. Me
despertaré y todo habrá sido una pesadilla. De repente, me zarandean el brazo.
Me dan un susto de muerte. GRITO. Me engancho de la lámpara del salto. Abajo
está él, el pequeño Víctor Manuel. Y con cara de apuro, me urge: “Papá, tengo
pipi”.
VII
Una vez hechos a la idea, el nene flota, todo
vuelve a su cauce. A su vida normal. “Jopeta, ¿no has terminado aún los
deberes?”. “No… pero ¿puedo irme ya a jugarrrrr? ¿Puedo?”. No habiendo ríos, no
habiendo lagos, no habiendo mares, él es un chico como cualquier otro. No hay
que dejar que se meta en charcos. Agudizo el oído en casa de mis suegros. En casa
de mis padres. Creo en la genética, más
que en la casualidad. Dónde están los antecedentes. Dónde. Capto al vuelo. Mi madre
dice que el tío Fausto parecía que tenía la cabeza de corcho. Me lanzo a buscar
fotos del tío con esa cabeza. No las encuentro. Luego, aclaro con ella que lo
decía porque “tenía la cabeza hueca”. Mmmm. Lo hueco también flota. Mi madre
sospecha algo: “…antes nunca te interesaba nuestra familia, Víctor, no entiendo
esa obsesión tuya por preguntar tanto por nuestros antepasados…”.
VIII
He visto que ha copiado cien veces en su cuaderno:
“Las personas nadan en el agua, no andan”. Es un castigo de la profesora. Me
agito. Valoro ir a hablar con ella. Víctor Manuel me pilla viendo su libreta.
Me pregunta: “…entonces, papá… ¿yo no soy persona?”.
CIX
Bostezo. Las tres. Y éste sin venir. Si a las tres
y media no aparece, le llamo. Y le canto las cuarenta. Acumulo malhumor. Mientras
viva en esta casa, tiene que atenerse a nuestras reglas. Luego que haga lo que
quiera. Eeeepppp. Oigo la llave en la cerradura. Ya está aquí. Se cierra la
puerta. Menos mal. “Hola… ¿todavía estás levantado?”. Callo. Me trago lo del
malhumor. Miro la cara que trae. Está muy serio. Lo conozco. Algo le pasa. Sí,
lo conozco. No le puedo preguntar. Me lo dirá sólo si quiere. “Buenas noches,
Víctor Manuel”. Voy hacia la habitación. Ya es hora de acostarse, ya. “Papá”,
me llama. Me quedo quieto. Me vuelvo hacia él. Espero. “Qué”. “Esta noche he
dado una vuelta con Aroa”. “¿Y…?”. “…que me he puesto a andar sobre el estanque
de los patos”. “¿…que has hecho qué?”. “…quería impresionarla, papá”. Miro al
chaval. “¿…y qué ha dicho ella cuando te ha visto?”. “Creo que la he cagado,
papá… porque se ha marchado corriendo”. No sirvo yo para dar ánimos ni
consejos. Le pongo la mano en el hombro. Y sentencio: “…si le gustas, no te
preocupes: ella volverá”. No sé si es lo que a él le gustaría escuchar. Se
queda murmurando: “…la he cagado, mecagüen, la he cagado”.
CX
En los días que corren, si se trata de impresionar-impresionar,
no basta con andar sobre el agua del estanque de los patos, no. Además de andar
ahí, hay que bailar claqué. Y que suene, chof, chof. Eso sí que impresionaría algo
más. (…) No sé cómo explicarle que la impresión tal como llega, se desvanece. Que
el deslumbramiento se apaga. Eso le toca descubrirlo a él. Me acerco a su
habitación. Toc, toc. Llamo. “¿Víctor Manuel?”. Toc, toc. Llamo más. “¿Víctor
Manuel, puedo pasar…?”. Me decido. Abro. Lo que temía. No está. Encuentro la
cama deshecha. Se ha ido. Cagüen. Mira que se lo he dicho cien veces. Mil. Que
no se fuera. Pero quiá. En estos momentos sé que él estará, con toda seguridad,
con la mochila al hombro, andando ya sobre olas acolchadas, camino de la
Pitusa. Irá a buscarla. Cualquier barco que lo aviste flipará en colorines. Y hará
la vista gorda para no dar explicaciones. Y a cada paso que dé sobre el agua,
bajo la luz de la luna gigante, estará más seguro de que no existen mares tan
anchos como para poder impedirle llegar
a donde él quiere ir.
CDXI
De tanto en tanto, nos llegan aquí, a la Comisaría
del Marítimo, avisos como el de este señor. Me dice que ha visto un tío “corriendo”
por el agua del Puerto. Desorbita los ojos. Se atropella al contarlo. Y me
enseña una foto borrosa sacada con el móvil. Con el bocadillo de tortilla de
patata a medio terminar en un lado, copio con la Olivetti la declaración al pie
de la letra. Arranco la hoja. Leo el texto en voz alta. “¿Está de acuerdo?”. El
hombre, aún con el impacto metido en el cuerpo, afirma que sí y la firma con
pulso tembloroso. “Ahora enseguida enviamos una patrulla”. Mientras el
denunciante sale a tomar aire fresco, yo pido permiso al compañero de turno para
acercarme hasta allí. Más que nada por si coincido. Hace tiempo que no sé de él
y necesito darle un abrazo.
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