domingo, 11 de mayo de 2014

Invisible

 
III
El corredor es largo. Llegan hasta el final. Un camillero arrastra la cama. Un auxiliar a duras penas puede sujetar a Primi. “A partir de aquí empieza la zona esterilizada. Hasta aquí pueden venir ustedes”, les indica a la pareja que viene siguiéndoles. “Ahora vuelvan por favor a la sala de espera. Nosotros les avisaremos cuando todo termine”. El niño grita entonces. Brama. “¡NOOOOO!¡NOOOOO! ¡QUE NO SE ME LLEVEN! ¡MAMÁ! ¡PAPÁAAA! ¡NOOOOO!”. Ella trata de calmarlo: “¡Primi, por el amor de Dios, no pasa nada… que no te van a hacer daño… tienes que portarte bien…. Nosotros estamos aquí”. Entre alaridos, el chiquillo da un tirón. Se incorpora. Se zafa. El auxiliar apenas puede contenerlo. Necesita la ayuda del camillero. Entre los dos, lo inmovilizan. “¡Muchacho, estáte quieto… si no, vamos a tener que atarte…”. Hay tensión. Todos hablan a la vez. A grito pelado. Primi hipa, “¡NOOOO, NOOOO, NO QUIERO IRRRR…!”. Por detrás, ahogado por el sofoco, ha aparecido un señor mayor. No se sabe de dónde. Tose. Interviene: “Pero… ¿qué es lo que pasa aquí?”. El niño, viendo que con sus padres no puede contar, al verle, se aferra a él, “¡ABUELO, ABUELOOOO!”. Se escucha un resoplido de paciencia agotada. “Bueno… ya está aquí el que faltaba… ¿no le hemos dicho a tu padre que se esperara en la calle? ¿Se puede saber qué hace usted aquí?”. El hombre, haciendo oídos sordos,  se abre paso. Y el niño se le agarra desesperadamente a la mano. “Primi… ya sabemos tú y yo que no está bien eso de hacer escuchitas… que estos señores me perdonen, pero es que esto que te voy a decir, tiene que quedar sólamente entre tú y yo”. El abuelo se agacha, se acerca a la orejita del niño. Se hace un profundo silencio, pero no tanto como para que los presentes puedan interpretar ese bis-bis-bis que consigue abrir enormemente los ojazos de Primi. Son treinta segundos. El chico ya no llora. El abuelo se incorpora y da instrucciones: “Disculpen. Cuenten hasta veinte y vayan hacia delante, pero cuenten bien que les oigamos todos”. Camillero y auxiliar se miran. No entienden. “Uno, dos…”. Ahora, el abuelo se retira por donde había venido. Yerno e hija tampoco entienden nada. “¡Hey, no se paren y sigan contando…!”, reclama a lo lejos. “…diez, once…”. Cuando llegan a veinte, Primi, muy conformado, extiende el bracito despidiéndose de sus papis. Y sí, sí: está sonriendo.
XII
Hoy ha venido el abuelo a casa. Cada vez viene menos, “…las escaleras están más altas…”. Saluda primero a su hija, que le ha abierto la puerta. Y, después, tímidamente llama a la puerta de su habitación. “Pasa, pasa”, le invita Primi levantándose. Se saludan. El nieto le explica: ”…acababa de llegar”. El abuelo se interesa: “¿…y qué tal el examen?”. “Bien-bien”. “¿Bien-bien? …no será tan bien-bien si te has dejado la tercera pregunta en blanco”. Primi cambia de cara. Glup. “¿Y eso tú cómo lo sabes?”. Al abuelo le entra una risa flojilla. No quiere contestar. “Venga, abuelo… cómo sabes tú que yo me he dejado esa pregunta en blanco”. Al final, pillado en falta, mordiéndose los labios por lenguaraz, mira a la ventana y le devuelve la pregunta: “¿tú te acuerdas de lo que te dije,  hace ya tiempo, aquel día cuando estabas en la puerta del quirófano?”. Primi afirma: “pues claro que me acuerdo… pero es que entonces yo era muy pequeño y me lo creía todo”. “Pues eso”, zanja el abuelo, despidiéndose apresuradamente,  “bueno, te dejo para que sigas estudiando”. Primi se deja caer en la silla del escritorio. Pensando. Atando cabos. El abuelo conoce desde hace mucho a don Antonio, su maestro. Ellos se habrán visto y éste le ha largado seguro: “tu queridísimo nieto se ha dejado la tercera pregunta sin contestar”. Todo tiene una explicación. Aunque parezca que no.
XIV
“Abuela… ¿dónde está el abuelo?”. “Mmmm. La verdad es que no lo sé, Primi. Siempre desaparece cuando sabe que le voy a reñir”.
XVII
Primi ha abierto en casa. Ha preguntado con voz alta y temblorosa: “¿Hay alguiennnn?” No ha obtenido respuesta. Luego, habitación por habitación se ha asomado. No hay nadie. “…mejor”, murmura. Renqueante, va hacia el cuarto de baño. Allí se quita la camiseta. Está hecha un siete. Girando la cabeza, se mira el torso en el espejo. Se asusta. “Ufffffff. Cómo duele…”. El moratón le llega de parte a parte. “Ufffff. Qué golpe. Pero qué golpe”, rabia.  Se limpia con cuidado. Respira flojito. Si carga más aire en sus pulmones, ve las estrellas. “Uffff. Escuece. Pudo ser peor... Pudo”. Sale. Hace un ovillo de la camiseta rota y la tira en el fondo de la basura. Está irrecuperable. Luego, en su armario, busca otra. La más grande. La que le roce menos. Se deja caer. Pero sin apoyar la espalda. Cierra los ojos. Pasan dos, tres minutos y se abre la puerta. Qué susto. Es el abuelo el que se asoma. No le había oído entrar. A Primi no le da tiempo a saludar, a ponerle cara de “no me pasa nada”. Sin preámbulos, sin explicaciones, el chico sólo escucha un tajante: “Levántate, nos vamos al médico”.
XXIV
Sin un rumbo fijo, esta tarde Primi ha deambulado durante horas por las calles desiertas de Mediavilla. Con los puños apretados en los bolsillos. Los ojos enrojecidos. Y la mirada absorta. Cuando cruzaba el puente de madera, sobre el río, ha escuchado a sus espaldas las campanadas lacónicas que anuncian una despedida. En ese punto y en ese instante, ha levantado la cabeza, se le ha iluminado el semblante y ha emprendido el retorno. Ha bordeado la comitiva del duelo, se ha dirigido directo a casa, y tras abrir los tres cerrojos ha preguntado con voz alta y temblorosa: “¿Hay alguiennnn?”. No, no ha obtenido respuesta. Entonces se ha encerrado en su habitación. Con una sonrisa en los labios.
XXV
Ya es de noche. Era lo que buscaban. Primi y Fátima. Escuchar sus respiraciones. Hablarse al oído. Reconocer que se necesitan. Qué momento. Era lo que buscaban. Abrazarse. Primi mira a su derecha, donde está Fátima. Seguro de sus sentimientos, la besa. Luego mira al otro lado.  “Qué te pasa”, le pregunta Fátima. Él traga saliva. Y, al aire, a su izquierda, musita una pregunta: “¿Le digo lo tuyo?”.

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