I
Ya son y media. Será cosa de ir salvando ficheros,
guardar papeles en los cajones, ordenar un poco la mesa y casi casi apagar el
ordenador. Será cosa de ir recogiendo la chaqueta de la percha, y encaminarme
pasillo abajo hacia la salida, para previo paso por el aseo, estar fichando a
las tres en punto y ni un segundo más. Ya son y media. Mañana más.
II
La voz aguda de Amadeo se escucha a través de la
cristalera. Me puedo hacer una idea. Está abroncando a Macu. De muy mala
manera. Parecía que ya había terminado el chorreo, pero sólo estaba tomando
aire. Ahora vuelve con más fuerza todavía. Con muy mala leche. Siento lástima de
Macu. En esta empresa nos dedicamos a hacer oes con un canuto, y seguramente a
ella le habrá salido alguna “o” menos redonda o más alta. Y este rebote de
Amadeo, que aún no ha parado, vendrá por eso. Pero ni que él hubiera nacido
sabiendo. Que cuando los dos entramos juntos aquí él no tenía ni idea. Cómo
grita. No son modos. Qué se habrá creído el capullo éste. No me imaginaba que
sería así el día que lo nombraron jefe. Vaya decepción. A mí no me dirá nada,
seguro. Porque sé que es un poco cobarde y no se atreve. Si lo intentara, no me
voy a quedar callado. Le tengo ganas. Bueno, voy levantándome, que son menos
veinte.
III
Al cruzar por delante de ellos, he visto el rictus
serio de Macu, sus ojos rojos, al borde del llanto. Simplemente he comentado: “…
Amadeo, me parece que te estás excediendo”. Bufff, qué he dicho. La ha tomado
conmigo. “Oye, Melchor, ¿y tú quién eres para decirme a mí lo que debo hacer?”.
“Eh, eh, eh. Lo primero, a mí no me levantes la voz. Un respeto”. “¡Levanto lo
que me da la gana!”. Nos hemos
enzarzado. No pensaba que este choque fuera a producirse tan pronto. Con Macu
delante, y un montón de orejas pegadas detrás de las cristaleras. La tensión se
cortaba con cuchillo jamonero. Le he recordado que: “…en este negocio todavía
te puedo dar muchas lecciones…”. “Ah, ¿sí?”. Me ha sostenido la mirada con aire
retador. “…puedo demostrarte que levanto torres más altas que tú cuando quieras”.
Es una de las principales actividades de la empresa. Además de hacer oes con un
canuto, también nos dedicamos a construir castillos en el aire. Amadeo tiene
que levantar su cabeza, porque le saco dos palmos. “Ja, ja”, se ríe. Resuena su
carcajada. Mantengo mi reto mirándole fijamente. Ya tenía ganas de bajarle los
humos a este engreído. Lanza el guante: “Mañana,
a las ocho, en la vía etrusca. Con bloques de treinta”. Inspiro aire profundamente.
“Allí estaré”. Sigo pasillo abajo. Él se
va en dirección contraria. Macu se queda como una estatua. Un murmullo se
escucha de fondo. Y son menos cinco.
IV
Es lo que me pierde a veces. Que soy muy
impulsivo. Pero en este caso, lo tengo claro. Soy infinitamente mejor que el
negrero éste levantando torres. Sé que nunca se le terminó de dar bien. Amadeo necesita
este revolcón, esta cura de humildad. Se dará cuenta de que tiene que tratar a
la gente de otra manera. Y los demás también van a saber quién es quién. Mientras pienso esto, ya he montado y
desmontado tres veces los ocho pisos con su planta baja que se pueden formar
con las veintiocho fichas de mi dominó. Con pulso firme. Con maestría. Y sin
despeinarme.
V
Aún no es de día. Duermo. Por lo menos lo intento.
Estamos en una calle desierta en medio de un poblado del salvaje oeste. Sopla y
silba el viento, arrastrando polvo y rastrojos. Impertérritos, nos miramos. La mirada de un
Amadeo con barba de tres días rezuma odio. Tenso mi mano izquierda. En mis
sueños, disparo yo primero y él cae. Pero en mis pesadillas, no me da ni tiempo
a desenfundar.
VI
Saldrá un buen día, en los que el calor apretará. Al
principio de la vía etrusca, cuando falta poco para las ocho, hay dos montones
de ladrillos macizos. He estudiado la planitud del terreno. La simetría de cada
uno de los bloques. Me he aplicado crema antideslizante en las manos. Estoy
preparado. Por la esquina aparece Amadeo. Rapidez y robustez. Gana quien más
alto llegue en cinco minutos. Pulsaciones a mil. Neuronas concentradas. El
tiempo empieza… ¡YAAAAAAA!
VII
Ya son y media. Será cosa de ir salvando ficheros,
guardar papeles en los cajones, ordenar un poco la mesa y casi casi apagar el
ordenador. Nadie, nadie ha osado hacer un comentario sobre lo ocurrido esta mañana
en la vía etrusca. Los ladrillos iban subiendo, colocados de dos en dos, longitudinal
y transversalmente de forma alternativa. Se levantaban ya por encima de mi
cabeza. Los bloques de Amadeo apenas alcanzaban la altura de su cintura.
Entonces, a cámara lenta, vino el insoportable picor de nariz. Traté de ladear
la cara y de poner las manos delante cuando sobrevino el estornudo. El huracán
que provoqué impactó de lleno sobre las piezas superiores. Ay, ay, ay. Se
tambalearon. Ay, ay, ay. Qué carita debió de quedárseme cuando, aún no me lo
creo, en el minuto cuatro y cuarenta segundos, broooooom, se vinieron todas abajo
con gran estruendo. Sí, me derrumbé con mi torre mientras Amadeo levantaba su
puño con júbilo. Mmmm… Será cosa de ir recogiendo la chaqueta de la percha, y
encaminarme pasillo abajo hacia la salida, para previo paso por el aseo, estar
fichando a las tres en punto y ni un segundo más. Intentaré, eso sí, no cruzarme con Amadeo. Para que no se
regodee. Le tengo todavía más ganas. Ya no seré yo quien le pare los pies. Por eso
espero ansiosamente la llegada de alguien que lo haga. Ya son y media. Mañana, como siempre, más.
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